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Relatos Ardientes

O médico disse que ela voltasse todas as manhãs às sete

A Mercedes se le cayó la olla de agua hirviendo encima un martes cualquiera, mientras colaba la pasta para una cena que iba a comer sola. El asa estaba floja desde hacía meses y ella nunca se había molestado en arreglarla. El agua le bajó por el escote y le abrasó la piel entre los dos pechos, una mancha roja que latía con solo respirar.

Esa noche apenas durmió. A la mañana siguiente se miró en el espejo empañado del baño y la quemadura tenía un brillo feo, tirante, como si la piel le quedara pequeña. No le quedó otra que bajar al consultorio del barrio antes de que aquello se infectara.

Mercedes había cumplido cuarenta y dos hacía poco y llevaba cuatro años durmiendo sola en una cama demasiado grande. No estaba mal de ver, y lo sabía. Los kilos que había ganado desde el divorcio le habían redondeado las caderas y le habían llenado el pecho, y los hombres del barrio la miraban de una manera que ella fingía no notar. Fingir le costaba cada vez más.

Lo cierto era que llevaba demasiado tiempo siendo razonable. Pagaba sus facturas a tiempo, cuidaba de su madre los domingos, sonreía a las vecinas en el ascensor. Nadie le pedía nada que no fuera correcto, y a veces, por la noche, se descubría deseando justo lo contrario: que alguien le ordenara algo y ella no tuviera más remedio que obedecer. Que alguien le abriera las piernas sin preguntar y le metiera la polla hasta el fondo, sin más explicación que las ganas de hacerlo.

El doctor Arce la recibió sin enfermera de por medio. Era un hombre de manos grandes y voz baja, de esas que no necesitan levantar el tono para que uno obedezca. La hizo sentar, le pidió que se abriera la blusa y estudió la quemadura mucho rato, demasiado, con la yema de un dedo recorriendo el borde rojo de la herida.

—Esto necesita una cura diaria —dijo al fin—. La mejor pomada que tengo, pero hay que aplicarla bien, con paciencia. Quiero verla todas las mañanas a las siete, antes de que abra la sala de espera. Cuando no hay nadie.

—¿A las siete? —preguntó ella.

—A las siete en punto. ¿Tiene algún problema con eso?

Mercedes negó con la cabeza. Algo en la forma en que él lo había dicho, sin pedir permiso, le había erizado la nuca. Salió de allí con la herida vendada y una inquietud caliente en el estómago que no supo nombrar.

Esa tarde no pudo concentrarse en nada. Repasaba una y otra vez el momento en que el dedo de él había recorrido el borde de la quemadura, la forma en que la había mirado, demasiado tiempo, como si la herida fuera una excusa. Se dijo que eran imaginaciones suyas, que un médico mira a todas sus pacientes igual. Pero a las once de la noche seguía despierta, eligiendo qué ropa interior se pondría a la mañana siguiente, y esa elección le dijo más sobre sí misma de lo que quería admitir.

***

El primer día llegó puntual. La calle todavía estaba gris y la persiana del consultorio a medio subir. El doctor Arce la hizo pasar, echó el pestillo a su espalda y corrió la cortina de la ventana.

—Quítese la blusa y siéntese —dijo, ya sin el «por favor» de la primera visita.

Ella obedeció. Se desabrochó los botones uno a uno, consciente de que él la miraba sin disimulo, y se quedó con el torso desnudo bajo la luz blanca del flexo. El doctor se colocó detrás de la silla. Le apartó el pelo del cuello, le rozó los hombros con las dos manos y empezó a bajarlas despacio, sin tocar todavía la herida.

—Quieta —murmuró cerca de su oído—. Esto va a doler un poco.

No fue la pomada lo que le aceleró el pulso. Fueron las manos. Le rodearon los pechos por debajo, sopesándolos, calibrándole el peso con descaro de dueño, y los pulgares le rozaron los pezones hasta endurecerlos. Se los pellizcó, primero suave y después con dos dedos firmes, tirando de ellos hasta arrancarle un jadeo. Mercedes contuvo el aire. Tendría que haberse levantado, haber dicho algo, y en cambio se quedó muy quieta, como él le había ordenado, con las bragas mojándose ya bajo la falda.

¿Qué estoy haciendo?, pensó. Pero no movió ni un músculo.

—Hay mujeres que se quejan —dijo él, todavía detrás—. Usted no se queja. Eso me gusta.

Una mano le abandonó el pecho y le bajó por el vientre, se metió bajo la cinturilla de la falda, apartó el elástico de las bragas y le encontró el coño empapado sin preguntar. Un dedo la abrió por en medio, resbaló por toda la raja y volvió a subir hasta el clítoris, girando sobre él con una lentitud calculada. Mercedes apretó los dientes.

—Mírela cómo está —murmuró él, sacando el dedo brillante para que ella lo viera de reojo—. Se derrite entera.

Le volvió a meter el dedo, esta vez dentro, hasta los nudillos, y se lo movió despacio contra la pared de delante hasta que Mercedes se agarró a los bordes de la silla. La curó de verdad después, con la pomada y una gasa nueva, como si nada hubiera pasado, con el mismo dedo con el que la había tenido abierta un minuto antes. La despidió hasta el día siguiente. Mercedes caminó hasta su casa con las piernas flojas, la blusa pegada a la espalda y las bragas tan pegadas al coño que le costaba andar, sin entender por qué se sentía más despierta que en años.

***

La segunda mañana ya sabía a lo que iba. Se vistió con cuidado, eligió la ropa interior con una atención que la avergonzó frente al espejo, y llegó a las siete clavadas. El doctor Arce volvió a cerrar con pestillo.

Esta vez no fingió que la cura era el motivo. Apenas ella se sentó, él rodeó la silla y se plantó delante, y Mercedes vio cómo se le marcaba el bulto contra el pantalón claro, a la altura de su cara. No hizo falta que dijera mucho.

—Ya sabes para qué viniste —dijo él, tuteándola por primera vez—. Abre.

Ella levantó la vista hacia su rostro, buscando una salida, una excusa, y no encontró ninguna que quisiera usar. Le bajó la cremallera con dedos torpes, le apartó la ropa interior y le sacó una polla gruesa, dura, que le golpeó los labios en cuanto la liberó. Estaba caliente, roja de sangre acumulada, con una gota espesa asomando en la punta. El doctor le sostuvo la nuca con una mano firme, sin empujar todavía, dándole el espacio justo para decidir.

Mercedes decidió. Cerró los labios alrededor del glande y empezó despacio, con la punta, probando el sabor salado del líquido preseminal, hasta que la mano de la nuca la guió más adentro. Él soltó un suspiro largo por la nariz.

—Así —dijo—. Sin prisa. Tenemos hasta que abra la sala.

Le enseñó a mamársela como a él le gustaba: la cabeza quieta, los labios apretados, mientras él le sujetaba la nuca con las dos manos y la follaba la boca a su ritmo, entrando y saliendo con embestidas cortas primero, más profundas después. Mercedes sintió cómo la polla le empujaba contra el paladar, cómo le rozaba la campanilla, cómo le tocaba la garganta hasta hacerla toser. Cada vez que ella se ahogaba, él la sacaba unos segundos, le limpiaba la saliva colgando del labio con el pulgar y se la metía otra vez.

—Traga —le ordenó, viéndola babear sobre sus propias tetas—. Traga y respira por la nariz. Aprende.

Aprendió. Se relajó la mandíbula, bajó la lengua, dejó que él la abriera desde dentro, y a la tercera arcada la garganta cedió y sintió la polla entrar entera, con la nariz de ella pegada al vello del pubis. El doctor gimió por primera vez, un gruñido bajo, y le mantuvo la cara ahí un segundo largo antes de dejarla subir.

Con la mano libre le buscó el pecho. Le rozó la herida con apenas dos dedos, sin apretar, solo lo justo para que el ardor de la quemadura se mezclara con todo lo demás. Mercedes gimió alrededor de la polla, y descubrió que aquel filo de dolor, lejos de cortarle el deseo, lo afilaba. Los dos dedos bajaron a los pezones y se los retorció, tirando hacia fuera hasta hacerla llorar. Ella no se separó. Chupó más fuerte.

—Eso es lo que te gusta —dijo él, leyéndola sin esfuerzo—. Que te use mientras te duele un poco. No tienes que decirlo. Lo noto. Se te ha puesto el coño empapado, ¿verdad? Lo hueles desde aquí.

No lo dijo. No hacía falta. Siguió, esforzándose por llevarlo hasta el fondo, aguantando la respiración cuando él la sostenía allí un segundo de más, recuperando el aire cuando la dejaba subir. Le acariciaba las bolas con los dedos, se las masajeaba pesadas contra la palma, mientras él le acariciaba el borde de la quemadura, y los dos respiraban cada vez más fuerte en la consulta cerrada.

***

—Túmbate de lado en la camilla —ordenó él cuando estuvo a punto—. La boca abierta. No te muevas.

Mercedes obedeció sin pensarlo. Se tendió en el papel crujiente de la camilla, con el pecho desnudo hacia arriba y la herida brillando bajo la luz, y abrió la boca como le habían dicho. El doctor se colocó de pie a su lado y le apoyó la polla en la lengua, chorreando saliva, y volvió a metérsela hasta el fondo desde aquel ángulo nuevo. Desde ahí la garganta se le abría todavía más recta, y él aprovechó para follársela la boca sin freno, con embestidas largas que le sacudían las tetas a cada golpe.

Le subió la falda con la mano libre y le arrancó las bragas de un tirón, sin ceremonia, hasta romperle el elástico. Le metió dos dedos en el coño de golpe, empapados desde el primer segundo, y empezó a moverlos dentro con la misma cadencia con que le follaba la boca. Cada embestida hacia dentro por arriba coincidía con dos dedos entrando por abajo. Mercedes chilló ahogada alrededor de la polla y se le sacudió todo el cuerpo. Los dedos de él le buscaron el punto de dentro, ese que ningún otro hombre había sabido encontrarle, y se lo trabajaron con una precisión de médico y de cabrón al mismo tiempo.

Lo que la encendía no era solo lo que él hacía. Era la quietud que le exigía. La obligación de estarse quieta y dejarse hacer, de no decidir nada, de ser solo el cuerpo sobre el que otro mandaba, un agujero abierto para que él lo usara. Hacía años que cargaba con todo sola; allí, en aquella camilla, con la polla ajena en la garganta y los dedos ajenos en el coño, no tenía que cargar con nada.

Se corrió así, con la boca llena, apretando los muslos alrededor de la muñeca de él, gritando ahogada contra la carne dura que le empujaba la lengua. Se corrió largo, en oleadas, mojándole la mano hasta el codo, y el doctor no la dejó respirar tranquila ni un segundo. Le siguió metiendo los dedos mientras temblaba, alargándole el orgasmo hasta que casi lloraba de sobrecarga.

—Eres muy obediente —dijo él, con la voz ya rota, sacando los dedos del coño y limpiándoselos en el pecho de ella, sobre la propia herida—. Quién lo diría, una señora tan correcta. Menuda puta escondes debajo del abrigo.

Cuando llegó al final, el doctor sacó la polla de su boca a tiempo, se la agarró con la mano derecha y se la meneó tres o cuatro veces con el puño cerrado, apuntándole directamente al pecho. Se vació sobre ella con un gruñido ronco, chorros gruesos y calientes que le cayeron entre las tetas, justo sobre la zona quemada, uno detrás de otro, hasta que la piel herida quedó cubierta por la corrida entera. Le esparció el semen despacio con dos dedos, por toda la mancha roja, empapándole también los pezones y el hueco del cuello.

—No te limpies —dijo él, todavía recuperando el aliento—. Déjalo ahí. Forma parte del tratamiento.

Ella no contestó. Se quedó tendida, sintiendo cómo le resbalaba el semen tibio sobre la herida, cómo se le enfriaba en los pezones, con el corazón golpeándole contra las costillas y el coño todavía latiendo por dentro, contrayéndose en vacío como si buscara algo que meterse.

***

—Ya puedes vestirte —dijo el doctor Arce, dándole la espalda mientras se lavaba las manos en el pequeño lavabo del rincón—. Y no te laves hasta esta noche. Mañana a las siete seguimos con la cura. Y ven sin bragas. Ya no te van a hacer falta aquí.

Mercedes se incorporó despacio. Se abrochó la blusa sobre el pecho sin limpiarse la corrida, tal como él le había mandado, y notó la tela pegándose a la piel a cada paso, absorbiendo el semen espeso como si fuera parte de la venda. Recogió las bragas rotas del suelo, se las guardó en el bolso, y salió a la calle, que ya empezaba a llenarse de gente camino del trabajo. Caminó entre todos ellos con la falda pegándose a un coño desnudo y empapado, y con un secreto ardiéndole bajo la ropa.

No sentía dolor. La quemadura, curiosamente, le molestaba menos que el día anterior. Lo único que sentía eran unas ganas atroces de tocarse, una urgencia que le costó aguantar hasta llegar al portal.

Pasó el resto de la mañana inquieta, dando vueltas por la casa, rozándose el coño desnudo contra el filo de la mesa de la cocina cada vez que pasaba, apoyándose en el respaldo de una silla más tiempo del necesario, apretando los muslos hasta hacer chasquear la humedad. Cualquier cosa servía. Estaba tan cachonda que le temblaban las manos al fregar los platos, y cada vez que se rozaba la blusa contra las tetas se acordaba del semen seco pegado a la piel y le daba un latigazo entre las piernas.

Por la tarde, por fin, se metió en la cama con la persiana bajada y se demoró en ella misma sin prisa. Se levantó la falda, se abrió el coño con dos dedos y se metió tres, imitando el ángulo con que él la había abierto, buscándose el punto de dentro con la misma precisión. Con la otra mano se pellizcó los pezones costrosos de semen seco, tirando fuerte, recordando la mano firme en su nuca, la orden de no moverse, el filo de dolor sobre la herida que lo afilaba todo. Se corrió con la imagen del doctor mirándola desde arriba mientras se vaciaba sobre su pecho, con el gusto salado todavía en la memoria de la lengua, y aun así no le bastó. Se corrió otra vez, y otra, cuatro dedos ya moviéndose dentro, mordiéndose la muñeca de la otra mano para no gritar, y siguió sin bastarle.

Esa noche, antes de dormir, se quedó pensando en la mañana siguiente. En las siete en punto. En la cortina corrida y el pestillo echado y la consulta vacía solo para ellos. En qué le haría el doctor cuando la encontrara sin bragas, obediente, abierta desde antes de entrar.

Mañana —pensó, con una sonrisa que no tenía nada de inocente— tendré que portarme aún mejor.

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