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Relatos Ardientes

Meu casamento terminou em um ménage que não tínhamos planejado

Para Sofía, el día de su boda con Diego había sido exactamente como lo había imaginado desde niña: la pequeña iglesia del pueblo, el banquete en la finca familiar con sus mesas largas y manteles blancos, las fotos interminables bajo los naranjos del jardín mientras el fotógrafo les pedía que se miraran a los ojos como si no supieran hacerlo solos. Todo perfecto. Todo ordenado.

Lo que no había imaginado era cómo terminaría la noche.

Valentina, su mejor amiga desde los tiempos del instituto, llevaba todo el día mirándola de una forma que Sofía conocía bien. No era la mirada de una amiga emocionada por la boda de otra amiga, esa mezcla de alegría genuina y envidia discreta que detectas en la cara de la gente aunque no quieran mostrártela. Era otra cosa. Un calor sostenido, una atención demasiado precisa que recorría cada detalle, que Sofía había aprendido a identificar a lo largo de años de complicidad y secretos compartidos.

El vestido de Valentina era negro, ajustado, con una abertura lateral que dejaba ver el muslo cada vez que cruzaba las piernas. Había elegido ese vestido a propósito, eso también lo sabía Sofía.

Diego también lo había notado. Su marido era un hombre discreto, de pocas palabras, que procesaba el mundo en silencio antes de actuar. Esa noche no dijo nada, pero sus ojos se desviaban hacia Valentina cada vez que creía que Sofía no miraba.

Sofía siempre miraba.

***

La barra libre terminó pasada la medianoche. Los últimos invitados se despidieron entre abrazos, promesas de quedar pronto y confeti que apareció de quién sabe dónde. Los tres se quedaron solos en el vestíbulo del hotel mientras el personal recogía las últimas mesas del jardín.

Valentina se había quitado los zapatos de tacón y los llevaba colgados de los dedos. Sofía todavía tenía pétalos de rosa en el pelo. Diego llevaba la chaqueta del traje colgada del hombro, con la corbata aflojada y el primer botón de la camisa abierto.

Subieron en el ascensor sin hablar. El silencio no era incómodo. Era el tipo de silencio que precede a algo que todavía no tiene nombre pero que todos en la cabina ya están pensando.

Cuando Diego abrió la puerta de la suite, Valentina entró primero. Cruzó la habitación hasta el ventanal y miró la ciudad desde el décimo piso: las luces ordenadas en cuadrículas, el río brillando a lo lejos, la quietud de una ciudad que no sabe que alguien la está mirando.

—Nunca había estado en una habitación así —dijo.

Sofía se detuvo en el centro de la suite y la miró de espaldas, el pelo oscuro cayendo sobre los hombros, la abertura del vestido negro marcando la línea del muslo.

—Quédate —dijo Sofía.

Valentina giró lentamente.

—¿Estás segura de lo que estás diciendo?

—Llevamos diez años siendo amigas —respondió Sofía—. Creo que sé perfectamente lo que estoy diciendo.

—¿Y él? —Valentina señaló a Diego con la barbilla, sin apartar los ojos de Sofía—. ¿Tu marido va a mirar cómo me follas o va a follarnos a las dos?

Sofía sintió el golpe de esas palabras en el vientre, un tirón húmedo que le apretó las bragas contra el coño de golpe.

—Las dos cosas —dijo—. En el orden que quiera.

Diego, desde la puerta, no dijo nada. Cerró la llave con un clic suave.

***

El primer beso fue entre ellas dos, de pie junto al ventanal con la ciudad al fondo. Sofía tomó la iniciativa. Puso las manos en la cintura de Valentina y la acercó sin brusquedad, con la calma de alguien que ha pensado mucho en algo y finalmente lo está haciendo.

Los labios de Valentina sabían a vino tinto y a algo más dulce que Sofía no supo nombrar. Se besaron despacio, y después no tan despacio: la lengua de Valentina entró en su boca con una seguridad que Sofía no había esperado, buscando la suya, chupándosela suavemente antes de morderle el labio inferior. Sofía notó que la tensión del día, todas esas horas de sonrisas perfectas y postura correcta, se disolvía de golpe entre las piernas.

Diego se acercó. Se puso detrás de Sofía y le besó el cuello mientras Valentina seguía besándola en la boca. Sintió sus manos grandes subir por sus costados, bajar por sus caderas, colarse por el escote del vestido para apretarle las tetas por encima del corpiño. Los pezones se le pusieron duros contra la palma de Diego y Sofía gimió dentro de la boca de Valentina.

—Ya está mojada —murmuró Valentina, deslizando la mano por la abertura de la falda y comprobándolo directamente por encima de la seda—. Está empapada, Diego.

—Lo sé —dijo él, con la voz rota contra la nuca de Sofía—. Lo he notado desde que ha empezado a mirarte.

Valentina le desabrochó el vestido de novia con una paciencia que desmentía la urgencia en sus ojos. Lo hizo botón a botón, desde la nuca hasta la cintura, besando cada centímetro de espalda que quedaba al descubierto. El vestido cayó al suelo con un susurro de tela. Sofía se quedó de pie en lencería blanca, iluminada desde atrás por las luces de la ciudad, con las bragas ya marcadas por una mancha oscura entre las piernas.

—Dios —murmuró Valentina.

Se arrodilló sin dejar de mirarla y le enganchó las bragas con los dientes, tirando hacia abajo hasta la mitad del muslo. Después usó las manos para bajárselas del todo. Cuando el coño de Sofía quedó al descubierto, Valentina no lo tocó todavía. Solo lo miró, muy de cerca, y aspiró.

—Llevo años imaginándome cómo huele tu coño el día de tu boda —dijo.

Sofía se sujetó al hombro de Diego para no perder el equilibrio.

***

Se movieron hacia la cama grande, esa cama absurdamente ancha que el hotel había decorado con pétalos y que iban a desordenar sin ningún remordimiento. Valentina se quitó el vestido negro con un gesto rápido, muy distinto de la lentitud con que había desvestido a Sofía. Debajo no llevaba nada. Ni sujetador, ni bragas. Sus tetas eran más pequeñas que las de Sofía, con los pezones oscuros y muy erguidos, y su coño estaba depilado por completo, brillando ya de humedad entre los muslos.

—Zorra —dijo Sofía con una sonrisa—. Has venido a la boda sin bragas.

—He venido a la boda a follarme a la novia —respondió Valentina—. Las bragas sobraban.

Diego se desabotonó la camisa y la dejó caer sobre una silla. Después se soltó el cinturón y bajó los pantalones. La polla se le marcaba dura y gruesa contra el bóxer negro, con una mancha de líquido preseminal en la tela. Valentina se la miró abiertamente.

—Sacádmela —dijo Sofía, tumbándose de espaldas sobre las sábanas—. Quiero verla.

Valentina lo hizo. Se acercó a Diego, le bajó el bóxer de un tirón y la polla saltó hacia arriba, gruesa, con la punta ya morada y humedecida. Valentina la sostuvo con una mano, sopesándola, mirando a Sofía por encima del hombro.

—Follas todas las noches con esto y no me lo habías dicho —comentó.

—Chúpasela —ordenó Sofía—. Enséñame cómo se la chupas.

Valentina se arrodilló delante de Diego, junto al borde de la cama, y se metió la polla en la boca de golpe, hasta el fondo, hasta que Sofía escuchó cómo se atragantaba un poco. La sacó, respiró, escupió sobre el glande y volvió a metérsela. Diego echó la cabeza atrás y le puso la mano en la nuca, marcándole el ritmo. Valentina cerraba los ojos y chupaba con hambre real, apretando los labios alrededor de la base, sacando la polla brillante de saliva para lamerle los huevos y volver a tragársela entera.

Sofía se abrió las piernas sobre la cama y se pasó dos dedos por el coño mientras miraba. Estaba tan mojada que resbalaban solos.

—Venid los dos —dijo con la voz ronca—. Ya.

***

Valentina se subió a la cama a cuatro patas y trepó hasta ella. Diego la siguió. Sofía los tenía a los dos y no podía procesar los dos a la vez. Así que dejó de intentarlo y simplemente sintió.

Valentina se colocó entre sus piernas y la miró un segundo antes de bajar la cabeza. Sofía tomó aire. La primera pasada de lengua fue larga, lenta, plana, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y le hizo temblar los muslos. Después Valentina se puso a chuparle el clítoris con una precisión que solo tiene otra mujer, cerrando los labios alrededor, chupando con succión suave, soltando, volviendo. Metió dos dedos dentro de Sofía y los curvó hacia arriba, buscando el punto exacto.

—Joder —jadeó Sofía—. Joder, Vale, joder.

Diego estaba de rodillas junto a ella en la cama, con la polla dura apuntándole a la cara. Sofía giró la cabeza y se la metió en la boca sin dejar de gemir. La chupó con los ojos entornados, mirando hacia abajo, hacia donde su mejor amiga le comía el coño la noche de su boda. Diego le agarró el pelo, todavía con algún pétalo de rosa entre los dedos, y empezó a follársela en la boca con embestidas cortas.

—Para —dijo Sofía al cabo de un rato, apartándose de la polla con un hilo de saliva—. Para, Vale, que me corro y no quiero correrme todavía.

Valentina levantó la cara con la barbilla brillante y los labios hinchados.

—Pues siéntate en la mía —dijo—. Quiero probarte hasta que se te acabe.

***

Se reorganizaron con esa torpeza inevitable que tiene todo lo que se hace por primera vez. Valentina se tumbó boca arriba y Sofía se subió encima, a horcajadas sobre su cara. Se miró un segundo en el espejo del techo —había uno, no se había fijado antes— y se vio a sí misma, desnuda sobre otra mujer desnuda, el pelo revuelto con pétalos, el marido detrás, y pensó que era la imagen más obscena que había visto en su vida.

Bajó las caderas y le plantó el coño en la boca. Valentina gimió contra ella y empezó a lamerla desde abajo, agarrándole las nalgas para mantenerla apretada contra su cara. Sofía se inclinó hacia delante, hacia el sexo depilado de Valentina, y la imitó. Le abrió el coño con dos dedos y le pasó la lengua entera, notando el sabor distinto, más ácido, más denso. Valentina levantó las caderas de golpe.

Diego se puso detrás de Sofía. Le acarició el culo con las dos manos, lo abrió y escupió. Sofía sintió la punta de la polla apoyarse en la entrada de su coño empapado y presionar.

—Métemela —gimió con la boca pegada al coño de Valentina—. Métemela ya, Diego, por favor.

Diego la penetró de una embestida hasta el fondo. Sofía gritó contra Valentina, y el grito vibró en el coño de su amiga, que también gimió. La suite se llenó de un sonido pegajoso, húmedo, de pieles chocando y bocas trabajando, un ruido que hasta esa noche Sofía nunca había hecho tan alto.

Diego se movía con fuerza y constancia, agarrado a las caderas de Sofía, y cada embestida hacía que Sofía se estrellara con la cara contra el coño de Valentina, que le agarraba el pelo. Las manos de Diego llegaban a veces hasta Valentina, subiendo por el vientre, apretándole las tetas, pellizcándole los pezones. Valentina estiraba el cuello hacia atrás cuando lo hacía.

—Fóllatela más fuerte —le pidió Valentina a Diego, con la boca brillante del coño de Sofía—. Fóllatela hasta que se corra en mi lengua.

Diego obedeció. Aceleró el ritmo hasta que la cama entera crujía. Sofía chupaba y lamía y gemía sin coordinación, con la lengua metida en el coño de Valentina, un dedo tanteándole la entrada del culo. Valentina se retorcía debajo.

Sofía se corrió sin avisar. Fue una contracción larga, más larga de lo habitual, con el clítoris siendo chupado por Valentina y la polla de Diego clavada hasta el fondo. Se corrió a chorros contra la cara de su amiga y sintió el propio semen bajándole por los muslos porque Valentina no dejó de tragarla ni siquiera cuando se convulsionó.

Cuando terminó se quedó quieta, respirando fuerte, con la frente apoyada sobre el vientre de Valentina.

—Bien —dijo Valentina, con una voz tranquila, sin triunfo ni burla. Solo la satisfacción de alguien que ha hecho bien algo. Le acarició el pelo.

Diego seguía dentro, todavía duro, quieto para no forzarla.

—Sigue —murmuró Sofía—. No pares.

***

Se recolocaron otra vez. Valentina se puso a cuatro patas al lado de Sofía, y Sofía, que seguía temblando, se tumbó de espaldas debajo de ella para que Valentina le quedara con el coño y las tetas colgando encima de la cara. Diego se puso detrás de Valentina.

—Fóllatela ahora a ella —dijo Sofía—. Métesela, quiero ver cómo se la metes.

Diego se sujetó la polla, todavía brillando del coño de Sofía, y la deslizó dentro de Valentina de una sola embestida. Valentina abrió mucho los ojos y soltó un jadeo largo. Sofía, debajo, lo vio todo desde muy cerca: la polla de su marido entrando en el coño depilado de su mejor amiga, los labios de Valentina abriéndose alrededor, el líquido brillante que empezó a bajar por dentro del muslo.

—Qué grande —jadeó Valentina—. Sofi, la tiene enorme.

—Ya lo sé —dijo Sofía, y le lamió el clítoris a Valentina mientras Diego se la seguía metiendo.

Valentina se corrió así, con la polla de Diego entrando y saliendo de ella y la lengua de Sofía en el clítoris. Apretó los muslos alrededor de la cabeza de Sofía, con los ojos cerrados y la boca abierta, y se dejó caer sobre los codos gimiendo un "joder, joder, joder" que se le rompía en la garganta.

Diego aguantó todavía un poco. Sacó la polla del coño de Valentina y se echó hacia atrás.

—¿Dónde? —jadeó—. Decidme dónde.

Sofía salió de debajo de Valentina y se puso de rodillas al lado de ella, hombro con hombro, las dos con la boca abierta y las lenguas fuera, mirándolo. Diego se masturbó con la mano rápidamente, con las manos clavadas antes en las caderas de su mujer y ahora en su propia polla, y se corrió con un sonido ahogado que Sofía le había escuchado antes pero que esa noche sonaba diferente. La primera corrida cayó en la mejilla de Valentina, la segunda en la barbilla de Sofía, la tercera entre las dos, en la boca, y las dos se besaron limpiándose el semen la una a la otra sin dejar de mirarlo.

Ninguno de los tres marcó el tiempo.

***

Cuando todo terminó se quedaron tumbados en la cama grande, escuchando el aire acondicionado y el silencio de la ciudad al otro lado del cristal. Valentina estaba en el medio, con Sofía a un lado y Diego al otro. El techo era blanco y alto y no tenía ningún detalle especial, pero los tres lo miraron durante un rato como si lo tuviera.

Era la primera vez que Sofía sentía ese tipo de silencio. El tipo que no necesita llenarse.

—¿Estás bien? —preguntó Valentina al cabo de un rato.

—Sí —dijo Sofía.

—¿Segura?

—Más que en todo el día.

Valentina se rió en voz baja. Diego le puso la mano en el brazo a Sofía, un gesto simple, de siempre, que esa noche significaba algo diferente.

—Tendríamos que haber pedido el desayuno antes —dijo él.

Las dos se rieron.

***

Más tarde, cuando Valentina dormía con la respiración lenta y regular, boca abajo con una nalga al aire y el rastro de semen ya seco en la comisura de la boca, Sofía se levantó a beber agua. Se quedó un momento de pie junto al ventanal, mirando las luces. El vestido de novia estaba en el suelo, arrugado junto al vestido negro, como si los dos hubieran caído al mismo tiempo y de acuerdo.

Pensó que debería sentir algo raro. No sentía nada raro.

Diego apareció a su lado sin hacer ruido y le pasó un brazo por los hombros. Estaba desnudo, con la polla todavía enrojecida y un poco hinchada de todo el uso.

—¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto? —preguntó él.

Sofía tardó un momento.

—¿Tú? —dijo.

—Desde la fiesta de tu cumpleaños del año pasado —admitió Diego—. Cuando os vi bailando juntas y ella te metió la lengua en la oreja pensando que no la veía.

Sofía asintió despacio. Eso era antes de lo que ella habría dicho en voz alta.

Se quedaron callados mirando la ciudad. Un taxi cruzaba la avenida desierta. Un semáforo cambiaba para nadie.

—¿Arrepentida? —preguntó él al fin.

Sofía buscó dentro de sí con honestidad, buscó algún rastro de culpa o de incomodidad, algún residuo de lo que se supone que debería sentir una recién casada en circunstancias como esas.

No encontró nada parecido.

—No —dijo—. Y mañana me la vuelvo a follar antes del brunch.

Diego se rió bajo y la besó en la sien.

—Yo tampoco estoy arrepentido. Y mañana os miro.

Sofía miró hacia la cama, donde Valentina dormía de lado con el pelo extendido sobre la almohada y una mano abierta sobre las sábanas revueltas, como si incluso dormida esperara que alguien se la tomara.

—Tengo hambre —dijo Sofía—. ¿Qué hay en el minibar?

Diego se rió en voz baja. Ese sonido familiar y cálido que era, entre todas las cosas de ese día, la única que no había cambiado en absoluto.

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