Lo que hice en el cine vacío con un desconocido
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Mi jefa me había encendido durante todo el vuelo. Cuando me levanté al baño, no esperaba que alguien más entrara detrás de mí.
En la puerta solo había un antifaz y una nota: «Póntelo y llama». Podía salir corriendo, pero a sus años estaba cansada de no atreverse a nada.
Cuando mi familia salió y la casa quedó en silencio, me puse el vestido rosa, preparé una bandeja con el desayuno y subí a la habitación del invitado con una idea muy clara en la cabeza.
Sabía exactamente lo que iba a hacer cuando apagué la luz grande y dejé solo la lamparita: desnudarme despacio mientras ella fingía hablar de cualquier cosa.
A los cuarenta y siete años creía que el deseo pertenecía al pasado, hasta que lo vio quitarse la camiseta bajo el sol y hundir las manos en la tierra de su jardín abandonado.
Ella se agachó a recoger los trozos de la taza rota sin saber que, desde el marco de la puerta, alguien la observaba sin respirar.
Me pidió que la llevara al recital como quien pide un favor inocente. No sabía que esa noche, en el palco, iba a aprender quién manda de verdad.
Llevaba meses imaginando esa consulta. Ese martes entré dispuesta a que el chequeo de rutina se convirtiera en algo que ninguno de los dos íbamos a olvidar.
No le dije mi nombre, él no me lo preguntó, y aun así esa tarde me conoció más que cualquier hombre que haya pasado por mi cama.
Don Rómulo me miraba las nalgas cada vez que me agachaba en su tienda. Esa tarde le pasé mi número, sin saber que mi marido lo estaba esperando con la cámara lista.
Llegó sin el traje de dueña ni la voz de mando: vestido negro, pelo suelto con vetas plateadas y una frase que no le había oído nunca, «hoy solo quiero ser mujer».
Llevaba treinta años repitiendo la misma vida, hasta que encontró aquellos pañuelos sobre la mesilla y algo dormido en su interior empezó a despertar.
Cada tarde corría la caja que hacía de puerta y se sentaba a mi lado, como si ese rincón estrecho fuera el único lugar del mundo donde podíamos ser otros.
Cuando supe cuál era la prenda me quedé muda. No por incapaz, sino porque me exponía con un hombre que conocía a media ciudad. Y aun así llegué puntual el primer día.
Me escribió una sola línea: «¿Relato o fantasía?». No imaginé que esa pregunta terminaría con ella desnuda sobre mi camilla, esperando que se lo demostrara.
Sesenta y dos años, casada, abuela y con un cuerpo que detenía el tráfico. Me midió con la mirada y supe que ese fin de semana su piso del noveno sería solo nuestro.
La vi apoyada en la barra como si el local entero existiera solo para sostenerla, y supe que ningún billete me iba a parecer caro por una noche con ella.
Vi cómo me miraba cada vez que iba a su casa. Esa semana en la playa, lejos de todos, decidí averiguar hasta dónde llegaría el padre de mi novio.
Subió tres pisos sudando, con una caja de vino entre los brazos y la mirada clavada en el suelo. Yo decidí, antes de abrir del todo la puerta, que no se iría tan pronto.