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Relatos Ardientes

Os saltos que despertaram Lola dentro de mim

Damião se despierta con una punzada sutil en los pies, como si hubiera bailado durante horas sobre brasas. Abre los ojos despacio, todavía envuelto en los restos tibios del sueño. El primer rayo de luz se cuela por la ventana y dora el borde de la cama. Y ahí están. Los tacones. Aún puestos. Altos, transparentes, de líneas perfectas.

Al apoyar la planta del pie en el suelo, el acrílico golpea la madera con un sonido seco y cristalino, como una declaración íntima. Esa vibración le sube por la columna igual que un susurro. La altura le altera el eje, le estiliza el andar, le alarga las piernas. No recuerda habérselos quitado la noche anterior. Tal vez porque, en el fondo, no había querido hacerlo.

Se sienta al borde del colchón y consigue quitárselos. Pero cuando intenta caminar descalzo hacia el baño, algo se siente raro. Camina de puntitas. No porque lo decida: es como si sus talones hubieran olvidado el suelo. El arco del pie se mantiene tenso, elevado, buscando una altura que ya no está.

En el espejo del baño se ve distinto. El cabello, apenas más largo y más claro, casi rubio en las puntas. La piel, más lisa. El vello del cuerpo, apenas visible, como si se hubiera desvanecido durante la noche.

La voz no tarda en aparecer, dulce como una caricia.

—Damicito, mírate… te estás quedando tan suave, tan linda. Esa piel es un sueño, nena. Vamos directo al modo rubia perfecta, ya verás.

Se mete en la ducha. El agua caliente acentúa la suavidad nueva de su cuerpo. La espuma resbala por sus curvas incipientes como dedos invisibles que lo exploran sin prisa. Cierra los ojos. El vapor lo envuelve como un velo tibio y perfumado. Un escalofrío le recorre la espalda. Baja la mano por el vientre, casi por reflejo, y se encuentra la polla más chica que de costumbre, blanda, encogida contra el muslo, como si ella misma quisiera desaparecer. Se la toma y le da dos tirones lentos; en vez de endurecerse del todo, late tibia contra su palma, indecisa, y un cosquilleo raro le sube desde el culo hasta los pezones, que se le ponen duros de golpe bajo el chorro caliente. Por un instante se imagina afeitándose las piernas como una modelo de comercial, la cuchilla bajando lenta, ceremoniosa, dejando la piel pelada y brillante, lista para que alguien la lama.

—Ay sí, así, toda lisita y mojada, brillando bajo el vapor. Imagínate en una tina enorme, con tus piernitas estiradas… qué rico, mi amor. Metete un dedito en el culito, dale, sentí cómo te aprieta. Ese agujerito ya quiere verga, aunque tu cabecita todavía no lo sepa.

Como si la voz le hubiera dado permiso, se enjabona el dedo medio y se lo lleva atrás. La yema resbala entre las nalgas y encuentra el anillo tibio del culo. Empuja apenas. El músculo cede con un pequeño chasquido húmedo y el dedo entra hasta el nudillo. Un gemido se le escapa, agudo, ajeno, y la polla le da un tirón contra el muslo, ya medio dura. Mueve el dedo en círculos, tanteando, y una descarga eléctrica le parte la espalda al rozar un punto blando y esponjoso adentro. Se le aflojan las rodillas. Se apoya contra los azulejos con la mejilla pegada al frío y sigue, dos dedos ahora, el agua caliente cayéndole en la nuca, la boca abierta contra el mosaico. No termina. Saca los dedos temblando, con miedo de correrse ahí mismo y no reconocerse después.

Sale de la ducha y se seca con cuidado. Cuando abre el clóset, todo le parece equivocado. Camisas, pantalones, zapatos planos. Todo le resulta tosco, pesado, ajeno.

—No, no, no. Eso ya no es para ti. Necesitamos algo que diga estoy lista para todo. Algo ajustadito, brilloso… nada de ropa de señor aburrido, por favor.

Elige la ropa de siempre porque no tiene otra cosa. Pero al salir a la calle, la ropa empieza a incomodarlo. Le roza, le aprieta mal, no lo deja respirar como quiere. No es cuestión de talla: es el concepto. No se siente vestido, sino disfrazado de algo que ya no es del todo.

El metro va lleno. El traqueteo del vagón lo mece. El reflejo en las ventanas le devuelve un rostro con el cuello más largo y la postura ligeramente arqueada. Nadie lo mira, pero la voz interior lo hace sentir observado. El calzoncillo se le pega a la entrepierna húmeda; todavía siente el culo palpitando, abierto, como si el agujero hubiera aprendido algo en la ducha y no quisiera cerrarse del todo.

Baja del metro temblando. A una cuadra de la oficina, la voz casi chilla.

—¡Mirá esa vitrina! ¡Entramos ya! Vamos a vernos divinas.

Era una tienda de lencería. Satén, encaje, colores brillantes. Transparencias delicadas, cinturas estrechas. Damián no puede evitarlo y entra. La vendedora, joven y de sonrisa profesional, lo recibe con un perfume dulce que llena el aire.

—Hola, ¿buscas algo especial? —pregunta.

Damián traga saliva. Las luces suaves hacen que todo se sienta irreal, como si hubiera cruzado un umbral invisible.

—Sí… digo, no. Es para un regalo —murmura, y la voz le tiembla como una hoja.

—No mientas. Decilo. Vas a ver lo rico que se siente cuando lo digas en voz alta.

Su reflejo en el espejo del mostrador le devuelve una imagen que ya no puede negar.

—Es para mí —dice por fin, en un susurro, bajando la mirada, como si confesarlo le arrancara una capa vieja de encima.

La vendedora asiente sin juzgar, con una chispa de complicidad en los ojos.

—Entonces necesitamos algo que te haga sentir hermosa. No solo verte linda: sentirlo, aquí adentro —dice, tocándose el pecho con delicadeza.

Eligen juntas un conjunto negro, con un encaje tan fino que parece susurrar secretos al tacto. Al tomarlo entre los dedos, Damián siente una descarga recorrerle la piel. Se imagina la tela deslizándose por sus muslos, delineando una silueta nueva. El sostén es firme y sensual, con relleno, hecho para levantar no solo el pecho sino también el ánimo. Una parte de él, una que ya no tiene nombre masculino, se rinde en silencio y con deleite.

***

Sube a la oficina como si caminara sobre brasas. Esconde la bolsa en la mochila, pero la voz no se detiene.

—Póntelo ya. Vamos, siente el encaje. Te va a cambiar todo.

Entra al baño, se encierra en el cubículo del fondo, se desviste y se pone la lencería. La tela es fresca y suave como un susurro. Cuando la tanga roza su entrepierna, nota que todo se siente distinto, retraído, como si su cuerpo también quisiera adaptarse a esa forma nueva. La polla, apretada contra el algodón perfumado del frontal, se ha reducido a un bultito tibio, casi tierno, escondido entre los muslos lisos. El elástico se ajusta a su cintura con una caricia firme, dibujando una silueta que ya no le resulta ajena; el hilo trasero se le mete entre las nalgas y le abre el surco, dejándole el ojete rozando la tela cada vez que se mueve. Al abrochar el sostén, las manos le tiemblan: el encaje le envuelve el pecho con una suavidad delicada, y por un instante siente un peso nuevo, una redondez tímida que el relleno sostiene sin esfuerzo. Se pellizca un pezón por encima de la copa y ahoga un gemido contra el hombro.

Se ve en el espejo del baño con los labios entreabiertos y la respiración corta. Una risa suave se le escapa sin permiso, como si otra la hubiera soltado. Se lleva la mano al frente, aprieta la tanga contra el bultito duro y se da unos frotamientos rápidos, mordiéndose el labio, hasta que una gota transparente asoma por la tela y le deja una mancha oscura sobre el encaje. No se corre; se obliga a parar, jadeando, con la frente pegada al espejo.

—Todavía no, nena. Guardátela para el jefe. Que se la des a él, mojada y lista.

Se pone la ropa de hombre encima. Ahora todo le queda más justo, más definido. Se siente más real.

Y justo entonces, Adrián lo llama a su oficina.

—¡Damián, gran trabajo ayer! Tu presentación fue impecable —dice el jefe, sonriente.

Damián sonríe y se sienta, cruzando las piernas. La voz lo empuja.

—Baja esa piernita, deja que el pantalón se abra un poco. Que se pregunte qué llevas debajo.

Damián hace un movimiento casual. El pantalón se abre apenas y un destello rosa queda visible un segundo. Adrián se queda callado un instante. Después sonríe, apenas.

—Damián… te ves distinto. ¿Estilo nuevo?

Damián no sabe qué responder.

—Te sienta bien. Hay algo más relajado en ti —insiste Adrián.

El aire entre ellos se carga de electricidad. Adrián se acerca más de lo habitual, cruzando ese umbral invisible entre lo profesional y lo íntimo. Un leve roce, su muslo contra el de Damián, basta para desatar un escalofrío. El perfume amaderado del jefe se le mete en la piel como un tatuaje invisible. Adrián estira la mano y, con dos dedos, le roza el borde del pantalón, justo donde el encaje asoma. El dedo pulgar se cuela un centímetro por dentro del elástico, apenas, y vuelve a salir. Damián siente el bultito palpitarle contra la tanga, un hilo caliente escurriéndose otra vez.

—¿Sentiste ese roce? Está pensando en vos. Hacele ojitos, mostrale esa carita nueva que tenés. Abrile más las piernas, dejá que te mire.

Pero Damián no dice nada. Solo lo mira, con los labios entreabiertos y el pecho tenso de deseo.

—Tú no estás como siempre, ¿verdad? —murmura Adrián, y le toma el mentón con delicadeza—. Me gusta esta nueva versión de ti.

El pulgar de Adrián le recorre el labio inferior, se le mete apenas en la boca. Damián lo cierra por instinto, lo chupa una vez, sintiendo el sabor a piel y a jabón caro, y se le escapa un gemido bajo, húmedo, que le trepa desde el estómago. Adrián sonríe y le saca el dedo despacio, con un hilo de saliva colgando.

Damián huye de la oficina con el corazón en la garganta, la tanga empapada, el bultito pegajoso contra el encaje. Al llegar a casa, lo primero que hace es buscar los tacones. Se los pone. Luego la lencería. Luego baila frente al espejo. Y luego se rinde: se tira en la cama, se corre la tanga a un costado y se acaricia la polla con dos dedos, apenas la puntita, como si fuera un juguete, mientras con la otra mano se mete tres dedos en el culo hasta el fondo. Se corre chorreando un charco tibio de leche sobre su propio ombligo, la boca abierta gritando el nombre del jefe. Duerme con todo puesto, con el semen secándose en la panza, soñando con Adrián, con su voz grave diciéndole al oído: así me gusta, entregada.

***

El sol apenas asoma y la habitación está bañada en una luz tenue y cálida. Damián —o quizá ya no tanto— abre los ojos sintiendo algo distinto. Ha vuelto a dormir con los tacones, pero ya no son un accesorio: son parte de su cuerpo. Se estira con un suspiro suave y siente la bata de satén rosa resbalar por sus muslos lisos como mármol pulido.

Va al baño, descalzo, otra vez sobre las puntas. Ya ni siquiera lo piensa. Al mirarse en el espejo, la revelación es imposible de ignorar. El cabello más largo, ondulado, rubio perlado. Las mejillas más redondeadas, los labios llenos, el pecho dulcemente marcado bajo la piel pálida. Se abre la bata: dos tetitas nuevas, pequeñas pero firmes, con los pezones rosados y erectos apuntando al techo. Más abajo, la polla se ha vuelto una cosita mínima, apenas un botoncito rosa entre los muslos, blando y suave, casi decorativo.

—Mírate, Lola. Ya casi sos toda una muñeca. Ese pelo, esa carita… no hay vuelta atrás, nena. Y esa colita ya no sirve para nada, sólo para verse linda debajo de la tanguita.

Y sí. Lola. Era un nombre más simple, más dulce, más ella. Le hacía cosquillas en el cerebro, como un perfume nuevo que la bautizaba en cada pensamiento. Se sintió completamente Lola, abrazando ese cuerpo nuevo como el único posible. Se pellizca los pezones frente al espejo, primero suave, después fuerte, y siente el placer bajarle en línea recta hasta el culo, que se le contrae hambriento, vacío.

Intenta ponerse su ropa de siempre, pero todo es cuadrado, rígido, ajeno. Nada encaja con su silueta. Se inclina sobre la cama y, casi sin pensarlo, se pone el sostén y la tanga. Apenas la tela se acomoda entre sus curvas, sabe que no hay marcha atrás.

—¿Cómo ibas a ponerte ese pantalón de macho? Andá al portátil, abrí la tienda online. Elegí el vestido rojo para salir, el negro ajustado para la oficina, y el rosa para cuando quieras hacerte la inocente. Y tangas chiquitas, muchas. Vestite cada día más linda, más tuya. Y comprate un consolador, gorda. Uno bien grande, negro, con venas, para que tu culito practique.

Lola mira la ropa masculina extendida sobre la cama y siente un rechazo casi físico. No es incomodidad: es una certeza. Esa ropa ya no la representa. Obedece a la voz, encarga todo —incluido el consolador— y espera, temblando de anticipación.

Cuando los paquetes llegan ese mismo día, Lola apenas puede esperar. Se pone de inmediato unos tacones transparentes altísimos y siente el vértigo dulce subirle desde los pies hasta la cabeza. Se prueba los vestidos uno a uno, siempre sobre los tacones, admirando el vaivén de su cuerpo y el temblor de sus piernas. El rosa le marca el pecho y las caderas; la tanga se desliza entre sus muslos con una suavidad nueva.

Después abre la caja del consolador. Saca el pedazo de goma negra, grueso, venoso, con los huevos gordos colgando, y le da besitos a la cabeza sin poder evitarlo. Se unta la mano de saliva y empieza a chuparlo despacio, mirándose en el espejo, dejándose caer un hilo de baba por el mentón. Se lo mete hasta la garganta y arcadas le saltan, con las lágrimas saliéndole; sigue, tosiendo, hasta que el consolador entero brilla mojado.

Se pone a cuatro patas sobre la alfombra, con el culo frente al espejo, los tacones bien plantados, y se lo lleva atrás. Se pega la cabeza fría al ojete, empuja y la punta cede con un gemido largo. Va metiéndoselo de a poco, respirando por la boca, sintiendo cómo el agujero le traga centímetro tras centímetro hasta que los huevos de goma le golpean las nalgas. Se queda ahí unos segundos, empalada, mirándose por encima del hombro: el minivestido subido hasta la cintura, la tanga corrida a un lado, el mango negro saliendo de entre sus nalgas rosadas como una cola.

Empieza a moverse, a cogerse sola. Primero suave, ondulando la cadera, después a los golpes, hincándose hacia atrás con toda la fuerza que le dan los tacones. La cosita rosa entre sus piernas ni siquiera está dura, cuelga como un adorno, pero por dentro Lola se derrite. Cada embestida contra ese punto blando le arranca un grito agudo, de nena, y la boca se le llena de baba. Siente que se viene sin tocarse: un temblor le sube desde el culo, le explota en las tetitas, se le corre al cerebro, y se derrumba sobre la alfombra chorreando un líquido claro y transparente por la puntita del botoncito rosa, sin volumen, sin macho, solo un cosquilleo largo que la deja babeando sobre el pelo del piso.

Se toca frente al espejo, explorándose, imaginando a Adrián tomándola en la oficina, arrodillada, abierta, suplicando ser usada. La mente le flota, entregándose a la voz, cada vez menos suya, cada vez más Lola.

Mientras gira frente al espejo, todavía con el consolador temblando adentro, el teléfono vibra. Es Adrián.

—¿Hola? —contesta Lola, con un hilo de voz dulce y aniñada.

—¿Damián…? ¿Estás bien? —pregunta él, desconcertado por el tono.

—Sí, Adri… estoy súper, jeje. ¿Quieres venir a casa más tarde? Hay algo que quiero mostrarte —dice, mordiéndose el labio, apretando el consolador con el culo.

Adrián, confundido pero divertido, accede pensando que tal vez su empleado está bromeando o resfriado.

—Bueno, paso en un rato.

Lola cuelga con una risita y un escalofrío de anticipación.

—Así me gusta. Hoy vas a ser su secretaria, pero no de las que toman notas. Ponte el vestido negro, perfume en las muñecas, y espéralo lista. Cuando toque el timbre, baja en tacones y ábrele como la nena que eres. Tené el culito preparado, que hoy te lo abren de verdad.

***

Adrián llega al departamento y toca la puerta. Lola camina hasta la entrada sobre sus tacones transparentes, con el minivestido negro ceñido, los labios brillantes y el pelo perfecto. Abre y, con una sonrisa tonta y la voz más aniñada posible, suelta un «hola» suave y agudo, absolutamente fuera de personaje para quien alguna vez fue Damián.

Adrián la mira boquiabierto, sin creer lo que ve. Recorre su cuerpo de arriba abajo, notando cada detalle: el vestido, los tacones imposibles, la postura de muñeca, el maquillaje.

—¿Damián…?

—¿Acaso parezco un Damián, Adri? Ahora soy Lola —contesta ella, moviendo la cadera y riéndose floja.

Adrián la observa entre la incredulidad y la fascinación, como si un personaje de fantasía hubiera cobrado vida frente a sus ojos.

—Pasa, Adri… quiero que veas todo lo que preparé para ti —dice Lola, estirando la mano y girando sobre los tacones con una gracia ensayada.

Adrián entra, todavía incrédulo, y la puerta se cierra a su espalda. Lola juega con la punta de su cabello.

—He pensado muchísimo en ti, Adri… y se me ocurrió que tal vez podría tener un puesto nuevo en la empresa —susurra, coqueta.

—¿Un puesto? ¿De qué hablas, Lola? —pregunta él, arqueando una ceja.

—Un puesto especial. Me encantaría ser tu secretaria personal. Estoy dispuesta a hacer todo lo que me ordenes —dice, acercándose, el vestido subiendo apenas al caminar.

—¿Todo? —la reta Adrián, divertido y encendido.

Lola asiente, mordiéndose el labio, sin apartar la mirada. Adrián decide probar su obediencia. Le ordena arrodillarse y sacarle los zapatos, luego que recoja unos papeles del suelo, después que le traiga un vaso de agua caminando en tacones y meneando las caderas para él. Lola cumple cada orden sin cuestionar, mostrando la tanga bajo el vestido, sintiéndose la sumisa obediente de sus propias fantasías, disfrutando cada gesto de entrega.

Al regresar, torpe sobre los tacones, tropieza y cae a los pies de Adrián. Él la levanta, fascinado. Se miran un instante, la tensión desbordándose, y sin pensarlo Adrián la besa, profundo y posesivo, la lengua metiéndose entera en su boquita pintada. Sus manos recorren la espalda, la cintura, suben por los muslos, sintiendo la suavidad de la tanga y la firmeza nueva del pecho bajo el vestido. Le agarra las tetitas por encima del sostén, las aprieta, se las palpa como pesándolas, y Lola gime contra su lengua, arqueándose. La otra mano se le va directo al culo, se lo aprieta, se lo abre por sobre el vestido, y encuentra la base dura del consolador que Lola no se había animado a sacarse.

—Estás llena, chiquita —murmura Adrián contra su oído, riéndose bajito, la voz ronca—. Ya venías preparada.

Lola se derrite, colgándose de su cuello, y se entrega por completo, perdida en la sensación.

Adrián la toma en brazos y la lleva a la cama con facilidad. El minivestido sube aún más y la tanga apenas la cubre. La tira boca arriba sobre la colcha y le arranca el vestido de un tirón; el sostén sigue, los pechitos saltan rosados y duros, y él baja a chuparle un pezón mientras con dos dedos tira del otro. Lola grita, agudo, y le clava las uñas en la nuca.

Con la otra mano Adrián le arranca la tanga y descubre el botoncito rosa, la cosita mínima, la nada casi, escurriéndose transparente entre los muslos. Sonríe, la ignora por completo, y va directo al culo. Le saca el consolador de un tirón limpio; Lola aúlla, el agujero le queda abierto, dilatado, palpitando al aire, un aro rojo brillando de saliva y lubricante.

—Mira cómo te dejaste el culito, Lola —le dice Adrián con la voz gruesa—. Todo listo para mí.

Lola se arrodilla entre sus piernas, le baja el cierre y saca la verga, gruesa, larga, con las venas hinchadas y la cabeza morada goteando. Se le llena la boca de agua al verla. Guiada por la voz, la besa primero como si fuera un tesoro, lengüetea la punta, recoge la gota salada, y después se la traga entera. La polla le entra hasta la garganta, arcadas, tose, las lágrimas le corren el rímel; se sacude el pelo y vuelve a hundirse, más despacio, tragándosela toda hasta pegar la nariz contra la pelvis. La saliva le chorrea por el mentón y le cae sobre las tetitas. Adrián le agarra el pelo, hace un moño con la mano, y se la empieza a coger a la boca, embistiéndole el fondo, mientras Lola le acuna los huevos con una mano y con la otra se acaricia el botoncito inútil entre los muslos.

—Buena chica. Así, toda suya. Por fin entendiste cuál es tu lugar. Chupá, gorda, chupale la polla al jefe como una nena buena.

—Buena chica… —murmura Adrián, jadeando, con la mano en su nuca—. Eres una buena secretaria, Lola. Obediente. Mía.

La saca de un tirón, con un ruido de succión obsceno, un hilo de baba pegándose de la boca de Lola a la cabeza de la polla. Lola se estremece de placer y rendición. Después es ella quien, temblando, se pone a cuatro patas sobre la cama, sube las nalgas al aire, arquea la espalda todo lo que puede y se abre el culo con las dos manos, mostrándole a Adrián el agujerito rojo y suplicante, todavía abierto por el consolador.

—Por favor, Adri… úsame… soy tuya, solo tuya —balbucea—. Métela en el culito, por favor, papi, cogeme, haceme lo que quieras.

Adrián, encendido y dominante, no duda. Escupe sobre el ojete abierto, se unta la verga con la mezcla de saliva y lubricante que Lola tiene adentro, apoya la cabeza contra el aro tibio y empuja. La polla entra de una, hasta los huevos, y Lola aúlla contra la almohada; el culo le traga todo con un chapoteo húmedo, hambriento. Se queda un segundo así, atravesada, sintiendo cada vena de la verga latir dentro, y después empieza a mover el culo sola, para atrás, ensartándose ella misma.

—Eso es, putita —jadea Adrián, dándole una palmada en la nalga que le deja la mano marcada en rojo—. Cogete solita, dale.

Le agarra las caderas y se la empieza a coger en serio, embestidas largas, secas, las bolas golpeándole el perineo con cada estocada. Cada golpe hace que las tetitas de Lola se sacudan contra la colcha, que los tacones transparentes pataleen en el aire, que la voz aniñada se rompa en un gemido de nena chorreando de placer. Le tira del pelo, le arquea la espalda hasta hacerla ver el techo, y le sigue metiendo. Cada embestida parece borrar otra capa de lo que alguna vez fue Damián.

La da vuelta sin sacarla del culo, la pone boca arriba, le levanta las piernas contra su pecho, los tacones brillando a los costados de la cara del jefe, y vuelve a hundírsela. Ahora se ven: Adrián con la camisa abierta y el pecho sudado, Lola con el maquillaje corrido, la boca abierta, las tetitas rebotando con cada golpe, el botoncito rosa aplastado y baboso entre los muslos abiertos. Adrián se lo pellizca dos veces con desprecio cariñoso.

—Esto ya no te sirve, ¿no, chiquita? —le dice, riéndose, cogiéndole el culo cada vez más rápido—. Vos ya acabás por acá atrás, como las nenas.

—Sí, papi, sí… acabo por el culito, solo por el culito… —lloriquea Lola, encendida.

Lola se ve en el espejo del armario y ya no ve a un hombre ni del todo a una mujer, sino a una muñeca de labios brillantes y mirada perdida de placer, el maquillaje corrido, el pelo rubio despeinado y los tacones todavía puestos, reflejando la luz y alargándole las piernas, con una verga gorda de macho entrando y saliendo de su culo. Sonríe, empuja hacia atrás para recibir más, orgullosa de lo que es. Siente el orgasmo subir de nuevo, ese cosquilleo profundo que no sale por la puntita rosa sino que le explota por dentro; se corre temblando, con el culo apretándole la polla al jefe con espasmos rítmicos, chorreando apenas un hilo transparente sobre su propia panza.

—Adentro, papi, corréte adentro, por favor —suplica, arañándole la espalda—. Marcame, llename, haceme tu putita.

Adrián gruñe, la agarra con las dos manos por las caderas y descarga todo el semen adentro con embestidas cortas y brutales. Lola siente los chorros calientes pintándole las paredes del culo, uno tras otro, mientras Adrián empuja hasta el fondo con cada uno, gruñéndole al oído. Cuando la saca, un hilo blanco espeso le cuelga del ojete abierto y le cae sobre la colcha.

Adrián se sienta, agotado, y la mira satisfecho. Lola, todavía con las piernas abiertas y los tacones al aire, se lleva dos dedos al culo empapado, se saca una cucharada de leche y se la pone en la boca, chupándose los dedos con los ojos clavados en los del jefe.

—Lola —murmura Adrián, sudoroso y sonriente, pasándole la mano por el cabello, revolviéndoselo con cariño de dueño—. Estás contratada.

Lola solo puede sonreír, con la boca entreabierta, la lengua todavía blanca de leche, y los ojos perdidos de placer. Todo rastro de Damián se ha desvanecido; solo queda ella, ligera y feliz, abrazada a la almohada, con el semen del jefe escurriéndosele lento por la cara interna del muslo.

Mientras Adrián se viste, Lola se queda mirando el techo con una sonrisa satisfecha, apretando las nalgas para no perder ni una gota adentro. Su mente solo deja pasar imágenes brillantes: vestidos cortos, tacones altos, labios pintados, la polla del jefe hundiéndosele por atrás en la oficina, arriba del escritorio, en el baño de empleados. Lo único que la preocupa ya es el día siguiente. ¿Qué vestido se pondrá para Adrián, el rosa o el negro? ¿Y qué tanga, la que se ata a los costados o la que se pierde entera entre las nalgas para que él se la saque con los dientes?

—Mañana toca retoque, nena. A la peluquería, donde todo empezó. Más rubia, las puntas perfectas. Y una depilación bien completita del culito, que ahora tenés dueño. Vas a salir lista para lo que sea.

Lola suspira feliz, abrazada a la almohada, el cuerpo liviano y la cabeza llena de planes para su nueva vida, decidida a ser, cada día, un poco más ella misma.

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