Aquella noche en el hotel con su mejor amigo
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.
La apuesta parecía una broma hasta que Tomás se levantó a demostrarlo. A partir de ahí, la tarde en el piso tomó un rumbo que ninguno esperaba.
Estábamos con vino cuando me dijo: «Nunca te conté todo lo de Punta del Este». Lo que siguió me dejó callada durante horas.
Pensé que todos dormían cuando me metí desnudo en la piscina. Hasta que escuché la puerta de la cocina y vi su silueta acercándose, sin prisa por desviar la mirada.
Cuando sonó el claxon, doce desconocidos nos miramos completamente desnudos en el salón. Lo que pasó después no estaba en ningún guion.
Después del mejor sexo de mi vida, ella me sirvió café y me lanzó una fantasía que jamás imaginé. Yo solo asentía mientras pensaba en quién podría ser el otro.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Fui por agua a medianoche y la encontré sola frente a la lavadora. No me anuncié. Me quedé en el umbral, mirando, sin que pudiera irme.
Cuando Valeria puso su mano en mi nuca y empujó hacia abajo, entendí que esa noche iba a cruzar una línea que ya no tendría vuelta atrás.
Estábamos en su cuarto con vino cuando soltó la carcajada. «Nunca te conté todo lo de Búzios.» Supe que lo que venía iba a sacudirme.
Doce personas que no se conocían entre sí, una casa rural y dos noches sin reglas. Cuando sonó el claxon, salimos al salón completamente desnudos.
Doce años de amistad y una mirada que lo decía todo. Cuando la boda terminó, Valeria cruzó la puerta de la suite y nadie le pidió que se fuera.