Dejé que un extraño la espiara desde el otro probador
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Ignoré el aviso de no aparecer por la oficina y aparecí igualmente. Lo que descubrí desde el conducto del aire me hizo dejar de verla como una santa.
Bajó al comedor sin bragas y sin sujetador. Decía que no sabía lo que le pasaba, pero yo empezaba a entenderlo: ese día iba a cruzar todos los límites.
Crucé la puerta equivocada en la finca y la vi de espaldas, en encaje blanco, frente al espejo. Lo que no debía mirar fue lo único que pude mirar.
El cólico me obligó a volver antes del parque. Me asomé a la ventana lateral pensando entrar por ahí sin hacer ruido. Lo que vi me dejó pegado al vidrio.
La cerveza nos había puesto cariñosos y la terraza parecía vacía. Hasta que vi el destello de unos prismáticos enfocándonos desde la colina.
Llevaba todo el verano esperando a que se vaciara la cala. La encontré desierta, sí, pero el viento me trajo unos gemidos detrás de las dunas que tuve que buscar.
Aparqué en la planta más vacía del subsuelo y le pregunté si seguía segura. Asintió. Le tendí el sobre con los billetes y le pedí que solo mirara, nada más.
El autobús iba vacío y mi novia lo sabía. Cuatro horas de noche, un chofer en la cabina y nosotros dos solos en el fondo.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Cuando ese tipo le puso las manos encima en la pista, esperé que ella se apartara. No lo hizo. Y yo, en vez de levantarme, sentí algo oscuro y caliente por dentro.
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.
La apuesta parecía una broma hasta que Tomás se levantó a demostrarlo. A partir de ahí, la tarde en el piso tomó un rumbo que ninguno esperaba.
Estábamos con vino cuando me dijo: «Nunca te conté todo lo de Punta del Este». Lo que siguió me dejó callada durante horas.
Pensé que todos dormían cuando me metí desnudo en la piscina. Hasta que escuché la puerta de la cocina y vi su silueta acercándose, sin prisa por desviar la mirada.
Cuando sonó el claxon, doce desconocidos nos miramos completamente desnudos en el salón. Lo que pasó después no estaba en ningún guion.
Después del mejor sexo de mi vida, ella me sirvió café y me lanzó una fantasía que jamás imaginé. Yo solo asentía mientras pensaba en quién podría ser el otro.