Una madura no debería desear a los novios de sus hijas
Empezó como envidia: ellas tenían lo que a mí me faltaba hacía años. Lo que no calculé fue hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sentirlo en mi propia piel.
Empezó como envidia: ellas tenían lo que a mí me faltaba hacía años. Lo que no calculé fue hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sentirlo en mi propia piel.
Cada golpe sobre su piel la encendía más, y Renata no supo si lo peor era entregarse o descubrir que alguien la observaba desde lo alto de la escalera.
Nadie sospecha de la mujer respetable que finjo ser de día. Solo tú sabes lo que susurro cuando volvemos a quedar a solas, copa en mano.
Lo había mirado durante días desde la terraza, fingiendo que no lo hacía. Esa tarde de calor decidí dejar de fingir y bajé con un vaso de limonada en la mano.
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.
Cuando su novio se marchó dando un portazo, ella se quedó de pie en mi cocina, descalza, esperando a que yo dijera la primera palabra de su nueva vida.
Apenas puse un pie en la escalera, unas manos me agarraron las caderas por detrás. Ese día, el placer empezaba antes incluso del café.
Acepté la apuesta entre risas y vino. Veinte minutos después, él sacaba del cajón un delantal de raso y unos guantes, y yo dejaba de ser la dueña de casa.
Abrió la puerta esperando la botella de siempre. En su lugar, él le tendió un delantal de encaje y una sonrisa que no admitía un no por respuesta.
Se puso el delantal de la mucama solo para callarlo, sin imaginar que ese gesto despertaría algo que llevaba años fingiendo que no sentía.
Lo encontré medio desnudo en la penumbra de la cocina y su mirada recorrió mi camisón. En ese instante supe que ya no habría vuelta atrás.
Vino a revisar la caldera y, entre sorbo y sorbo de café, lanzó una propuesta que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
Trató a los obreros como basura. Ellos decidieron enseñarle, contra el fregadero de su cocina impecable, cuál era su lugar esa tarde.
Abrí la puerta a medio vestir, con el pelo revuelto y la cama todavía tibia. Él miró el cesto de mi ropa íntima antes de mirarme a mí, y yo no me molesté en taparme.
Abrí la puerta esperando una visita incómoda. No imaginé que ese hombre me haría arrodillarme en mi propia cocina y olvidar por completo que era su nuera.
Llevaba veinticuatro horas con el deseo atascado en el cuerpo. Cuando el chico del uniforme azul entró a dejar el paquete, Renata supo que esa mañana no iba a quedarse con las ganas.
Esa noche, escondido en la sombra del pasillo, mi marido entendió que ofrecerme a otro hombre tenía un precio: ver cómo otro me daba lo que él ya no sabía darme.
Le advertí entre dientes, en la cocina, que pagaría su engaño. No imaginé que terminaría arrodillada en mi cuarto, suplicándome como nunca le suplicó a él.
Nunca conocí a mi abuelo, pero su última voluntad me ató a una mujer que no esperaba y a una casa donde todo terminó cambiando.
Desperté con el olor a café y supe que esos dos días encerrados con ella, mientras llovía afuera, iban a quedarse grabados en mí para siempre.