Mi hermana entró a mi cama esa madrugada de domingo
Me llamo Mateo. Tengo treinta y un años y este es el primer relato que me animo a publicar, y lo hago porque también fue mi primera experiencia sexual. Han pasado casi doce años desde aquella mañana de domingo y todavía la recuerdo con la misma claridad que si hubiera sido la semana pasada.
Mi hermana Camila es menor que yo por diez meses. Mi madre quedó embarazada de ella al mes de mi nacimiento, así que crecimos prácticamente como mellizos. Compartimos habitación hasta que mis padres se cansaron del desorden de dos adolescentes durmiendo a un metro de distancia y decidieron mudarnos a una casa con un cuarto para cada uno. Yo tenía trece años cuando eso ocurrió, y por alguna razón —tal vez la costumbre, tal vez la cercanía— Camila siguió metiéndose en mi cama los fines de semana.
Al principio no era nada raro. Yo dormía boca abajo. Ella entraba en silencio, se subía a mi espalda y me sacudía hasta que aceptaba acompañarla al parque deportivo que estaba a tres cuadras. Lo hacíamos cada sábado y cada domingo durante años. Era nuestro pequeño ritual privado.
Para cuando cumplí los diecinueve, las cosas habían cambiado un poco pero no del todo. Yo estudiaba ingeniería industrial y trabajaba medio tiempo en una distribuidora, ahorrando cada moneda para poder mudarme cuando terminara la carrera. No me sobraba el tiempo para socializar; mis únicos amigos eran los de la primaria y algún compañero con el que apenas tomaba café entre clases. Nunca había tenido novia. Mis ganas las resolvía solo en la ducha o de noche, con la puerta del cuarto cerrada con llave.
Camila estaba en una situación parecida. Era hermosa, todos lo decían: pelo castaño largo, ojos grandes, una sonrisa que paralizaba a los chicos del barrio. Pero ella no sabía qué hacer con la atención. Cada vez que algún pretendiente se le acercaba, se ponía nerviosa, respondía con monosílabos y el otro terminaba aburriéndose. Tenía dieciocho recién cumplidos y, hasta donde yo sabía, nunca había besado a nadie.
La mañana que cambió todo fue un domingo de octubre. La noche anterior habíamos ido a una fiesta de aniversario de bodas de mis tíos, que viven en el otro extremo de la ciudad. Mis padres, considerando que al día siguiente yo tenía que terminar un trabajo de la facultad, decidieron mandarnos a Camila y a mí de vuelta antes de tiempo. A las dos y media de la mañana nos subieron a un taxi y nos enviaron a quedarnos con mis abuelos, que viven cerca de nuestra casa. Ellos se quedaron en la fiesta porque, según mi padre, «no llegamos hasta acá para irnos a la una».
Lo que mis padres no sabían era que esa noche habíamos probado alcohol por primera vez. Mis tíos nos sirvieron champán para el brindis y después un par de copas más sin que mis viejos se dieran cuenta. Cuando subimos al taxi, los dos teníamos las mejillas calientes y la lengua suelta. Camila se rió tres cuadras enteras de un chiste que nadie había hecho.
Al llegar a casa de mis abuelos nos abrieron y se volvieron a dormir. Subimos al cuarto de huéspedes, donde había dos camas separadas, y caímos rendidos. Yo me acosté de lado por miedo a vomitar dormido, pero supongo que en algún momento de la madrugada me di vuelta y quedé boca arriba.
Eran las seis y media cuando sentí el peso de Camila sobre mí. No falló en el ritual. Se había levantado a la hora de siempre, había caminado hasta mi cama y ahora estaba sentada a horcajadas sobre mi cintura, sacudiéndome el hombro.
—Mateo, despiértate. Vamos al parque.
Abrí un ojo. La cabeza me retumbaba.
—Hoy no, Cami. Por favor, déjame dormir.
Ella hizo un puchero y, en lugar de bajarse, se acostó encima de mí. Eso era nuevo. Camila mide un metro sesenta y yo casi uno ochenta, así que cuando se acostó sobre mí estiró el cuerpo para que la cabeza le quedara apoyada en mi pecho. Sus piernas se deslizaron entre las mías. Su pelvis quedó justo sobre la mía.
Y ahí me di cuenta del problema.
A las seis y media de la mañana, todo hombre sabe lo que pasa. Lo tenía duro como una piedra, lo había tenido así desde antes de que ella entrara. Camila se removió un poco para acomodarse y sentí la presión exacta contra la tela del bóxer. Me sobresalté. Ella también.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó, sin moverse.
No me animé a contestar enseguida. Ella se levantó un poco, se acomodó sobre mis muslos y miró hacia abajo. Yo tenía la sábana hasta la cintura. Se notaba todo.
—Es… —empecé, y me trabé—. Es mi pene, Cami.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Y por qué lo tienes así?
—Es normal. A los hombres en la mañana se nos pone así. Antes tú no te dabas cuenta porque yo siempre dormía boca abajo.
Hubo un silencio largo. Camila no se bajó. Se quedó ahí, sentada sobre mis piernas, con el camisón blanco arrugado a la altura de las caderas.
—¿Y cómo se te baja? —preguntó al fin, en voz muy baja.
—Yendo al baño. O… —tragué saliva— masturbándome.
Se puso colorada hasta las orejas. Bajó la mirada y empezó a jugar con un hilito suelto del camisón.
—¿Lo haces seguido?
—Bastante.
—¿Cuánto es bastante?
—Dos veces al día. A veces más.
Levantó la cabeza de golpe.
—¿Dos veces?
—Me ayuda a dormir. Y a concentrarme cuando estudio. —Me daba vergüenza, pero el alcohol todavía andaba por mi cuerpo y me había bajado el filtro—. ¿Tú no lo haces?
Se mordió el labio.
—A veces. No tanto.
—¿Cuándo?
—Cuando… cuando estoy en mis días fértiles. Ahí siento que me vuelvo loca.
Yo no sabía qué decir. Era una conversación que no debíamos tener. Pero el cuerpo encima de mí no se movía. Y mientras hablábamos, los pezones de Camila se habían ido marcando bajo la tela del camisón. Yo los vi de reojo. Ella no se daba cuenta, o sí, pero no decía nada.
Sin querer, moví la cadera apenas un milímetro. El pene se movió debajo de ella. Camila pegó un saltito.
—¿Lo puedes mover cuando quieres? —preguntó.
—Sí.
—Yo nunca vi uno. Bueno, en fotos sí, pero… no de verdad.
Lo dijo con esa mezcla de curiosidad y vergüenza que tienen las cosas que uno sabe que están mal. Me quedé sin aire.
—¿Quieres verlo? —pregunté.
No me preguntes cómo me animé a decirlo. El alcohol, la madrugada, su cara, todo se mezcló. Camila se quedó callada un momento. Después dijo:
—Sí. Pero tú también tienes que verme a mí.
Empezó a sacarse el camisón antes de que yo pudiera responder. Lo levantó por encima de la cabeza, con un poco de torpeza, y quedó en ropa interior sobre mí. Sus pechos eran pequeños, blancos, con los pezones rosados y duros. Yo me quedé mirándola como un idiota.
—Te toca —dijo.
Bajé la sábana y me saqué el bóxer con la mano libre. Mi pene quedó al descubierto, vertical. Ella se inclinó un poco para verlo de cerca. Después estiró la mano y lo tomó. Despacio, como si tuviera miedo de romperlo. Subió la mano. Bajó la mano. Lo hizo dos o tres veces, sin decir nada, mirándolo con una concentración que me hizo temblar.
No podía quedarme quieto. Estiré el brazo y le toqué un pecho. Le pasé el pulgar por el pezón. Ella cerró los ojos un segundo.
A partir de ahí no hubo más conversación.
***
Camila siguió moviendo la mano, despacio. Yo me incorporé hasta quedar sentado y la atraje hacia mí. Quedamos cara a cara, con ella encima de mis piernas dobladas y yo con la espalda contra el respaldo de la cama. Le pasé la otra mano por el costado del cuerpo, por las costillas, por la cintura. Camila tenía la piel tibia. Olía a champú de coco y a los restos de la fiesta.
Nos besamos. No sé quién empezó. Fue uno de esos besos torpes, lentos, llenos de dientes al principio, que después se van encontrando. Camila tenía la boca chiquita y los labios muy suaves. Me pasó la mano libre por el cuello y la dejó ahí, como si quisiera asegurarse de que yo no me iba a ir a ningún lado.
La recosté sobre la cama. Le saqué la ropa interior despacio, sin dejar de mirarla. Ella se dejó hacer. Tenía las piernas un poco temblorosas y la respiración entrecortada. Me coloqué encima, entre sus piernas abiertas, y la punta de mi pene rozó su sexo. Estaba mojada. Mucho más de lo que yo esperaba.
Nos miramos a los ojos. No sé por qué le dije:
—Vas a ser la primera.
Ella respiró hondo.
—Hazlo. Tú también vas a ser el primero para mí.
Empecé a entrar despacio. Camila apretó los ojos y me clavó las uñas en la espalda. Soltó un quejido bajito. Yo paré.
—¿Te duele?
—Un poco. Sigue. Sigue despacio.
Fui entrando de a poco, parando cada vez que ella tomaba aire. Sentí algo ceder, una resistencia que dejaba paso. Camila gimió más fuerte, pero después aflojó la mandíbula y abrió los ojos.
—Ya está —susurró—. Sigue. Pero más rápido.
Empecé a moverme con más ritmo, sin perder el control. Ella me abrazó con las piernas y me apretó contra su cuerpo. Los quejidos de dolor se fueron convirtiendo en otra cosa, un sonido medio agudo que le salía cada vez que yo entraba hasta el fondo. La cama crujía bajo nosotros. Yo solo escuchaba su respiración y la mía.
Ninguno de los dos sabía nada de posiciones ni de trucos. Solo lo hicimos así, ella debajo y yo encima, con sus rodillas a los costados de mis caderas. Calculo que pasaron unos diez minutos. Sentí que estaba por terminar y le avisé.
—Cami, me voy a salir.
—No. Quédate. Quédate un poco más. Siento que… siento que voy a llegar.
—Pero te puedo…
—Aguanta. Aguanta.
Apreté los dientes. Ella empezó a temblar debajo de mí, con espasmos cortos y rápidos, y me clavó las uñas otra vez. Me apretó con las piernas con una fuerza que no sabía que tenía. Sentí algo cálido mojarme, y eso fue lo que terminó conmigo. Me vine dentro de ella, sin poder evitarlo.
Nos quedamos un rato así, con el corazón retumbándonos en el pecho. Apoyé la frente contra la suya. Ella tenía los ojos cerrados.
—No me pude salir —dije al fin.
—Ya sé. Lo sentí.
—Perdón.
—Vamos a la farmacia más tarde. Compramos la pastilla y listo.
Me salí despacio. Me dejé caer a su lado, mirando el techo. Camila se quedó un rato en silencio. Después se tapó la cara con las manos.
—Esto no lo puede saber nadie, Mateo.
—Nadie.
—Y no puede volver a pasar.
—No va a pasar.
Pero los dos sabíamos, mientras lo decíamos, que era mentira. Se levantó, juntó la ropa del piso y se fue al baño. Yo me quedé acostado, mirando la luz que entraba por la persiana. Pensé en mis abuelos durmiendo abajo. Pensé en mis padres en la fiesta. Pensé en que acababa de cambiar para siempre algo que no se podía deshacer.
Esa fue mi primera vez. Y la primera vez que crucé un límite que no debía cruzar. Lo que pasó después con Camila, y lo que pasó tiempo más tarde con alguien todavía más cercana, son historias que tal vez les cuente otro día, si tienen ganas de leerlas.