La depilación lésbica que terminó en mi primera vez
Mi amiga salió sonriendo de la camilla y me dejó sola con una esteticista que me tocó demasiado bien para que aquello fuera solo depilación.
Mi amiga salió sonriendo de la camilla y me dejó sola con una esteticista que me tocó demasiado bien para que aquello fuera solo depilación.
El viernes subimos al coche riéndonos, pero cuando ella cerró las puertas entendí que el juego iba en serio y que ya no mandábamos nosotras.
Cuando llegué a esa casa, no imaginaba que terminaría desnuda entre mujeres maduras, lenguas expertas y una invitada mirando desde la puerta.
Cuando tiré las bandejas al suelo, la puerta se abrió y todo lo que habíamos planeado se convirtió en una tarde mucho más sucia de lo esperado.
Después del turno, sus miradas ya no eran inocentes; cuando cerré la puerta de mi cuarto, supe que esa primera vez no iba a quedarse en un simple beso.
Subíamos por el vaso de agua cuando escuchamos los gemidos en la habitación. La puerta entreabierta lo cambió todo aquella tarde de sábado en casa de Renata.
Iba a irme cuando una mano me tomó del brazo. Camila ya no era mi secreto de un cumpleaños: tenía novia, y esa noche las dos me miraron con la misma sonrisa.
Mi vecina volvió al amanecer con las piernas temblando y una sonrisa indecente; cuando me contó lo del club, no pude dejar de imaginarlo.
Él llegó rogando por otra mujer y terminó de rodillas entre nosotras, sin entender cuándo dejó de suplicar y empezó a desear de verdad.
Nuria me escribió a media tarde: «Elena viene un par de días desde Bilbao. Cena en casa. Creo que te gustaría conocerla.» No hizo falta preguntar más.
Me bastó una sonrisa frente al mar para saber que esa noche no iba a dormir en calma.
Prometieron «toda su atención» después de comer, y cuando cerré la puerta del cuarto entendí que iban a torturarme antes de dejarme follar.
Cuando me dijo que nunca había visto una verga, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma mujer.
Primero fue una provocación en la cocina; horas después, me metí en su cama decidida a enseñarle con la lengua y las manos todo lo que su marido nunca supo hacer.
Cuando desperté, las tres estaban desnudas junto a mi cama, sonriendo como si ya hubieran decidido hasta dónde querían llegar conmigo.
Mi amiga cerró la puerta, miró a los hombres del salón y dijo que quien quisiera follar, fuera pasando. Yo ya estaba mojada antes de empezar.
Viajamos para reencontrarnos, pero bastaron unos tragos, un baile pegado y una confesión para que termináramos follando sin frenos.
Le pedí que llegara desnuda a la piscina y le dejé la puerta sin llave. Diez minutos después, la vi cruzar el patio con el pelo rojo brillando bajo la luz del agua.
Me levanté en puntas de pie a espiar el murmullo del cuarto de al lado. Sobre la cama no estaba el padre de Camila. Estaba su madre, encima de otra mujer.
Cuando me invitó a cenar aún no sabía que iba a acabar desnuda en su sofá, con su boca entre mis piernas, descubriendo lo que llevaba años negándome.