La estudiante extranjera que me enseñó a no temer
Subí a ver por qué gritaba la chica del cuarto del fondo. No imaginé que iba a soltarse la toalla y pedirme que mirara, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Subí a ver por qué gritaba la chica del cuarto del fondo. No imaginé que iba a soltarse la toalla y pedirme que mirara, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Le ofrecí un trabajo y un techo, nada más. Pero esa primera noche en la casa del río ninguno de los dos fingió que aquello seguía siendo solo un acuerdo.
Mientras los invitados brindaban en el salón, ella se ató el delantal sobre el vestido blanco y hundió las manos en el agua jabonosa. Era su manera de decirle: soy tuya.
Le pedí ayuda con una cañería que yo misma podía arreglar. La verdad es que solo quería verlo entrar a mi casa sabiendo que estábamos los dos solos.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Entré pensando que era el dueño de todo. Marisol, de rodillas y con sus guantes amarillos, ya había decidido que esa noche el dueño sería ella.
«Vengo a ver si mi mujer trabaja bien», dijo el hombre en mi puerta. Una hora después yo estaba de rodillas en mi propia cocina, con su delantal puesto.
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Ella tenía edad para ser mi madre y era la esposa de un hombre que ni la miraba. Yo solo quería volver a esa cocina cada tarde.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Cuando crucé el umbral de su ático, supe que ese mes con mi hermana mayor no iba a parecerse en nada a las vacaciones familiares que mis padres imaginaban.
Nadia llevaba años sola, entrenando para no pensar. Su sobrino era el único que la miraba como mujer, y aquella tarde de resaca los dos dejaron de fingir.
Vi su silueta recortada contra la luz de la nevera, descalza sobre la losa fría, y supe que esa noche no había bajado por un vaso de leche.
Mi tío conducía furioso, perdido por enésima vez, y ella aprovechó cada bache y cada volantazo para volverme loco sin que él notara nada.
Durante seis meses tuvimos la casa para nosotros, y el contrato que nos unía se volvió una rutina de la que ninguno de los dos quería escapar.
Cuando mi marido se fue y me dejó sola con su padre en la casa de campo, supe que aquella sonrisa lenta no era inocente. Y yo tenía demasiado que esconder.
Llevaba años despreciándome, pero esa tarde, agachada frente al congelador, Marisol cometió el error de ponerme el culo a la altura de los ojos.
La noche que me ofreció una prueba para ver si valía la pena, mi madre se quitó la bata y entendí que ya no había vuelta atrás entre nosotros.
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.