Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que por fin lo dejé entrar

Esto que voy a contar sucedió hace unos doce años, en Puebla, cuando tenía treinta y dos. Lo guardo como un secreto que nunca podré compartir con nadie de mi entorno, pero que tampoco podría borrar aunque quisiera. Es de esas noches que uno sabe, mientras están ocurriendo, que van a quedar grabadas para siempre.

Llevaba casi ocho meses explorando las cabinas. Las encontré de casualidad una tarde de martes, cuando entré creyendo que eran locales de videojuegos y salí con el corazón acelerado y una certeza incómoda: quería volver. Y volví. Una vez, dos, diez. Fui aprendiendo los códigos, las señales, los silencios que significan cosas. Me fui animando de a poco.

Para entonces ya había tenido en mis manos y en mi boca diferentes tipos de penes —algunos delgados, otros gruesos, algunos con prepucio y otros sin él, algunos curvos, otros completamente rectos—. Los había chupado, lamido, sostenido. Me había acostumbrado a ese placer que durante años me negué a reconocer, que guardaba en un cajón mental sellado con doble llave. Pero siempre me detuve en el mismo punto.

Quería que me penetraran. Lo sabía con una claridad que me perturbaba, que me aparecía en los momentos más inoportunos: en el trabajo, mientras comía, mientras mi esposa hablaba de algo que yo ya no escuchaba del todo. Lo deseaba y no me animaba. Cada vez que estaba cerca de pedirlo, algo me frenaba. El miedo al dolor, supongo, aunque también había algo más difuso: el miedo a no poder seguir diciéndome que era solo curiosidad.

Esa noche de octubre todo cambió.

Mi esposa había salido a cenar con unas amigas y yo estaba solo en casa. Abrí una aplicación que usaba a veces para chatear, con un perfil sin foto y un nombre inventado. A los pocos minutos me escribió alguien que se presentó como Rodrigo. Treinta y siete años, contador, vivía solo. Activo, decía su perfil. Sin complicaciones. Su ubicación estaba a cuatro kilómetros de la mía.

Charlamos unos veinte minutos. Fue directo sin ser brusco. Me preguntó qué quería. Y yo, no sé por qué esa noche fue diferente, le dije la verdad: que quería que me cogieran, que nunca lo había hecho, que llevaba meses pensando en eso sin atreverme. Hubo un silencio de tres minutos —lo vi, estaba viendo la pantalla— y luego apareció su respuesta: «Ven. Yo te enseño».

Eran las nueve y cuarto de la noche.

***

Me estacioné frente a su edificio con las manos ligeramente temblorosas sobre el volante. Me quedé ahí sin moverme, mirando la puerta de entrada, con el motor apagado. Todavía puedo irme, pensé. Pero ya sabía que no me iba a ir. Llevaba demasiado tiempo postergando esto.

Subí al tercer piso. El departamento era pequeño y ordenado: una sala casi vacía, una cama visible desde la entrada, una cocina pegada a la pared del fondo. No había cuadros ni adornos. El tipo de lugar en el que alguien vive solo hace mucho tiempo y ha dejado de intentar que parezca otra cosa.

Rodrigo era más delgado de lo que me había imaginado, pero tenía una presencia que se sentía de inmediato: espalda ancha, pecho con vello oscuro que asomaba por el cuello de la camiseta, barba de varios días y los ojos tranquilos de alguien que no tiene prisa. Medía tal vez un metro sesenta y ocho. Llevaba pantalón de ejercicio y no calzaba nada. Me miró sin apuro cuando abrió la puerta y me hizo pasar con un gesto natural, como si me conociera.

Nos sentamos en el borde de la cama. Hubo un momento de silencio que no fue incómodo pero sí denso. Después él se inclinó hacia mí y me besó.

Nunca había besado a un hombre en los labios. No en las cabinas, donde todo era más urgente y menos personal. Ese beso fue otra cosa: suave al principio, después más firme, con una presión que fue creciendo despacio. Yo me quedé rígido unos segundos, sin saber bien qué hacer con las manos, antes de soltar el aire y corresponderle. Sentí su barba contra mi cara, el calor de su aliento. Esto es lo que quería desde hace meses, pensé, y algo en mí se relajó de golpe.

Se desvistió con calma y me ayudó a quitarme la ropa. No había apuro en ninguno de los dos. Él miraba mi cuerpo como si estuviera leyendo algo con paciencia, y yo hacía lo mismo con el suyo. Era delgado, con el vientre plano y los muslos fuertes. Su verga estaba ya a medio levantar, gruesa y recta, y cuando la tomé en la mano sentí el pulso en ella.

—Chúpamela —dijo simplemente.

Lo hice con ganas, con la misma técnica que había ido afinando en los últimos meses. Era más larga que la mayoría que había tenido en la boca —dieciséis, diecisiete centímetros— y estaba completamente dura al poco tiempo. La trabajé despacio, sin apuro, sintiendo el peso en la lengua, escuchando cómo su respiración iba cambiando de ritmo. Me gustaba ese sonido. Me gustaba saber que era yo quien lo producía.

Después de un rato me jaló suavemente hacia él y me acomodó boca arriba. Se puso sobre mí al revés, con su verga frente a mi boca y su boca frente a mi verga, y empezó a chupármela mientras yo seguía haciéndole lo mismo.

Fue una sensación que no había tenido antes: alguien haciéndome eso mientras yo lo hacía, el calor doble, la imposibilidad de concentrarme en una sola cosa. Me perdí en eso. Estaba tan metido en lo que sentía que casi no escuché cuando él paró.

—Esperá, esperá. Para un momento —dijo, con la voz un poco ronca.

Paré.

—Si seguís así me vengo —explicó—. ¿Querés que te la meta?

El corazón me saltó. Pero esta vez no dudé.

—Sí —respondí.

—¿Cómo te ponés?

—No sé. Es la primera vez.

Me miró un momento. No con sorpresa ni con condescendencia. Solo asintió.

—Boca abajo. Separá las piernas.

***

Me acomodé sobre el colchón y escuché el sonido de un cajón abriendo. Luego el frío del lubricante en el lugar donde nunca nadie me había tocado así. Rodrigo lo aplicó despacio, con cuidado, sin urgencia, dándome tiempo para acostumbrarme a la sensación. No dolía. Era extraño y tibio y yo apretaba la almohada sin darme cuenta.

Se subió encima de mí. Sentí su peso distribuido a los lados de mis caderas y la temperatura de su cuerpo contra mi espalda. Frotó su verga entre mis nalgas durante un momento, despacio, sin empujar todavía, como midiendo algo, dándome tiempo. Me tensé sin querer.

—Relajate —dijo en voz baja.

Respiré hondo. Solté los hombros deliberadamente. Solté también algo que llevaba dentro que no sabía bien cómo llamar.

Colocó la punta en mi entrada y empujó con calma, con una presión sostenida que no dolió como yo esperaba que doliera. Había escuchado y leído que la primera vez era insoportable, que había que aguantar, que costaba mucho. No fue así. Hubo una presión intensa, una sensación de apertura nueva y rara y al mismo tiempo no desagradable, y sentí cómo avanzaba hacia adentro, centímetro a centímetro.

Se detuvo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije, y me sorprendí de que era verdad.

Empezó a moverse. Despacio al principio, con movimientos cortos que fueron haciéndose más largos a medida que mi cuerpo se acostumbraba. Yo tenía la frente apoyada en la almohada y los puños cerrados contra el colchón y no sabía qué hacer con todo lo que sentía. No era solo físico. Era también la suma de meses de querer esto y no atreverse, de postergarlo una y otra noche, de convencerme de que no era para mí o de que ya habría tiempo. Y ahora estaba pasando.

—¿Ya entró? —pregunté, porque no podía creerlo del todo.

—Entera —dijo—. Disfrutalo.

Fueron varios minutos. Fui soltando los puños. Fui dejando que el cuerpo respondiera solo, sin interferir con el pensamiento. En algún momento dejé de preguntarme si lo estaba haciendo bien y simplemente estuve ahí, recibiendo sus movimientos, sintiendo su peso encima, escuchando los sonidos que hacíamos los dos en ese departamento silencioso.

Fue entonces cuando lo recordé.

—¿Te pusiste condón? —pregunté.

Se detuvo.

—No. Se me terminaron.

Me quedé un instante sin responder. Después dije:

—Entonces terminá afuera.

No hubo discusión ni drama. Continuó un par de minutos más y después lo sacó. Escuché cómo se masturbaba sobre mí y luego sentí el calor de su semen cayendo sobre mi espalda, en dos o tres oleadas. Nos quedamos quietos unos segundos. Después buscó algo para limpiarme y me limpió sin decir nada, con una calma que me pareció casi amable.

Nos vestimos. Nos dimos la mano en la puerta, casi con formalidad, como si acabáramos de cerrar un trato. Dije algo, él dijo algo. No recuerdo bien qué. Bajé las escaleras y salí a la calle a las once menos cuarto de la noche.

***

Cuando llegué al coche sonó mi teléfono. Era mi esposa.

—¿Tardás mucho? —preguntó.

—Ya voy para allá —dije.

Hice el camino a casa en silencio, sin música, con la ventanilla un poco baja. El aire de la noche entraba frío y yo lo dejaba. No sentía culpa, todavía no. Sentía algo más parecido al asombro: había cruzado un umbral que llevaba meses postergando y estaba del otro lado, entero, con el corazón todavía acelerado.

Llegué, me duché, me acosté a su lado. Ella dormía. Me quedé mirando el techo con los ojos abiertos mientras la oscuridad del cuarto iba volviéndose familiar.

En la madrugada me desperté con una erección firme y persistente. Mi esposa estaba boca abajo a mi lado. La besé en el cuello, le corrí la ropa hacia un lado y me metí adentro de ella mientras tenía los ojos cerrados y en la cabeza la imagen de Rodrigo moviéndose despacio sobre mí. Fue intenso y rápido. Descargué todo lo que me quedaba y después me volví a dormir.

***

A Rodrigo nunca lo volví a ver. Busqué su perfil en la aplicación un par de veces pero había desaparecido. Tal vez borró la cuenta. Tal vez cambió de ciudad. No lo sé y ya no importa.

Lo que sí sé es que después de esa noche en Puebla, todo lo que había estado conteniendo durante años comenzó a fluir de otra manera. No de golpe. Despacio, como agua que encuentra por fin su cauce. Vinieron otros encuentros, otras noches, otras puertas que fui abriendo de a una.

Pero esa fue la primera, y por eso la recuerdo con una claridad que ninguna otra tiene. Por eso la cuento ahora, doce años después, como si hubiera sido ayer.

Valora este relato

Comentarios (4)

SantiCba88

que relato... gracias por animarte a contarlo, no es facil

Romina_ok

y asi termina?? necesito saber que paso despues!! por favor otra parte

Ceci_BA

Me recuerda a una situacion que yo tambien viví y jamas le conté a nadie. Me alegra que haya gente que se anime a poner esto en palabras

NocturnoLector

Las confesiones así son las mejores porque se notan verdaderas. Seguí escribiendo, tenés mucho para contar

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.