El juego de las tres puertas en aquel camping
Tres mujeres, tres hombres y una sola regla esa noche en el bungaló: nadie sabía con quién acabaría, y el cronómetro ya corría sobre la mesa del salón.
Tres mujeres, tres hombres y una sola regla esa noche en el bungaló: nadie sabía con quién acabaría, y el cronómetro ya corría sobre la mesa del salón.
Llevaba horas tirada sobre la toalla, el sol bajando, y cada vez que creía haber terminado alguien nuevo se arrodillaba a mi lado con otra idea en la cabeza.
Bajé las escaleras desnuda, les sonreí y solo puse una regla: subir sin ropa. Eran once, sudados y necesitados; yo llevaba demasiado tiempo viuda.
Si aguantábamos cinco minutos, ellas competirían después. Lo que empezó como una broma entre amigos nos terminó dejando a los cuatro desnudos en la misma cama.
Bajamos a la sauna sin bañadores y entendí que mi mujer y su prima ya lo habían hablado todo: ese fin de semana en la montaña no iba a ser lo que nos contaron.
La puerta estaba entreabierta y, mientras espiaba a mi amiga con dos desconocidos, una mano me giró por la cintura. Era él. Y me sonrió como si ya lo supiéramos los dos.
Sabía que quería tirármelo desde el primer mensaje. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llegar mi marido cuando los tres cruzáramos la puerta del reservado.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
«Ven a las once a la zona norte del estacionamiento. Nada de palabras.» Una nota anónima, una máscara de monja y una mujer que tal vez no fuera la suya esperando contra el coche.
Marcos y Nadia solo lo habían hecho con nosotros. Esa noche, con los ojos vendados y los vecinos en camino, descubrirían hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Me puse el vestido azul que Nadia eligió para mí, sin nada debajo, y subí a cubierta sabiendo que esa noche no habría una sola línea que no estuviera dispuesta a cruzar.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Durante años lo mencionábamos entre risas y copas, sin atrevernos. Esa noche alguien escribió nuestros nombres en papelitos y todos dejamos de hablar.
Cuando Lucía cruzó la sala y se sentó en las rodillas de él sin mirarme, supe que esa noche yo solo iba a mirar, y que era exactamente lo que ambos queríamos.
Mi esposa soñó que yo me acostaba con otra mujer mientras ella miraba. Días después, en el hotel, esa fantasía dejó de ser un sueño.
Nando me dejó las bragas enrolladas en un tobillo y, mientras Bruno me sujetaba contra el sofá, entendí que esa noche yo era la mercancía que ambos querían estrenar.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Abrí los ojos en mitad de la oscuridad del salón y ella estaba en el marco de la puerta, mordiéndose el labio, mirando exactamente lo que yo no podía esconder.
Llevábamos meses citándolo en casa después de cada cena. Esta vez quisimos más: dos días encerrados con él, sin reloj, sin vecinos, sin freno.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.