La inmobiliaria madura que me esperó en su oficina
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave, entendí que las cajas de documentos eran solo una excusa que ninguno de los dos quería desmentir.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
656 relatosCuando cerró la puerta de su oficina con llave, entendí que las cajas de documentos eran solo una excusa que ninguno de los dos quería desmentir.
Crucé el pasillo a oscuras esperando darle un abrazo y terminé pegado a la rendija de su cuarto, viendo lo que dos mujeres maduras habían preparado.
Le mandé un mensaje a la actriz más famosa del mundo después del partido. No esperaba respuesta. La tuve, y cambió todo lo que creía saber de mí.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
Me había sentado lo más lejos posible de ella en esa cena. Pero terminé con mi mano en su cintura y sus caderas apretadas contra las mías.
Había algo que su tío llevaba meses pidiendo. Ella, meses negándose. Hasta que vio ese celular sobre el mostrador y todo cambió entre ellos.
Cuando Marcos bajó del tejado empapado en sudor, Carmenza ya sabía que no iba a dejarlo ir. Llevaba demasiado tiempo esperando a un hombre así.
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.
El chico del barrio me miraba sin vergüenza, de arriba abajo, mientras yo intentaba que mi voz no temblara. Tenía cuarenta y seis años y un hijo al que salvar.
Cada mañana la miraba tender la ropa desde mi balcón, con sus curvas y su calma de mujer que no necesita disculparse por nada. Esa mañana fue diferente.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Cuando me arrastró al baño con una mano en mi jersey, dejamos de ser jefa y empleado. Ya no había vuelta atrás.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Cuando pasé por el taller, las luces estaban apagadas. Pensé que se habían ido. Entonces escuché su voz desde la ventana del camión, llamándome por mi nombre.
Dejé el coche a media cuadra para no hacer ruido. La puerta estaba sin seguro y las luces apagadas. Lo que encontré al fondo del pasillo cambió todo.
Eran las tres de la mañana, la casa dormía y yo estaba sentada en su regazo sin entender cómo había llegado hasta ahí.
Llevábamos cinco años encontrándonos cada enero. Ella dirigía el balneario, yo reservaba siempre la misma habitación. Nadie sospechaba nada.
Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, con esa facha de niño bueno y los brazos marcados, supe que esa tarde iba a cambiar algo para los dos.