Salta al contenuto
Relatos Ardientes

Quello che è successo al ritrovo fu una cosa in tre

Era lunes a mediodía y salía de la universidad cuando sonó una notificación en el teléfono. Me habían agregado a un grupo de mensajería. «REENCUENTRO», decía el nombre, y al abrirlo no reconocí a casi nadie en la lista de miembros. Cinco años son suficientes para que los apellidos se borren de la memoria.

Entonces llegó el primer mensaje, de la administradora.

—Hola a todos, soy Carla, de la secundaria. Hace cinco años que terminamos y nos despedimos con una fiesta. Estoy organizando otra para juntarnos, tomar algo y ponernos al día. Sería este viernes en mi casa.

Al leer su nombre, de golpe los demás cobraron sentido. Carla había sido la que organizaba todo, siempre con una idea entre manos. Recordé la fiesta de despedida que mencionaba, y recordé sobre todo el juego que ella misma propuso esa noche: la botella.

Me quedé mirando la pantalla sin saber si confirmar. Ese tipo de compromisos me daba algo de pereza, y no había mantenido contacto con nadie de aquella clase. Sería casi como ir a una fiesta de desconocidos. Pero después pensé en lo bien que la pasamos entonces, en las historias de aquellos tres años, y empecé a animarme.

Las confirmaciones empezaron a caer una tras otra. Gonzalo, que se apuntaba a todo lo que oliera a juerga. Iván, que siempre me cayó bien. Patricia, la clásica insoportable que sacaba dieces y acusaba con los profesores. Un par dijeron que estaban fuera de la ciudad y se salieron del grupo.

Yo seguía esperando. Esperaba un nombre concreto.

Y entonces apareció. «Renata: ahí estaré.»

Sentí una punzada en el estómago y otra, más abajo, en la polla.

Renata era la que más me había gustado en aquellos años. Alegre, risueña, delgada, con un cuerpo que ya entonces hacía girar cabezas: tetas pequeñas pero firmes que se marcaban bajo cualquier remera, y un culo redondo que era imposible no seguir con la vista cuando caminaba por el pasillo. En el juego de la botella tuve la suerte de besarla una sola vez, y me quedé con unas ganas enormes de algo más que nunca llegó. Durante mucho tiempo fantaseé con que esa noche se hubiera descontrolado, con que los besos hubieran subido de nivel hasta convertirse en otra cosa: yo metiéndole la mano bajo la falda, ella abriéndome el cierre del pantalón, mi verga entrando en su boca en algún baño con la puerta trabada. No voy a mentir: me hice la paja más de una vez imaginando justo eso, terminando siempre con la misma escena, mi corrida cayéndole en la cara mientras me miraba desde el suelo.

Confirmé al instante, sin importarme ya parecer ansioso.

***

En la semana empezaron los preparativos. Quién traía el hielo, quién las bebidas, quién la música. Y entonces Carla soltó el mensaje que me dejó el resto de los días con la cabeza en otro sitio.

—Yo ya tengo la botella preparada, eh.

—Jajaja, podríamos hacerlo tradición en cada quedada —respondió Iván.

Las bromas siguieron un rato. No sabía cuánto lo decían en serio, pero solo imaginarme besando otra vez a Renata me ponía caliente. Esa noche revisé las fotos de los perfiles y terminé con la mano en la verga, cascándomela lento mientras miraba una foto de Renata en la playa, en bikini, con las tetas apretadas por la parte de arriba y el hueso de la cadera marcado. Renata seguía igual de hermosa, quizá más. Y Carla, para mi sorpresa, se había puesto espectacular: el tipo de mujer que hace girar el cuello de cualquiera por donde pasa, con unos pechos grandes que no tenía en la secundaria y una boca de labios llenos que parecía hecha para chupar pollas. Me corrí pensando en las dos a la vez y me limpié con la sábana como un adolescente.

Llegó el viernes.

***

La casa de Carla tenía una terraza con luces colgadas y música baja. Llegué con el nudo en el pecho de quien va a ver a alguien después de demasiado tiempo. Éramos doce de una clase de treinta, y el reencuentro se sintió cálido enseguida: abrazos, risas, esa torpeza linda de reconocer en una cara adulta los rasgos del adolescente que fue.

Renata me abrazó como si los cinco años no existieran. Olía a algo dulce y se reía con la cabeza echada hacia atrás. Al apretarse contra mí sentí sus tetas contra mi pecho, blandas bajo la tela fina de la blusa, sin corpiño. Carla repartía cervezas descalza, con un vestido corto que se le pegaba en las caderas y le marcaba el culo cada vez que se agachaba, y me sostuvo la mirada un segundo de más al darme la mía.

—Te acordabas de mí, ¿no? —dijo, medio en broma.

—De ti se acuerda todo el mundo —respondí, y ella sonrió como si guardara un secreto.

El alcohol fue aflojando las lenguas. Las anécdotas de la secundaria saltaban de una mesa a otra entre carcajadas: el profesor de química al que le escondíamos la tiza, la vez que Gonzalo se cayó de la tarima en el acto de fin de curso, el rumor de quién había salido con quién. Renata estaba sentada a mi lado y, cada tanto, su rodilla rozaba la mía sin que ninguno de los dos se apartara. Era el mismo roce de hacía años, el de la mano bajo la mesa que nunca me animé a tomar. Esta vez, después de la tercera cerveza, dejé la mano sobre su muslo y ella la cubrió con la suya, apretándome los dedos sin dejar de reírse de algo que contaba Iván.

Carla, en cambio, no disimulaba. Se sentó frente a mí con una pierna recogida sobre la silla, dejando ver el borde de una braga negra, y me preguntaba cosas mirándome a los ojos, escuchando mis respuestas como si de verdad le importaran. En algún momento dejé de saber a cuál de las dos prestaba más atención, y entendí que la noche se estaba inclinando hacia un lugar del que ya no quería volver. Se me estaba poniendo dura debajo del pantalón y tuve que cruzar la pierna para disimular.

Y cerca de la medianoche, cuando ya quedábamos pocos en la terraza, Carla se levantó, fue adentro y volvió con una botella de vidrio vacía en la mano.

—Lo prometido —anunció.

Gonzalo aplaudió. Patricia puso los ojos en blanco y dijo que ella ya se iba. Para entonces solo quedábamos cuatro o cinco, y poco a poco hasta esos se fueron despidiendo entre bostezos y pedidos de taxi. Cuando me quise dar cuenta, en la terraza quedábamos tres: Carla, Renata y yo.

—Bueno —dijo Carla, dejando la botella en el suelo de la sala, sobre la alfombra—. Tres es número impar, pero algo se puede hacer.

Renata se rió, nerviosa, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. La falda se le subió y le vi el interior de los muslos, blancos y suaves. Yo me senté frente a ella. Carla cerró la puerta de la terraza, bajó la música un poco más y se sentó a nuestro lado, formando un triángulo alrededor de la botella.

***

La primera vez giró Renata. La botella dio vueltas y se detuvo apuntándome a mí. Hubo un silencio breve, de esos que se sienten en la piel. Me incliné y la besé, despacio al principio, recuperando algo que había quedado a medias hacía años. Ella respondió con una mano en mi nuca, abrió la boca y me metió la lengua sin pudor, buscando la mía. El beso se alargó más de lo que cualquier juego permite. Le sentí el sabor a cerveza y a menta, y noté cómo se le aceleraba la respiración contra la mía. Le apreté la cintura y ella se pegó más, hasta que una de sus tetas quedó aplastada contra mi brazo.

—Eso no fue un beso de botella —comentó Carla, divertida, sin apartar los ojos. La vi acomodarse en la alfombra abriendo un poco las piernas, con la mano apoyada muy alto en el muslo.

—Tenía cuentas pendientes —dije, y Renata se mordió el labio, con la cara colorada y los ojos brillantes.

Giró Carla. La botella la señaló a ella misma, casi, y rodó hasta apuntar a Renata. Las dos se miraron. Hubo un instante de duda, una risa floja, y después Carla se inclinó y la besó. No fue un piquito. Fue lento, curioso, con la mano de Carla deslizándose por la rodilla desnuda de Renata y subiendo por debajo de la falda hasta la mitad del muslo. Renata soltó un ruidito suave contra la boca de Carla y le sostuvo la nuca, dejándose. Yo me quedé sin aire mirándolas, con la polla completamente dura apretándome el pantalón. Vi cómo las lenguas se cruzaban, cómo Carla le mordía el labio inferior a Renata antes de soltarla, y sentí que se me escapaba una gota en el calzoncillo.

Esto era exactamente lo que había imaginado tantas noches, y estaba pasando de verdad.

Cuando se separaron, Renata me buscó con la mirada, como pidiendo permiso o quizá ofreciéndome algo. Carla notó el cruce y sonrió.

—Creo que la botella ya cumplió su parte —dijo, y la apartó de un empujón suave.

El juego se deshizo solo. Renata gateó hasta mí y volvió a besarme mientras Carla se acercaba por un costado y me pasaba los dedos por el cuello, por la nuca, bajando hacia el pecho, desabotonándome la camisa uno a uno. Tenía a una de cada lado y el corazón me golpeaba como si tuviera diecisiete otra vez. Renata me pasó la mano por encima del pantalón y al notarme duro se rió corto, cerca de mi oreja.

—Estás que revientas —me susurró.

—Llevo cinco años así por vos —respondí, y ella me mordió el cuello.

Renata me terminó de sacar la camisa con prisa y me atacó el cinturón mientras me besaba. Carla, más calmada, se quitó el vestido por la cabeza de un solo movimiento y quedó en ropa interior negra, sin la menor vergüenza. Tenía las tetas grandes y firmes, apretadas dentro del corpiño, y un vientre plano con la braga muy bajita. Se llevó las manos atrás, se soltó el corpiño y lo dejó caer sobre la alfombra. Los pezones se le habían puesto duros. Renata se demoró más, dejándome desabrochar el botón de su pantalón, riéndose contra mi boca cada vez que mis dedos temblaban. Cuando le bajé la ropa vi que llevaba una tanguita blanca, y que la tela del medio ya tenía una mancha oscura de húmedo.

Las llevé a las dos al sofá grande de la sala. No había prisa real, pero sí una urgencia distinta, la de tres personas que sabían que esa noche no iba a repetirse y querían exprimirla. Le terminé de sacar la blusa a Renata y le quedaron las tetas al aire, chiquitas y perfectas, con los pezones rosados que se le pararon apenas les pasé la lengua. Se le escapó un gemido corto cuando le chupé uno y después el otro, mordiéndoselos con cuidado. Carla, mientras tanto, me había desabrochado del todo el pantalón y me había bajado el calzoncillo lo justo para sacarme la polla. Me la agarró con una mano fresca y me la sacudió despacio, mirándome a los ojos.

—Está buena, ¿eh? —le dijo a Renata, sin dejar de moverme la mano.

Renata dejó mis tetas y bajó a mirar. Se rió, se lamió los dedos y le agarró la punta a Carla, ayudándola. Entre las dos me la manoseaban, se pasaban la verga de una mano a otra como si fuera un juguete. Después Renata se inclinó y me la metió en la boca sin previo aviso, hasta la mitad, chupándomela lento mientras Carla le acariciaba el pelo y me miraba a la cara para no perderse mi reacción. Le agarré la cabeza a Renata y la ayudé a marcar el ritmo, sintiendo cómo la boca caliente me subía y me bajaba por toda la polla. Cuando levantó los ojos con la verga entre los labios, se me nubló todo.

—Dejame probar —dijo Carla, y Renata se corrió a un lado.

Carla se me tragó la polla entera de una, hasta el fondo, y sentí la garganta apretándome la punta. Mamaba con los cachetes hundidos, hacía ruidos guarros, y cada tanto la sacaba para lamerme desde los huevos hasta la cabeza. Renata la miraba fascinada, se acercó y las dos se pusieron a chupármela juntas, una a cada lado, besándose de vez en cuando con la punta de mi polla en medio, pasándosela como si fuera un caramelo. Se me escapó un gemido ronco y tuve que apretar los dientes para no correrme ahí mismo.

—Tranquilo —murmuró Carla contra mi oído, subiendo a besarme la boca—. Somos tres, hay tiempo.

Y lo hubo. Bajé del sofá y las tumbé a las dos, una al lado de la otra. Le abrí las piernas a Renata primero y le arranqué la tanguita con los dientes hasta dejarle el coño al aire, rasurado, brillante de lo mojado que estaba. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, plana y despacio, y ella arqueó la espalda. Le chupé el clítoris mientras le metía dos dedos, sintiendo cómo se le cerraba por dentro. Renata me agarraba del pelo y jadeaba, y Carla, a su lado, le había empezado a chupar los pezones y se había bajado la braga negra hasta las rodillas. Levanté la cabeza un momento, con la boca brillando de los jugos de Renata, y vi que Carla se estaba metiendo la mano entre las piernas, tocándose lento mientras me miraba.

—Vení para acá —le dije, y la agarré de la muñeca.

La subí a mi cara mientras seguía comiéndomela a Renata con dos dedos. Carla se sentó sobre mi boca de frente y me puse a chupársela. Tenía el coño gordito, con los labios llenos, y sabía distinto al de Renata, más fuerte. Me la senté encima y le pasé la lengua entera, se la metí, le apreté el clítoris con los labios hasta que empezó a moverse ella sola sobre mi cara. Renata, mientras tanto, se había levantado y estaba besando a Carla en la boca, sujetándole las tetas por detrás. Las oía gemirse una en la boca de la otra y yo comía y chupaba sin parar, con la polla dura pegándome contra la panza.

Cuando ya no aguantaba más, agarré a Renata de la cintura y la tumbé de espaldas en la alfombra. Le abrí las piernas de un tirón y le metí la polla de una embestida. Se me arqueó entera y soltó un gemido largo que me erizó la piel. Empecé a cogérmela fuerte, apretándole las tetas, y ella me clavaba las uñas en la espalda cada vez que se la enterraba entera. Carla se puso a un lado, en cuatro, y me besaba el hombro mientras me miraba cogérmela. Le agarré una teta y se la apreté sin dejar de moverme dentro de Renata.

—Cambio —jadeó Carla en mi oído, con una sonrisa.

Salí de Renata con la polla brillando, la puse a ella en cuatro y le hice espacio a Carla. Carla se tumbó boca arriba debajo de Renata, con la cara justo bajo el coño de la otra, y empezó a comérselo de abajo mientras yo la penetraba a Renata por atrás. Cada vez que le metía la polla hasta el fondo, el coño de Renata quedaba a milímetros de la boca de Carla, y Carla no perdía la oportunidad de chuparle el clítoris, de lamerme los huevos, de subir la lengua por toda la raja. Era tan sucio, tan bestia, que a Renata se le desencajó la cara y empezó a correrse gritándome que no parara, que se la metiera toda. La sentí apretándose alrededor de mi polla en espasmos, mojándome hasta los huevos, mientras Carla le seguía chupando el clítoris sin descanso, arrastrándole el orgasmo hasta que Renata cayó de bruces sobre el pecho de Carla, temblando.

La saqué y me senté en el sofá. Carla se puso de pie, se pasó la lengua por los labios brillantes y se me subió a horcajadas. Se agarró la polla con una mano, se puso la punta en el coño y bajó de golpe hasta el fondo, gimiendo con la boca abierta. Empezó a montarme lento, marcándome el ritmo con las caderas, agarrándome de los hombros. Le chupaba las tetas mientras subía y bajaba, y sentía cómo se apretaba alrededor de mi verga cada vez más. Renata se recuperó del suelo y se puso detrás de Carla, besándole el cuello, jugándole con los pezones, ayudándola a rebotar sobre mi polla. Después le pasó los dedos entre las piernas y le empezó a tocar el clítoris mientras yo se la enterraba desde abajo.

—Me voy a correr —jadeó Carla—, no pares, me voy a correr.

Y se corrió sobre mi polla, con Renata pegada a su espalda tocándola, gritando bajito, dándome espasmos por toda la verga. La aguanté a duras penas y la saqué antes de terminar yo, respirando pesado.

Después cambiamos de posición sin palabras, guiados por las manos y las miradas. Carla se recostó de espaldas en la alfombra y Renata la besó largo, mientras yo las observaba un segundo antes de unirme, repartiéndome entre las dos como si quisiera no perderme nada. Renata se puso en cuatro sobre Carla, en un sesenta y nueve, y se pusieron a comerse la una a la otra. Yo me metí detrás de Renata otra vez y se la volví a coger, mirando desde arriba cómo Carla le chupaba el clítoris mientras mi polla entraba y salía. Había algo hipnótico en verlas juntas, en sentir que era a la vez espectador y parte de lo mismo. Cada vez que una se reía bajito, la otra la callaba con un beso o una lamida.

Hubo un momento en que las tres respiraciones se acompasaron, en que ya no importaba quién hacía qué. Solo el calor, el sudor en la piel y los gemidos cortos que se mezclaban con la música de fondo. Cuando sentí que no aguantaba más, salí de Renata y les avisé, medio ahogado, que estaba por correrme. Las dos se dejaron caer de rodillas frente a mí, se pegaron mejilla contra mejilla y abrieron la boca al mismo tiempo, sacando la lengua como si lo hubieran ensayado. Me la agarré con las dos manos y me la sacudí rápido, mirándolas, hasta que se me disparó la corrida en chorros gruesos. Les cayó en las lenguas, en las mejillas, en las tetas de Carla, en el pelo de Renata. Se rieron con la boca abierta, sin apartarse, y después se besaron para pasarse mi semen de una lengua a la otra. Fue lo más sucio que había visto en mi vida.

Renata se desplomó sobre mi pecho y Carla quedó a un lado, con una pierna todavía cruzada sobre las mías, los tres mirando el techo sin decir nada.

***

Nos quedamos un rato así, en silencio, recuperando el aliento. Carla fue la primera en reírse, bajito, y enseguida nos contagió a los otros dos. Renata me dio un beso en el hombro y susurró que aquello había sido mejor que cualquier cosa que se hubiera imaginado en la secundaria. Yo pensé que ni en mis fantasías más insistentes había llegado tan lejos.

—¿El próximo reencuentro? —preguntó Carla, estirándose como un gato.

—Yo me apunto —dije, y las dos se rieron.

Me fui de madrugada, con la camisa mal abrochada y una sonrisa que no se me borró en todo el fin de semana. Cinco años había tardado en volver a verlas, y un beso pendiente se había convertido en la mejor noche que recordaba. A veces vale la pena confirmar la asistencia. Sobre todo cuando alguien deja la botella preparada.

Vedi tutti i racconti di Trio e Orge

Valuta questo racconto

Commenti

Sii il primo a commentare.

Lascia un commento

Accedi o crea un account

Scegli come vuoi continuare.