Seis hombres esperaban en aquella casa de las afueras
Rodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
777 relatosRodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Carmen dormía al sol desnuda mientras yo tomaba la peor y mejor decisión de mi vida. Cuando despertó y vio el estado en que estaba, no reaccionó como esperaba.
Cuando el guía enmascarado me separó de Mateo en aquella hacienda colonial, supe que la fantasía que habíamos susurrado en la oscuridad estaba a punto de volverse carne.
Rodrigo llegó con whisky y buenas intenciones. Valeria estaba en leggins y sin brasier. Antes de que terminara el primer tiempo, ya nadie pensaba en el fútbol.
Cuando les dijo lo que estaba dispuesta a hacer, los tres mecánicos se miraron en silencio. Nadie la detuvo cuando se arrodilló en la oficina del fondo.
Primero escuchamos sus gemidos desde el piso de arriba. Después ellos escucharon los nuestros. Ninguno de los cuatro se detuvo.
Cuando Roberto se pegó a Claudia en la pista de baile, entendí que esas vacaciones no iban a ser lo que habíamos imaginado.
Apoyé el celular sobre la cómoda con la videollamada activa. Mi amante miraba en silencio mientras un desconocido me besaba el cuello. No quería perderse nada.
Llevábamos años fantaseando. Cuando llegó el sobre lacrado con la palabra «Quimera», supe que esa noche iba a romperse algo entre nosotros, para siempre.
Cuando el masajista dejó caer su bata al suelo, comprendí que el regalo de aniversario de mi marido escondía mucho más que un circuito termal y un masaje a cuatro manos.
Llevaban semanas follando sin etiquetas. Pero ese sábado, Valentina le pidió algo que Marcus nunca había imaginado: un trío con doble penetración.
Llevaban toda la vida siendo las mamás responsables. Esa noche, en una casa con olor a sal y a vino, decidieron dejar de serlo.
Marco entró con el delantal y nada más debajo. Entre el café y las tostadas había un sobre: baños árabes. Un regalo que no sabíamos cómo iba a terminar.
La invitación era para cenar. Lo que nadie dijo en voz alta es que los tres queríamos que la noche terminara en algo más.
Llevábamos semanas intercambiando correos con Valeria. Ella pedía fuerza y presión. Cuando nos vio bajar de las motos, supo que no se iba a decepcionar.
Cuando los dos vecinos del piso de abajo tocaron mi puerta con una botella de vino, llevaba diez días sola en casa con el cuerpo en un estado que no era tranquilidad.
Valeria sintió el calor antes de entender qué era. La cabina se llenó de un humo rosado y todo lo que era protocolo se convirtió en instinto puro.
Rodrigo lo había organizado todo en secreto: la suite, las velas, Marcos esperando en el sofá. Solo me preguntó si estaba lista antes de abrir la puerta.
Marcos llevaba meses mirando a sus primas de otra manera. Esa noche, espiando por la terraza, entendió que ya no había vuelta atrás.
Éramos cinco en el piso, hacía frío y alguien puso un disco equivocado. Esa tarde aprendí que las apuestas estúpidas a veces son las que mejor se pierden.