Pular para o conteúdo
Relatos Ardientes

A visita que quase destruiu o que eu tinha com minha madrasta

Helena se había entregado a ti en un momento de debilidad y luego te pidió paciencia para ordenar lo que sentía. La visita de sus padres lo había tensado todo hasta un punto que parecía insostenible, y aun así, después de cada golpe, los dos terminabais más unidos que antes.

La besas otra vez y la abrazas con fuerza. Aspiras su perfume, ese que tanto te gusta, y hundes la cara entre su cuello y su hombro mientras su pelo te roza la mejilla.

—Te quiero, Helena. Pero no soporto que sufras por mi culpa —le dices, rompiéndote por dentro.

—No lo voy a permitir, Mateo. Vamos a luchar juntos. Ya no tengo dudas de que lo que siento por ti es de verdad, y nadie nos va a separar a partir de ahora. ¿Estás dispuesto a pelear a mi lado?

—Claro que sí. Por ti iría hasta el fin del mundo.

El ruido de un motor acercándose os pone en alerta. La batalla todavía no ha terminado. Con un nudo en el estómago comprobáis que son ellos, sus padres, que vuelven en el coche. Helena suspira, agotada. Ha aguantado demasiada tensión en muy poco tiempo.

—Sube a tu habitación y déjame a mí —le dices—. No voy a permitir que tu madre te haga más daño. A mí que me diga lo que quiera, no pienso perder los estribos.

—Tienes razón —murmura ella—. Supongo que no tardarán en irse. Aguanta lo que haga falta, pero no te enfrentes a ellos, ¿vale? —te pide, con miedo en los ojos.

—Tranquila. No voy a dejar que me saquen de quicio como en el restaurante.

***

Desde la ventana de su cuarto, Helena observa cómo aparcan y entran en casa. Se les ve furiosos, todavía discutiendo entre ellos, seguramente sobre vosotros. Se siente como una niña escondida esperando a que pase la tormenta, aunque sabe que no puede ocultarse para siempre. ¿Qué vamos a hacer?, repite una voz dentro de su cabeza, una y otra vez.

Mientras tanto, tú lidias con el desdén de Ofelia, esa que algún día podría ser tu suegra. Qué ironía. ¿Cómo se ha torcido todo de esta manera, cómo hemos empezado con tan mal pie?, piensas mientras intentas templar los nervios.

—¡Qué bochorno, abandonarnos así en pleno restaurante! ¿Dónde está mi hija? —pregunta nada más cruzar la puerta.

—Está muy afectada. Me ha pedido que les ayude en lo que pueda, pero que la dejen tranquilizarse en su cuarto —respondes con voz pausada.

—¿Es que ni siquiera piensa despedirse de sus padres? —dice Ofelia, sofocada—. ¡Qué disgusto más grande! Y la culpa la tienes tú —añade, apuntándote con el dedo.

—Vamos, Ofelia, deja al chico por hoy. Ya habrá tiempo de enderezar este error —interviene Augusto en un tono que suena más a amenaza que a tregua, sin querer entrar en la discusión.

—Me parece bien, Augusto. Si puedo ayudarles en algo, cuenten conmigo —dices sin alimentar el enfrentamiento, tal como le prometiste a Helena.

Ella te mira por encima del hombro, como si en ningún momento hablarais de igual a igual.

—Al menos podrías bajarnos las maletas de arriba. Yo no puedo con ellas y Augusto está operado de la rodilla —dice Ofelia.

—Por supuesto. Estaré encantado de ayudar con el equipaje —contestas, y los acompañas escaleras arriba, porque no quieres dejarlos solos cerca del cuarto de Helena, no vaya a ser que entren y la discusión vuelva a estallar.

Mientras recogen la ropa, Ofelia te siente vigilándola y aprovecha para seguir martilleándote.

—Dime una cosa. ¿Cuándo piensas ponerte a trabajar para mantener a «tu familia», ingeniero?

—Ya está bien, Ofelia. Me tienes harto —salta Augusto, parándole los pies—. Al menos déjanos despedirnos de las niñas en paz, que me imagino que tu hija no va a querer verte en una buena temporada.

Ofelia le lanza una mirada fulminante a su marido, pero se contiene. Su rabia se transforma en lamento, como si la víctima fuera ella y no el verdugo.

—¡Tantos años cuidándola, educándola, y mira cómo me lo paga ahora! —exclama, incapaz de ver el daño que su actitud causa a todos los que la rodean.

Tú piensas en Helena y te conmueves. ¿Cómo ha podido sobrevivir tantos años con una madre así, tan manipuladora? Tuvo que ser un infierno para ella.

Y esos pensamientos te llevan a tu propia madre, que se marchó hace apenas un par de años. Cuánto la echo de menos justo ahora. Una lágrima escapa de tus ojos y te giras para retirarla con disimulo. No vas a darle esa satisfacción a la mujer que tienes delante. Rezas para que terminen de meter la maldita ropa en las maletas y poder bajarlas de una vez.

Pero Ofelia no piensa dejarte en paz hasta que desaparezca por la puerta.

—Al menos mi difunto yerno tenía ambiciones. Tú, en cambio…

Lejos de hundirte, lo que te llama la atención es ese dato que desconocías hasta ahora sobre el primer marido de Helena.

—Espere. ¿Su hija no estaba divorciada? —preguntas, más con curiosidad que con enfado.

—Claro que se divorció. Y eso fue lo que lo mató. Desde entonces se entregó a la bebida y a la mala vida. Con ella tenía una casa, un hogar y una familia, pero después de aquello, una noche se emborrachó y se salió de la autopista. Así terminó todo.

El dato te golpea. No tenías ni idea de que Helena hubiera enterrado a su exmarido. Las niñas no tienen un padre que las quiera: solo la tienen a ella. Ahora entiendes el peso que ha tenido tu llegada a esta familia rota, cómo las pequeñas te han mirado siempre como a un hermano mayor, esa figura que se volvió aún más necesaria por la ausencia del padre.

—No lo sabía, señora. Pero dudo mucho que el divorcio provocara todo lo demás —te atreves a decir—. El divorcio fue la consecuencia de su vida, no la causa. Lo otro fue una desgracia.

—Tú puedes pensar lo que quieras, total, él no está aquí para contradecirte. Pero dime, ¿qué clase de vida le vas a dar a mi hija?

No soportas su sarcasmo, pero en muy poco tiempo has aprendido que solo puede herirte si tú la dejas. Diga lo que diga, no es más que su opinión. Tú no eres lo que ella afirma para despreciarte.

—No lo sé, señora. Usted habla del pasado, y todos cargamos cosas tristes ahí atrás. Ahora entiendo por lo que han pasado su hija y sus nietas, y no hay nada peor que perder a un padre. Lo sé muy bien. También sé que se preocupa por su futuro, y eso es propio de una madre, no se lo reprocho. Pero el futuro es un enigma, siempre en movimiento. Yo prefiero el presente, que por algo se llama así. Y lo único que de verdad me importa ahora son su hija y sus nietas. Créame o no.

Lo dices con una calma que no pasa desapercibida para Helena, que en secreto escucha con la oreja pegada a la puerta de su cuarto.

—¿Lo ves, Augusto? Te lo dije —suelta Ofelia con pasmosa tranquilidad—. Es un soñador, un inocente que no va a llegar a nada en la vida.

Esa mujer pone a prueba cada nervio de tu cuerpo. Te cuesta contenerte, pero decides no ser agresivo. Incisivo, eso sí.

—No tengo nada más que decirle, señora. Ninguna respuesta va a cambiar el desprecio que siente por mí, y aun así no le guardo rencor. Sé que es su madre, que en el fondo la quiere y desea lo mejor para ella. Pero a veces el amor se vuelve tóxico, posesivo, y termina envenenando a la persona. Solo espero que su hija pueda perdonarla algún día, porque no hay nada más triste que envejecer sin el calor de una hija. Piénselo.

—¡Qué desfachatez! Mira que decirme eso a mí, tú, que ni siquiera has sido padre aún —replica ella, sofocándose.

—Anda, hijo, déjala en paz —interviene Augusto—. Las maletas ya están listas. Si las metes en el maletero, aprovechamos para despedirnos de las niñas.

—Claro, señor. Si algo me sobra es juventud y fuerza —respondes con una ironía que no logra ocultar la amargura de toda la escena.

***

Helena lo ha oído todo. Ahora llora en su cuarto, en parte por tus palabras y en parte porque sabe que tienes razón. Tu edad no se corresponde con tu madurez. Perdiste a tu madre, y ella lo sabe. Tal vez fue eso lo que te transformó de la cabeza a los pies.

Esperas fuera, respirando un poco de aire lejos de Ofelia. Cuando por fin salen, le abres la puerta del coche con cortesía para que ella suba. Augusto se enciende un cigarrillo y, antes de ponerse al volante, te dedica unas últimas palabras. No precisamente de aliento.

—Hijo, mira la que has armado por no saber tener la bragueta cerrada, ¿eh? —sus palabras, aparentemente amables, te hieren más que cualquier grito de su mujer—. ¿No podías, sencillamente, masturbarte pensando en ella? Ahora tienes dos familias rotas, la mía y la tuya —lo dice con una calma desconcertante, casi sin acritud, y aun así te impacta más que las amenazas de Ofelia—. En fin. A ver cómo se lo explicas a tu padre. ¿Ya has pensado qué le vas a decir?

Deja caer el cigarrillo a medio fumar, lo aplasta con el pie y se sube al coche. Se abrocha el cinturón con parsimonia, suelta el freno de mano y el vehículo se aleja ronroneando como un gato, aunque sea un jaguar el que reluce en el capó.

Entras en casa con el eco de esas palabras retumbándote en los oídos. Cada una ha sido un golpe directo. Te han dejado fuera de combate. Las manos te tiemblan, la desolación se te dibuja en la cara, y sientes que las piernas apenas te sostienen cuando ves a Helena bajar las escaleras a la carrera y lanzarse a tus brazos.

—Ya está, cariño. Ya pasó todo. No te preocupes —te dice, sosteniéndote casi con todo su cuerpo.

Las lágrimas te brotan como si alguien hubiera abierto un grifo. No puedes pararlas. Ella sigue consolándote mientras os mecéis despacio, como en un vals triste.

—Necesito sentarme —le dices con un hilo de voz, temiendo que el cuerpo te falle.

—Ven al salón, Mateo —responde ella, temiendo lo mismo.

Con su ayuda llegas hasta el sofá del amplio salón y te dejas caer con cuidado. Te sientes deshecho.

—Lo que me ha dicho tu padre… —empiezas, y descubres que eres incapaz de repetir sus palabras. Duelen demasiado.

Helena se sienta a tu lado y te abraza otra vez. Te envuelve con los brazos, protegiéndote de ese veneno que todavía te resuena dentro. Sus labios te besan la frente, luego la mejilla y después la boca. Tus labios apagados no le devuelven el beso como ella merece, pero ella insiste, decidida a borrar la tristeza de tus ojos.

—Shhh, Mateo, escúchame. Nada de lo que te hayan dicho va a cambiar lo que siento por ti, ¿me oyes? Nada —tiene los ojos hinchados de tanto llorar, pero la voz le sale firme. Te abraza más fuerte, sus dedos se enredan en tu pelo—. Eres bueno. Eres fuerte. Y te quiero, te quiero tanto…

Su abrazo te reconforta, sus palabras son un bálsamo. Su cuerpo se pega al tuyo y te deja respirar de nuevo ese perfume que tanto te gusta, el mismo que te pareció tan sensual la única noche que llegasteis a intimar. Aquella noche que ahora parece tan lejana, aunque sea reciente. Ese recuerdo sí que te importa, porque las caricias y los besos de entonces no van a morir nunca.

—Tengo miedo, Helena. Tu padre me ha dejado muy tocado y no sé si voy a poder… —le confiesas, y notas que la voz se te quiebra, que te derrumbas por dentro como un castillo de naipes.

Ella te acaricia el cabello, buscando calmarte. Sus dedos se detienen justo sobre tu sien, donde se te ha formado un pliegue de preocupación.

—Mateo… —su voz es apenas un susurro—. Eres más capaz de lo que crees. Eres más que suficiente para nosotras tres. Pero si necesitas oírlo otra vez: sí, confío en ti.

Te mira con esos ojos color miel que te hipnotizan, que te apaciguan, en los que podrías perderte como en las dunas del desierto al atardecer. Te transmiten una paz infinita, y entiendes que no concibes un mañana sin la posibilidad de mirarlos.

—La cuestión, Mateo, es si tú confías en ti. Porque de eso se trata en realidad —continúa, sin dejar de acariciarte—. Todo nace dentro de ti. Igual que te sentiste atraído por mí y cruzaste esa línea, igual que te lanzaste al vacío sabiendo que podías estrellarte y no lo hiciste. El valor está en ti, y ya has demostrado de sobra que eres valiente solo por haber llegado hasta aquí.

—Yo confío en ti, en lo nuestro —le dices—. Lo demás no me importa ahora mismo. Solo me importas tú… y las niñas, claro. Por vosotras daría la vida.

***

Helena se levanta, te toma de la mano y te obliga a ponerte en pie. Te invita a seguirla escaleras arriba, sin hacer ruido, mientras las pequeñas juegan en su cuarto. Te mete en su dormitorio, echa el pestillo y te empuja sobre la cama, de modo que caes de espaldas. Hay un brillo nuevo en sus ojos, un fuego que hasta ahora habías intuido pero nunca visto tan descubierto.

A pesar del rímel corrido por las lágrimas, no existe en este momento ninguna mujer más hermosa que ella.

—Estás preciosa, Helena —le susurras mientras empieza a desnudarse, descubriendo para ti su cuerpo de mujer hecha y derecha.

—No aguanto más, Mateo. Te necesito —responde con la voz enronquecida, y se lleva las manos a los botones de la blusa uno por uno, sin prisa, dejándote saborear cada centímetro nuevo de piel—. Necesito que me folles hasta que se me olvide todo lo demás. Hasta que solo quede esto, tú y yo.

Nunca antes le habías oído hablar así. La palabra te atraviesa como una descarga y sientes que la sangre se te agolpa entre las piernas. Se quita la blusa y la deja caer al suelo. El sujetador de encaje negro le abraza unos pechos llenos, pesados, que se mueven cada vez que ella respira. Se lleva las manos a la espalda, desabrocha el broche y las tetas se derraman libres, con los pezones oscuros y ya duros, apuntándote directamente.

—Ven aquí —le pides con voz ronca, y ella niega con la cabeza.

—Todavía no. Quiero que me mires.

Se desabrocha la falda, la deja resbalar por sus caderas anchas y la aparta con el pie. Se queda de pie ante ti solo con las bragas negras, transparentes, y ves la mancha de humedad que ya se le marca en la entrepierna. Se pasa la mano por el vientre, se acaricia despacio, baja los dedos y se los mete por dentro de las bragas. Se toca a sí misma sin apartar los ojos de ti.

—Mira lo mojada que estoy solo de pensar en ti —jadea—. Toda la tarde aguantando el veneno de mi madre, y lo único en lo que pensaba era en subirte aquí y comerte entero.

Saca los dedos brillantes de humedad y se los lleva a la boca, chupándolos uno por uno. Estás tan duro que te duele el pantalón. Te incorporas para quitarte la camisa a tirones y ella se acerca por fin, se arrodilla entre tus piernas y te desabrocha el cinturón con manos febriles. Tira del pantalón y de los calzoncillos a la vez, y tu polla salta libre, tan tensa que casi te toca el ombligo.

Helena se queda mirándotela un instante, como si la reconociera después de mucho tiempo. Y sonríe.

—Mírate cómo estás por mí —murmura. Envuelve la base con la mano y la aprieta despacio, midiéndote, sintiendo cómo palpita contra su palma. Baja la cabeza y te lame de arriba abajo, desde los huevos hasta la punta, con la lengua ancha y plana, y tú echas la cabeza atrás gimiendo, con las manos apretando la colcha.

—Joder, Helena…

—Chss, calla. Las niñas —te recuerda, con la boca ya rozándote el glande—. Aguántate como puedas, cariño, porque no te pienso soltar.

Abre la boca y te la engulle entera, hasta el fondo. Sientes el calor húmedo de su garganta rodearte y crees que te vas a correr ahí mismo. Ella empieza a mamártela con un ritmo lento y hondo, apretando los labios cada vez que sube, chupando con fuerza cada vez que baja. Con la otra mano te acaricia los huevos, se los pasea entre los dedos, los aprieta con cuidado. Levanta los ojos y te busca la mirada mientras la tiene entera dentro, y esa imagen (los labios estirados alrededor de tu verga, el rímel corrido, esos ojos de miel clavándose en los tuyos) casi te acaba antes de tiempo.

—Para, para —le pides—. Me voy a correr y no quiero. Todavía no.

Ella te la suelta con un chasquido húmedo y una sonrisa traviesa. Un hilo de saliva le une el labio a la punta de tu polla, y se lo limpia con el dorso de la mano.

—Cómo me pone verte así de duro por mí —susurra.

La agarras de los brazos, tiras de ella y la giras en la cama. Ahora eres tú quien se coloca encima. Le arrancas las bragas de un tirón que hace saltar la costura y ella deja escapar un jadeo sorprendido. Le abres las piernas de par en par y te encuentras con su coño empapado, hinchado, con los labios abiertos y el clítoris ya asomado, brillante. Bajas la cabeza sin pensarlo y hundes la lengua en ella hasta la raíz.

—¡Ay, Dios! —gime, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar.

La lames de abajo arriba, larga y lentamente, saboreándola entera. Te bebes su humedad, respiras el olor a mujer excitada que tiene entre las piernas y notas cómo se te sube a la cabeza. Le succionas el clítoris con los labios, tirando de él con suavidad, y ella arquea la espalda de la cama levantando las caderas contra tu boca. Le hundes dos dedos en el coño mientras le sigues chupando el capullo, y notas cómo se aprieta a tu alrededor como un puño caliente.

—Sí, sí, sí… así, Mateo, así… no pares, por favor…

Mueves los dedos dentro de ella buscando ese punto blando y esponjoso que se le hincha cuando está a punto, y cuando lo encuentras te ensañas con él, presionándolo mientras la lengua no le da tregua al clítoris. Helena se retuerce debajo de ti, agarra la almohada, se la lleva a la cara y muerde para ahogar el grito cuando empieza a correrse. Su coño se contrae rítmicamente alrededor de tus dedos, y sientes cómo un chorro de humedad caliente te empapa la mano y la barbilla.

—Joder, cómo te has corrido —jadeas, subiendo por su cuerpo, besándole el vientre, los pechos, el cuello, hasta llegar a su boca. Ella se saborea a sí misma en tus labios y te devora, buscando tu lengua con la suya.

—Ahora tú —le pide, casi sin aliento—. Métemela ya, no aguanto más. Fóllame, Mateo, fóllame como aquella noche.

Le agarras las rodillas y se las abres bien. La punta de tu polla resbala contra la entrada empapada de su coño, y cuando empujas te desliza hacia dentro sin resistencia, hasta el fondo, con un solo movimiento. Los dos jadeáis al mismo tiempo. Ella te clava las uñas en la espalda y tú te quedas quieto un instante, sintiendo cómo te aprieta, cómo palpita alrededor de ti.

—Este es nuestro momento —jadea—. Ya no voy a apartarte de mí nunca más.

Empiezas a moverte. Sales casi entero y vuelves a entrar despacio, muy despacio, para que te sienta cada centímetro. Ella cierra los ojos y separa los labios en una O muda. Repites la embestida, otra vez, otra, marcando un ritmo lento que os deja escuchar el chapoteo húmedo de su coño mojado, el crujido del somier bajo cada envite. Le succionas un pezón mientras la follas y ella te agarra la cabeza contra su pecho.

—Más rápido —te suplica—. Más fuerte, Mateo. No me trates como si fuera de porcelana. Rómpeme.

Le haces caso. La agarras de las caderas y empiezas a metérsela con ganas, sacándotela entera y volviendo a clavársela hasta el fondo. El sonido del choque de vuestros cuerpos llena la habitación y os obliga a los dos a morderse los labios para no despertar a las niñas. Ella te mira con la boca abierta, respirando como si le faltara el aire, y sus tetas se sacuden con cada embestida.

—Hazme tuya, Mateo. Como aquella primera noche —te pide, subiendo y bajando las caderas para salir a tu encuentro con una entrega tan visceral que tu excitación crece sin freno.

La sacas y la giras, la pones a cuatro patas. La estampa te deja sin aire: su culo levantado, esa espalda arqueada, la melena revuelta cayéndole por un hombro, y entre las piernas el coño rosado y brillante esperándote. Le das una nalgada suave, casi cariñosa, y ella gime empujando el culo hacia atrás, buscándote.

—Métemela así —te pide con la voz rota—. Fóllame por detrás.

La agarras del culo con las dos manos, separas las mejillas y te la clavas de un empujón. Helena entierra la cara en la almohada y grita ahogado. Empiezas a embestirla con fuerza, cada golpe hunde tu vientre contra sus nalgas, y notas cómo desde este ángulo la sientes aún más apretada, más hambrienta. Le pasas la mano por la columna, la subes hasta el pelo y le agarras un puñado, tirando con suavidad. Ella arquea todavía más la espalda, ofreciéndote hasta el último centímetro.

—Así, así, así… no pares… métemela toda…

Cada vez que desciendes contra ella, la sientes apretarse a tu alrededor, y los gemidos ahogados que suelta te dicen más que cualquier palabra de las que esa tarde os han querido destruir. El miedo, el rencor de Ofelia, la frialdad de Augusto, la humillación de Augusto en el coche: todo se disuelve en el roce de su piel contra la tuya, en el olor a sexo que ya inunda la habitación, en el sonido húmedo de tu polla entrando y saliendo de su coño empapado.

Le pasas una mano por delante, se la bajas hasta el vientre y le buscas el clítoris con dos dedos. Se lo frotas en círculos al ritmo de las embestidas, y ella se derrite. Aprieta las sábanas con los puños, empieza a temblar de las rodillas hacia arriba, y su coño se cierra sobre ti con tanta fuerza que casi te obliga a parar.

—Me corro otra vez, Mateo, me corro otra vez… —susurra desesperada, y te muerde el antebrazo cuando el segundo orgasmo la sacude entera. Sientes su coño contraerse alrededor de tu polla en oleadas, exprimiéndote, y tienes que morderte los labios para no acabarte con ella.

Cuando por fin recupera el aliento, se gira debajo de ti, se tumba de espaldas y te tira encima. Te enreda las piernas alrededor de la cintura y te mira desde abajo, con las mejillas encendidas, los ojos brillantes de lágrimas y placer mezclados.

—Mírame —le pides, y ella lo hace, con los ojos brillantes—. No vamos a dejar que nadie nos quite esto.

—Nadie —jura ella—. Ahora córrete dentro de mí. Quiero sentirlo. Quiero llevarte encima toda la noche.

Vuelves a metérsela y ya no puedes ir despacio. La embistes con todo lo que te queda, cada empujón te acerca más al borde, y ella te clava los talones en la espalda para que no salgas. Sus tetas rebotan contra tu pecho, sus manos te aprietan la nuca, su lengua te busca la boca.

—Vente, cariño, vente ya, córrete dentro de mí —te jadea al oído—. Lléname entero.

Tres embestidas más y explotas. Sientes cómo la corrida sube desde los huevos y se te descarga a chorros dentro de ella, larga, caliente, interminable. Gruñes contra su cuello mientras vacías todo lo que tienes en su coño, y ella te aprieta contra sí, meciéndote las caderas para exprimirte hasta la última gota. La última sacudida te deja tumbado sobre su pecho, sin fuerzas, con la polla todavía dentro y palpitando.

Helena te besa la sien, te acaricia la espalda empapada de sudor. Sientes el semen escurriéndose despacio entre sus piernas cuando por fin te sales, y ella cruza las piernas para retenerlo. Te mira y sonríe, agotada y feliz.

Helena te besa otra vez, hunde los dedos en tu pelo y se entrega del todo. Y mientras la abrazas, mientras la sientes temblar todavía contra ti, entiendes algo que ya no vas a olvidar: en esta vida no importa tanto lo que te ocurre como lo que te dices a ti mismo sobre ello. Eso, justo eso, es lo que separa a los que se rinden de los que aguantan de pie.

Porque después de la tormenta siempre sale el sol, y cuando sus rayos atraviesan los nubarrones que ya se disipan, no hay nada más hermoso sobre la tierra. Vuelves a sentir su calor. Y, por primera vez en todo el día, te reconfortas.

Ver todos os contos de Tabu

Avalie este conto

Comentários

Seja o primeiro a comentar.

Deixe um comentário

Entrar ou criar conta

Escolha como quer continuar.