El desconocido que me enseñó a arrodillarme
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
21 relatosLlevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Cuando mi tía Amparo abrió la puerta del baño de golpe y me encontró espiándola, supe que mi secreto más oscuro había quedado al descubierto.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos y señaló el suelo, entendí que esa noche el ritual sería distinto. Más intenso. Más íntimo.
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
Cuando la invité a mi departamento creí que tendría el control. Su mirada cambió en cuanto cerré la puerta y supe que me había equivocado.
Cuando él sacó la lupa y le pidió que se tumbara al sol, ella supo que aquella prueba no tenía nada de científica. Con Marcos, nada era lo que parecía.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Cuando escuchó el clic del cerrojo a sus espaldas, Camila entendió que esa reunión no iba a parecerse en nada a las anteriores.
Cada viernes, Marcos cruzaba nuestra puerta sabiendo que no volvería a ser él mismo hasta el domingo. El collar, la jaula y el vestido lo esperaban.
Vino a mi puerta a molestar con su actitud de macho. Se fue del suelo sin poder caminar. Nadie volvió a subir la música.
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Cuando me ató las muñecas con su pañuelo y me susurró que no me moviera, supe que algo dentro de mí había cambiado para siempre.
Cuando me pilló en su cuarto con la zapatilla en la mano, su mirada mezcló sorpresa y algo más oscuro. Aquel día cambió todo entre nosotros.
Me bastó una mirada desde la ventana para saber que ese chico iba a hacer todo lo que yo le pidiera. Solo necesitaba el momento justo.
Abrí la puerta esperando a uno. Eran dos. Y traían una mochila con todo lo necesario para convertirme en su juguete durante horas.
Cuando abrió los ojos estaba inmovilizado sobre una mesa fría. Cinco figuras con delantal blanco lo rodeaban y la líder sostenía algo que brillaba.
Intentó escabullirse hacia la puerta, pero la chica bajita se interpuso con los brazos cruzados. Ya no había salida posible para él.
Lo que empezo como un juego en el balcon se convirtio en una espiral de exhibicionismo, sumision y deseo que ninguno de los dos quiso frenar.