Aquel verano el cocinero me enseñó más que a cocinar
Yo tenía veintisiete y hambre de todo. Él tenía las manos anchas, la mirada gris y una verga que aún no sabía, aquella tarde, que iba a probar antes del amanecer.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
863 relatosYo tenía veintisiete y hambre de todo. Él tenía las manos anchas, la mirada gris y una verga que aún no sabía, aquella tarde, que iba a probar antes del amanecer.
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Cada viernes quedaba de servicio en el bar, con el collar puesto y la orden de abrirme para cualquiera que quisiera usarme.
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
Solo iba a mirar y a quitarme el morbo, pero cuando le vi la polla supe que no iba a volver a casa siendo el mismo.
Lo vi alejarse en el ascensor y pensé que había hecho el ridículo; cuando sonó otra vez el timbre, seguía desnudo y más caliente que antes.
Nos cruzamos la mirada durante el concierto y no volví a ver otra cosa esa noche. Cuando me susurró al oído en los baños, ya sabía que iba a acabar en mi habitación de hotel.
Entró derrotado al despacho, y yo solo quería consolarlo; no imaginé que terminaría de rodillas entre sus piernas.
Caminé dos kilómetros por la orilla buscando a alguien que me hiciera olvidar mi nombre. Junto al eucalipto lo vi tumbado, con unos huevos como un toro.
Lo vi detenerse junto al banco para atarse el cordón, y en segundos dejé de pensar como un corredor para empezar a mirar como un hombre excitado.
Lo reconocí al fondo de la fiesta y no imaginé que acabaríamos solos, con las manos temblando y la verga dura dentro de mi coche.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
Nunca me habían mamado la polla delante de tanta gente. Y todavía no había pasado lo peor: lo que ese pelirrojo iba a hacerme al llegar a la última cala.
Se sentó a mi lado cuando la sala estaba medio vacía, y en pocos minutos mi cuerpo ya le había dicho que sí antes que mi cabeza.
Renté la habitación, me lavé por dentro y encendí el canal erótico. A las dos en punto tocaron la puerta: era él, sudado del trabajo, con el bulto ya marcado bajo el pantalón.
Los dos mensajes de WhatsApp bastaron para que se me erizara la piel. Ven al servicio limpio, decía. Y no me refiero a la ducha.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Salí de la ducha y no encontré la ropa; estaba doblada sobre las rodillas de mi compañero, con esa sonrisa de quien llevaba semanas esperándome.
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
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