The Night I Surrendered to Her Pink Sandals
My name is Iván and I’m twenty-four years old. For almost my entire life I’ve carried a desire I never dared tell anyone: I’m obsessed with women’s feet and, even more, with the footwear they’ve worn for hours. It’s not something I can explain with pretty words. It’s a current that runs up my back every time I see a pair of sandals abandoned by a door, still warm, with the shape of the foot marked in the insole. My cock gets hard instantly, without warning, like Pavlov’s dog trained for years by repression.
That Saturday night I had the whole house to myself. My friend Carla had let me stay in her apartment while she went out to dinner with her coworkers. I’d had a fight with my roommate and needed a quiet place, and Carla, who trusts me like a brother, gave me the keys without a second thought.
“Don’t wait up for me, I’ll be back late,” she said from the doorway, already wearing her coat. “There’s beer in the fridge and the TV’s yours.”
“Don’t worry, I’ll be fine,” I answered, pretending to be calmer than I felt.
The door closed and silence settled over the apartment like a blanket. And then I saw them.
Beside the sofa, barefoot in the middle of the rug, were her pink sandals. I knew them well; they were the ones Carla wore around the house, those rubber ones with the wide strap that get worn down with use. I’d glanced at them dozens of times without allowing myself anything more. That night, for the first time, there was no one there to stop me.
Just for a little while, I told myself. I’ll just look at them, that’s all.
I sat on the floor in front of them, my heart pounding in my chest as if I were about to cross a line I could never come back from. I left them where they were for a long minute, staring at the way the insole held the exact imprint of her toes, the darker mark where her heel rested every day. They were an ordinary object and at the same time the most intimate thing I had ever had this close.
I reached out and pulled them toward me. The rubber was warm, as if Carla had just taken them off, even though she hadn’t worn them for hours. I turned them over in my fingers, tracing the worn surface, the tiny cracks, the uneven wear from so much walking. Every detail told me something about her I would never have dared ask.
I brought them slowly to my face, almost afraid. The smell hit me all at once: intense, warm, unmistakable. It smelled like skin, like hours locked in, like a body that had been moving all day. It wasn’t a pleasant smell in the common sense of the word, and yet it completely unraveled me. I closed my eyes and took a deep breath, filling my lungs with something I knew didn’t belong to me. My cock swelled inside my pants until it strained the fabric, throbbing every time I inhaled that sour-sweet scent, like a woman’s sweat, like a cunt trapped in the heat of the apartment, like living skin.
I stayed like that for a good while, nose pressed to the insole, letting each breath drag me a little farther under. My head was spinning. I could feel my pulse beating in my balls, at the tip of my dick, a tingling that was already dampening my underwear with the first drops. Part of me already knew I wasn’t going to be able to stop in time.
I ran my tongue over the rubber, slowly, following the line where her toes had rested so many times. The gesture was absurd, filthy, and precisely because of that it drove me to the edge. I licked the entire insole, tasting the salty trace the day had left there, sucking the wide strap that crossed the top of the foot as if I were sucking something far more intimate. Every kiss, every lick was a silent confession of everything I was hiding. I pushed my tongue into the grooves left by her toes, dragging it along the heel cup, nibbling at the rubber with a mix of fury and devotion.
If she saw me now, she’d throw me out forever, I thought. And instead of stopping me, the idea pushed me even deeper in.
***
Olerlas y besarlas no me bastaba. Quería más. Quería sentir lo que ella sentía cada vez que las usaba, ocupar su lugar aunque fuera durante unos minutos robados.
Me quité mis propias zapatillas y deslicé los pies en sus sandalias. Me quedaban pequeñas, mis dedos sobresalían por delante, pero eso no importaba. Lo importante era la sensación: pisar el molde tibio que su cuerpo había dejado, encajar mi planta exactamente donde había estado la suya.
Me puse de pie y caminé. Al principio con torpeza, después dejándome llevar. La goma chasqueaba contra el suelo a cada paso, ese sonido tan suyo que tantas veces había oído desde el sofá sin atreverme a mirar. Y mientras caminaba por el pasillo del departamento, algo se soltó dentro de mí.
Empecé a moverme distinto. Más suave, con las caderas, imitando la forma en que ella se desplazaba por la casa. Me imaginé que tenía su cuerpo, que era yo quien volvía cansado al final del día y se quitaba el peso de los pies con esas sandalias. Por un instante dejé de ser Iván. Era otra persona, una versión mía que nunca le había mostrado a nadie y que esa noche, sola en el silencio de aquel departamento, por fin se atrevía a existir.
Caminé hasta el espejo del recibidor. Me miré: los pies metidos a la fuerza en aquellas sandalias rosas demasiado pequeñas, la postura cambiada, la respiración entrecortada, y el bulto obsceno de la polla marcándose contra el pantalón. Tendría que haberme dado vergüenza. En cambio sentí una libertad que no había sentido jamás, como si me hubiera quitado una armadura que llevaba puesta desde niño.
Me quedé frente al cristal más tiempo del que esperaba. Probé gestos que nunca me había permitido: una mano apoyada en la cadera, el peso cargado en una sola pierna, la cabeza ligeramente ladeada. Con la otra mano me apreté la verga por encima de la tela, restregándola en círculos lentos, viendo cómo mi propio reflejo se mordía el labio. Cada movimiento me alejaba un poco más de quien era durante el día y me acercaba a esa otra persona que vivía escondida en algún rincón de mí. No sé cuánto duró. El tiempo se había vuelto líquido, sin horas, sin culpa, solo aquella sensación de estar por fin completo.
Recorrí el departamento entero así, de punta a punta, pisando con sus sandalias cada baldosa de la cocina y cada tabla del pasillo. Me detuve junto a la ventana, donde la luz de la calle entraba apenas, y me imaginé que era ella quien miraba la noche desde ahí. La fantasía ya no era un juego rápido. Se había convertido en algo más hondo, una manera de habitar un cuerpo y un deseo que durante años solo me había atrevido a rozar en la oscuridad.
Volví al living moviéndome despacio, disfrutando cada chasquido de la goma, cada roce de la tira contra mi piel. La fantasía me tenía completamente entregado. No quería que terminara, pero mi cuerpo ya pedía otra cosa, una tensión que llevaba acumulándose desde el primer instante y que necesitaba salir por la punta de la polla.
***
Me dejé caer en el sofá con las piernas abiertas de par en par. La tenía dura como un hueso, tirante contra la bragueta, la punta ya empapada de líquido preseminal que se me pegaba al calzoncillo. Me quité una de las sandalias y la sostuve contra la cara mientras me desabrochaba el pantalón con la otra mano y me lo bajaba hasta los muslos junto con la ropa interior. La verga saltó afuera de golpe, gruesa, hinchada, latiendo contra mi vientre. Bastó con volver a hundir la nariz en la plantilla para que se me tensara todavía más, con una gota espesa colgándome del glande.
Me escupí en la palma y me la envolví. La primera pasada, de la base a la punta, me arrancó un gemido que no reconocí como mío. Me toqué despacio al principio, con la sandalia pegada a la nariz, respirando su rastro a cada movimiento de la muñeca. La otra sandalia la tenía sobre el muslo, la goma tibia rozándome la piel desnuda, y cada tanto la agarraba y me la restregaba contra los huevos, contra la ingle, contra todo el largo de la polla, untándola con mi propia baba y con el líquido que no dejaba de salirme. Estaba a la vez avergonzado y más excitado de lo que recordaba haber estado nunca. La culpa y el placer se mezclaban hasta volverse la misma cosa.
Saqué la lengua y la pasé otra vez por la plantilla mientras me la seguía cascando. El sabor salado me llenó la boca, ese rastro a Carla, a sus pies sudados dentro de la goma durante horas, y sentí cómo cada lengüetazo me apretaba los huevos un poco más. Me metí el borde de la tira entre los dientes, la mordí, la chupé como si estuviera mamándole los dedos de los pies uno por uno. Me imaginé arrodillado frente a ella, con su planta apoyada en mi cara, obligándome a lamerle la humedad entre los dedos, aplastándome la polla contra el suelo con el otro pie hasta hacerme suplicar.
Aceleré la mano. El silencio del departamento amplificaba cada sonido: el chasquido húmedo de mi puño resbalando arriba y abajo, mi respiración cortada, los gemidos ahogados que se me escapaban contra la goma. Con la mano libre agarré la otra sandalia y me la apoyé en el pecho, después la bajé y me la restregué contra los pezones, contra el vientre, dejando un rastro brillante de saliva y precum por toda la piel. Estaba haciendo una porquería y me daba igual. Me daba más morbo todavía.
—Carla —murmuré contra la plantilla, casi sin querer—. Puta madre, Carla…
Pensaba en ella, en sus pies, en cómo se los lamería si me dejara, en cómo me follaría la cara con ellos hasta cansarse. La imaginaba volviendo antes de tiempo, entrando y encontrándome así, con la polla en la mano y su sandalia hundida en la boca, y en lugar de gritarme se me acercaba lento, se quitaba las bragas y me montaba encima del sofá, obligándome a seguir oliendo su calzado mientras me clavaba su coño hasta el fondo. La imaginé apretando la sandalia contra mi cara mientras me cabalgaba, gimiéndome al oído lo asqueroso que era, lo mucho que le calentaba tener a un pervertido debajo, y esa idea me empujó al borde en cuestión de segundos.
Se me cerró la garganta. Los huevos se me subieron duros, contraídos. Metí la lengua a fondo en la huella del talón y una descarga eléctrica me subió por la columna, dejándome ciego un instante. Llegué con una intensidad que me dobló sobre mí mismo, gimiendo contra la goma como un animal. El primer chorro salió disparado y aterrizó grueso sobre la plantilla, justo en el hueco donde se apoyaban sus dedos. El segundo cayó sobre la tira. El tercero y el cuarto los guié yo mismo con la mano, apuntando la punta de la polla contra la sandalia, empapándola con lechada espesa y caliente, marcándola con algo que era solo mío, embarrando cada centímetro que su piel tocaba a diario. Terminé de vaciarme frotando el glande contra la goma pegajosa, restregando los últimos hilos de semen por toda la plantilla, sin poder parar de gemir.
Me quedé un momento sin aire, con la sandalia todavía apretada contra el pecho y la polla goteando sobre el muslo, escuchando cómo el corazón se me iba calmando poco a poco. La otra sandalia, la que había estado chupando, seguía en mi boca, empapada en saliva.
What did I just do?, I thought. But even then, I didn’t regret it completely.
***
Cuando la respiración volvió a la normalidad, la realidad se me cayó encima. Tenía que devolver las sandalias a su sitio, exactamente donde estaban, como si nada hubiera ocurrido.
Fui al baño, busqué un paño y las limpié con cuidado, una por una, borrando cualquier rastro de la corrida espesa que las cubría, de la saliva, de todo lo que había pasado. Las sequé, comprobé que no quedara ninguna marca y las dejé de nuevo junto al sofá, en la misma posición, con la misma inclinación que tenían cuando entré. Un observador no habría notado la diferencia. Yo sí. Yo sabía lo que escondían ahora.
Me senté otra vez en el sofá, esta vez vestido y quieto, mirando aquellas sandalias rosas como quien mira el lugar de un secreto. Sentía una mezcla extraña: culpa por haber usado algo de Carla sin que ella lo supiera, y al mismo tiempo una calma profunda, la satisfacción de haberle dado por fin un lugar a un deseo que llevaba años escondiendo.
Cuando la llave giró en la cerradura, ya pasada la medianoche, yo estaba en el sofá con la tele encendida y una cerveza a medio terminar, fingiendo el aburrimiento más absoluto.
—¿Todo bien? —preguntó Carla, dejando las llaves en el plato de la entrada—. Tenés cara de no haberte movido del sillón.
—Todo perfecto —dije—. Una noche de lo más tranquila.
Ella sonrió, se quitó los zapatos de salir y se dejó caer a mi lado a contarme cómo había estado la cena. Yo asentía y le seguía la conversación, pero no podía dejar de mirar sus pies descalzos sobre la alfombra, a un palmo de las sandalias rosas que ahora guardaban un secreto que solo yo conocía. Se me empezó a hinchar la polla otra vez de solo pensar que en cualquier momento estiraría el pie y volvería a meterlo en la misma goma que yo había llenado de semen y de baba media hora antes.
Esa noche aprendí algo sobre mí mismo que no podré olvidar. Que la vida es demasiado corta para vivir avergonzado de lo que uno desea, por raro o incómodo que les parezca a los demás. Carla nunca lo supo. Pero cada vez que la veo cruzar la casa con esas sandalias, una parte de mí sigue allí, en aquel sábado solo, con la polla en la mano y su calzado en la boca, rindiéndose otra vez.