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Relatos Ardientes

La noche que dejamos de fingir en la cocina

Hay deseos que uno reconoce mucho antes de atreverse a nombrarlos. Marina y Tomás llevaban meses así, midiéndose, esquivándose, inventando motivos para no quedarse solos en la misma habitación. No porque no quisieran, sino justamente porque querían demasiado.

Se habían conocido en una cena de amigos en común, de esas que terminan tarde y con la mesa llena de copas a medio vaciar. Marina recordaba el momento exacto: él le había alcanzado la sal sin que ella se la pidiera, como si ya supiera lo que iba a necesitar. Un gesto mínimo. Pero esa noche, al despedirse en la puerta, los dos se quedaron un segundo de más con la mano del otro entre las suyas.

Desde entonces, todo fue una larga negociación silenciosa.

***

Esa madrugada habían vuelto de otra de esas reuniones. El resto del grupo se había ido yendo de a poco, y sin que ninguno lo planeara del todo, terminaron los dos en el departamento de él, con la excusa de un último café que nadie tenía intención de tomar.

La cocina estaba en penumbras. Solo la luz del extractor encendida, esa franja amarilla y tibia que dejaba la mitad de las cosas en sombra. Marina se apoyó contra la isla del centro, con la taza vacía entre las manos, y Tomás se quedó parado a un metro, sin decidirse.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, y no se refería al café.

Él no contestó con palabras.

Tomás levantó la mano y la posó despacio sobre la cintura de Marina, apenas un roce, como quien prueba si el hielo aguanta el peso. Ella no se movió. No retrocedió, no buscó otra excusa. Por primera vez en meses, ninguno de los dos hizo nada para deshacer lo que estaba pasando.

El aire se volvió denso. La respiración de ambos llenó el silencio que antes habían tapado con charla, con risas, con cualquier cosa. Había algo inevitable en ese acercamiento, algo que no tenía que ver solo con el deseo, sino con el reconocimiento mutuo: el presentimiento claro de que, a partir de ese punto, nada volvería a ser igual entre ellos.

No hay vuelta atrás, pensó ella. Y le gustó pensarlo.

Las manos de Tomás empezaron a recorrerla sin prisa. Le acomodó detrás de la oreja un mechón desordenado que le caía sobre la cara, y esa caricia simple, casi inocente, terminó con la palma sosteniéndole el rostro. La besó. Fueron besos suaves, tímidos al principio, que se volvieron más hondos a medida que las manos y los cuerpos de los dos empezaban a enredarse.

Quiso desnudarla despacio. No tenía ningún apuro, al contrario: después de tanto esperar, lo último que quería era acortar el camino. Le fue abriendo la ropa con cuidado, deteniéndose en cada tramo de piel que aparecía, sin perderse ningún detalle. Cada lunar, cada peca, cada pequeña marca que iba descubriendo le parecía un hallazgo. Besaba cada centímetro, respiraba su aroma, disfrutaba viendo cómo la piel de Marina se erizaba bajo su contacto. Cuando le desabrochó el corpiño y las tetas quedaron al aire, se agachó y le chupó un pezón sin previo aviso, tirando con los labios, marcándolo con los dientes hasta arrancarle un gemido corto. Después el otro, más lento, con la lengua girando alrededor mientras una mano bajaba por el vientre y se metía dentro de la bombacha. La encontró empapada, y los dedos se le hundieron sin resistencia en la carne caliente del coño. Marina abrió las piernas apenas para dejarlo entrar mejor, y él la penetró con dos dedos hasta el fondo, curvándolos adentro, mientras el pulgar le trabajaba el clítoris en círculos apretados.

—Mierda —susurró ella contra su boca—, no pares.

Lo que más lo encendía no era el cuerpo en sí, sino los gestos de ella. La respiración que se le aceleraba. La forma en que cerraba los ojos un instante y volvía a abrirlos para mirarlo. Había tanto deseo en su mirada como el que él sentía por dentro. Le arrancó la bombacha por los tobillos y volvió a meterle los dedos, esta vez tres, cogiéndola con la mano mientras le mordía el cuello. Marina se aferró a sus hombros y empezó a mover las caderas contra su mano, follándose los dedos de él, sin ningún pudor, buscando más adentro, más fuerte.

Cuando Marina quedó completamente desnuda frente a él, en esa cocina a media luz, Tomás se quedó un momento solo mirándola. La respiración de ella estaba agitada, los pezones erectos y brillantes de saliva, los muslos húmedos, y había en todo su cuerpo una tensión contenida que delataba mejor que cualquier palabra lo que las caricias, los besos y la espera habían provocado.

—No es justo —dijo ella, con una media sonrisa—. Vos todavía estás vestido.

—¿Y qué pensás hacer al respecto?

***

Marina sintió la necesidad de devolverle exactamente lo que él le había dado. Tomás le había dado seguridad, la había hecho sentir mirada de un modo que hacía mucho no sentía, y ahora quería desnudarlo ella, a su ritmo, para mirarlo del mismo modo.

Empezó por la camisa. Mientras sus dedos iban soltando los botones uno a uno, lo besó lento y suave por el cuello, por la línea de la mandíbula, bajando apenas hacia la clavícula. Sus manos recorrieron los hombros, los brazos, el pecho, fueron siguiendo las líneas del abdomen de él como quien lee algo con la yema de los dedos.

Cuando llegó a la hebilla del cinturón, levantó la vista. Lo miró con un gesto travieso, buscando aprobación, aunque ya sabía la respuesta. Tomás le tomó las dos manos y se las acomodó a los costados del cinturón, sin decir nada, dejándole claro que sí, que adelante, que estaba esperando esto desde hacía meses.

Marina desabrochó la hebilla. Soltó el botón, bajó el cierre, y a medida que deslizaba la tela hacia abajo, ella misma fue descendiendo, hasta quedar arrodillada frente a él, en el piso frío de la cocina, con la luz del extractor recortándole el perfil. Le bajó el bóxer de un tirón y la verga saltó afuera, dura, la punta hinchada y brillante de líquido preseminal. Marina se quedó un segundo mirándola, con esa cosa entre las manos, apretándola por la base, sintiendo el pulso que la recorría.

La excitación ya había crecido entre los dos hasta volverse imposible de disimular. Ella, completamente entregada; él, duro y a la altura exacta del rostro de ella.

Marina lo tomó sin apuro. Lo besó primero, despacio, pasándole los labios por toda la longitud, escuchando cómo la respiración de Tomás se cortaba arriba. Después sacó la lengua y lamió desde la base hasta la punta, chupándole los huevos por el camino, dejándolos empapados. Cuando llegó arriba, se metió el glande en la boca y giró la lengua alrededor, saboreando el gusto salado del preseminal, mientras la mano seguía masturbándolo en la base. Después abrió más la boca y se lo tragó entero, hasta el fondo de la garganta, marcando un ritmo lento que lo obligaba a sostenerse del borde de la isla. Lo escuchaba contener el aire, soltarlo entrecortado, decir su nombre en voz baja como si fuera una advertencia. Cada reacción de él la encendía más a ella.

—Así, mamámela así —le pidió él con la voz rota, y le juntó el pelo en un puño para no perderle la cara.

Marina lo miró desde abajo con la boca llena, los ojos brillantes, y aceleró. Chupaba fuerte al subir, dejaba que la saliva le corriera por la barbilla, se la sacaba entera y volvía a hundírsela hasta ahogarse. Con la mano libre se tocaba entre las piernas, abriéndose el coño, metiéndose los dedos al mismo ritmo que le mamaba la polla a él.

—Pará —dijo Tomás al rato, con la voz ronca—. Pará, carajo. Si seguís así, esto se termina antes de empezar.

La levantó del piso, tomándola de los brazos, y la besó de nuevo, esta vez con mucha menos paciencia que antes, sintiendo su propio gusto en la boca de ella.

***

Esa noche exploraron cada rincón del cuerpo del otro, llevándose al límite, dando y recibiendo a partes iguales. Pero el rincón favorito, sin ninguna duda, fue la isla de la cocina.

Tomás la ayudó a subir. Marina se tumbó sobre la superficie, con las piernas abiertas y flexionadas sobre el borde, y él se quedó de pie entre ellas, mirándola de arriba abajo sin ningún disimulo. El mármol estaba frío contra la espalda de ella, y ese contraste hizo que toda su piel se erizara otra vez, como al principio. Desde donde estaba, Tomás le veía el coño completamente abierto, brillante, los labios hinchados, todo pidiendo.

—Me vas a hacer pasar frío —protestó ella, a medias.

—Dame un minuto y te olvidás del frío.

La besó con ganas. Ese beso fue bajando por el cuello, por el pecho. Cuando alcanzó los pezones de Marina, los recorrió con la lengua, los atrapó con los labios, los apretó apenas entre los dedos hasta que la respiración de ella empezó a perder el ritmo. Los besos siguieron descendiendo por el abdomen, por las caderas, por las curvas, sin saltarse un solo tramo.

Ella, a cada roce de la boca de él contra su piel, dejaba escapar un sonido suave, tímido, todavía controlado, como si no quisiera entregarse del todo demasiado rápido.

Tomás concentró toda su atención en ella. Le enganchó las piernas por encima de los hombros, la agarró de las caderas con las dos manos y le clavó la boca en el coño sin más rodeos. Empezó con pasadas cortas de la lengua, apenas un contacto, observando cada reacción. Después pasadas más largas, más lentas, chupándole los labios uno por uno, hundiendo la lengua adentro, sacándola, subiendo al clítoris y quedándose ahí, moviéndola en círculos. Leía la respiración de Marina, medía dónde se contraía, dónde se le escapaba un jadeo. Le metió dos dedos y siguió chupándole el clítoris al mismo tiempo, los dedos entrando y saliendo, buscando ese punto de adentro que la hacía saltar.

Cada vez que la lengua le rozaba el punto justo, ella se arqueaba contra el mármol y se aferraba al borde de la isla con las dos manos. Los muslos le temblaban a los costados de la cara de él, tratando de cerrarse, y Tomás la abría más, la sujetaba abierta, sin dejarla escapar.

—No pares, no pares, no pares —pidió, y ya no había nada tímido en su voz—. Me voy a correr, Tomás, me voy a correr en tu boca.

Él no tenía ninguna intención de parar. Se demoró, alargó el momento, la llevó al borde y la dejó esperando, sacando la lengua justo antes, soplándole encima, y volvió a empezar, hasta que sintió que ella necesitaba algo más, algo que la lengua sola ya no alcanzaba a darle. Marina se corrió igual, apretándole la cabeza entre los muslos, con un grito ronco, empapándole la boca y la barbilla, sacudiéndose entera sobre el mármol.

***

Tomás se incorporó sin dejar de mirarla a los ojos, con la cara todavía brillando de ella. Esa parte le importaba más que ninguna otra: no perder el contacto, ver en la cara de ella cada cosa que iba sintiendo.

Se acomodó entre sus piernas, agarró la polla por la base y la pasó de arriba abajo por los labios del coño, mojándola, embadurnándola, dándole con la punta al clítoris hinchado hasta que Marina lo agarró de la muñeca.

—Metémela ya —le dijo—. Cogeme.

Fue entrando despacio, milímetro a milímetro, dándole tiempo, hasta deslizarse por completo, hasta el fondo. Marina soltó el aire de golpe y le clavó los dedos en el antebrazo, sintiendo cómo la verga la abría desde adentro, apretándose alrededor de él.

Al principio se movió lento. Entraba y salía sin apuro, sacándola casi entera, dejando solo la punta adentro, y volviendo a metérsela toda de una, buscando el ritmo de ella, hasta que los dos cuerpos terminaron de acompasarse, el de ella saliendo a su encuentro, el de él respondiendo. Tomás apoyó una mano abierta sobre el vientre bajo de Marina, justo encima de donde se unían, y esa presión hizo que los dos sintieran cada embestida con más fuerza. Con la otra mano le agarró un pecho y se lo apretó, pellizcándole el pezón entre el pulgar y el índice.

—Así —dijo ella, casi sin voz—. Más fuerte. Justo así.

Él fue subiendo de a poco la intensidad. Cada empuje se volvió más firme, más profundo, la carne de él chocando contra la de ella, los huevos golpeándole el culo a cada embestida. La cocina, que durante meses había sido apenas el lugar de un café que nunca tomaban, se llenó del sonido de los dos: la respiración entrecortada, los gemidos que Marina ya no se molestaba en controlar, el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo, el roce de la piel contra el mármol.

—Dámela toda —jadeó ella—, cogeme como quieras.

Tomás le agarró las dos piernas por detrás de las rodillas y se las levantó, doblándola sobre la encimera, y empezó a embestirla más rápido, mirando cómo su verga entraba y salía brillante del coño de ella. Después la hizo darse vuelta. Marina bajó de la isla y se apoyó de bruces sobre el mármol, con las tetas aplastadas contra la superficie fría y el culo en alto, y Tomás se la metió por atrás de un solo empuje, agarrándola de las caderas con las dos manos. Desde ese ángulo la sentía más apretada, más profunda, y ella arqueaba la espalda para recibirlo, con la mejilla pegada al mármol, gimiendo sin parar.

—Sí, así, cogeme fuerte, no pares.

Él le pasó una mano por adelante y le buscó el clítoris, frotándoselo mientras seguía embistiendo. La otra mano le fue subiendo por la espalda hasta agarrarle el pelo, tironeándole apenas la cabeza para atrás.

Marina lo miraba desde abajo, con el pelo desparramado sobre la superficie fría, y en algún momento dejó de pensar en todo lo demás. En los meses de excusas, en las despedidas que se estiraban en la puerta, en las ganas que habían empujado para abajo una y otra vez. Solo quedaba esa madrugada, esa luz amarilla, ese cuerpo contra el suyo, esa verga entrando y saliendo de ella como si siempre hubiera tenido que estar ahí.

Volvió a darse vuelta, se subió otra vez a la isla y lo atrajo hacia ella, cruzándole las piernas en la cintura. Quería mirarlo cuando terminara. Tomás se metió de nuevo hasta el fondo y aceleró, el ritmo cada vez más brutal, la isla golpeando contra la pared, las copas del estante temblando.

El final llegó casi a la vez. Ella primero, arqueándose contra él, apretándolo por dentro con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo, mordiéndose el labio para no gritar y gritando igual; él enseguida después, sacándola en el último momento, agarrándose la verga con la mano y corriéndose a chorros sobre el vientre y las tetas de ella, caliente, espesa, marcándola entera, mientras se dejaba ir con la frente apoyada contra el hombro de ella.

Se quedaron así un rato largo, los dos exhaustos sobre la encimera, todavía respirando agitados, sin ganas de moverse, con el semen escurriéndose por los costados del cuerpo de Marina.

—El café se enfrió —dijo Marina al fin, y se le escapó la risa.

—Lo hago de nuevo —contestó él, sin abrir los ojos—. Más tarde. Mucho más tarde.

Afuera empezaba a clarear. Adentro, en esa cocina que ya nunca iban a mirar igual, los dos sonreían como dos personas que, por fin, habían dejado de fingir.

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Comentarios(7)

Fercho_mdq

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

MarianaG_77

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi, quede con ganas de mas

Caro_Mdz

La tension que se siente antes de que todo pase es lo que mas me gusto. Muy bien contado.

NocheBCN

¿Es una confesion real? porque se siente demasiado autentico jajaja. Buenisimo

MarceloCba

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo, esa sensacion de saber que algo va a pasar y no poder evitarlo... tremendo relato

Patri_lec

La cocina nunca mas va a ser lo mismo despues de leer esto jajaja

LoboSur_75

Muy bien narrado, se nota que hay algo real detras. Eso es lo que diferencia un relato bueno de uno comun, los detalles y la tension previa. Felicitaciones y espero que sigas compartiendo

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