Confesión: me masturbaba con sus juguetes
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Cuando abrí los ojos estaba desnudo, atado a los cuatro postes de la cama del hotel más caro de la ciudad, y Lucía me sonreía como si me trajera una sorpresa.
Fingí escandalizarme, pero llevaba años mojándome con la idea de abrir las piernas delante de mi marido y un desconocido.
Me echó de su cama al amanecer, pero en la cocina me miró distinto y supe que aún quería que la hiciera portarse peor.
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Todo cambió la noche en que me ordenó mirarla a los ojos, obedecer sin discutir y aceptar que el control iba a ser suyo.
Todo empezó con una discusión incómoda en el coche, pero en la fila del cine una señora desconocida lo cambió todo con una tensión que nadie debía notar.
Desperté con una boca ajena entre las piernas y, cuando abrí los ojos, entendí que las dos hermanas ya habían decidido cómo iba a pasar el día.
Diego dormía boca abajo. Yo miraba el techo con la mano entre las piernas, y en la cabeza volvía aquella noche en la trastienda del bar de Rocco.
La primera vez solo quería calmarlo para que no saliera de casa, pero cuando lo tuve desnudo bajo mis manos entendí lo mucho que me excitaban los hombres maduros.
Cuando vi su erección frente a aquella camilla, entendí que no había llegado un segundo tarde: había llegado justo antes del desastre.
Entró derrotado al despacho, y yo solo quería consolarlo; no imaginé que terminaría de rodillas entre sus piernas.
Después del beso de despedida, juré que todo acabaría ahí. Pero al día siguiente apareció en mi casa con una sonrisa y ganas de follarme.
Bajó a tirar la basura con un pijama fino sin sujetador y tardó diez minutos en volver. Cuando la escuché en la ducha, supe que algo se había roto para siempre.
Cerraron las puertas de la torre para hablar, pero cuando sus manos se tocaron, la tensión dejó de ser política y se volvió una necesidad imposible de frenar.
Cuando me dijo que quería practicar conmigo antes de ir a un taller, supe que aquella noche no iba a parecerse a ninguna otra.
Entré a su casa con dos VHS viejos y salí con las cajas firmadas, la cara ardiendo y el recuerdo de su cuerpo temblando contra la pared.
Cuando volvió a casa con el pelo revuelto y una sonrisa que no era para mí, entendí que el pacto que habíamos firmado en la cocina ya no tenía marcha atrás.
Mi amigo se fue con su novia y me dejó solo con su madre; cuando cerró la puerta, la tensión en la cocina cambió por completo.
Cada vez que jurábamos terminar, bastaba una mirada para acabar encerrados otra vez, sudando y follando como si nos odiáramos.