Mi cita con una madura acabó en su coche
Aparqué junto a la casa, encendí un cigarro y, cuando ella salió sin sostén bajo la blusa, supe que esa primera cita no iba a terminar con una simple conversación.
Aparqué junto a la casa, encendí un cigarro y, cuando ella salió sin sostén bajo la blusa, supe que esa primera cita no iba a terminar con una simple conversación.
Entré al hotel para escapar del calor, pero fue su voz la que me desnudó primero y me hizo desear arrodillarme.
Acepté que me llevara a casa después de la fiesta, pero cuando estacionó en la oscuridad entendí que esa noche iba a ponerme a prueba.
Bajo el edredón, después de hacerla correrse varias veces, me pidió al oído que le abriera el culo despacio y sin dejar de mirarla.
Yo tenía veintisiete y hambre de todo. Él tenía las manos anchas, la mirada gris y una verga que aún no sabía, aquella tarde, que iba a probar antes del amanecer.
Bajé al vestíbulo con mi camiseta puesta y subí con un hombre que venía a follarme delante de mi marido.
Mi mujer solo iba a dejarse mirar, pero cuando vio cómo él se tocaba en la butaca, me pidió al oído que no lo dejáramos fuera.
Le dije que volvía a casa, pero di la vuelta con el coche antes de salir del aparcamiento y fui directa a cumplir todo lo que llevábamos semanas calentando.
La vi caminar descalza al atardecer y, cuando me habló, supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
Ella dejó la tarta intacta, me rozó bajo la mesa y sonrió como si ya hubiera elegido el final de la noche.
He probado muchas formas de follar, pero nada me enciende tanto como quedar en medio de dos cuerpos decididos a usarme y complacerme a la vez.
Lo vi en la playa, brindamos de noche y, cuando cerré la puerta del hotel, supe que iba a terminar de rodillas chupándosela sin freno.
Me echó de su cama al amanecer, pero en la cocina me miró distinto y supe que aún quería que la hiciera portarse peor.
Estaba escondido en un armario con el celular grabando cuando ella se arrodilló frente al profesor y entendí que aquello apenas empezaba.
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Bruno me citó en Inferno con una orden clara, y cuando el otro hombre me tocó en plena pista supe que no iba a salir intacta de allí.
Cuando llegué a esa casa, no imaginaba que terminaría desnuda entre mujeres maduras, lenguas expertas y una invitada mirando desde la puerta.
Me masturbé en la ducha pensando en su regreso, pero no imaginé lo que haría conmigo apenas cerráramos la puerta del hotel.
Cuando tiré las bandejas al suelo, la puerta se abrió y todo lo que habíamos planeado se convirtió en una tarde mucho más sucia de lo esperado.
Cuando llamó a nuestra puerta para cenar, mi mujer ya sabía lo que quería: verla abierta de piernas en nuestro sofá antes de medianoche.