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Relatos Ardientes

Mi primer trabajo y la deuda que no esperaba

Valeria llevaba cuatro meses rogándole a Rodrigo que la dejara trabajar en su tienda. Cuatro meses de mensajes, de llamadas al celular, de pedirle a su padre que intercediera. Rodrigo era amigo del viejo desde hacía veinte años, y esa amistad era exactamente el problema: la veía como la niña que había correteado por el jardín en sus fiestas, la que coloreaba en el suelo mientras los adultos hablaban de cualquier otra cosa.

Pero Valeria ya no era ninguna niña. Había cumplido dieciocho en febrero y lo que había pasado ese último año era difícil de ignorar para cualquiera que la mirara más de dos segundos. Rodrigo lo sabía. Por eso ponía excusas: que la tienda iba mal, que ya tenía suficiente personal, que esperara el verano, que le preguntara en septiembre.

Al final fue su padre quien lo convenció. Rodrigo cedió con una sola condición: que empezara de inmediato y que no le dijera nada al viejo si las cosas no funcionaban. Una cláusula extraña para un empleo de tienda, pero Valeria la firmó mentalmente sin darle más vueltas.

El primer día, Santiago ya la estaba esperando. Era el encargado del almacén, cuatro años mayor que ella, con las manos grandes y esa costumbre de pasarse la lengua por los labios cuando estaba nervioso. Valeria lo pilló mirándola desde el fondo de la tienda mientras ella acomodaba las perchas del escaparate con su primer día de uniforme.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó él acercándose más de lo necesario.

—Estoy bien —dijo ella sin girarse.

Carmen, la otra empleada, le explicó el sistema de precios y los turnos. Era mayor que ambos, callada y eficiente. Con ella sí se cayó bien desde el principio.

Rodrigo llegó a mediodía. Se detuvo en la puerta un segundo más del necesario antes de entrar, como si necesitara prepararse para algo. Valeria lo vio de reojo y sonrió. Él respondió con un gesto neutro y se fue directo a su oficina del fondo sin decir nada más.

Esa primera semana pasó sin incidentes. Santiago seguía buscando excusas para cruzarse con ella en el pasillo estrecho que llevaba al almacén. Rodrigo aparecía dos veces al día, revisaba la caja registradora y desaparecía. Valeria notó que la cámara de seguridad que apuntaba al mostrador había sido reposicionada recientemente. El tornillo de ajuste todavía brillaba como nuevo.

***

El sábado llegó el asunto de los pantalones cortos. Carmen le había dicho que los fines de semana el uniforme era más informal: jeans o pantalón corto con la camiseta del logo.

Valeria apareció con el único short que tenía, uno de tela gris que le quedaba chico desde hacía un año. Le cubría apenas lo suficiente cuando estaba de pie. Si se agachaba, la situación cambiaba completamente. Rodrigo la vio llegar desde la oficina y tardó más de lo normal en salir a abrir la caja registradora.

—¿No tienes algo más largo? —le preguntó Santiago en voz baja mientras ambos acomodaban la nueva remesa de temporada.

—Este es el único que tengo.

Él asintió sin decir nada más, pero no dejó de mirarla en todo el turno.

Los clientes también notaban. Varios hombres se detuvieron frente al escaparate más tiempo del habitual. Uno entró solo para preguntarle si ella modelaba también la ropa de la tienda. Le ofreció su tarjeta: decía que era representante de una agencia de imagen. Valeria la guardó en el bolsillo del short sin pensarlo demasiado.

Rodrigo lo vio todo desde detrás del mostrador y no dijo nada hasta que el hombre salió por la puerta.

—¿Qué quería ese tipo?

—Que si quería ser modelo. Que él me podía ayudar.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que le iba a pensar.

Rodrigo apretó la mandíbula y siguió atendiendo al siguiente cliente sin añadir nada más.

***

Valeria fue a la cita esa misma tarde, después del cierre. El hombre la recibió en un apartamento del centro que tenía más de estudio de fotografía improvisado que de oficina profesional. Le pidió que se cambiara detrás de un biombo. Cuando empezó a explicar lo que vendría después de las fotos, Valeria agarró su bolso y salió sin esperar el ascensor.

Llamó a Rodrigo desde las escaleras, con la voz entrecortada y las piernas que no le respondían del todo bien.

—¿Dónde estás? —preguntó él antes de que ella terminara de explicar.

Lo vio llegar en doce minutos exactos. El coche apareció doblando la esquina y ella corrió hacia él sin pensarlo. Rodrigo no dijo nada. Esperó a que se abrochara el cinturón antes de arrancar.

—Gracias —dijo Valeria cuando llevaban un rato en silencio.

—¿Estás bien?

—Sí. Me asusté, nada más.

Rodrigo frenó en el semáforo en rojo. Tenía los nudillos blancos sobre el volante. Valeria lo miró de lado: la mandíbula tensa, la mirada fija en el asfalto mojado.

—Creo que ya no puedes seguir trabajando en la tienda —dijo él sin girar la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque si algo te pasa, ¿qué le digo a tu padre?

—No le digas nada. Esto no tiene nada que ver con el trabajo.

—Tiene todo que ver. Ese tipo fue a la tienda por ti.

Valeria se mordió el labio. El semáforo cambió a verde pero Rodrigo no arrancó de inmediato.

—¿Qué puedo hacer para que me dejes seguir? —preguntó ella.

No era una pregunta inocente y los dos lo sabían. Rodrigo la miró por primera vez desde que habían subido al coche. Valeria sostuvo esa mirada sin parpadear.

Extendió la mano despacio y la posó sobre su muslo. Él no se movió. Ella subió la mano unos centímetros y notó la respuesta debajo de la tela del pantalón. Rodrigo exhaló lentamente por la nariz y aparcó el coche junto a la acera sin decir una sola palabra.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, aunque no hizo ningún gesto por apartarla.

—Negociar —dijo ella—. Sé hacerlo, no se preocupe. Mi novio me enseñó.

—Eres muy joven.

—Dejé de ser una niña hace tiempo. Y usted lo sabe desde antes que yo.

Le desabrochó el pantalón con una mano. Rodrigo apoyó la cabeza en el reposacabezas y cerró los ojos un momento.

—Vamos a la tienda —dijo al final, con la voz cambiada.

***

La bodega olía a cartón y a tela nueva. Rodrigo encendió la luz de emergencia, la única que no proyectaba claridad hacia la calle. Valeria ya entendía para qué estaban ahí.

Se arrodilló en el suelo de baldosas sin que él tuviera que pedírselo. Lo tomó con ambas manos, estudió la medida con los ojos y abrió la boca despacio.

Rodrigo le puso una mano en el pelo con una suavidad que la sorprendió. Valeria lo hizo con calma, sin apresurarse, aprendiendo el ritmo mientras él apoyaba la espalda en el estante de cajas y miraba hacia el techo.

—Tu novio te enseñó bien —dijo él en algún momento.

—Cállese y no piense en eso —respondió ella.

—Me gusta el sabor —añadió entre dos respiraciones, casi como si hablara sola—, aunque el tuyo es más grande.

Rodrigo no respondió. No hizo falta.

Cuando se acercó el final, Valeria se separó y terminó con la mano, limpiándose después sin aspavientos. Se levantó, se acomodó el pelo y apagó la luz de la bodega como si acabara de terminar un inventario de stock.

—¿Y mi trabajo? —preguntó desde el umbral.

—Sigue siendo tuyo —dijo Rodrigo.

***

Dos semanas después, Rodrigo llamó a Santiago a la oficina a primera hora de la mañana. Le señaló la silla del otro lado del escritorio.

—Siéntate.

En la pantalla girada hacia él aparecía una imagen congelada de la cámara del almacén. Santiago y Valeria besándose entre las cajas. Fecha y hora en la esquina inferior. Era de cuatro días atrás.

Santiago no dijo nada.

—Puedo archivar esto o puedo enviarlo. Tú decides —dijo Rodrigo sin levantar la voz.

—¿Qué quiere a cambio?

—Por ahora, que sigas trabajando y que no me des más sorpresas. Lo que venga después ya te lo explico.

Santiago salió sin mirarle a los ojos. Rodrigo esperó a quedarse solo para llamar a Valeria.

—Quédate esta tarde al cierre. Necesito que hablemos de algo.

***

Carmen se fue antes de tiempo esa tarde, tenía cita médica. Solo quedaron los tres en la tienda cuando Rodrigo bajó las persianas metálicas. Les indicó a ambos con un gesto corto que subieran a la oficina.

Valeria y Santiago llegaron juntos al umbral. Rodrigo estaba de pie frente al escritorio con los brazos cruzados.

—El vídeo del almacén —empezó—. Tengo pensada una solución que le conviene a los dos. La cláusula del descuento salarial no aplica si lo que pasa entre vosotros también me incluye a mí.

—No entiendo —dijo Valeria.

—Compartir —respondió él.

Se acercó a ella, le retiró el cabello de la cara y la besó despacio. Santiago vaciló un momento en el umbral antes de entrar y cerrar la puerta detrás de él.

—¿Me van a coger los dos? —preguntó Valeria cuando se separaron.

—Primero nos vas a atender bien a los dos —dijo Rodrigo—. Luego ya veremos.

La acomodó entre ellos. Valeria se arrodilló en el suelo alfombrado de la oficina con ambos hombres frente a ella. Los tenía tan cerca que casi se rozaban. Empezó por uno y luego por el otro, alternando con pausa, sin prisa, encontrando el ritmo de cada uno.

—Para que no me ahogues —le advirtió a Rodrigo cuando él intentó acercarse demasiado.

—Como tú mandes —respondió él, y lo dijo en serio.

Santiago la levantó por las caderas y la inclinó sobre el escritorio. Rodrigo se colocó delante. Valeria notó que Santiago buscaba el lugar equivocado.

—Ahí no —dijo ella.

—Despacito —respondió él.

—Es que duele.

—Al principio duele un poco. Después ya no.

Valeria apretó el borde del escritorio. La entrada fue lenta, con paradas, con tiempo para adaptarse. El dolor estuvo ahí, sí, agudo y extraño, una quemazón que irradiaba hacia adentro. Apretó los dientes y esperó.

Tardó más de lo que pensó. Pero cuando cedió, cedió de golpe, y lo que reemplazó al dolor era algo que no tenía nombre exacto todavía. Algo denso y eléctrico que le ocupaba la cabeza entera.

—¿Estás bien? —preguntó Santiago.

—Sí —dijo ella, y se sorprendió de decirlo en serio.

***

Rodrigo se sentó en la silla del escritorio y la levantó para que se acomodara sobre él de cara. Santiago se colocó detrás de Valeria. Ella sintió las dos presencias al mismo tiempo y cerró los ojos.

Se movieron despacio los tres, buscando el ritmo entre los tres cuerpos. Rodrigo le sujetaba la cintura y le mordía el cuello con suavidad. Santiago tenía las manos aferradas a sus caderas. Valeria apoyó la frente en el hombro de Rodrigo y dejó que todo pasara.

Solo había visto algo así en vídeos. Ahora tenía los dos dentro y la sensación era tan completa, tan sin fisuras, que no había espacio para ningún otro pensamiento.

—¿Te gusta? —preguntó Rodrigo al oído.

—No me hable —respondió ella.

Él no dijo nada más, y los tres siguieron en ese silencio espeso de la oficina cerrada mientras afuera la calle seguía con su ruido de siempre.

—Me duele un poco pero también se siente bien —dijo ella más tarde, casi para sí misma, como si acabara de descubrir algo que no sabía que existía.

—Cállate y muévete —dijo Rodrigo con voz ronca.

Valeria obedeció.

Cuando Santiago llegó primero al límite, ella se inclinó hacia adelante y abrió la boca. Tragó después con una mueca que no pudo evitar del todo.

—No me gusta el sabor —dijo.

—Ya te acostumbrarás —respondió Rodrigo, y siguió.

Unos minutos después fue él quien terminó, de pie, con un largo suspiro que le salió desde el fondo del pecho. Se quedaron los tres en silencio un momento, cada uno recuperando el aliento en la penumbra de la oficina.

***

Rodrigo los llevó a casa esa noche. Primero a Valeria, que se bajó del coche sin mirarlo. Luego a Santiago, que se despidió con un «hasta mañana, jefe» tan normal que Rodrigo no supo si reírse o no.

Conducía solo de vuelta cuando el teléfono vibró sobre el asiento del copiloto. Era un mensaje de Valeria.

«Mañana llego a tiempo.»

Rodrigo lo leyó, dejó el teléfono donde estaba y siguió conduciendo. No respondió. Pero sí sonrió, solo, en el coche vacío, mientras la ciudad pasaba por las ventanas oscuras.

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Comentarios (4)

Camilita_92

Me encanto!! La tension se siente desde el principio. Muy buen trabajo

NicolasR87

Buenisimo, de los mejores que lei en esta categoria. Segui escribiendo!!!

Valentina_rdp

jajaja ay que situacion. Me gusto mucho, muy bien escrito

Lucas_mza

Me recordó a cuando empecé mi primer laburo jaja, aunque el mio fue mucho mas aburrido. Muy entretenido el relato

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