A namorada do meu amigo se encostou em mim naquela noite
A la novia de mi mejor amigo la conocí hace poco más de un año, y la verdad es que al principio no me llamó la atención para nada. Es bonita, mucho más que las chicas con las que Bruno había salido antes, pero no era mi tipo. Yo siempre me había fijado en chicas de mi edad, y ella me llevaba casi diez años: yo tenía veinticuatro y tanto ella como Bruno andaban por los treinta y largos.
Cada vez que había una salida entre amigos, una cena o un cumpleaños, coincidíamos. Todo tranquilo. Nos llevábamos bien, hablábamos de cualquier cosa y ahí quedaba. Nunca pasó por mi cabeza que pudiera haber algo más, ni siquiera de lejos.
Hasta hace un mes, más o menos. Una tarde nos quedamos solas en su casa mientras Bruno y otros amigos bajaban a comprar comida. Estábamos las dos en el sillón, con la tele de fondo, y de pronto soltó un comentario raro.
—Te queda increíble ese corte de pelo —dijo, mirándome de costado—. ¿Sabés una cosa? Si yo alguna vez estuviera con una mujer, sería con alguien como vos.
Me reí, sin saber bien qué contestar.
—No me gustan ni demasiado masculinas ni demasiado delicadas —siguió, y se encogió de hombros—. Vos estás justo en el medio. Perfecta, diría yo.
Perfecta. Lo dijo así, como si nada.
No le di mucha importancia en ese momento. Pensé que era una de esas frases que se sueltan sin pensar, de las que al rato nadie recuerda. Pero algo se me quedó dando vueltas, una astilla pequeña que no terminaba de salir.
Esa misma noche, cuando volví a casa, me sorprendí pensando en cómo me había mirado. No era la mirada de una mujer que tira una broma al aire. Era una mirada que se detiene, que mide, que espera una reacción. La descarté enseguida, claro. Era la novia de Bruno, mi mejor amigo desde la facultad, la persona con la que compartía la mitad de mi vida. No había espacio para ese tipo de pensamientos.
Durante los días siguientes intenté tratarla igual que siempre. Pero algo se había corrido de lugar. Cada vez que la veía, mi cabeza buscaba señales donde antes no había nada: la manera en que dejaba la mano cerca de la mía sobre la mesa, lo mucho que se reía de mis chistes, esos silencios cómodos que de repente ya no me parecían tan inocentes.
***
La cosa cambió de verdad un par de semanas después. Salimos de un evento muy tarde, casi de madrugada: Bruno, su novia, yo y otro amigo, Damián. Estábamos lejos de nuestras casas y decidimos quedarnos a dormir en lo de Damián, que vivía a unas cuadras.
Al llegar empezaron las bromas de siempre. Que yo iba a tener que dormir con Damián, que capaz pasaba algo entre nosotros. Una tontería, porque a mí los hombres no me interesan, y mucho menos Damián, que tiene una cara que no ayuda. Al final lo resolvimos rápido: los chicos se acomodaron en un colchón en el living y nosotras dos en la pieza de adentro, en la única cama.
La noche venía bien. Se escuchaba a Bruno y a Damián hablar y reírse del otro lado de la puerta, y nosotras en la habitación hacíamos lo mismo. Ella me contó un montón de anécdotas, nos hicimos preguntas para conocernos un poco más: la música que escuchábamos, los ex, las mascotas. Esa charla larga y desordenada que sale a las cuatro de la mañana cuando nadie quiere dormir todavía.
Hasta que llegó el momento real de dormir. Apagamos la luz y nos metimos bajo las sábanas, cada una de su lado. Pensé que ahí se terminaba todo, que cerraría los ojos y listo.
—A mí me encanta dormir de cucharita —dijo de pronto, y soltó una risita demasiado pícara para ser inocente—. De cucharita chiquita, eh.
Le seguí el chiste. Me acerqué por detrás y la abracé, manteniendo cierta distancia, porque apenas estábamos agarrando confianza y no quería incomodarla. Pero a ella la distancia no le interesaba en lo más mínimo.
Empujó el cuerpo hacia atrás hasta pegarse del todo a mí. Sentí su espalda contra mi pecho, sus caderas encajadas en las mías. Y entonces empezó a moverse. Despacio al principio, casi imperceptible, como si fuera sin querer. Después un poco más. Frotaba el culo contra mi pelvis, una y otra vez, con un ritmo que no tenía nada de casual. Sentía cada curva de sus nalgas apretándose contra mí, restregándose de un lado a otro, buscando meterse entre mis piernas.
—Te gusta hacer eso, ¿no? —le dije al oído, en voz baja, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
No me contestó. En vez de palabras, se apretó todavía más fuerte, buscó mi mano y se la llevó a la cadera para que la sostuviera mientras seguía moviéndose contra mí. Después la deslizó más abajo, por encima del pantaloncito con el que dormía, y me hizo apretarle el coño por encima de la tela. Estaba caliente, mojada, tanto que la humedad se traspasaba y me manchó los dedos. El corazón me golpeaba en las costillas. Sentía el calor que subía desde el contacto, esa mezcla de no poder creerlo y de no querer que parara por nada del mundo.
Dejé de fingir que era un juego. Le pasé el brazo por la cintura, después por los muslos, acompañando el movimiento que ella misma marcaba. Metí la mano por dentro del pantaloncito y le rocé el vello del pubis, después bajé más y le encontré los labios ya hinchados y resbaladizos. Ella se estremeció apenas la toqué. Su respiración ya no era de alguien a punto de dormirse: era corta, agitada, entrecortada cada vez que se restregaba más hondo contra mis dedos.
Con un gesto rápido se bajó la bombacha hasta las rodillas y arqueó la espalda, ofreciéndome todo el culo levantado. Ahí ya no hubo manera de seguir pensando. Bajé la mano, la sentí empapada y ardiendo, y me deslicé entre sus pliegues con dos dedos primero, después tres. Se los metí de a poco, sintiendo cómo el coño se le abría, apretado y caliente, chupándome los dedos hacia adentro. Ella ahogó un gemido contra la almohada para que no se escuchara del otro lado de la puerta.
Empecé a moverlos adentro, curvándolos, buscándole ese punto que hace que cualquier mujer pierda la cabeza. Cuando lo encontré, la sentí temblar entera. Le tapé la boca con la otra mano justo a tiempo, porque se le escapó un gemido largo que se me hundió en la palma. Con el pulgar le busqué el clítoris hinchado y empecé a frotárselo en círculos mientras seguía cogiéndomela con los dedos, adentro, afuera, adentro, afuera, cada vez más rápido.
Cada tanto, del living llegaba una risa de Bruno o de Damián, el ruido de la tele que habían dejado prendida. Esa cercanía, en vez de frenarnos, nos prendía más. Estábamos haciendo algo que no debíamos, a unos metros del hombre que dormía confiado, y las dos lo sabíamos. Ella me lo dejó claro cuando se giró apenas y me clavó los ojos en la oscuridad, sin una pizca de culpa.
—Más despacio —susurró—, que nos van a oír.
Pero no quería más despacio, lo decía con la boca y me pedía lo contrario con el cuerpo. Cada vez que yo aflojaba, ella empujaba las caderas buscándome, empalándose sola contra mi mano. La tuve así un buen rato, pegada a mi pecho, mientras con la otra mano le subía la remera y le agarraba las tetas. Se las apreté, le pellizqué los pezones duros entre el índice y el pulgar, y ella soltó un quejido sordo, mordiéndose el labio. Tenía la piel ardiendo. Yo también, y podía sentir mi propia bombacha empapándose contra el colchón.
—Chupámelas —me pidió en un hilo de voz, girando apenas el torso—. Chupame las tetas, por favor.
La hice girar hasta que quedó boca arriba, le levanté del todo la remera y le prendí la boca en un pezón. Chupé fuerte, con hambre, alternando de una teta a la otra, mordiéndole apenas las puntas duras mientras seguía moviéndole los dedos adentro. Ella me agarró de la nuca y me apretó contra su pecho, arqueándose, restregando el coño empapado contra mi muñeca. Cuando saqué los dedos y se los pasé por los labios de arriba, ella me los chupó sin dudarlo, saboreándose entera.
***
En algún momento se dio vuelta y me empujó contra el colchón. Quedé de espaldas y ella se acomodó encima, a horcajadas, con esa media sonrisa que ya había visto antes en su casa, la del comentario fuera de lugar. Solo que ahora entendía perfectamente lo que significaba. Me sacó la remera de un tirón, me bajó la bombacha por las piernas y quedé desnuda debajo de ella, con las tetas al aire y el coño palpitando.
Bajó por mi cuerpo sin apuro, repartiendo besos por el cuello, por el pecho, por el vientre. Se demoró en mis pezones un buen rato, chupándolos y mordiéndolos hasta dejármelos rojos, y siguió bajando, lamiéndome el ombligo, la pelvis, el interior de los muslos. Cuando finalmente su boca me encontró el coño pensé que no iba a poder quedarme callada. Me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, chupándome despacio, saboreándome como si llevara meses esperando eso.
Me abrió los labios con los dedos y me clavó la lengua adentro, después subió al clítoris y empezó a chuparlo con una succión firme, sostenida, que me hacía arquear la espalda del colchón. Cada movimiento me sacudía entera. Me metió dos dedos mientras seguía chupándome, y con la otra mano me agarraba una teta y me pellizcaba el pezón. Tuve que morderme la muñeca hasta hacerme marca para no despertar a media casa. Sentía la lengua caliente entrando y saliendo, subiendo al clítoris, bajando otra vez, y esos dedos moviéndose adentro con un ritmo que no me daba tregua.
—Lo siento todo —murmuró ella en un momento, levantando apenas la cabeza, la boca y la barbilla brillando de mi humedad—. Todo.
Volvió a hundir la cara entre mis piernas y ya no aflojó. Me chupó hasta que la sentí venir, una ola densa que me subió desde los muslos, se me apretó en el vientre y me estalló contra su lengua. Me corrí en su boca mordiéndome el brazo, con las caderas temblando, tratando de no gritar. Ella no paró: siguió lamiéndome despacio hasta que aguanté otra oleada más chica, esas que llegan cuando una está tan sensible que cualquier roce quema.
Cuando por fin subió, me besó en la boca y me pasó mi propio sabor. Nos acomodamos una contra la otra, piernas cruzadas en tijera, coño contra coño, buscando ese roce que nos volvía locas a las dos. Empezamos a movernos, despacio primero, después con más ganas. Sentía sus labios mojados contra los míos, el clítoris de ella rozándose con el mío, la humedad de las dos mezclándose. Era impresionante la energía que tenía. Yo pensaba que en cualquier momento íbamos a frenar, pero ella no aflojaba: se montaba encima, marcaba el ritmo, apretaba las tetas contra las mías, se inclinaba para besarme y volvía a empezar. Daba la sensación de que llevaba un año entero guardándose las ganas y las estaba soltando todas de una sola vez, conmigo.
Yo no me quedé atrás. La di vuelta, la puse de espaldas y le abrí las piernas. Le besé los pechos uno por uno, chupándolos con calma, marcándoselos apenas con los dientes. Bajé despacio, dibujándole una línea de saliva por el vientre, hasta que ella tuvo que taparse la boca con la mano. Le abrí el coño con los pulgares y me quedé mirándolo un segundo, rosado, brillante, hinchado de tanto. Después le hundí la lengua entera adentro.
Le devolví exactamente lo que me había hecho. La chupé lento, después rápido, después con la punta de la lengua sobre el clítoris, después con toda la boca. Le metí dos dedos y los curvé buscándole el mismo punto que ella me había buscado a mí. La sentí temblar entera, sostenerse de mi pelo, tironearme para pegarme más contra ella, repetir mi nombre en un hilo de voz que apenas se escuchaba. Cuando se corrió, apretó los muslos contra mi cara y me dejó sin aire. Le sentí las contracciones alrededor de los dedos, un aleteo largo, y una descarga tibia que me chorreó por la mano hasta la muñeca.
Había algo desesperado en la forma en que me buscaba después, como si llevara mucho tiempo conteniéndose y recién ahora se permitiera soltar todo. Me subió a la cara y me montó, sentada sobre mi boca, moviendo las caderas mientras me miraba desde arriba, con una teta en cada mano, ofreciéndose. Me agarraba la cara, me besaba con fuerza cuando bajaba, me mordía el labio y enseguida se reía bajito, asombrada de sí misma. En los huecos, cuando parábamos para recuperar el aire, me acariciaba el pelo en silencio, y esa ternura me descolocaba todavía más que el sexo.
—No te imaginás cuánto lo venía pensando —me dijo en un momento, con la voz ronca, la boca pegada a mi oído—. Desde aquella tarde en mi casa. Me la pasé imaginándome cómo me chupabas, cómo me cogías con los dedos, todo.
No le contesté. La besé otra vez, larga y despacio, le metí la lengua hasta el fondo, y dejé que su cuerpo respondiera por mí. Le agarré una mano y me la llevé al coño, y ella entendió sin que le dijera nada. Me metió los dedos, tres de una, y empezó a moverlos adentro con firmeza mientras me besaba el cuello. Yo hice lo mismo con ella. Quedamos así, una frente a la otra, cogiéndonos con las manos, mordiéndonos la boca para no gritar, sintiendo cómo se nos apretaban los coños alrededor de los dedos de la otra. Nos corrimos casi al mismo tiempo, ahogando los gemidos una contra la boca de la otra.
Estuvimos así casi toda la noche. Parábamos un poco, recuperábamos el aire, nos mirábamos en la penumbra sin decir nada, y volvíamos a empezar. Ella me chupaba las tetas, yo le chupaba el coño, nos frotábamos, nos metíamos los dedos, nos comíamos la boca. En un momento me pidió que le mordiera el cuello mientras me la cogía con los dedos por atrás, y se lo hice, cuidando de no dejarle marca. Otro rato lo pasamos sesenta y nueve, con ella arriba, ahogándome un poco con su coño en la cara mientras me lamía el mío. No sé cuántas veces me corrí. Perdí la cuenta en algún punto entre el cansancio y las ganas.
Frenamos recién cuando ella lo decidió, ya con la primera luz colándose por la cortina, las sábanas hechas un desastre, el olor a sexo pegado a la habitación. Se acomodó contra mi hombro, agitada, todavía con los dedos entre mis piernas, y se quedó dormida casi al instante, como si nada de lo que había pasado fuera del otro mundo. Yo me quedé despierta un rato más, mirando el techo, sintiendo el semen ajeno secarse en mis muslos, tratando de entender en qué momento mi vida se había desviado tanto del guion.
***
A la mañana siguiente actuamos como si no hubiera pasado nada. Desayunamos los cuatro, hicimos chistes sobre lo mal que se duerme en colchoneta, y cada uno se fue para su lado. Ella ni siquiera me miró distinto. Bruno seguía siendo Bruno, ajeno a todo, contándome sus planes para el fin de semana.
Desde aquella noche volvimos a encontrarnos varias veces, y un par de ellas terminaron en algo. Nunca tan intenso como la primera, pero suficiente para que yo siga buscando excusas para coincidir con ellos.
Sé que está mal. Es la novia de mi mejor amigo, una de las personas que más quiero, y cada vez que lo pienso me da una punzada de culpa. Pero después la veo entrar a una salida, me cruza esa mirada de costado, y la culpa dura lo que tarda en sentarse a mi lado.
No sé en qué va a terminar todo esto, ni cuánto más voy a poder sostener la farsa de la amiga tranquila que no pasa nada raro. Lo único que tengo claro es que ella sabe exactamente lo que hace, y que yo, por ahora, no tengo ninguna intención de pedirle que pare.





