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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga entró a la suite nupcial esa noche

Clara se miró en el espejo del baño de la suite por última vez antes de bajar al altar. El vestido blanco se ajustaba a su figura como si lo hubieran construido alrededor de ella, que de alguna manera era verdad: cuatro meses de pruebas, correcciones y discusiones con la modista para conseguir que la tela cayera exactamente donde tenía que caer. Treinta y tres años, un cuerpo que no pedía disculpas por nada, tetas firmes que asomaban por el escote y un culo redondo que el corte a medida realzaba sin pudor. Un nudo en el estómago que no era de nervios sino de anticipación pura, y una humedad tibia entre los muslos que llevaba toda la mañana intentando ignorar.

La ceremonia fue lo que se supone que debe ser: emotiva, interminable, con tíos que lloraban más que las madres. Rodrigo la esperaba junto al altar con esa expresión seria que adoptaba cuando intentaba contener algo, y Clara sintió, en el momento exacto en que sus miradas se cruzaron al fondo del pasillo, que lo quería más de lo que sabría explicar con palabras. Pronunciaron los votos, se besaron cuando el sacerdote dio la señal, y durante las siguientes cinco horas posaron para ciento cuarenta fotos distintas con distintas combinaciones de familiares.

Lo que nadie fotografió fue la manera en que Valeria la miraba.

Valeria llevaba un vestido verde botella con escote pronunciado que les había costado mucho trabajo elegir. Lo sabía Clara porque la había acompañado tres semanas antes a buscar algo para la boda, y habían estado dos horas en tres tiendas distintas hasta que Valeria se probó ese verde y las dos supieron que no había más opciones. Clara le había dicho que estaba perfecta con una naturalidad que no había sentido en absoluto mientras lo decía. La verdad era que había tenido que morderse el labio para no imaginarse arrancándoselo en el probador.

Doce años de amistad enseñan a leer a alguien mejor de lo que uno se lee a sí mismo. Clara sabía cuándo Valeria estaba incómoda en una reunión, cuándo mentía sobre algo sin importancia, cuándo algo la ponía de los nervios aunque sonriera. Y sabía, con esa misma precisión aprendida, qué significaba la mirada que le dedicaba cada vez que cruzaban el salón durante el cóctel: intención contenida, sin prisa, sin disculpas. Los ojos de Valeria bajaban al escote, se detenían un segundo de más en su boca, y volvían a subir con la lentitud de quien ya ha decidido que esta noche se cobra lo que lleva doce años esperando.

No era la primera vez que se miraban así. Era la primera vez que Clara decidía no apartar los ojos.

***

La barra libre empezó pasada la medianoche y el ambiente del salón cambió de registro en cuestión de minutos. Los niños dormían en los coches aparcados fuera, los abuelos se habían marchado con abrazos largos y promesas de llamar pronto, y los que quedaban eran los de siempre en este tipo de bodas: amigos de la infancia que aguantaban hasta el final, primos jóvenes que no se habían visto desde hacía un año, compañeros de trabajo con la corbata doblada en el bolsillo de la chaqueta.

Rodrigo bailaba al fondo de la pista con su hermano mayor. Clara estaba junto a la barra, descalza desde hacía una hora, con una copa de whisky en la mano y el vestido todavía intacto. Observaba el salón con esa sensación extraña que a veces le daba en las fiestas: estar completamente presente y al mismo tiempo ligeramente al margen, como si las cosas le ocurrieran a una distancia pequeña pero perceptible.

—Estás pensando demasiado —dijo Valeria, apareciendo a su lado sin anunciarse.

—Siempre estoy pensando demasiado.

—Ya, pero esta noche es diferente. —Valeria se apoyó en la barra, de codos, y la miró de frente sin ningún intento de disimular.— Lo llevo viendo toda la noche.

Clara tardó un momento en responder. Bebió un sorbo largo y dejó que el silencio ocupara el espacio entre las dos.

—¿Qué estás haciendo, Valeria?

—Nada todavía. —Sonrió despacio.— Pero podría hacer algo si tú quisieras.

—¿Como qué.

—Como subir contigo a esa suite, quitarte ese vestido blanco de novia y meterte la lengua en el coño hasta que te corras encima de mi cara. Por ejemplo.

Lo dijo sin levantar la voz, sin dejar de sonreír, con la misma naturalidad con la que pediría otra copa. A Clara se le contrajeron las bragas de golpe y notó, con una claridad casi vergonzosa, cómo empezaba a mojarse otra vez ahí de pie, entre gente que seguía bailando a tres metros.

—Joder, Valeria.

—Llevo doce años pensándolo. Merecías saber la frase completa.

No fue una declaración cargada de dramatismo. Fue exactamente lo que parecía: una pregunta directa entre dos personas que se conocían demasiado bien como para andarse con rodeos. Y sin embargo, el corazón de Clara dio un salto que no tenía nada que ver con el alcohol.

Buscó a Rodrigo con la mirada de forma automática. Seguía en la pista, pero había girado ligeramente y desde esa posición tenía una línea de visión directa hacia donde estaban ellas. Clara lo miró. Él la miró a ella. Y luego miró a Valeria, y luego volvió a mirar a Clara, y la expresión en su cara no era de sorpresa sino de algo más parecido a una pregunta abierta. Clara le sostuvo la mirada y asintió muy despacio, una sola vez. Rodrigo se pasó la lengua por el labio inferior y le devolvió el gesto.

Algo encajó en el pecho de Clara con un clic suave.

—Sube con nosotros cuando esto acabe —dijo, con una calma que la sorprendió a ella la primera.

Valeria levantó su copa en un brindis silencioso y bebió sin apartar los ojos.

***

A las dos y cuarto, los últimos invitados se fueron entre abrazos que se alargaban y promesas de quedar pronto. Clara y Rodrigo esperaron el ascensor en el vestíbulo con Valeria entre los dos. Nadie habló durante los cuatro pisos. La música del salón llegaba amortiguada desde abajo, algo lento que Clara no llegó a reconocer. En el reflejo de las puertas metálicas del ascensor, Clara vio la mano de Valeria rozarle el culo por encima del vestido, con toda la intención del mundo, mientras Rodrigo miraba y no decía nada.

La suite era amplia y estaba exactamente como la habían dejado esa mañana cuando se arreglaron allí: la cama sin tocar, flores en las mesas bajas, una botella de cava en un cubo de hielo que ya había derretido casi todo. Por la ventana se veían las luces de la ciudad a esa hora de la madrugada, apagadas en su mayoría pero todavía suficientes como para que la habitación no estuviera completamente a oscuras.

Rodrigo abrió el cava. Clara dejó los zapatos junto a la puerta. Valeria cerró y apoyó la espalda en la madera un momento, mirando la habitación.

—¿Y ahora? —preguntó Rodrigo, con la copa en la mano y una sonrisa que intentaba parecer más tranquila de lo que era.

—Ahora tú te quedas donde estás un momento —dijo Valeria—. Y miras.

Se acercó a Clara sin prisas, con esa forma de moverse que tenía cuando sabía exactamente lo que estaba haciendo. Le puso una mano en la mejilla, le pasó el pulgar por el labio inferior y se lo metió un segundo en la boca. Clara chupó sin pensarlo. Valeria sonrió y sacó el dedo lentamente, dejándolo húmedo antes de bajarlo por el cuello, por la clavícula, hasta hundirlo en el nacimiento del escote del vestido de novia.

Cuando la besó, la besó de verdad: boca abierta, lengua contra lengua, mordiéndole el labio al soltarla. Clara no se movió de entrada. Luego sí se movió, y mucho, porque hay cosas que se llevan doce años guardando y cuando por fin las sueltas tienen un peso que no esperabas. Le agarró la cara con las dos manos y la besó como si quisiera comérsela, y Valeria se rió dentro de la boca de Clara y le pasó una mano por debajo del vestido, subiéndola por el muslo hasta encontrar la tela empapada de las bragas.

—Ya estás mojada. Puta.

—Llevo mojada desde la ceremonia.

—Zorra.

—Cállate y sigue.

Rodrigo bebió el cava sin intervenir, de pie junto a la ventana, mirando. Se le marcaba una erección clarísima contra el pantalón del traje y ni siquiera intentaba disimularlo.

—¿Estás bien? —le preguntó Clara sin separarse del todo de Valeria.

—Muy bien —respondió él, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Seguid.

***

El vestido de novia cayó al suelo con más dificultad de la esperada: el cierre trasero tenía un gancho que siempre se atascaba, y Rodrigo lo intentó dos veces antes de que Valeria apartara sus manos con un gesto y lo solucionara en tres segundos. Las tres rieron. La torpeza disolvió lo que quedaba de tensión nerviosa, y lo que vino después fue más natural de lo que Clara hubiera imaginado.

Clara quedó en sujetador blanco de encaje y unas bragas a juego que Valeria le arrancó de un tirón lateral en cuanto la tumbó en la cama. Le abrió las piernas sin ceremonia, le dio un beso lento en la cara interna del muslo y bajó a mirarle el coño de cerca, con esa concentración que le ponía a todo.

—Doce años imaginándome esto —murmuró.

—Pues deja de mirarlo y cómemelo de una vez.

Valeria obedeció. Le pasó la lengua entera de abajo arriba, plana y ancha, y Clara arqueó la espalda con un jadeo que salió más alto de lo que quería. Valeria repitió, más despacio, dibujando el contorno de los labios con la punta de la lengua, chupándole el clítoris con los labios sellados, apartando el capuchón con dos dedos para llegar mejor. Sabía lo que hacía. Sabía perfectamente lo que hacía. Clara le agarró el pelo con una mano y la empujó contra su coño sin pedir permiso.

—Así, joder, así, sigue, no pares.

Valeria metió dos dedos y curvó las yemas hacia arriba, buscando el punto exacto, y cuando lo encontró Clara soltó un gemido que hizo que Rodrigo se acercara por fin desde la ventana. Se sentó en el borde de la cama, se soltó el cinturón, se sacó la polla dura de los pantalones y empezó a acariciársela despacio, mirando cómo su mujer se retorcía debajo de la lengua de su mejor amiga.

—Ven —le dijo Clara, extendiendo la mano hacia él—. Aquí.

Rodrigo se puso de rodillas junto a su cara y Clara le agarró la verga con la mano y se la metió en la boca sin ceremonia. La chupó entera, dejándola resbalar hasta el fondo de la garganta, sacándola babeada para pasarle la lengua por los huevos antes de volver a engullirla. Rodrigo dejó escapar un gemido gutural y le puso una mano en la nuca, no para forzar sino para acompañar el movimiento.

Clara estaba entre los dos y notaba esa diferencia con una nitidez que la fascinaba: la lengua de Valeria trabajándole el clítoris con precisión de relojera, los dedos metidos hasta los nudillos entrando y saliendo con un chapoteo obsceno, y la polla dura de su marido llenándole la boca hasta hacerla arcadear un poco. Cerró los ojos y se dejó follar por los dos a la vez. Se corrió antes de lo que hubiera querido, con la boca llena y las caderas embistiendo contra la cara de Valeria, sacudiéndose entera durante lo que le pareció medio minuto.

Valeria levantó la cara con la barbilla brillante y una sonrisa que era mitad orgullo mitad amenaza.

—Te sabe a boda —dijo, y le pasó a Rodrigo la lengua por la comisura para hacerle probar.

Rodrigo la besó a Valeria por primera vez esa noche, con el sabor de Clara todavía en la boca de las dos, y Clara se quedó mirando la escena desde la almohada con la respiración acelerada y ganas de que aquello no se acabara nunca.

***

Cambiaron de posición varias veces a lo largo de la noche. Valeria se desnudó por fin —Clara le desabrochó el sujetador negro y le sacó las tetas para chuparle los pezones uno por uno, mordiéndolos hasta hacerla sisear— y quedó tumbada de espaldas con las piernas abiertas. Clara se colocó entre ellas para devolverle el favor, la cara hundida en su coño depilado, aprendiendo su sabor y su ritmo con una atención concentrada. Valeria estaba empapada. Tenía un clítoris pequeño y muy sensible que reaccionaba al menor contacto, y Clara aprendió rápido que si le metía la lengua en la entrada y la sacaba en círculos lentos, Valeria se agarraba las sábanas con las dos manos y arqueaba las caderas contra su boca.

Rodrigo se colocó detrás de Clara mientras ella comía a Valeria. Le puso las manos en las caderas, le separó las nalgas con los pulgares y se hundió en su coño de una sola embestida. Clara gritó con la boca contra el sexo de Valeria y el grito le salió amortiguado, vibrado contra el clítoris de su amiga, que a su vez soltó un gemido en respuesta. La cadena funcionó: cada vez que Rodrigo empujaba con fuerza, Clara embestía la cara contra el coño de Valeria, y Valeria se retorcía debajo, agarrándole el pelo, tirando.

—Así, follátela mientras me la come —jadeó Valeria—. Fóllala fuerte.

Rodrigo aceleró el ritmo. Clara notaba la polla de su marido entrándole hasta el fondo, golpeándole el cuello del útero con cada embestida, mientras su lengua no dejaba de trabajar el clítoris de Valeria. Cuando Valeria se corrió fue ruidosa, apretándole la cabeza a Clara entre los muslos y soltando un gemido largo que hizo temblar la cama. Clara sacó la lengua brillante, respiró, y se dejó caer hacia adelante con las tetas contra la barriga de Valeria mientras Rodrigo seguía embistiéndola por detrás.

Hubo también, en algún momento cerca de las tres de la madrugada, una escena que Clara supo que iba a recordar mucho tiempo: Valeria sentada al borde de la cama, la espalda recta, los ojos cerrados, y Rodrigo de pie frente a ella con la polla en la boca de su mejor amiga. Clara estaba detrás de él, con las manos en sus hombros, mirando cómo Valeria se la mamaba entera, dejándola resbalar hasta el fondo de la garganta con una destreza que Clara le envidió un segundo. Valeria sacaba la polla babeada, escupía sobre el glande y volvía a engullirla mientras se acariciaba los pechos con la otra mano. Clara le pasó a su marido la lengua por el cuello y le mordió el lóbulo de la oreja.

—¿Te gusta cómo te la chupa?

—Joder, sí.

—Córrete en su boca. Quiero verlo.

Pero Rodrigo aguantó. Sacó la polla de la boca de Valeria, la agarró por el pelo con delicadeza y la tumbó de espaldas en el borde de la cama, con el culo casi cayéndose y las piernas abiertas. Le metió la verga hasta el fondo de un solo golpe y Valeria soltó un aullido de puro placer. Clara se subió a horcajadas sobre la cara de Valeria, ofreciéndole su coño otra vez, y Valeria empezó a comérselo con hambre mientras Rodrigo la follaba con embestidas lentas y profundas que hacían chapotear todo.

Clara y Rodrigo se besaron por encima del cuerpo de Valeria, mordiéndose las bocas, mientras Clara se restregaba el clítoris contra la lengua de su amiga y Rodrigo aceleraba el ritmo de sus embestidas. Los tres se movían con una sincronía que tardó un momento en establecerse pero que, una vez encontrada, no se perdió durante un buen rato.

—¿Estás bien de verdad? —preguntó Valeria un rato después, cuando los tres descansaban en silencio, sudados, con la piel pegándose a las sábanas.

—De verdad. —Clara la miró de frente.— Llevo dos horas pensando que tendríamos que haber hecho esto mucho antes.

Valeria soltó una carcajada breve que era mitad alivio y mitad algo que Clara no supo clasificar del todo.

—Nos costó encontrar el momento.

—Una boda parece un buen momento, sí.

Rodrigo soltó un sonido entre cansancio y risa sin abrir los ojos.

—¿Podemos seguir? Porque yo todavía no me he corrido.

Las dos se rieron. Clara rodó sobre él, se sentó a horcajadas y se empaló de golpe sobre su polla otra vez, con un gemido gutural cuando la sintió entera dentro. Empezó a cabalgarlo despacio, meciendo las caderas en círculos, mientras Valeria se pegaba a su espalda y le agarraba las tetas por detrás, pellizcándole los pezones con los dedos mojados de saliva. La lengua de Valeria en su cuello, los dedos de Valeria bajando por su vientre hasta encontrar su clítoris y frotárselo mientras ella se follaba a su marido, y las manos de Rodrigo apretándole las nalgas y ayudándola a bajar más fuerte.

Los orgasmos llegaron cuando llegaron, sin ceremonia ni artificios. El de Clara fue largo y sostenido, con los dedos de Valeria pegados a su clítoris y la polla de Rodrigo hundida hasta el fondo, sacudiéndose entera con el pelo pegado a la cara. El de Valeria llegó después, cuando se tumbó de nuevo y Clara le metió tres dedos y le chupó el clítoris al mismo tiempo hasta que arqueó la espalda y soltó un chorrito claro que salpicó la sábana. El de Rodrigo el último: con las dos arrodilladas frente a él, sacándosela a cuatro manos y turnándose para chupársela, hasta que soltó un rugido y se corrió a chorros sobre las caras y los pechos de las dos, semen espeso que ellas se pasaron con la lengua entre risas y besos guarros antes de tragárselo.

—No hace falta que digáis nada.

—No íbamos a decir nada —respondió Valeria, limpiándose la comisura con el pulgar.

—Ninguna de las dos —confirmó Clara.

***

A las cinco y media, la cama estaba deshecha y el cava se había terminado. Por la ventana entraba la primera luz gris del amanecer, ese momento antes de que la ciudad empiece a moverse de verdad. Los tres estaban tumbados en silencio, cada uno mirando al techo, los cuerpos todavía cerca pero sin tocarse, la piel oliendo a sudor y a sexo y al perfume mezclado de las dos.

El vestido de novia y el vestido verde botella seguían mezclados en el suelo, arrugados, como si llevaran años ahí.

—¿Duermo aquí? —preguntó Valeria con una voz que ya estaba medio dormida.

Clara la miró. Luego miró a Rodrigo, que apartó el brazo de los ojos lo justo para encontrar su mirada y hacer un gesto con los hombros que quería decir varias cosas a la vez.

—Queda sitio —dijo Clara.

Valeria no respondió porque ya estaba dormida, o casi. Rodrigo apagó la lámpara de la mesilla. Clara se quedó mirando el techo un momento más, escuchando la respiración pausada de los dos, antes de cerrar también los ojos.

Fuera, la ciudad empezaba a despertar despacio, sin saber nada de nada. Dentro de la suite, nadie tenía ninguna prisa por nombrar lo que había pasado ni por decidir qué significaba. Había tiempo para eso. De momento era suficiente con que hubiera pasado.

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Comentarios(8)

Meli95

Increible!!! Me dejo sin palabras de verdad

RobertoCba

Por favor que haya una segunda parte, esto no puede quedar cortado ahi

VeroBA

La tension previa esta perfecta, te metes en la historia sin darte cuenta. Muy bien logrado

SebaMdz

jajaja me hizo acordar a algo que paso en un casamiento al que fui hace unos años, no tan extremo pero algo parecido habia en el ambiente

Alexei

Y como quedaron los tres despues? Eso tambien me gustaria saber

PatriNoche

buenisimo!!!

Lucas_mza

Doce años de amistad y termino asi... lo mejor que le podia pasar jajaja. Esperando mas relatos

CuriosaYoli

Que bien escrito, se siente real sin pasarse de la raya. Sigue asi que tenes talento de sobra

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