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Relatos Ardientes

Ella organizó todo para que él también lo probara

Llegué al apartamento de Claudio y Valeria un martes por la noche, como habíamos acordado. Claudio me abrió la puerta todavía en bata de baño —una de esas batas blancas gruesas que la gente compra en hoteles y guarda para ocasiones especiales— con esa sonrisa ancha de quien sabe que algo importante está a punto de ocurrir pero no sabe exactamente cómo va a desarrollarse. Me dijo que pasara, que Valeria no tardaría. Que ya sabía cómo eran ellas, con un guiño que intentaba ser cómplice pero tenía más nervio que gracia.

—¿Llegué muy temprano? —pregunté.

—No, la hora exacta. Es ella, que siempre se tarda el doble de lo que planea.

Lo dijo con ternura genuina, no con fastidio.

Me hizo pasar a la sala. El apartamento olía a velas y a algo cocinado hace horas. Me ofreció algo de tomar y le entregué la botella de vino tinto que había traído; le pedí que la dejara reposar un rato. Él abrió una cerveza —la cuarta o quinta de la noche, a juzgar por cómo estaban sus ojos— y se sentó frente a mí con esa energía contenida de los hombres que esperan algo que los asusta y los atrae en igual medida.

Llevábamos diez minutos hablando de nada cuando escuché los pasos en la escalera.

Valeria bajó con un vestido negro corto, los hombros al aire y el pelo recogido con ese descuido que requiere trabajo. Me miró a los ojos un instante antes de hacer un giro lento, como si hubiera ensayado el movimiento frente al espejo, y me preguntó cómo estaba.

—Muy bien —le dije. Y era verdad.

Tomamos asiento los tres. Serví el vino, Claudio abrió otra cerveza, y durante un buen rato hablamos con esa calma que tiene la conversación cuando todos saben adónde va pero nadie quiere llegar demasiado rápido. Hablé de Marcos y Clara, una pareja que había pasado por algo parecido unos meses antes, de cómo el miedo inicial se había convertido en algo que ambos recordaban con claridad y sin vergüenza. Valeria escuchaba con los codos en las rodillas, inclinada hacia adelante.

—¿Y si algo no funciona? —preguntó.

—Paramos. Sin drama, sin deudas. Nadie le debe nada a nadie esta noche.

Claudio asintió despacio. Valeria lo miró a él antes de seguir.

—Hay algo que quiero preguntarte, pero más adelante —me dijo—. Cuando esto ya haya salido bien.

—Cuando quieras —respondí—. Esta noche no hay agenda.

Se quedó más tranquila. Recostó la espalda en el sofá y cruzó las piernas.

***

Fue Valeria quien propuso poner la película. Habían descargado algo durante la tarde, un video de trío bien filmado, sin cortes bruscos. Lo pusimos en el televisor grande y nos acomodamos en el sofá, ella en el medio entre los dos.

Los primeros minutos los vimos con comentarios en voz baja, medio en broma, señalando situaciones absurdas de la pantalla. Eso también forma parte del proceso: el humor como válvula, como manera de acostumbrarse a estar los tres en el mismo sofá mirando lo mismo. Claudio ya iba por su quinta cerveza y su humor se había relajado de forma notoria.

Cuando la protagonista empezó a atender a los dos hombres al mismo tiempo, Valeria me apretó el muslo con los dedos. Yo puse mi mano sobre la de ella. Claudio le pasó el brazo por los hombros y comenzó a acariciarle el cuello con el pulgar, sin apartar los ojos de la pantalla.

Valeria cerró los ojos un momento.

Esto va a pasar de verdad, pensé. Y el pensamiento no me dio miedo. Me dio esa calma específica de lo que ya está decidido.

***

Valeria pidió ir al baño. Antes de levantarse me rozó la oreja con los labios y me susurró muy despacio que animara a Claudio, que él quería pero que necesitaba que alguien diera el primer paso. Que ella lo conocía.

Cuando se fue, Claudio y yo nos quedamos solos frente a la pantalla. Me corrí unos centímetros hacia él. Sin decir nada, tomé su mano izquierda y la puse sobre mi pierna. Él no la retiró. No me miró. Fijó los ojos en el televisor y apretó los dedos despacio, como alguien que toca algo por primera vez y quiere entender la textura antes de decidir qué le parece.

Decidió que le gustaba.

En menos de un minuto tenía los dedos alrededor de mí. Sus movimientos eran lentos, deliberados. Cuando le pregunté en voz baja si quería hacer más, tardó menos de cinco segundos.

—Sí —dijo, y se inclinó.

Lo hacía con algo de torpeza al principio, pero sin vacilar. Era la torpeza de quien nunca ha hecho algo pero lo ha pensado muchas veces. Desde el pasillo, Valeria nos miraba. Lo vi de reojo: estaba apoyada en el marco de la puerta con la mano dentro del vestido y los labios entreabiertos. Le hice una señal discreta con la cabeza. Esperó un poco más antes de volver.

Se acomodó en el sofá fingiendo que llegaba, sacó su copa de donde la había dejado y bebió un sorbo con calma. Después dijo:

—Pillín. Creés que no los vi.

Claudio levantó la vista con las orejas rojas.

—Entonces ya estamos parejos —respondí yo.

Valeria sonrió, dejó la copa en la mesita, y sin más preámbulos se pegó a mí con una determinación que no tenía veinte minutos antes. Claudio los miró un momento y después se sumó, y así empezó todo: sin señal de largada, sin protocolo, con esa naturalidad algo torpe y completamente honesta que tienen las cosas cuando funcionan.

***

Lo que siguió fue desordenado en la forma, pero tenía su propia lógica.

Valeria llevaba la iniciativa más de lo que yo hubiera esperado. Pedía con precisión, corregía sin disculparse, repartía su atención entre Claudio y yo sin perder el hilo. Nos movimos de la sala al dormitorio sin que nadie lo propusiera en voz alta. Una cosa llevó a la otra.

La acosté en la cama y le quité el vestido. Tenía la piel muy clara y una marca pequeña del sol en el hombro derecho. Me tomó de la nuca con las dos manos mientras le recorría el vientre con los labios. Claudio se acomodó a su lado, y durante un buen rato los dos la tuvimos entre nosotros: ella recibiendo y dando a la vez, moviéndose para estar con los dos al mismo tiempo, sin dejar que ninguno quedara afuera.

—Más —decía cuando algo le gustaba. Y lo decía sin pedir permiso.

Cuando entré en ella, Claudio estaba cerca de su cara. Ella lo tomó y siguió el ritmo que le marcaban los dos cuerpos a la vez. En algún punto dejó de haber separación entre las escenas: todo era continuo, todo se respondía.

Fue Valeria quien, en un momento de calma entre una cosa y la siguiente, dijo:

—Claudio. Trae la crema del cajón.

Me miró mientras él se levantaba de la cama.

—¿Le va a doler mucho? —preguntó en voz baja.

—Un poco al principio. Después no, si lo hacemos despacio.

—Hazlo bien —dijo. No era una petición.

***

Claudio volvió con el frasco. Nos acomodamos: él boca abajo, Valeria arrodillada a su lado, yo detrás. Empecé con las manos, sin apurar nada, dejando que su cuerpo entendiera que podía abrirse sin resistir. Claudio apretaba las sábanas con los puños pero no pedía que parara. Cuando empezó a soltar el aire en suspiros cortos e involuntarios, supe que la tensión había cedido.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Bien —dijo. Y sonó real, no como una respuesta de compromiso.

Valeria le acariciaba la espalda con la palma abierta. De vez en cuando me miraba por encima del hombro de él con una expresión que mezclaba ternura y algo que se parecía a la admiración, pero dirigida a su marido, no a mí.

—Qué lindo se ve así —susurró, para ella misma más que para nadie.

Claudio jadeaba con los ojos cerrados y la mejilla contra la almohada. Ya no había esfuerzo en él, ni resistencia. Solo el cuerpo respondiendo. Le pregunté si quería más. Asintió sin hablar.

Valeria se acomodó frente a él entonces. Desde ese ángulo, los tres formábamos una cadena donde cada uno sentía lo que el otro hacía: ella lo que él hacía, él lo que yo hacía, y nadie quería interrumpir el circuito. Claudio gemía entre los dos, suelto de una manera que no lo había visto en toda la noche, sin calcular nada.

Cuando acabé, Valeria fue la primera en reaccionar. Se abalanzó sin aviso, con toda la intención. Claudio tardó dos segundos y se sumó. Los dos competían y se empujaban y se reían, y esa risa fue probablemente lo mejor de la noche.

Era un juego. Eso era todo: un juego entre tres adultos que habían decidido, cada uno a su modo, ver qué había del otro lado del límite que siempre habían tenido en la cabeza.

***

Nos duchamos por turnos. Después nos sentamos en la cama con lo que quedaba del vino y hablamos casi una hora de cosas que no tenían nada que ver con lo que acabábamos de hacer.

Valeria me contó de una tía que vivía sola en otro barrio y que, según ella, aprovechaba el tiempo mejor que nadie. Había tenido varios amantes desde el divorcio, y Valeria le tenía una especie de admiración que no se animaba a llamar así, pero que era eso.

—Es muy libre —dijo—. Siempre lo fue.

Claudio me habló de su madre, Rosa, una mujer que había quedado viuda unos años atrás y que, a su juicio, todavía tenía mucho por vivir.

—Siempre la apoyé para que se diera sus oportunidades —dijo—. Pero ella es muy cerrada. Dice que ningún hombre la va a hacer feliz.

—Eso a veces cambia —le dije.

—Eso espero —respondió.

Valeria rellenó las copas. La noche se había vuelto quieta de ese modo que tiene el aire después de algo que salió bien.

En la puerta, antes de irme, Valeria me tomó del brazo.

—¿Lo repetimos? —preguntó.

Claudio asomó desde el pasillo con los brazos cruzados y la misma sonrisa ancha con que me había abierto la puerta horas antes.

—Cuando quieran —respondí. Y lo decía en serio.

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Comentarios (5)

CarlosKL

excelente!! muy bien contado

NataliaBR

Por favor la segunda parte, me quedé con ganas de saber como siguio todo...

Felix_Mendo

Me hizo acordar a algo que vivimos con mi pareja hace unos años jaja. Nostalgia pura.

Mirta_Salta

El titulo solo ya me vendió. No decepcionó para nada

RobertoLector

Hace tiempo que un relato en esta categoría no me atrapaba desde la primera linea. La tensión del principio es perfecta, se siente real sin ser exagerado. Espero que cuentes mas aventuras, muy bueno.

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