Trío y sumisión en la fiesta secreta de una boda
Entramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
Relatos de encuentros y experiencias trans
732 relatosEntramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Lo vi alejarse en el ascensor y pensé que había hecho el ridículo; cuando sonó otra vez el timbre, seguía desnudo y más caliente que antes.
Cuando le bajamos los pantalones delante de todos, J aún no sabía que esa visita iba a ponerlo de rodillas entre gemidos, culos y una sorpresa inolvidable.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
Llevaba dos años tragándome sus insultos. Esa tarde encontré el archivo que lo cambiaba todo, y supe exactamente cómo iba a hacerle pagar cada humillación.
Frotas su lámpara y cumple deseos que ni te reconoces. No escucha tus ruegos: sabe mejor que tú lo que buscas en esos rincones de tu mente donde no te atreves a mirar.
La reserva prometía un masaje inolvidable. Lo que no decía el anuncio era que aquella tarde yo iba a descubrir un deseo que jamás me había atrevido a nombrar.
Subida a una piedra, en tanga y medias de red, vi acercarse los faros del primer camión. Ramiro me lo había advertido: avisa siempre que eres una chica con algo más.
Frente al espejo, con el encaje rojo ciñéndome la cintura, supe que esa noche dejaría de esconderme. Solo faltaba que él abriera la puerta y me viera de verdad.
Preparé el desayuno gateando para no despertarla. No imaginaba que antes del anochecer ella me explicaría, con una sonrisa, que yo solo era una inversión suya.
Llevaba meses siendo Renata solo de noche, hasta que él me sostuvo la mirada en plena calle como si supiera exactamente lo que yo escondía bajo el abrigo.
Volví a casa con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. No esperaba encontrarlo a él sentado en el sofá, con mi portátil abierta sobre la mesa.
La mañana después de la fiesta, Daniela y Selene ya planeaban algo más atrevido: encontrar a dos hombres que hicieran de ese cumpleaños una noche imposible de olvidar.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Nunca había pagado por sexo ni había estado con una chica trans. Esa noche quise las dos cosas a la vez y dejé que dos desconocidas decidieran hasta dónde llegar.
La vi apoyada en la barra como si el local entero existiera solo para sostenerla, y supe que ningún billete me iba a parecer caro por una noche con ella.
Cada jueves por la noche llamaba a la puerta del párroco con la cabeza baja. Nadie en el pueblo imaginaba lo que ocurría cuando el cerrojo del portón quedaba echado.
Nunca había salido así a la calle. El corazón me golpeaba el pecho cuando aquel coche frenó a mi lado y bajó la ventanilla: tenía edad para ser mi padre.
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