Confesión: me masturbaba con sus juguetes
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Encendí la lámpara del buró, me subí la blusa de tirantes y empecé a jugar con mis pezones pensando en él. Ni siquiera imaginé cómo terminaría.
Acepté que me llevara a casa después de la fiesta, pero cuando estacionó en la oscuridad entendí que esa noche iba a ponerme a prueba.
Cerré la puerta, dejé el lubricante sobre la mesita y decidí probar por fin eso que llevaba años excitándome en secreto.
Bastó volver a olerlo para saber que esa noche no iba a salir de esa habitación caminando igual que entré.
La vi caminar descalza al atardecer y, cuando me habló, supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
Lo cité después de clases para arreglar una ventana, pero los dos sabíamos que no era solo madera lo que estaba a punto de ceder.
Creí que aquel beso en el pueblo era lo único que tendría de él, hasta que volvió a mirarme como si los años no hubieran pasado.
Llevaba tres whiskys y ninguna razón para volver a casa cuando esa pelirroja de ojos ambarinos me pidió que le asegurara la noche.
Me masturbé en la ducha pensando en su regreso, pero no imaginé lo que haría conmigo apenas cerráramos la puerta del hotel.
Arrodillada frente al sofá, con el móvil apuntándome, dejé de sentir vergüenza cuando entendí para qué quería recordar mi boca.
Después del almuerzo, me miró por encima del café y supe que esa tarde no iba a salir a correr, sino a follar con una desconocida.
Bajé al estacionamiento con las piernas temblando, todavía sudada, sin saber que esa tarde iba a dejar de temerle a su deseo.
Fui a ver una película con mi mejor amigo y su novia, pero cuando él salió un momento, ella me arrinconó y todo cambió.
Cerró la puerta temblando, pero cuando lo puse contra la pared entendí que no venía a disculparse: venía a que lo castigara de verdad.
Bajé la mano por debajo de la mesa mientras las estanterías silenciaban todo. Solo tenía que obedecer la voz al otro lado del auricular y fingir que estudiaba.
Entré al baño tomada de la mano de mi esposo y salí temblando, empapada y con una imagen en la cabeza que todavía me enciende.
Cuando la vi otra vez en el pueblo, su mirada duró un segundo de más y entendí que no había vuelto para saludar.
Después de correrme varias veces, seguía con el coño latiendo y una sola idea fija: dejar de tocarme sola y pedir que viniera por mí.
Salí ardiendo de la camilla, plantada por la app y con tanta calentura encima que acabé llamando a quien menos debía.