La pareja que nos inició volvió a casa
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Durante años lo mencionábamos entre risas y copas, sin atrevernos. Esa noche alguien escribió nuestros nombres en papelitos y todos dejamos de hablar.
Cuando Lucía cruzó la sala y se sentó en las rodillas de él sin mirarme, supe que esa noche yo solo iba a mirar, y que era exactamente lo que ambos queríamos.
Mi esposa soñó que yo me acostaba con otra mujer mientras ella miraba. Días después, en el hotel, esa fantasía dejó de ser un sueño.
Nando me dejó las bragas enrolladas en un tobillo y, mientras Bruno me sujetaba contra el sofá, entendí que esa noche yo era la mercancía que ambos querían estrenar.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Abrí los ojos en mitad de la oscuridad del salón y ella estaba en el marco de la puerta, mordiéndose el labio, mirando exactamente lo que yo no podía esconder.
Llevábamos meses citándolo en casa después de cada cena. Esta vez quisimos más: dos días encerrados con él, sin reloj, sin vecinos, sin freno.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
Subí al catamarán para perderme un rato del mundo. Nunca imaginé que terminaría desnuda, rodeada, y que sería yo quien no quería que parara.
Quería contarle mis penas y tomar algo. No esperaba encontrarlo con dos amigos, ni que el despecho me empujara a hacer todo lo que esa noche terminé haciendo.
Cuando entré a la cabaña solo había treinta hombres de traje y una copa esperándome. Tardé poco en entender para qué me habían pagado tanto.
Creíamos que solo era un fin de semana de Navidad entre amigos. Tres días después, ninguno de nosotros volvió a mirar a su pareja de la misma manera.
Cada tarde nos escondíamos detrás de la buganvilia para verla bailar con él. Esa siesta mi amigo no vino, y lo que pasó del otro lado del vidrio lo terminé grabando con el celular.
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Ignoré el aviso de no aparecer por la oficina y aparecí igualmente. Lo que descubrí desde el conducto del aire me hizo dejar de verla como una santa.