Mi confesión de aquella nochevieja en el hotel
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Crucé el umbral del palacio con la máscara dorada y el corazón galopando. Aquella noche, varias manos enmascaradas me esperaban mientras él miraba desde las sombras.
Cuando volví del baño, mis dos hermanos la tenían acorralada en el centro del salón, y en su mirada no había sorpresa: había una sonrisa que llevaba meses esperando ese momento.
Cuando él se levantó del sillón con el bulto marcado bajo el pantalón, supe que en mi casa esa noche nadie iba a respetar lo prometido.
Subí al banquillo y miré por el cristal de la banderola: mi hermano sostenía las piernas de mi mujer en el aire. Yo solo había bajado por un vaso de agua.
La puerta se abrió sin avisar y supe que era ella por el perfume. Mi hermana ya se metía entre las sábanas y susurraba que pensaba que nunca iba a dormirme.
Llevábamos meses sin la misma chispa cuando ella decidió contarme una historia que había guardado por vergüenza. No imaginé que eso abriría una puerta que ya nunca cerraríamos.
Cuando abrí el chat, las manos me temblaban. Lo que encontré me partió por dentro. Pero también desató algo oscuro que no esperaba sentir.
Cada vez que ella me apretaba la mano, yo lo entendía: estaba cruzando las piernas despacio para que él pudiera verla entera.
Matías me penetraba despacio mientras yo intentaba no hacer ruido. Entonces escuché la puerta abrirse y supe que ella había vuelto antes de lo previsto.
Los conocía de cuando salía con su hija. Años después los encontré en la costa y algo en la mirada de Valeria me dijo que ese verano sería diferente.
Rebeca empezó a bailar en el centro del salón y yo dejé de pensar en la cena. Marcos nos miraba desde el sofá con los ojos encendidos.
Pasé la noche sin dormir, con el teléfono en la mano, esperando que llamara. Había apostado todo con esa carta y no sabía si lo había perdido todo.
Cuando Valeria preguntó ¿cuándo empezamos? con esa sonrisa, entendí que la noche no tendría marcha atrás. Y ya no quería que la tuviera.
Valeria y yo llevábamos días dando rodeos hasta que, solas junto a la piscina, empecé a contarle todo: lo del permiso de Marcos, lo de los clientes, lo de la playa.
Le pedí que se pusiera la falda más corta que tenía y esperara al repartidor. Yo me escondí detrás del sillón. Lo que pasó después superó todo lo que habíamos imaginado.
Rodrigo sabía que quitarle la mujer a su propio hijo era imperdonable. Pero cuando Valentina lo miró a los ojos por primera vez, entendió que no había vuelta atrás.
Llegamos del trabajo, cerramos la puerta y nos olvidamos del mundo. Hasta que el mensaje de la prima de Vale apareció y cambiamos de conversación.
Cuando le pedí que abriera un poco las piernas y el chico del fondo no pudiera dejar de mirarla, entendí que aquella fantasía era solo el principio.
Marcos lo dijo sin rodeos en aquella cafetería: quería dejarlo todo para estar con Valeria. Lo de anoche había sido demasiado real para fingir que no pasó.