La chitarrista che ritrovai quella notte
Todavía siento el contacto de su pelo rizado entre mis dedos. Tenía novio, sí, pero esa noche eso ya no significaba nada para ninguna de las dos. Me besaba como si llevara años conteniéndose, y yo no quería soltarla ni un segundo. Así la había imaginado tantas veces, hasta que dejó de ser fantasía. Reconozco que la busqué después de una ruptura, que no fue el momento más limpio para hacerlo. Pero ella me hacía olvidar todo lo malo. No me juzgaba, yo tampoco a ella, y ahí estábamos, con su lengua todavía tibia por mi coño y el sabor de mi corrida entre las dos.
Entre tanto vaivén en mi vida amorosa, después de un par de decepciones que me dejaron rota, no sabría decir con exactitud qué me llevó a buscarla. Quizá simplemente abrí los ojos y entendí lo que la vida me había guardado en silencio. Mi corazón nunca había elegido bien, tengo que admitirlo. A veces un rostro bonito y un cuerpo de revista no son más que espejismos, y una se deja encandilar como una idiota.
No quiero caer en el cliché de decir que toda la gente demasiado guapa es cruel, pero mi experiencia no me deja mentir del todo. Nunca alcanzas la cima de sus exigencias si eres alguien común. Y lo peor es que siempre aparece alguien mejor para recordarte que no eres nadie, hasta que terminas consumiéndote por una creencia que ni siquiera era tuya.
Esa tarde lluviosa, frente a la computadora, decidí vengarme de mi ex de la forma más absurda: empecé a seguir en Instagram a una chica de su círculo. Renata pertenecía a ese grupo de la facultad, aunque yo sabía bien que mi ex no la quería de verdad como amiga. La tenía cerca para sentirse mejor consigo misma, mientras se moría de envidia por todo lo que la personalidad de Renata irradiaba sin esfuerzo. Yo solo me encargué de unir los puntos.
Antes de todo aquello, ella y yo ya nos habíamos cruzado. Amigas de amigas, esas cosas. Una tarde cualquiera yo estaba con mis compañeras tocando la guitarra y cantando en un rato libre del conservatorio. Renata estaba con su grupo, pero se apartó de ellos y vino a nuestra mesa diciendo que le gustaba más lo que hacíamos nosotras. Somos estudiantes de Educación Musical, por si hace falta el contexto.
En aquel entonces yo no la miraba con la pasión con la que la miro ahora, pero había algo en ella que me llamaba. El detalle es que ella cursaba su último año mientras yo apenas iba por el segundo, así que no éramos tan cercanas. Coincidíamos solo porque yo me había adelantado en una asignatura de tercero y ella aparecía de vez en cuando con alguna intervención. Su nombre, eso sí, sonaba en todo el conservatorio.
Y diciéndolo así, sin filtros: me distraje de mirar una estrella por andar mirando otra cosa. Duele admitirlo.
***
Cuando empecé a seguirla, lo primero que noté fue su sobriedad. Una calma, una timidez que se filtraba hasta en sus fotos. Sus ojos negros me parecían encantadores, un perfil completamente distinto a lo que yo acostumbraba. Pero el tiempo no se puede rebobinar y yo no esperaba que ella hiciera caso de mi capricho. Solo me quedaba seguirla y aguantar. Y adivinen: no pasó ni una noche antes de que llegara la notificación de que ella también me seguía.
Lo único que tenía por ahora era su Instagram. Sentía que darle me gusta a alguna publicación me delataría como una necesitada, y un poco lo estaba, porque la soledad te juega malas pasadas. No quería que ella se volviera el parche de mi herida. Algo me decía que fuera lento, que primero la conociera. En los últimos meses había vivido cosas demasiado intensas y ya no estaba dispuesta a arriesgarme de más.
Durante la semana ella veía mis historias y yo las suyas. Era recíproco, casi un juego silencioso. Hasta que un día su nombre dejó de aparecer en la lista de visitas y me desesperé sin entender qué pasaba. Pasaron los días y entonces vi la publicación: Renata con su novio, «celebrando aniversario». No me cayó nada bien, así que decidí seguir con mi vida y dejar de buscarla. Después de todo, si no habíamos conectado en el pasado, menos íbamos a hacerlo ahora.
Dos días más tarde volvió a ver mi historia. No supe si alegrarme o no.
Honestamente, ya no estaba para ponerme a competir con nadie. Por más cosas que yo supiera hacer, eso siempre me había parecido un gasto de energía inútil. Él había llegado antes, y eso ya era un hecho. Solo me quedaban los recuerdos: la vez que conversaba con una amiga y ella se quedaba mirándome con una sonrisa, la tarde que compartió con mi grupo. Sentía que había algo especial en ella, pero no supe apreciarlo a tiempo.
Pasó bastante de todo aquello y le perdí la pista. Estaba por irme de vacaciones, tenía presentaciones con mi banda y, encima, algunos problemas de salud que me obligaban a hacer ejercicio y visitar a la nutricionista cada tanto. La vida se me llenó de cosas nuevas, pero la imagen de Renata seguía cruzándome la mente en los momentos más inesperados. No podía negarlo: algo de ella se me había quedado grabado. Aun así, había decidido que esa historia ya estaba cerrada.
***
Hasta que un viernes, durante una presentación de mi banda, la vi.
No lo había anticipado. Estaba en medio de los preparativos, afinando las cuerdas y asegurándome de que todo estuviera listo, cuando la descubrí entre el público. Renata, ahí, en mitad de la multitud, como si el destino hubiera decidido que este encuentro no podía postergarse más. Su mirada se cruzó con la mía apenas un instante y sentí que el aire a mi alrededor se volvía más denso. El corazón se me aceleró, pero traté de concentrarme en la música, en lo que tenía delante.
La presentación arrancó y, mientras tocábamos, mis ojos seguían buscándola. A veces la encontraba mirándome con una intensidad que me hacía preguntarme qué pasaba por su cabeza. Las canciones se sucedían, las luces nos bañaban, y yo solo podía pensar en ella, en lo que habíamos sido y en lo que podríamos llegar a ser.
Cuando terminó todo y los aplausos empezaron a apagarse, la vi acercarse con esa sonrisa tímida pero brillante. Me miró como si quisiera decir algo, pero antes de que yo diera un paso ya estaba frente a mí.
—Hola —dijo con voz suave y cálida, como siempre.
No supe qué responder al principio, mi mente todavía procesando lo que acababa de pasar. Nos quedamos en silencio un momento, como si las palabras sobraran.
—Te vi tocar, estuviste increíble —añadió, rompiendo la quietud con una sinceridad que me dejó una calidez extraña en el pecho.
—Gracias —respondí, intentando mantener la calma—. Ha pasado tanto tiempo… no sabía si te acordarías de mí.
—Claro que me acuerdo. ¡Qué locura encontrarte justo en este bar!
Lo dijo riéndose, y en su mirada había algo más de lo que decían sus palabras. La frase me sorprendió, porque todo este tiempo había creído que era yo la única que seguía pensando en la otra.
No sé cuánto pasó, pero el bullicio del lugar se fue diluyendo mientras conversábamos. Nos sentamos en un banco apartado, al lado del escenario. Yo bebía de una botella de agua, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
—¿Cómo has estado? —me preguntó al fin, con un tono que sonaba más a confesión que a pregunta.
—Bien. Bueno, complicada últimamente. ¿Y tú?
Sonrió apenas, esa sonrisa que siempre me había desarmado.
—Creo que también descubrí algunas cosas sobre mí. Y aunque nunca te lo dije, siempre me pregunté qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido distintas. Brindo por esta casualidad, cariño —dijo, chocando su copa contra mi botella.
Esas palabras me calaron más hondo de lo que esperaba. No se trataba solo de lo que quedó sin decir, sino de las decisiones que tomamos y los caminos que elegimos. La conversación fluyó como si el tiempo no hubiera pasado, sobre cosas sencillas pero cargadas de significado. No necesitábamos etiquetas ni explicaciones. Estábamos ahí, juntas, en el presente, y eso era lo único que importaba.
Al final nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. Renata se acercó un poco más, su rostro se suavizó, y antes de que yo me diera cuenta sus labios encontraron los míos. Fue un beso suave, uno que no necesitaba explicación. Como si todo lo que habíamos dejado en suspenso se resolviera en ese gesto pequeño.
Me aparté apenas, temblando.
—Perdón —susurró—. Necesitaba romper la tensión.
—Sigue —le dije, sin aire—. Sigue.
Volvió a besarme, esta vez con la boca abierta, mordiéndome el labio de abajo, metiéndome la lengua hasta el fondo. Sentí su mano subir por mi muslo por debajo de la falda y clavarme los dedos justo donde ya estaba empapada por encima de la ropa interior. Se me escapó un gemido contra su boca.
—Tenés el coño mojado y ni siquiera te toqué bien todavía —me susurró al oído, riéndose bajito—. Sos una guarra, ¿sabías?
—Callate y llevame a algún lado —le contesté, apretándole la muñeca para que no dejara de frotarme por encima de la tela.
***
—Vámonos a otro lado —dijo de repente, con la voz quebrada por un deseo que ya no podíamos disimular.
Sin pensarlo, tomé su mano y nos alejamos del bullicio. Cruzamos un pasillo oscuro que daba a un pequeño jardín exterior, lejos de la gente. Al salir al aire libre, el fresco de la noche nos envolvió y la adrenalina se me disparó en las venas. La música quedó atrás, difusa, mientras la calma del lugar nos rodeaba.
El jardín estaba cercado por muros altos cubiertos de enredaderas. Había una fuente pequeña cuyo murmullo sereno contrastaba con el caos que dejábamos atrás. Bancos de madera envejecida, sombras de musgo en las paredes, luces tenues. Nadie venía hasta acá, y eso era justo lo que buscábamos: un lugar donde estar a solas, sin nada que nos distrajera.
Renata se detuvo en el centro, mirándome con una expresión que no supe leer. No dijo nada, pero sus ojos hablaban más que cualquier palabra. Sabía lo que estaba pasando entre nosotras, y que no había vuelta atrás.
—¿Estás segura de esto? —susurré, sintiendo el golpe del corazón en el pecho.
Se acercó despacio, como asegurándose de que estábamos solas. Sus dedos se posaron en mi mejilla y bajaron suavemente hacia mi cuello.
—No quiero esperar más. Quiero comerte entera acá afuera. Que me sientas en la boca hasta mañana.
Me tomó de la cintura y me acercó a ella. Cuando nuestros labios se encontraron de nuevo, el mundo se desvaneció otra vez. Solo quedaba el susurro de nuestras respiraciones y la fuerza con la que nos buscábamos. Me empujó con delicadeza contra la pared de ladrillos cubiertos de hiedra. El frío de la piedra se mezclaba con el calor de nuestros cuerpos, y cada caricia era más intensa que la anterior.
El sonido de la fuente era lo único que nos acompañaba, un murmullo constante detrás de cada movimiento. Renata deslizó las manos por mi espalda hasta detenerse en mi cintura, mientras yo me aferraba a su rostro, incapaz de apartar la vista de esos ojos oscuros que me desarmaban por completo.
—Te he estado esperando —murmuró, pegándose aún más, como si quisiera fundirse conmigo—. Cada vez que él me follaba yo pensaba en vos. En tus tetas, en tu boca, en lo que te haría si te tuviera contra una pared.
—Contame —le pedí, agarrándole la nuca—. Contame qué me querías hacer.
—Chuparte los pezones hasta hacerte gritar. Meterte dos dedos y no parar hasta que me empaparas la mano. Comerte el coño con la cara hundida entre tus piernas.
Se me aflojaron las rodillas. Me arrancó los botones de la camisa blanca con ansiedad, uno por uno, y me quedé con las tetas al aire contra el ladrillo frío. Se agachó y me metió un pezón entero en la boca, chupándolo fuerte, tirando con los dientes hasta que se me escapó un quejido agudo. Después pasó al otro, mordiéndolo, lamiéndolo en círculos, dejando la areola dura y roja. Cada lengüetazo me subía una descarga directa al coño.
—¿Te gusta que te chupe las tetas así, guarra? —me preguntó con la boca todavía pegada al pezón.
—Sí, sí, no pares… me estás matando.
—¿A que no sabés qué es lo que más me gusta que me hagan? —le dije, casi en un ruego, mientras ella seguía dándome pequeños besos eléctricos entre los pechos.
—Decime, hermosa. Decime.
—Andá a mi ombligo. Pasame la lengua un buen rato. Me muero de excitación si me lo hacés.
—¿Ah, sí? —respondió con voz decidida.
Como era más alta que yo, me sostuvo por las muñecas y me besó despacio el cuello, bajando por el esternón, entre las tetas, siguiendo la línea hasta el ombligo. Ahí se demoró, hundiendo la punta de la lengua adentro, girándola lento, dejándola caliente y húmeda mientras yo me arqueaba contra la pared. Después la sacaba y volvía a lamer alrededor, chupándome la piel del vientre bajo hasta dejar una marca rosada. Me arqueé de placer mientras ella me observaba con esos profundos ojos negros.
—Cómo me gusta que seas así, que te dejés hacer de todo —dijo, mientras por debajo de mi falda empezaba a bajarme la ropa interior, lento, hasta dejarla en el suelo.
No sé por qué razón se quedó un instante con la prenda en la mano, la olió sin disimulo, se rio y se la metió en el bolsillo del pantalón. No me importó. Me gustaba que fuera tan salvaje. Me levantó la falda hasta la cintura y se arrodilló en el pasto delante de mí. Con las dos manos me abrió los muslos y se quedó mirando mi coño depilado, brillante, hinchado por la excitación.
—Mirá cómo estás, toda mojada, chorreando por mí —murmuró, pasándome el dedo del medio de arriba abajo entre los labios, recogiendo el flujo—. Todo esto es mío esta noche.
Se metió el dedo en la boca y lo chupó despacio, mirándome fijo. Después me plantó la lengua entera contra el clítoris y arrancó a lamer sin pausa, largo, plano, empapándome de la vagina al capuchón. Me tenía presa, acorralada contra el muro, degustándome a su antojo. Me abrí más las piernas y le agarré la cabeza, hundiéndola contra mí, restregándole el coño en la cara como una perra en celo.
—Así, así, no pares, chupame ahí… —le pedía con la voz temblando.
Ella respondió metiéndome dos dedos de golpe, entrando hasta los nudillos. Los curvó adentro, buscándome el punto de arriba, mientras seguía succionándome el clítoris con los labios cerrados alrededor. La lengua me golpeaba en el mismo sitio, rápido, insistente, y los dedos entraban y salían haciendo un ruido húmedo que rebotaba en las paredes del jardín.
—Mmm… quiero que te vengas. Sí, así, dame todo en la boca —soltó un segundo, antes de volver a hundir la cara.
Abrí las piernas todavía más mientras mi cuerpo se contraía sin control, una y otra vez. El primer orgasmo me sacudió de arriba abajo, cerré los muslos contra su cabeza y grité tapándome la boca con la mano. Ella no paró: me siguió lamiendo con el coño hipersensible, sacándome un segundo orgasmo casi encima del primero, con las piernas temblándome tanto que casi me caigo. Tuve un orgasmo tras otro, casi sin respiro, y su lengua me limpiaba hasta la última gota mientras yo la sostenía de su pelo rizado, tirándoselo, marcándole la cara con mi flujo.
Cuando se levantó, tenía la barbilla brillante y los labios hinchados. Me agarró de la nuca y me besó de lleno, metiéndome la lengua con mi propio sabor encima. Le chupé la boca sin asco, tragándome lo que me devolvía.
—Ahora te toca a vos —me susurró al oído, tomándome la mano y llevándomela por debajo de su vestido.
La tenía sin ropa interior. Le pasé los dedos por los labios y la encontré empapada, hirviendo, con el clítoris hinchado latiéndome contra la yema. Solté un gemido tonto y ella se rio, mordiéndome el cuello.
—¿Ves cómo me pusiste? Metémela ya, no me hagas esperar.
La empujé hasta el banco de madera y la senté ahí, con las piernas abiertas y el vestido arremangado hasta la cintura. Me arrodillé entre sus muslos. Le lamí primero la cara interna de los muslos, dejando marcas de saliva, mordiéndole la piel blanda hasta que soltó un grito ahogado. Después le abrí el coño con los dedos y le clavé la lengua adentro, cogiéndola con la boca, entrando y saliendo, comiéndomela como llevaba meses queriendo hacerlo.
—Ay, hija de puta, así, no pares… —jadeaba echando la cabeza para atrás, agarrándose del respaldo del banco.
Le chupé el clítoris con los labios cerrados, tirándolo suave, y le metí dos dedos al mismo tiempo. Estaba tan mojada que se me colaban sin resistencia. La embestí con los dedos rápido, curvándolos adentro, mientras la lengua le trabajaba el capuchón sin descanso. Ella se apretaba las tetas por encima del vestido, gimiendo cada vez más fuerte, olvidándose de que estábamos afuera.
—Más, más adentro, me voy a venir en tu boca…
Le metí un tercer dedo y aceleré. Sentí las paredes cerrarse alrededor, apretarme, palpitarme. Se corrió con un grito ronco, echándome el flujo caliente contra la lengua, empujándome la cara contra ella con las dos manos. Le lamí todo, cada gota, chupándole los labios uno por uno hasta dejarla limpia. Cuando levanté la vista la vi con los ojos entrecerrados, la boca abierta, temblando entera.
Todo lo demás había desaparecido: la fiesta, la gente, el novio, el tiempo perdido. Solo existíamos nosotras dos en ese jardín apartado, ella con las piernas todavía abiertas sobre el banco, yo entre sus muslos con la cara mojada y una sonrisa idiota.
Hasta que sonó una llamada inesperada. La de su pareja.
Quedé inmóvil contra la pared, con el cuello marcado por su labial, el coño todavía latiéndome y los muslos pegajosos, casi hipnotizada, incapaz de volver del estado en el que estaba. Me mordía el labio con fuerza mientras ella atendía, subiéndose el vestido con una mano, excusándose, diciendo que no llegaría a casa esa noche, que se quedaría con una amiga. Mientras hablaba con él me miraba fijo y se pasaba la lengua por los labios, todavía brillantes por mí, como diciéndome sin palabras todo lo que me iba a hacer después.
Y vaya noche que nos esperaba todavía.