El dueño de la tienda cumplió la fantasía de mi marido
Don Rómulo me miraba las nalgas cada vez que me agachaba en su tienda. Esa tarde le pasé mi número, sin saber que mi marido lo estaba esperando con la cámara lista.
Don Rómulo me miraba las nalgas cada vez que me agachaba en su tienda. Esa tarde le pasé mi número, sin saber que mi marido lo estaba esperando con la cámara lista.
Llevábamos meses jugando a que la miraran sin que ella lo supiera. Esa noche, con dos amigos en el sofá, descubrí que era ella quien controlaba el juego desde el principio.
Le pinté las uñas de rojo para su cita con otro hombre. Ella tenía la única llave de lo que me mantenía encerrado, y esa noche lo cambió todo.
Llevaba semanas con la misma curiosidad clavada en la cabeza, hasta que un viernes Marina me tomó de la mano y me dijo que ya era hora de probarlo.
Mateo le prometió que sería un éxito. Lo que no le dijo es que pensaba esconderse bajo el escritorio mientras ella saludaba a sus primeros seguidores en vivo.
No habíamos cruzado el portón del garaje cuando ella ya me había desabrochado el pantalón. Decía que no podía esperar a subir, y le creí.
Nunca la soporté, pero cuando me escribió pidiendo ayuda para encontrar trabajo se me ocurrió una idea. Mi novia decidió llevarla mucho más lejos de lo que yo planeaba.
Tardé meses en reunir el valor para decírselo. Y cuando por fin lo hice, él solo sonrió y apagó la luz del pasillo.
Cuando llegó, fingí dormir boca abajo para que no me viera en topless. No imaginé que esa tarde dejaría que sus manos repartieran la crema por mis piernas.
Aprendí que el placer no estaba en el mar ni en el paisaje, sino en el instante exacto en que un desconocido se daba cuenta de que yo no llevaba nada debajo.
Estoy desnuda bajo su camisa, acariciándome despacio, cuando lo descubro espiándome desde el otro lado del patio. Me hace una seña con la mano. Y yo, claro, voy.
Nunca pensé que una función de las cuatro y media terminaría conmigo conteniendo la respiración, rezando para que nadie mirara hacia nuestra fila.
Durante años dije que no sin pensarlo. Aquella noche, con su mano en mi espalda y su voz en mi oído, por primera vez me oí decir que sí.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Le dije a Mateo que me broncearía de frente. No le confesé que el verdadero placer estaba en saber que cada hombre que pasaba se detenía a mirarme.
Me levanté antes del segundo despertador. Sabía que, si jugaba bien mis cartas, los dos llegaríamos al trabajo con una sonrisa difícil de disimular.
Abrí la puerta sin avisar y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la pantalla y un secreto que llevaba meses guardándose. Esa tarde por fin me lo contó.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Me tendió unas braguitas limpias sin decir nada. Lo que pasó cuando me las puse cambió para siempre lo que mi mujer y yo éramos en la cama.
Llevaba meses preparándome el mismo almuerzo sin que yo entendiera el mensaje. Esa tarde llegué a casa decidido a contestarle como ella esperaba.