A professora que me transformou em seu escravo
Casi todos cargamos con una obsesión secreta de la facultad: alguien imposible, prohibido, que nos desordena la cabeza. La mía tenía nombre y apellido. Cursaba el último año de la carrera, con buenas notas y planes ordenados, y aun así pasaba las clases de anatomía pensando en una sola cosa: los pies de mi profesora.
Se llamaba Renata. Tenía treinta y dos años, un cuerpo que detenía conversaciones en los pasillos, la piel morena y una mirada que no pedía permiso. Pero lo que me desarmaba estaba más abajo. Sus pies eran perfectos, un poco grandes, de empeine alto y planta suave, con las uñas siempre impecables, casi siempre pintadas de blanco. Yo no entendía de biología; entendía de eso.
Usaba unas sandalias planas que dejaban todo a la vista. Mientras explicaba, se sentaba en el borde del escritorio y balanceaba una de ellas en la punta del pie, dejándola colgar hasta que parecía a punto de caer. A veces se la quitaba del todo y apoyaba la planta desnuda sobre el otro empeine. Yo no faltaba jamás. Llegaba temprano, me sentaba en la última fila y la miraba durante las dos horas como quien reza. Debajo del pupitre se me endurecía la verga hasta doler, y me pasaba la clase entera apretando los muslos, imaginando esas plantas sobre mi cara, mi lengua entre sus dedos, mi corrida chorreando por su empeine.
El problema con mirar tanto es que, tarde o temprano, te descubren.
Una mañana sonó el timbre y el aula empezó a vaciarse. Yo recogía mis cosas despacio, estirando los segundos, cuando su voz me detuvo desde el frente.
—Quedate un momento. Quiero hablar con vos.
Me acerqué al escritorio con el corazón en la garganta. Renata me esperaba con los brazos cruzados y esa expresión severa que tantas noches me había robado el sueño. Me miró de arriba abajo, sin apuro, disfrutando de mi incomodidad.
—Hace semanas que te noto. No mirás el pizarrón, ni a mí cuando hablo. Mirás mis pies. —Ladeó la cabeza—. ¿Tenés algún tipo de fetiche o qué te pasa?
Sentí que la cara me ardía. Las palabras me salieron temblando.
—No es nada… es que… me parece que tenés unos pies muy bonitos. Solo los estaba admirando.
No dijo nada. Se sentó en su silla, se quitó las dos sandalias con un movimiento lento y subió los pies al escritorio, cruzándolos a la altura de los tobillos, justo frente a mi cara.
—¿Así que te gustan mis pies?
Mi mirada cayó sobre esas plantas como atraída por un imán. Me quedé varios segundos perdido en ellas, mudo, hasta que un chasquido de dedos me devolvió al aula.
—Eh, acá arriba. —Se reía con los ojos, dos puntos verdes que me clavaban en el lugar—. Mirá la cara de tonto que tenés. Te encanta, ¿no?
—Sí —admití, sin fuerzas para mentir—. Me encanta.
***
Renata se levantó descalza, caminó hasta la puerta del aula y la cerró con llave. El ruido del cerrojo me erizó la nuca y me endureció la polla contra la tela del pantalón. Volvió a su silla con una calma deliberada, estiró las piernas y apoyó otra vez los pies sobre el escritorio, esta vez más cerca.
—Conozco este juego. —Su voz había bajado un tono, más grave, más dueña de todo—. El último que me miró así terminó arrodillado, con la lengua afuera, rogando por lamerme los pies y por que le pisara las bolas. ¿Es eso lo que querés? ¿Ser mi felpudo, mi puta, la cosa que uso para descargarme? Porque, si te portás bien, te dejo.
Debería haber dudado. Debería haber pensado en lo que estaba en juego, en quién era ella y quién era yo. Pero llevaba demasiado tiempo pajeándome con exactamente esto: pertenecerle a alguien, entregarme del todo, ser un pedazo de carne al que ella usara para acabar. Y de repente la fantasía estaba ahí, a un metro, ofreciéndose con una sonrisa.
—Quiero —dije—. Lo que necesites. Me dedico a servirte.
—Así me gusta. —Movió los dedos de los pies, despacio, como quien llama a un perro—. Para empezar, dejá de temblar y vení. Arrodillate y besá mis pies.
Esa frase era todo lo que había imaginado mil veces con la verga en la mano, en la oscuridad de mi cuarto. Cerré los ojos un segundo, casi esperando despertar. Cuando los abrí, ella seguía ahí, real, esperando.
—¿Y? —insistió, con un dejo de impaciencia—. Si no querés, nos quedamos cada uno en su lugar y olvidamos esto.
No la dejé terminar. Caí de rodillas frente al escritorio y bajé la cara hasta sus pies. Escuché su risa, baja y satisfecha, mientras yo besaba esas plantas tibias con los ojos cerrados, una y otra vez, perdiendo la noción del salón, del horario, de todo. Le lamí el arco de un pie, despacio, sintiendo el sabor salado de su piel, y después chupé cada dedo por separado, metiéndolos en la boca hasta el nudillo, mamándolos como si fueran vergas chiquitas. Renata jadeó por lo bajo y hundió el dedo gordo del otro pie contra mi lengua, empujándomelo hasta el fondo.
—Así, perrito. Chupá bien. Que me babees los pies enteros. —Movió los dedos dentro de mi boca, jugando con mi lengua—. Vas a ser mi bocina de mierda. No lo pienses tanto la próxima. Este es tu lugar.
***
Renata sacó el teléfono y empezó a escribir, ignorándome como si yo fuera un mueble. Eso, lejos de ofenderme, me encendía más. Debajo del pantalón la polla me latía tan dura que sentía cada pulso de sangre. Junté coraje para hablar contra su empeine.
—¿Puedo… olerlos?
Dejó de teclear un instante y me miró por encima de la pantalla, como si hubiera olvidado que yo seguía vivo.
—Podés. Disfrutalo, porque de ahora en más vas a tener que ganarte cada cosa.
Acerqué la nariz a sus pies todavía cruzados. Habían pasado dos horas de clase y la piel guardaba un calor húmedo, un olor concentrado, un poco ácido, un poco a sudor de sandalia, que me golpeó directo en el estómago y me bajó hasta las bolas. Respiré hondo, despacio, aspirando entre los dedos como quien huele una flor, y sentí cómo la verga me chorreaba en el calzoncillo. Le pasé la lengua por el hueco entre el pulgar y el segundo dedo, ahí donde el olor era más fuerte, y me quedé chupando esa piel salada mientras jadeaba pegado a su planta. No me había tocado la polla y ya estaba al borde de correrme.
Después de unos segundos, dejó el teléfono a un lado. Levantó el pie derecho y me dio una palmada suave en la mejilla con la planta. No dolía; era una marca, una manera de decir «sos mío».
—Gracias —susurré.
—Gracias, ¿qué?
—Gracias, mi reina.
Sonrió, complacida, y volvió a golpearme la cara con el pie, ahora con más ganas, alternando uno y otro, riéndose cada vez que mi cabeza giraba con el impacto. Yo estaba de rodillas, recibiendo sus golpes como un regalo, sintiéndome exactamente lo que ella quería que fuera: una puta arrodillada, con la verga chorreando por un par de pies. Habría hecho cualquier cosa con tal de quedarme ahí.
Cuando se cansó, bajó los pies del escritorio y volvió a calzarse las sandalias.
—Por hoy ya te divertiste bastante, perrito.
La seguí con la mirada, todavía de rodillas, la cara caliente, el cuerpo flojo y la polla marcando el pantalón con una mancha oscura de líquido. Ella tomó de nuevo el teléfono.
—Dame tu número. Lo voy a anotar.
Se lo dicté. Lo guardó con un nombre que pude leer al revés: «perrito». Después bloqueó la pantalla.
—Atento a los mensajes. Te voy a mandar tareas.
Asentí. Me hizo levantarme, darme vuelta y, justo cuando creía que me dejaba ir, me detuvo con un dedo.
—Vení a despedirte como corresponde.
Me arrodillé otra vez para besarle los pies y, antes de tocarla, recibí una bofetada seca en la mejilla.
—La próxima venís a cuatro patas —dijo, sin levantar la voz—. ¿Estamos?
Con la cara ardiendo, me incliné y besé sus dos pies, uno y después el otro, dejando la lengua un segundo de más sobre cada empeine.
—¿No vas a decir nada?
—Gracias, mi reina, por dejarme besar sus pies.
Otra bofetada, más suave, casi cariñosa.
—¿Y?
—Gracias por pegarme.
Apoyó el pie izquierdo sobre mi nuca y me empujó hasta que mi frente tocó el piso frío del aula.
—Así, esclavito. Estás empezando a entender tu lugar. —Quitó el pie—. Ahora andate.
***
Salí del edificio con las piernas de algodón y la polla todavía hinchada dentro del pantalón, incapaz de creer lo que había pasado. Antes de cruzar la puerta del aula, escuché su voz a mi espalda.
—Hasta mañana, mi perrito. Nos vamos a divertir mucho.
Desde ese día me convertí en su sombra. Cada vez que ella tenía un hueco entre clases, yo me quedaba en el aula vacía para atenderla: arrodillado, en silencio, adorando esos pies mientras ella revisaba el teléfono y me ignoraba con una indiferencia que me volvía loco. A veces me hacía sacarle las sandalias con los dientes y lamerle las plantas hasta que quedaban brillantes de saliva. Otras me obligaba a apretarme la verga contra el suelo, a fregarme como un perro caliente contra la baldosa fría, sin corrida permitida, con las bolas doliéndome tanto que me temblaban las piernas al levantarme. Los martes iba al gimnasio antes de la facultad, y empezó a traerme las medias que se había quitado, todavía húmedas de sudor, para que las oliera y las chupara mientras ella corregía exámenes. Me las metía en la boca hechas un bollo y me hacía respirar por la nariz, con la cara enterrada entre sus pies calientes. No había nada que me hiciera sentir más suyo.
Llegó el receso de mitad de año y di por hecho que pasaría esas semanas sin verla, contando los días con la verga a media asta cada noche. Me equivoqué. Una tarde su mensaje cayó como una orden: tenía treinta minutos para presentarme en su casa. Mis padres se iban de viaje y a nadie le importaba dónde durmiera yo, así que inventé que me quedaba en lo de un amigo. Me vestí a las apuradas y crucé la ciudad con el pulso disparado.
Renata me abrió la puerta con un top corto que le marcaba la cintura, sin corpiño —las tetas duras se le movían bajo la tela con cada respiración, los pezones marcados como dos puntas—, el pelo suelto —algo que jamás le había visto en clase— y, por supuesto, los pies descalzos. Las uñas, esta vez, pintadas de rojo. Me quedé paralizado en el umbral, mirándolas, hasta que su voz me sacudió.
—¿Te vas a quedar ahí plantado, inútil?
Entró sin esperarme y la seguí como lo que era, un perro detrás de su dueña. Se dejó caer en el sillón del living y subió los pies a la mesa baja del centro.
—Voy a divertirme mucho con vos estas vacaciones —dijo, estirándose—. ¿Qué esperás? Empezá.
—Sí, mi reina.
Me arrojé al piso y hundí la cara en sus pies, cubriéndolos de besos. Estaban un poco sucios de andar descalza por la casa, con motas de polvo pegadas al sudor entre los dedos, y ese sabor terroso, lejos de frenarme, me empujaba más adentro. Le lamí las plantas de una punta a la otra, arrastrando la lengua por cada surco, chupándole la mugre como si fuera un premio.
—Lamelos. Dejámelos bien limpios. Con esa lengua de puta que tenés.
—Sí, señora.
Recorrí con la lengua desde el talón hasta el arco, despacio, sintiendo el sabor salado y áspero de su piel, mientras ella me observaba con una sonrisa de dueña aburrida. Le abrí los dedos con las manos y hundí la lengua entre ellos, uno por uno, chupándolos hasta el fondo, mamándoselos como si fueran cinco vergas chicas. Ella suspiró y arqueó el pie contra mi boca.
—¿Te gusta ser mi esclavo? —preguntó, y me golpeó la mejilla con el pie libre.
—Sí, mi reina. Amo ser tu esclavo y amo tus pies. Hago lo que me digas.
—Escupí. —Bajó el pie y me presentó la planta abierta frente a la cara—. Escupime en la planta y después lamé lo que escupiste.
Obedecí. Solté un gargajo espeso en el centro de su pie y ella me lo empujó contra la boca, aplastándome los labios, obligándome a lamerme mi propia saliva de su piel. La verga me golpeaba el pantalón con cada movimiento.
Renata corrió la mesa de un empujón y me ordenó tenderme boca arriba en el piso. Se puso de pie sobre mí, una planta a cada lado de mi cabeza, y me miró desde arriba como quien mira algo que le pertenece.
—Como te gustan tanto, te los vas a tragar.
Bajó un pie y lo metió en mi boca, sin pedir permiso, llenándomela hasta que me costó respirar. Me empujaba los dedos contra el paladar, hundía el pulgar hasta rozarme la garganta y me hacía dar arcadas. Lo sacaba apenas un segundo, lo justo para que tomara aire, y volvía a empujarlo, más al fondo cada vez, follándome la boca con el pie como si me la estuviera cogiendo con una verga. Apoyó la otra planta sobre mi pecho, marcándome contra el suelo con su peso.
—Si te dan arcadas, te lo limpiás con la lengua, ¿entendido, inútil? Mamámelo bien, como una puta.
Apenas podía asentir. Le chupaba los dedos con desesperación, sintiéndolos deslizarse hasta el fondo, con la saliva chorreándome por las mejillas, ahogándome, mientras la verga me palpitaba dentro del pantalón, a punto de reventar. En un movimiento torpe giré la cabeza y, sin querer, mi diente le raspó el empeine. Renata reaccionó como si la hubiera quemado, retiró el pie y me pisó la cara, furiosa.
—Eso no se hace nunca más. ¿Me oíste?
Se sentó a horcajadas sobre mi pecho y me cruzó la cara de un lado y del otro con la palma abierta. Los cachetazos me dejaron los oídos zumbando y la piel ardiendo.
—Perdón, señora. No vuelve a pasar.
—Más te vale. Vas a aprender a tener cuidado. —Se levantó y volvió al sillón—. Sacate la ropa. Quedate en calzoncillo, quiero ver esa verga tuya babeando por mí.
A pesar de todo lo que ya había hecho, me dio vergüenza desnudarme frente a ella. Pero estaba enojada y no quise tensar más la cuerda, así que obedecí, dejando la ropa doblada en el piso, expuesto y temblando. El calzoncillo se me marcaba con un bulto grueso y una mancha oscura de líquido preseminal en la punta.
—Mirá vos. —Soltó una carcajada—. Casi te ahogo con mis pies y estás duro como un poste, chorreando. Sos un felpudo de manual. Una puta que se moja porque le pisan la cara.
Pasó la planta por encima de mi erección, apenas un roce, lo suficiente para hacerme jadear y arquear las caderas contra ella. Después apoyó la punta del pie sobre el bulto y presionó, fregando de arriba abajo, sintiendo cómo mi verga latía debajo de la tela.
—Miralo cómo se retuerce el pobre. —Se rio, con una crueldad tranquila, mientras seguía masturbándome con el pie a través del calzoncillo—. ¿Te vas a correr para mí, perrito? ¿Vas a manchar el calzoncillo como un pendejo cualquiera?
—Sí, mi reina, por favor —jadeé, empujando las caderas contra su planta—. Por favor, dejame acabar.
Justo cuando sentía las bolas apretarse, cuando la corrida ya me subía por la verga, ella retiró el pie de golpe. La descarga se cortó a la mitad, dolorosa, dejándome un hilito de semen chorreando sin gozo dentro del calzoncillo, con las caderas mordiendo el aire. Me sacudió una arcada seca de frustración.
—No creas que te perdoné lo de recién. Casi me lastimás. Los perros que muerden no acaban.
Antes de que pudiera decir una palabra, se incorporó y me dio una patada exacta entre las piernas. El dolor me dobló en dos; rodé por el piso sin aire, los ojos llenos de lágrimas, agarrándome las bolas. Sentí su pie apoyarse sobre mi cabeza, hundiéndome contra el suelo, y un escupitajo tibio cayéndome en la mejilla, resbalándome hasta la comisura de la boca.
—Abrí. —Aplastó más fuerte con la planta—. Sacá la lengua y lamete el escupitajo de la cara, sucio.
Saqué la lengua y me lamí mi propia mejilla, tragándome su saliva mezclada con lágrimas, mientras ella me sostenía la cabeza contra el piso con el pie. La verga me latía todavía, engatillada, sin haber terminado de acabar, chorreando dentro del calzoncillo mojado.
—Levantate, inútil —dijo, y en su voz había una alegría cruel que me atravesó entero—. Todavía nos quedan muchos días, mi perrito. Vamos a divertirnos como nunca. Te voy a dejar la verga morada de tanto no dejarte acabar.
Y, tirado a sus pies, con las bolas doliéndome, la cara empapada de saliva y la cabeza rendida, supe que no había ningún lugar en el mundo donde quisiera estar más que ese.
Continuará…





