Me rendí a ser pasivo y nunca lo lamenté
Llevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
495 relatosLlevaba años diciéndoles a los hombres que era versátil. Mentía. Cuando finalmente me rendí a ser pasivo, todo encajó de una manera que daba vértigo.
Llevaba meses sin un hombre cuando publiqué ese anuncio. Marcos fue el único que pareció de verdad interesado, y lo que pasó esa tarde no lo olvidé nunca.
Llevábamos semanas mirándonos en el gym sin decir nada. Cuando al fin cruzamos palabras, los dos sabíamos a dónde iba a llevar aquello.
Por fin tenía su cuerpo frente a mí, a centímetros de distancia. Mi mejor amigo. Mi hombre. Y yo dispuesto a no dejar escapar ese momento por nada del mundo.
Cuando vi la foto de su cuerpo supe que estaba en territorio desconocido. No lo cerré. Lo guardé. Y esa decisión lo cambió todo.
Adrián tenía esa foto que me había quitado el sueño. Cuando cruzó la puerta, supe que la noche no iba a decepcionar a ninguno de los dos.
Éramos amigos desde la adolescencia, los dos casados, los dos seguros de quiénes éramos. Hasta que él me mandó ese video y algo en mí dejó de ser tan seguro.
Cada tarde ponía el dildo en la silla y seguía trabajando. Me estaba preparando para darle a Marcos lo que llevaba meses pidiéndome.
El calor de julio aplastaba la autopista. Cuando Diego bajó del camión y caminó hacia mí, entendí que la avería iba a ser el mejor accidente de mi vida.
Puse el café en la mesa, empezamos a hablar, y lo último que recuerdo es que el sueño me venció. Cuando desperté, estaba atado de pies y manos.
Cuando la lluvia nos atrapó en su apartamento y la noche avanzó, ninguno habló de lo que estaba pasando. Solo actuamos. Y esa noche descubrí algo sobre mí.
Lo tenía borracho en mis manos. Meses de fantasías con mi compañero de cuarto, y ahora solo nos separaba la tela húmeda de su ropa interior.
Siempre supe que quería rendirme por completo ante alguien. Lo que no sabía era que ese alguien sería un desconocido enorme que me había golpeado por error.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Cuando salí del pabellón pensé que iba directo a casa. No sabía que él me esperaba apoyado en la valla, con un cigarrillo encendido y otra cosa en mente.
Cuando llegué tarde al vestuario, él ya salía de la ducha. No debí mirar. Pero miré. Y él lo vio. Lo que vino después no estaba en ningún guión.
Abrí los ojos en su habitación sin recordar cómo había llegado. Él estaba en la cocina, medio desnudo y tranquilo, como si todo fuera completamente normal.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Cuando abrí la puerta, lo primero que noté fueron sus labios. Lo segundo, cómo me miró antes de entrar. Ya sabía cómo iba a terminar la tarde.
Era el padre protector, el marido fiel, el tipo que rechazaba todo lo que se saliera de lo normal. Hasta aquella noche en la casa de campo.