Una travesti de clóset y la tarde que no terminó
Llevar una doble vida tiene sus complicaciones, pero también tiene sus momentos de felicidad pura e irrepetible. Soy travestida de clóset desde hace más de veinte años. Vivo en Guadalajara, en un departamento propio al que llevo mi ropa especial guardada en una maleta que empujo hasta el fondo del armario antes de que llegue cualquier visita. Tengo cuarenta y siete años, un metro sesenta y tres de estatura, y según me han dicho —y según puedo verificar en el espejo— todavía conservo unas nalgas bastante decentes para mi edad. Complexión delgada, poca grasa. La piel de la zona trasera casi lampiña sin esfuerzo, algo que agradezco.
Nunca he tenido pareja formal. Nunca he vivido abiertamente como lo que soy. Trabajo de lunes a viernes, saludo a mis vecinos con normalidad, como en restaurantes sin que nadie me mire de manera extraña. Pero de vez en cuando, cuando la necesidad se vuelve demasiado concreta para ignorarla, me preparo, salgo y busco lo que necesito.
Llevaba semanas revisando perfiles en una de esas aplicaciones cuando apareció Marcos. Lo primero que noté fue que su foto no estaba recortada ni tomada desde un ángulo raro para ocultar algo. Treinta y cinco años, metro setenta y ocho, complexión atlética sin exagerar. En el perfil decía con claridad lo que buscaba y lo que ofrecía: paciencia, discreción, experiencia con chicas como yo. Y adjuntaba una segunda foto que dejaba poco a la imaginación. Buen tamaño, buena forma. Era todo lo que yo pedía y más.
Le escribí sin pensarlo demasiado. Me respondió al minuto.
La primera conversación fue cautelosa, como siempre tiene que ser. Eso es necesario. Los primeros mensajes sirven para verificar que la otra persona es real, que no hay trampa, que la intención es lo que parece. Después, si hay química, la conversación avanza sola.
Con Marcos hubo química desde el segundo día.
Me preguntó por mis preferencias sin ponerse vulgar desde el principio. Escuchó cuando le expliqué cómo me gustan las cosas: despacio, con atención, sin prisa. Le dije que lo que más valoro es que el hombre entienda que una travestida de clóset lleva mucho tiempo esperando ese momento, que no es algo casual sino algo que se preparó con cuidado y merece ser tratado en consecuencia. Me dijo que entendía perfectamente. Y lo dijo de una manera que me hizo creerle.
Conversamos durante tres días. Al tercero acordamos la cita: el domingo siguiente al mediodía, en su departamento en la colonia Americana. Cuarenta minutos de mi casa en camión.
***
El sábado por la noche no dormí bien. No era nerviosismo exactamente; era anticipación. Hay una diferencia importante entre las dos cosas. Los nervios te paralizan, te hacen dudar, te dan ganas de cancelar. La anticipación te mantiene despierta, te hace revisar la lista mental una y otra vez con una especie de placer ansioso.
Lista de la noche: condón texturizado, lubricante, toallitas húmedas, ropa adecuada para caminar por la calle sin llamar la atención pero que dejara al descubierto las ventajas que tengo. Ropa interior que a él no le importaría pero que a mí me importa ponerme, porque me hace sentir como quiero sentirme.
Me levanté temprano el domingo. Primero lo más importante: la preparación interior. Tomé el tiempo necesario para vaciarme bien, sin apuros. Nada de desayuno; solo agua. Ducha larga con agua caliente. Me depilé las piernas con calma aunque ya casi no tenía nada que depilar; la piel ya casi no necesita trabajo. Apliqué crema en las piernas, en las caderas, en la espalda baja. Me puse el perfume que guardo para estas ocasiones, el que huele a algo caro sin serlo.
Mientras me arreglaba frente al espejo le mandaba mensajes a Marcos. No mensajes vacíos de «ya casi llego», sino mensajes de verdad: le contaba lo que llevaba puesto, lo que pensaba cuando lo veía en las fotos, lo que iba a hacer cuando llegara a su puerta. Él respondía con frases cortas y precisas. No exageraba. No fingía más entusiasmo del que tenía. Eso me tranquilizó más que cualquier otra cosa que pudiera haberme dicho.
¿Por qué me tranquiliza que alguien no exagere? Quizás porque cuando una lleva años buscando aprende a reconocer cuándo algo es real y cuándo es teatro para conseguir lo que quieren.
Salí de casa a las once y veinte. El camión tardó más de lo habitual por el tráfico dominical, y yo miraba por la ventana sin ver de verdad lo que pasaba afuera. Cuarenta minutos que podían hacerse eternos o cortos, dependiendo del humor.
Ese domingo se hicieron cortos.
Cuando me bajé a media cuadra del edificio de Marcos, el corazón me latía con una fuerza que hacía días no sentía. No era miedo. Era exactamente lo contrario.
***
Toqué el intercomunicador del edificio una sola vez. Su voz salió sin demora:
—Sube, está abierto.
El ascensor tardó. Tercer piso. Caminé por el pasillo y llamé a su puerta con los nudillos.
Me la abrió él. Alto de verdad, como en las fotos. Con un short de tela oscura y una camiseta sin mangas. La misma cara tranquila de las fotos, sin la urgencia forzada que a veces tienen los hombres que llevan tiempo solos. Me miró de arriba abajo una vez, sin disimular, y sonrió.
—Qué bueno que llegaste puntual —dijo.
Pero entonces su expresión cambió ligeramente.
—Mira, te cuento algo: mi compañero de departamento me acaba de escribir. Salió temprano a llevar a su mamá al médico, dijo que tardaba unas tres horas. Pero eso fue hace una hora y pico. Tenemos tiempo, aunque quizás no tanto como pensábamos.
Miré mi reloj. Eran las doce y cuarto.
—¿Cuánto tiempo crees que tenemos? —pregunté.
—Hora y media. Dos si tenemos suerte.
Más que suficiente, si lo hacemos bien.
No era el plan original, pero era suficiente. Le había dedicado demasiado tiempo a este encuentro como para darlo por perdido por un contratiempo menor.
Saqué del bolso lo que había traído: el condón, el lubricante. Los puse sobre la pequeña mesa del pasillo con naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo, porque para mí lo era. Él lo miró y asintió sin decir nada.
Y me tomó de la cintura.
No con brusquedad. Con firmeza. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas y Marcos la conocía. Me jaló hacia él, me pasó las manos por los lados de las caderas, y cuando llegó a mis nalgas se detuvo ahí un momento, como apreciando lo que tenía entre las manos, antes de seguir.
Me incliné contra el respaldo del sofá. Él me bajó los jeans despacio, con las dos manos, sin apuros, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo aunque no lo teníamos. Se tomó el tiempo de acariciarme, de pasarme los pulgares por la espalda baja, de llegar a donde quería llegar de manera gradual. Cada movimiento era deliberado. No había nada aleatorio en lo que hacía.
Me puse el lubricante mientras él se ponía el condón. Me miró hacerlo sin decir nada, y en su silencio no había impaciencia sino algo que se parecía más al respeto.
Después vino lo que había esperado durante días.
Empezó despacio, como le había pedido. Primero poco, dejando que me acomodara. Después más. Después todo. Cuando lo tuve completamente adentro cerré los ojos y me quedé quieta un momento, solo sintiendo el peso de eso, antes de empezar a moverme.
No voy a describir cada detalle porque hay cosas que pierden algo cuando se escriben. Lo que sí puedo decir es que Marcos sabía exactamente lo que hacía. No se apuró. Preguntó una vez, en voz muy baja, si estaba bien, y cuando le dije que sí continuó. Sus manos no abandonaron mis caderas ni un momento. Su ritmo fue constante y generoso, sin esa tendencia que tienen algunos hombres de acelerar antes de tiempo pensando que es lo que una quiere.
No es lo que una quiere.
Durante un rato, que pudo haber sido veinte minutos o pudo haber sido cinco, no existía nada más. Ni el departamento compartido, ni el reloj, ni los cuarenta minutos de camión. Solo esto.
***
Llevábamos un buen rato cuando sonó su teléfono sobre la mesita del salón. Lo ignoró la primera vez. A la segunda, en la pantalla se veía el nombre claramente desde donde yo estaba: Sebastián.
Exhaló por la nariz.
—Un segundo —me dijo.
Respondió la llamada de espaldas a mí, en voz baja. Escuché fragmentos: «ya sé, sí... ¿cuánto tardas?... ah... ¿en serio?... está bien». Colgó y se giró hacia mí con una expresión que no necesitaba explicación.
—Dice que el médico lo atendió más rápido de lo esperado. Llega en diez minutos.
Diez minutos.
Hubo un momento de silencio entre los dos donde los dos calculamos la misma cosa al mismo tiempo. Él lo intentó; yo lo intenté. Pero la presión de saber que en cualquier momento podían sonar pasos en el pasillo cambió algo en el ambiente. El cuerpo escucha esas cosas aunque la cabeza quiera ignorarlas. Terminamos de manera apresurada, sin que ninguno de los dos llegara a donde quería llegar, y cuando sonó el interfón del edificio yo ya estaba en el baño recogiendo mis cosas.
Me arreglé en el espejo pequeño del baño. Me recompuse. Salí al pasillo justamente cuando Sebastián abría la puerta del departamento con sus llaves. Era joven, con cara de no haber dormido bien. Me miró con curiosidad casual.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí.
Y me fui escaleras abajo sin esperar el ascensor.
En la calle, el sol del mediodía era demasiado brillante para el estado de ánimo que traía. Tan cerca. Me fui a casa con ese sabor particular de las cosas que empezaron bien y no terminaron del todo. Una satisfacción a medias y una frustración completa, mezcladas en proporciones iguales.
Por eso no me gustan los departamentos compartidos. Siempre, siempre, hay alguien que regresa antes de lo que dijo.
***
Al día siguiente intenté no quedarme dándole vueltas al asunto. Revisé los mensajes pendientes en la aplicación y respondí a uno que llevaba días ahí, un hombre que había insistido varias veces. No era mi tipo ideal —sus fotos no eran tan claras como las de Marcos y sus mensajes tenían esa energía impaciente que no me convence— pero pensé que quizás el encuentro real fuera diferente. A veces pasa eso. A veces uno se sorprende para bien.
Me equivoqué completamente.
No tenía la paciencia de Marcos. No tenía su manera de tomarse el tiempo. Llegué a su domicilio todavía con la esperanza de resarcirme de la tarde anterior, y casi sin saludar me empujó contra la pared del pasillo con una fuerza que no había pedido. Intentó penetrarme de golpe, sin lubricante, sin preparación, de un solo movimiento. Me tensé de inmediato. No era lo que habíamos hablado. No era lo que le había dicho que me gustaba.
—Para —le dije—. Despacio.
—Así soy yo —respondió, como si eso fuera una explicación suficiente.
No lo era.
Hay hombres que confunden la intensidad con la brutalidad. La intensidad se construye entre dos personas que se leen mutuamente, que ajustan el ritmo, que prestan atención. La brutalidad llega sola, unilateral, y no aporta nada a nadie. Le repetí que no era lo que había pedido. No cambió. Me fui a los quince minutos, más frustrada que el día anterior, con la sensación de haber malgastado tiempo y esperanza en alguien que nunca iba a escuchar.
Esa tarde llegué a casa directo y no respondí ningún mensaje más de él.
***
Han pasado varias semanas desde esos dos encuentros. Sigo en la aplicación. Sigo revisando perfiles con la paciencia que aprendí a tener a lo largo de los años: descarto los que no tienen foto real, los que exageran en la descripción, los que responden demasiado rápido con demasiado entusiasmo. El filtrado lleva tiempo pero vale la pena. Una sola buena experiencia justifica meses de búsqueda.
Marcos me escribió dos días después de la interrupción. Se disculpó por lo de su compañero. Le dije que no tenía que disculparse, que no era culpa de nadie, que estas cosas pasan cuando alguien vive acompañado. Le pregunté si en algún momento tenía el departamento para él solo, sin compañero, sin visitas, sin interfones que suenen en el momento equivocado.
Me dijo que sí. Que su compañero a veces se va a visitar a sus papás por el fin de semana. Que me avisaría cuando eso pasara.
Eso fue hace un mes. Todavía estoy esperando ese mensaje.
Mientras tanto, sigo buscando. No pido mucho: un hombre que sepa lo que hace, que tenga la paciencia de construir el momento, que no tenga prisa por llegar al final antes de que la otra persona esté lista para llegar. Un hombre que entienda que para alguien como yo, que lleva años guardando esto hacia adentro, cada encuentro tiene un peso que él quizás no puede calcular del todo. Que lo trate en consecuencia.
No es tanto pedir. Solo hace falta el hombre correcto, el momento correcto y, sobre todo, un departamento para él solo.