La visita a mi amiga que no debería contar
Ella abrió la puerta con el bebé en brazos y una sonrisa que decía más de lo que debería. Yo solo iba a tomar un café.
Ella abrió la puerta con el bebé en brazos y una sonrisa que decía más de lo que debería. Yo solo iba a tomar un café.
Me arrodillé entre sus piernas en aquella habitación de hotel y con mis labios le demostré todo lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Ella era elegante, siempre impecable. Pero en esa pantalla vi otra versión de la madre de mi novio que jamás habría imaginado.
Marcelo me miraba desde el sillón mientras Rodrigo me desvestía con calma. Después, mi esposo quiso saber algo que nunca le había contado.
Se metió en la bañera sin intención de limpiarse. Solo quería revivir cada segundo de aquella tarde antes de que su marido cruzara la puerta.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos y señaló el suelo, entendí que esa noche el ritual sería distinto. Más intenso. Más íntimo.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
Cuando él sacó la lupa y le pidió que se tumbara al sol, ella supo que aquella prueba no tenía nada de científica. Con Marcos, nada era lo que parecía.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.
El agua caía sobre nosotros y yo estaba de rodillas. Esos tres días me enseñaron que hay placeres que no se pueden reprimir por mucho que lo intentes.
Lucía soltó el timón, se apoyó contra mi pecho y sentí cómo movía las caderas buscando lo que ya no podía disimular bajo el bañador.
Cuando le vendé los ojos con la servilleta y le dije que abriera las piernas, supe que aquella noche iba a superar con creces a la primera.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
Después de la tercera copa de vino supe que esa noche iba a pedirle algo que no le pedía desde hacía mucho. El corazón me latía antes de abrir la boca.
Me citó en un hotel y cuando abrió la puerta supe que nada de lo que había vivido antes se parecería a lo que estaba por venir.
Me prometí no volver a caer. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que todas mis reglas iban a romperse antes del amanecer.
Sus mensajes llegaban siempre a la misma hora, cuando sabía que estaba solo. Cada palabra encendía una imagen que no podía quitarme de la cabeza.
Sobre la almohada encontré un sobre con una dirección, una hora y una frase que me hizo temblar. No sabía que él lo había organizado todo.