La pillé tocándose y ninguno de los dos se detuvo
Estaba sentada en la silla del comedor con los ojos cerrados y los auriculares puestos. Su mano se movía bajo los shorts mientras sus labios envolvían algo.
Estaba sentada en la silla del comedor con los ojos cerrados y los auriculares puestos. Su mano se movía bajo los shorts mientras sus labios envolvían algo.
Ella abrió la puerta con el bebé en brazos y una sonrisa que decía más de lo que debería. Yo solo iba a tomar un café.
Me arrodillé entre sus piernas en aquella habitación de hotel y con mis labios le demostré todo lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Después de que mi padre y mi hermano terminaron conmigo, mi madre se acercó a la cama con una sonrisa que yo no le conocía. Esa noche todo cambió.
Marcelo me miraba desde el sillón mientras Rodrigo me desvestía con calma. Después, mi esposo quiso saber algo que nunca le había contado.
Se metió en la bañera sin intención de limpiarse. Solo quería revivir cada segundo de aquella tarde antes de que su marido cruzara la puerta.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos y señaló el suelo, entendí que esa noche el ritual sería distinto. Más intenso. Más íntimo.
Cuando escuché sus pasos en la capilla a medianoche, supe que todo lo que había jurado ante Dios estaba a punto de arder.
Llevaba años cruzándome con él en esa casa. Sabía cómo me miraba, sabía lo que sentía cada vez que me rozaba. Esa tarde dejé de fingir que no lo deseaba.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Sofía sacó del fondo del armario la ropa que su marido nunca le había visto. Su hija hizo lo mismo. Esa noche salieron juntas a buscar lo que faltaba en casa.
Solo necesitaba desconectar del estrés. Cuando los dedos de Daniela bajaron por su espalda, Romina supo que ese masaje iba a cambiarlo todo entre ellas.
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
Cuando les dijo lo que estaba dispuesta a hacer, los tres mecánicos se miraron en silencio. Nadie la detuvo cuando se arrodilló en la oficina del fondo.
Cuando él sacó la lupa y le pidió que se tumbara al sol, ella supo que aquella prueba no tenía nada de científica. Con Marcos, nada era lo que parecía.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
El agua caía sobre nosotros y yo estaba de rodillas. Esos tres días me enseñaron que hay placeres que no se pueden reprimir por mucho que lo intentes.
Cuando cerré la puerta y los vi a los dos mirándome en silencio, supe que esa noche iba a cruzar una línea que llevaba semanas deseando.
Lucía soltó el timón, se apoyó contra mi pecho y sentí cómo movía las caderas buscando lo que ya no podía disimular bajo el bañador.