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Relatos Ardientes

La dernière fois que je me suis offerte à mon amant secret

Pasaba ya casi un año desde la primera vez, y todo lo que había ocurrido en ese tiempo se parecía a una montaña rusa que nunca frenaba. Nuestros secretos descansaban en la penumbra, escondidos con cobardía de las miradas ajenas. Hasta fingir se nos había vuelto una costumbre gastada, una rutina que repetíamos sin pensar.

Era una relación que, en el fondo, no existía. Reducida a encuentros a solas, lejos de cualquier compañía, ajena a todo lo que nos rodeaba. Y sin embargo, detrás teníamos una historia tan nuestra como los años que llevábamos siendo amigos antes de cruzar esa línea.

Lo que compartíamos tenía un lenguaje propio, una razón distinta a la de cualquier otra cosa que hubiera vivido. Algo a medio camino entre el deseo y el silencio, entre lo que de verdad éramos y lo que fingíamos ser delante de los demás.

Mi felicidad habitaba en ese espacio íntimo. Era feliz, no podía decir lo contrario. Sin plantearme siquiera que aquello pudiera ser un error, poco a poco me fui dando cuenta de que, aunque lo fuera, todo lo que me hacía sentir compensaba y terminaba haciendo que valiera la pena.

Adrián era mi pareja, o así lo sentía yo. Un compañero del que aprendí, alguien en quien confiar, la persona con la que creí que terminaría compartiendo mis planes y mi vida. Lo había convertido, en mi cabeza, en el final de un cuento que solo yo estaba escribiendo.

Pero aquello no era más que el suspiro con el que rompería el espejismo de mis propios deseos. Un reflejo idealizado de una idea absurda que tanto anhelaba. Una niebla difusa que se colaba por las grietas que, sin yo verlas, ya se abrían entre nosotros.

Porque las cosas no estaban bien. No con el paso del tiempo, no con aquel secreto que solo nosotros dos conocíamos. Ese mismo secreto que un día dejó de protegernos y empezó a pesar más que la felicidad que decía darme.

Me sentía engañada. Convencida de que la situación todavía no había cruzado ningún límite irreversible, y al mismo tiempo superada por ella, me lancé con un atrevimiento casi suicida a forzar las cosas.

Lo que había nacido como algo temporal, a la espera de acomodarse a lo que queríamos o sentíamos, se prolongó mucho más de lo deseado. Y el tiempo, sin avisar, empezó a correr en nuestra contra.

Hasta bastante después no fui consciente de que yo no era la única que vivía engañada dentro de aquella mentira.

Aquella tarde ya estaba cansada de escuchar las mismas excusas de siempre.

—No insistas más… ¿por qué tenemos que contárselo a todo el mundo? ¿No estamos bien así? ¿Para qué estropearlo? —contestó con cierta molestia en el tono, y antes de dejar la frase a medias, añadió—: Nosotros no somos pareja.

Aquella frase lapidó mis esperanzas. Le bastaron unas pocas palabras para destruir de golpe todas mis ilusiones, dejando atrás la posibilidad más remota y una amistad que, sin yo darme cuenta todavía, empezaba a quebrarse.

La frialdad con la que salió de sus labios congeló mi corazón. Y terminó de romperlo con lo que dijo justo después.

—Nosotros nunca seremos pareja, nunca podríamos… Siento si te he confundido. —Una disculpa que solo presagiaba lo peor—. Esto solo es un juego entre amigos.

Me mató. Destrozó mis ilusiones y mis sueños, me arrancó la felicidad que durante meses había sostenido y la dejó caer como cristales sobre mis pies descalzos.

Claro que nunca pasaría lo que yo deseaba. Claro que nunca vería las cosas como yo, era imposible. Para él no era más que un juego entre amigos. Jamás me vería como una pareja. Solo era la amiga que estaba ahí, la que en ese momento ocupaba el hueco que dejaba la necesidad. Solo era el coño al que Adrián llamaba cuando se le antojaba follar, cuando nadie más miraba.

Ese día se derrumbaron los once meses que habíamos compartido. Once meses de polvos a puerta cerrada, de sus dedos metidos hasta el fondo, de su verga entrando y saliendo de mí en la penumbra de habitaciones prestadas. Ese día nuestra amistad quedó a la deriva.

Cada uno de los recuerdos me atropelló como un tren a toda velocidad. Ni siquiera mis ojos alcanzaron a llorar, presos de la impotencia, de la rabia y del dolor que me consumían y me asfixiaban a la vez.

Necesitaba tiempo. Necesitaba pensar.

Aquella tarde colgué el teléfono convencida de que ya no había nada que arreglar. El final de lo que conocíamos estaba cerca, y nuestra amistad llegaba a su fin.

Me costaba aceptar que todo hubiera terminado, que no volvería a sentir sus besos ni sus labios, ni su lengua bajando por mi vientre hasta enterrarse entre mis muslos. Aun así me resistía, todavía albergaba la esperanza de que todo aquello fuese un arrebato, de que existiera alguna forma de retroceder y volver a conducir el tiempo.

***

Era miércoles por la tarde cuando Adrián me llamó, como hacía casi cada día.

Con su tranquilidad de siempre, coqueteó sin complicaciones, como si la víspera no hubiera pasado nada entre nosotros.

Yo ya no era la misma de aquel día.

La complicidad me había abandonado y se me atragantaba en cada risa forzada. Las cosas habían llegado a un punto sin retorno y, sin huir, avanzaba derecha hacia el abismo. Él, ajeno a todo lo que me revolvía el estómago y me martilleaba la cabeza, fingía que no pasaba nada y se mostraba igual que siempre.

Me esforcé por sonreír, lo juro que lo intenté. Por parecer despreocupada, simpática, aunque lo único que de verdad me apeteciera fuese gritar. Hice lo imposible por no quebrar la voz, convencida de que no notaría la tristeza que me asaltaba. Fue inútil. La verdad siempre acaba saliendo y deja un peso extraño en las palabras.

—¿Estás bien, peque? —preguntó, ajeno a mi tono.

—No, Adrián, no me siento bien —contesté, enfadada.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué estás así?

Su indiferencia ante todo lo que yo sentía me enfurecía todavía más. Pero claro, yo era la que vivía engañada.

—No puedo seguir así. No quiero —le dije con la voz a medio camino de romperse.

—Así, ¿cómo? —preguntó con incredulidad.

—Fingiendo que no me importas. Mintiéndome a mí misma al creer que algún día verás esto como lo que de verdad es. ¡Vivimos a escondidas, joder! —En esta ocasión no logré contener el quiebro de mi voz.

—Yo no te estoy escondiendo… No quiero que digas eso.

—Pues así es como me siento. Te avergüenzas, por la razón que sea, te avergüenzas de nosotros. Te avergüenzas de mí —insistí, aunque la voz me sollozara—. ¿O cómo lo llamarías tú?

—No hay que ponerle nombre a nada —insistió él, ahora en un tono más serio—. Yo no quiero una novia. No quiero a nadie que me diga adónde ir o con qué amigos puedo salir. No quiero condicionar mi vida a otra persona. Creía que eso estaba claro. —Lo remató con toda la contundencia que sus propias palabras cargaban.

—Nunca hemos hablado de eso… Esa conversación no existió jamás entre nosotros. —Tomé aire, intentando aflojar el nudo de la garganta—. Pero se entendía que éramos más que amigos. No puedes venir ahora a dar por sentadas cosas que solo tú querías, como si fueran de los dos. —Hice una pausa para respirar y poder seguir—. Eso me lleva a pensar que nunca me tuviste en cuenta. Quizá porque no querías, o quizá porque nunca te interesó mi opinión. —Y, armándome de valor, le dije las palabras que sentenciarían la conversación—: Dime ahora… ¿qué eliges? ¿Tus amigos, tu soltería, tu silencio y tu supuesta libertad… o yo?

La pregunta quedó suspendida en el aire unos segundos. Segundos que a mí me parecieron una eternidad, esperando una respuesta que ya intuía. El ultimátum estaba sobre la mesa. Solo quedaba saber quién ganaría ese juego, y algo me decía que no sería yo.

—Creo que no estás siendo justa —respondió con cierta indignación.

—Solo tienes que contestar, Adrián —le presioné—. Solo tienes que dar una respuesta. Habla por una vez y todo quedará resuelto de una vez por todas.

Al menos diez minutos de silencio precedieron a lo que dijo. Un silencio incómodo, ensordecedor, que se instaló entre los dos y dejó la respuesta colgando en el aire.

—Yo quiero estar contigo…

El comienzo alentó a mi corazón, que se engañaba todavía albergando un mínimo de esperanza, creyendo que tal vez me equivocaba y que iba a plantear otra salida.

Aquel hilo de confianza duró poco. Se quebró enseguida.

—Pero no quiero una relación… al menos no ese tipo de relación formal. —Lo dijo con cierta tristeza en los ojos—. Nosotros no estamos hechos para ser pareja.

Él había elegido. Y yo también. Nunca había sido su elección.

Me quedé sin voz, incapaz de pronunciar palabra, tragando saliva para suavizar el nudo angosto y doloroso que me cerraba la garganta por completo y me hacía respirar con dificultad.

—Dime algo… —imploraba, quizá tratando de disipar la culpa que sentía.

—No… no… no puedo —respondí, forzándome a sonar entera.

Entre sollozos trataba de no estallar en llanto. Romperme delante de él no era una opción. Mantenerme fría, y tal vez algo altiva, sí lo era. Concluí aquella conversación condenándola a un final absoluto.

—Ya está todo dicho, Adrián. —Guardé silencio unos segundos cargados de tensión—. No vuelvas a llamarme.

—Pero somos amigos… —puntualizó.

—No lo sé. Será mejor que nos alejemos un tiempo. Ahora mismo no puedo verte.

Dicho aquello, me despedí y colgué el teléfono que ponía cierre a casi un año de sentimientos.

***

Empezaba un cambio enorme por delante: la vida sin él. Había perdido al que creí el amor de mi vida y, a la vez, a mi amigo más fiel. Ahora tenía que aprender a estar sin ninguno de los dos. Me encontraba sola, vacía y defraudada.

El orgullo herido no me permitió dejarlo volver. En cada intento que hizo por recuperar lo poco que quedaba de nuestra amistad, se topó con mi rabia y mi rencor. Sin esperanzas ni ilusiones, los días se fueron desvaneciendo desde que Adrián desapareció.

Y, como si el destino tuviera un sentido del humor cruel, era sábado por la noche cuando las chicas me convencieron para salir.

—Vamos, tenemos que salir. Tengo entradas para el concierto, no las vamos a desaprovechar —insistía Carla—. Acompáñame, seguro que te viene bien.

Entre su presión constante y la que yo misma me imponía por intentar dejar todo atrás de una vez, terminé cediendo. A las nueve y media estábamos en la puerta de la sala Almena. Tocaba un grupo de rock con aires de flamenco que fusionaba ambos géneros en melodías raras para mi limitado oído. Diferentes, sin llegar del todo a gustarme.

La cena que tanto prometía se quedó en una hamburguesa de pie en el local de turno, y lo que iba a ser una copa se convirtió, irremediablemente, en una noche entera de fiesta. Menudo plan. Vamos, que me habían engañado con la clara intención de sacarme de casa.

Después de pasar por los bares de siempre, acabamos —cómo no— en el pub donde tantas veces había terminado la noche. A cada paso temía el momento de cruzármelo. Sabía que pisábamos el mismo suelo, que compartíamos las mismas calles y los mismos garitos. Encontrarnos era solo cuestión de tiempo.

Y entonces ocurrió.

Al entrar en un bar llamado El Faro, allí estaba él. Como si algo le hubiera avisado, me localizó enseguida con la mirada. Confieso que yo a él también.

Sin el menor interés en acercarme, pasé de largo. Todavía dolían los restos de lo que fuimos. Así que, fingiendo que no existía, seguí mi camino hacia la esquina donde se apiñaban mis amigas.

Ellas no tardaron en empezar a hablar con un grupo de chicos. En circunstancias normales no me habría fijado en ninguno, pero aquella noche no estaba para hacerle ascos a nadie. Dispuesta a dar de qué hablar y, sobre todo, a no pensar, me integré en el grupo intentando ignorar los ojos que sabía clavados en mí.

No tardé en notar el interés de uno de ellos. Un pequeño triunfo más para la noche. Si verle la cara de sorpresa al pasar de largo ya había sido una recompensa, sentir que ahora tenía a alguien comiendo de mi mano era, directamente, una victoria.

El chico, entregado, era algo más alto que yo. Atractivo, quizá incluso bastante guapo. Reconozco que en otras circunstancias tal vez ni siquiera me habría detenido a mirarlo, pero aquella noche me servía, y con eso bastaba. No tardó en acortar la distancia. Al pegar su cuerpo al mío, dejó claras sus intenciones. Sentí su polla ya medio dura contra mi cadera, apretándose contra mí a través de la tela del pantalón, y no me aparté. Al contrario, empujé un poco el culo hacia atrás, restregándome despacio, sabiendo que Adrián lo estaba viendo todo.

Adrián no perdía detalle. Desde lejos seguía cada movimiento. Todo lo que pasaba en aquel rincón estaba bajo su vigilancia silenciosa.

Cuando me excusé para ir un momento a la parte trasera del local, me interceptó.

—¿Qué estás haciendo? —me recriminó, con un malestar mal disimulado.

—Suéltame —dije, todavía con su mano sujetándome—. ¿Qué diablos quieres? —pregunté, ya enfadada.

—¿A qué estás jugando con ese tipo?

Resultaba casi irónico que él, precisamente él, se preocupara ahora por lo que yo hiciera.

—Creo que eso no es asunto tuyo, ¿no? —respondí, mirándolo de frente.

—Sí lo es. Eres mi amiga. No quiero que te equivoques.

Eres mi amiga. Ese matiz le quedaba grande. Demasiado grande. La culpa que asomaba en su voz me dio justo el impulso que necesitaba.

—¿Equivocarme… como me equivoqué contigo?

La rabia en sus ojos me confirmó que había dado donde dolía. Lo dejé allí, atrapado entre la necesidad de responder y la cobardía de callarse.

La noche siguió con el pulso de siempre. Cuando empezó a sonar un viejo lento que los dos conocíamos demasiado bien, Adrián se acercó, me agarró de la cintura y me llevó a la pista.

—¿Recuerdas esta canción?

No hizo falta ninguna pausa para saberlo. Era el primer lento que bailé en mi vida con un chico, y había sido con él. Con mi inseparable y añorado amigo.

—Podríamos estar bien… Podríamos volver a lo de antes.

Lo miré a los ojos esperando que estuviera bebido o confundido. Pero no. Estaba sereno, convencido. Hablaba en serio, y lo hacía con una normalidad que me desarmaba. Mientras me hablaba, su mano bajó por mi espalda hasta apoyarse justo encima del culo, apretándome contra él. Noté su polla endurecerse a través del vaquero, marcándose contra mi vientre, y una punzada caliente me atravesó entera. Once meses de memoria en la piel no se olvidan en unas semanas.

—Te echo de menos —dijo, justo antes de añadir—: Salgamos de aquí.

Aún hoy no entiendo cómo, después de tanto tiempo, seguía teniendo ese poder sobre mí. Cómo conseguía eclipsar toda mi coherencia y hacerme creer que marcharme de allí con él era una buena idea.

Recogí mis cosas y, sin despedirme de mis amigas, salimos juntos.

***

Era la primera vez que me acostaba con alguien por despecho. La primera vez que me entregaba a él sabiendo que, en cuanto nos separáramos, todo volvería a ser exactamente igual que antes de entrar en ese bar. Pero no me importó. Lo quería, lo deseaba y necesitaba cerrar esa puerta a fuerza de polvo, de sudor y de gemidos.

Fuimos directos al piso de su hermano, que casualmente estaba fuera varias semanas y al que Adrián tenía acceso. Al llegar no hicieron falta palabras. No habíamos ido a hablar; ¿para qué perder el tiempo?

Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared del recibidor. Su boca cayó sobre la mía con una furia contenida durante semanas, lengua adentro sin preguntar, mordiéndome el labio inferior hasta que lo sentí hincharse. Yo le devolví el beso con la misma rabia, agarrándole la nuca, tirándole del pelo, mordiéndole la boca hasta notar el metálico de la sangre en la lengua.

—Zorra —susurró contra mi cuello, cabreado y encendido a partes iguales—. Se te ha subido lo del bar, ¿eh?

—Que te jodan, Adrián —le contesté sin apartar los ojos de los suyos—. Cállate y fóllame ya.

Su camisa quedó sobre el sofá, arrancada a tirones, con dos botones rodando por el suelo. Mi top, en el suelo, junto a la puerta, junto al sujetador que él me desenganchó de un manotazo desde atrás. Su ropa interior a sus pies y la mía perdida en algún rincón del breve trayecto desde la entrada hasta el salón, arrastrada por sus dedos que me arrancaron las bragas por los tobillos sin ni siquiera desabrocharme del todo la falda.

Me apoyó en el respaldo del sofá, mirándome desnuda por primera vez en semanas. Sus ojos recorrieron mis tetas, mi vientre, el vello húmedo entre mis muslos, como quien reconoce un terreno que había estado suyo demasiado tiempo. Su polla, dura, gruesa, palpitando contra su propio vientre, estaba tan brutalmente cerca que sentí cómo se me contraía el coño solo de mirarla.

—Ponte de rodillas —le ordené yo, sorprendida de mi propia voz.

Me miró un segundo, sin entender, y por un instante creí que se negaría. Pero obedeció. Se hincó delante de mí en la moqueta, me abrió los muslos con las manos y hundió la cara entre mis piernas sin preámbulos. Su lengua trazó una lamida larga desde la entrada de mi coño hasta el clítoris, y luego otra, y otra, hasta que me tembló todo el vientre. Chupaba con hambre atrasada, apretando los labios contra los míos, metiéndome dos dedos hasta el fondo y curvándolos justo donde sabía que iba a hacerme perder la cabeza.

—Así, cabrón, así… —jadeé, agarrándole del pelo, restregándole el coño contra la boca sin ninguna delicadeza—. No pares, no pares…

Me corrí de pie contra el sofá, apretándole la cabeza contra mí, cerrándole las piernas alrededor de las orejas mientras el orgasmo me sacudía en oleadas, empapándole la barbilla. Él se separó con la boca brillante, jadeando, mirándome con una mezcla de rabia y adoración que me dio ganas de escupirle.

—Ahora tú —le dije, empujándolo hacia atrás.

Lo tiré sobre la alfombra y me arrodillé entre sus piernas. Le agarré la polla con las dos manos, gruesa, palpitando, con la punta ya mojada de líquido preseminal, y lo miré mientras me la metía entera en la boca de una sola vez. Se le escapó un gemido ronco cuando llegué hasta la base, cuando sentí la punta contra la garganta y no me aparté. Empecé a mamársela con hambre, subiendo y bajando la cabeza rápido, apretándole los cojones con una mano, chupando la punta con los labios cerrados y luego tragándomela otra vez hasta el fondo.

—Joder, joder… —balbuceó él, con las manos hundidas en mi pelo—. Así no… espera… espera que me voy a correr…

Levanté la cara, con los labios hinchados y un hilo de saliva colgándome de la barbilla, y le sonreí con maldad.

—Ese es el problema, ¿eh? Que sí sabes correrte en mi boca cuando no hay nadie mirando.

No le di tiempo a responder. Me trepé encima de él, le agarré la polla y la coloqué en la entrada de mi coño. Me dejé caer despacio, empalándome centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abría paso dentro de mí, cómo me llenaba entera hasta que mi culo chocó contra sus caderas. Solté un gemido largo, echando la cabeza atrás, con las manos apoyadas en su pecho.

—Mira lo que te vas a perder, hijo de puta —le siseé mientras empezaba a cabalgarlo, marcando yo el ritmo por primera vez en toda la relación—. Mira bien.

Y me moví. Rápido, sucio, sin ternura ninguna. Subía hasta dejar solo la punta dentro y me dejaba caer de golpe, haciendo que mi culo palmeara contra sus muslos con un sonido húmedo que llenaba el salón. Mis tetas botaban delante de su cara y él las agarraba con las dos manos, apretándolas con fuerza, mordiéndome los pezones, tirando de ellos con los dientes hasta hacerme gritar.

—Eres una zorra, joder —jadeaba él, embistiendo hacia arriba, clavándome la polla hasta el fondo—. Mi zorra.

—Tuya nada —le escupí—. Ya no soy nada tuyo.

Me agarró de las caderas con las dos manos, me levantó como si no pesara y me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas sobre la alfombra, con la cara contra el suelo y el culo levantado. Me metió la polla de un solo empujón brutal, hasta el fondo, y empezó a follarme por detrás con toda la rabia que llevaba dentro. Sus caderas chocaban contra mi culo con violencia, los cachetes me temblaban con cada embestida, y su mano izquierda me agarraba del pelo tirándome la cabeza hacia atrás.

—¿Así te gusta? ¿Así te folla el imbécil del bar? —gruñía entre jadeos—. ¿Así?

—Más fuerte —le exigí, con la mejilla apretada contra la alfombra—. Fóllame más fuerte, cobarde.

Me obedeció. Sus embestidas se volvieron más profundas, más brutales, con ese ruido húmedo y pegajoso de dos cuerpos chocando en carne viva. Sentí su otra mano bajar por mi espalda, agarrarme del culo, separarme las nalgas y pasarme el pulgar mojado en mis propios jugos por el ojo del culo, apretando sin llegar a meterlo, jugando con ese límite que sabía que me volvía loca. Me corrí otra vez, con la cara contra el suelo, gritando contra la alfombra, apretándole la polla dentro con espasmos que él sintió perfectamente. No paró. Me siguió follando durante lo que me parecieron minutos enteros, hasta que me arrastró a un tercer orgasmo casi seguido, mordisqueándome la nuca, susurrándome guarradas al oído.

—Túmbate —le dije cuando por fin salió de mí.

Yo había jugado a un juego peligroso y él respondió con la misma intensidad. Áspero, ruidoso, sin un solo gesto tierno. Así fue aquella noche. La rabia y el despecho tomaron forma en dos cuerpos que se desquitaban sin pudor ni concesiones.

Su boca mordía mi cuello mientras mis uñas se clavaban en su espalda. El calor, la urgencia y la confusión de nuestros cuerpos lo invadían todo. Lo empujé contra el colchón de la habitación de invitados, donde habíamos terminado a trompicones, y me coloqué encima, marcando yo el ritmo por primera vez, decidida a tomar lo que había ido a buscar. Él me agarró las caderas con fuerza, hundiéndose en mí, y por un momento dejamos de ser dos personas dolidas para convertirnos solo en piel, sudor y respiración entrecortada.

Le monté encima despacio esta vez, girando las caderas, restregándome contra él, obligándolo a mirarme a los ojos mientras me la clavaba una y otra vez. Le agarré las muñecas y le sujeté los brazos por encima de la cabeza. Quería que se sintiera pequeño. Quería que se acordara de aquella noche cada vez que se acostara con otra.

—Dime que soy la mejor —le exigí, sin dejar de moverme, apretando las paredes del coño alrededor de su polla—. Dilo.

—Eres la mejor, joder, eres la puta mejor…

—Dime que ninguna te la va a mamar como yo.

—Ninguna, ninguna… me voy a correr, me corro…

—Todavía no —le corté, levantándome de golpe.

Su polla salió de mí con un chasquido húmedo, brillante, palpitando. Se la agarré con la mano y empecé a masturbarlo despacio, mirándolo a los ojos, viendo cómo se le contraía la mandíbula de puro deseo contenido. Bajé la boca sobre él otra vez, más despacio ahora, chupándole solo la punta, jugando con la lengua alrededor del glande, mientras lo miraba desde abajo con la misma dulzura fingida que él llevaba once meses regalándome a mí.

—Ahora ya sabes lo que se siente —murmuré, apartando la boca justo cuando estaba a punto—. Cuando te dan y te quitan.

—Por favor… —gimió, y esa palabra en su boca valió más que cualquier discusión de las últimas semanas.

Volví a montarlo. Esta vez lo dejé correrse. Me dejé caer sobre él, agarrándome de sus hombros, cabalgándolo con todo, sintiendo cómo su polla se hinchaba dentro de mí un segundo antes de reventar. Se corrió chorro tras chorro dentro de mi coño, con un gemido gutural que me arrancó el último orgasmo de la noche, largo y sucio, apretándolo dentro hasta ordeñarle hasta la última gota.

Me quedé un rato encima de él, quieta, con su polla todavía enterrada dentro, ablandándose, con el semen deslizándose entre mis muslos hasta manchar las sábanas del hermano de Adrián. Su pecho subía y bajaba debajo de mí, empapado en sudor. Ninguno habló.

Cuando por fin me levanté y sentí el líquido caliente resbalándome por la cara interna de los muslos, no fue placer lo que sentí. Fue calma. La calma helada de quien ya no tiene nada que probar.

Cuando todo se apagó, suspiré largo. Como quien salda una deuda vieja, tomé aire muy hondo y lo solté de golpe, seco, definitivo.

Y en ese instante lo entendí: no había ido allí por él, sino por mí. No para volver. No para quedarme. Sino para confirmar, por fin, que ya no quedaba nada que salvar.

Nunca recordaré aquella noche como un error, sino como la puerta que, al fin, conseguí cerrar.

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