Me arrodillé ante ella sin que nadie me lo pidiera
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
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Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Caminé hacia la escuela sintiendo el semen de Ramiro entre las piernas. El día apenas empezaba.
Lo vi por primera vez en los vestidores y supe que lo quería para mí. Semanas después estaba de rodillas ante él en su propio departamento.
Cerró con llave, se sentó en el escritorio y me miró con unos ojos verdes que no juzgaban nada. Yo todavía tenía la respiración agitada.
Cuando colgué el teléfono, tenía las manos temblando. Una clínica de disciplina extrema. Un año encerrada, sin salida. Y yo había dicho que sí.