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Relatos Ardientes

La primera vez de mi vecino con un hombre

La nueva casa me daba lo que la anterior nunca tuvo: silencio y privacidad real. Planta baja al fondo de un pasillo, sin vecinos inmediatos, con una ventana que daba a un patio interior sin tránsito. Lo primero que hice fue volver a armar el ropero: la ropa femenina que guardaba en cajas desde la mudanza anterior, ordenada ahora en perchas y cajones separados. Corpiños, tangas, vestidos entallados, medias con costuras.

Esa libertad me animó a ir más lejos de lo que había ido antes. Empecé a sacarme fotos con el espejo del baño, a editarlas, a organizarlas en carpetas. En pocos meses tenía más de doscientas imágenes: en lencería, con vestidos, con calzas, con distintas combinaciones que iba armando según el humor del día. Era un mundo completamente mío, sin testigos y sin explicaciones.

Mi pareja de ese entonces tenía su propio departamento a diez cuadras. Habíamos acordado una rutina que a los dos nos funcionaba: martes, jueves y sábados yo dormía en su casa; el resto de los días, cada uno en la suya. Pocas llamadas, pocos mensajes, sin dramas ni reclamos. Esa distancia, que a cualquiera le hubiera parecido fría, a mí me daba exactamente lo que necesitaba: tiempo sin rendir cuentas, sin tener que explicar a dónde iba ni cómo volvía.

Un sábado por la mañana sonó el timbre. Roberto vivía en el departamento del fondo del pasillo opuesto, en la misma planta. Lo había cruzado dos o tres veces en el corredor: un hombre mayor, canas bien peinadas, camisa abotonada incluso en los días de más calor. Me dijo que el lavarropas no le centrifugaba bien desde hacía una semana y que la panadera del barrio le había dicho que yo sabía de esas cosas. No sé cómo llegó esa información, porque llevaba menos de un año en el edificio. Pero no lo aclaré.

Le dije que en media hora pasaba.

***

Volví adentro y me quedé un momento parado frente al ropero abierto. Hacía calor, eso era real. Un pantalón corto y remera eran más que suficientes para el trabajo. Pero debajo elegiría la tanga roja que había comprado esa semana y que todavía no había estrenado. El plan era simple: en algún momento, al tirarme al piso o al inclinarme sobre la máquina, el pantalón o la remera me iban a delatar. Solo tenía que dejar que pasara.

Roberto me hizo pasar al cuarto de servicio donde tenía el lavarropas. La máquina era de carga superior, vieja, con el tambor que hacía un ruido seco al girar. Él se quedó de pie en el vano de la puerta mientras yo revisaba, hablando de cosas sin importancia: el edificio, el calor de ese año, el precio de la luz. Era un hombre de pocas palabras, o al menos de palabras medidas.

Para llegar a los mecanismos del fondo tenía que volcar el torso hacia adentro de la máquina. La remera se me subió. El pantalón, suelto y bajo de cintura, bajó un poco con el movimiento. No hice nada para corregirlo. Me quedé así, con el peso del cuerpo apoyado sobre el borde, hasta que escuché que Roberto salía del cuarto sin decir nada.

Volvió con dos vasos de naranjada y los apoyó en el estante de al lado.

—Tomá. El calor acá adentro es bravo —dijo.

—Mejor termino primero. Si empiezo a tomar, la máquina no arranca nunca.

—Un sorbo no te mata. Después seguís.

Me incorporé, me limpié las manos en el pantalón y tomé el vaso. Él se apoyó en el marco de la puerta. No dijo nada sobre lo que había visto, pero tampoco miraba exactamente a los ojos.

***

Estuvimos un rato charlando ahí adentro. Roberto me contó poco sobre sí mismo: que vivía solo desde hacía años, que había llegado de Portugal de chico con su familia, que no le quedaba nadie cercano en la ciudad. Lo decía sin amargura, solo como un hecho establecido. Yo le conté algo sobre mi trabajo, sin entrar en detalles, y él escuchaba con esa calma de quien tiene el tiempo que le sobra y no lo gasta mal.

Volví al lavarropas. Esta vez me tiré directamente al piso para revisar la parte trasera de la máquina. Con el cuerpo estirado y la remera subida, el elástico rojo de la tanga quedaba completamente a la vista. Estuve así varios minutos, haciendo lo que había que hacer, sin apurarme. Cuando me levanté y fui a apoyarme en la pared para limpiarme las manos, encontré que él me miraba sin disimular demasiado.

—¿Seguimos en casa? —preguntó—. Acá adentro sofoca.

***

Su departamento estaba en penumbra: persianas bajas, ventilador encendido, fresco artificial que se agradecía después del calor del cuarto de servicio. Me invitó a sentarme en el sofá mientras él traía más naranjada. Al acomodarme, la remera se corrió un momento y el encaje del corpiño quedó visible por un segundo. Él lo vio. No dijo nada, sirvió los vasos y se sentó en el sillón de enfrente.

Durante un rato hablamos de cosas sin importancia. El barrio, el verano, si el edificio había tenido problemas con la humedad. En algún momento él se sacó la camisa y comentó que el calor era insoportable. Me invitó a ponerme más cómodo.

—Gracias, estoy bien —le respondí.

Hubo una pausa. Uno de esos silencios que no son incómodos sino cargados, que ocupan el espacio de la habitación sin que nadie los invite.

—¿Qué es eso que se ve? —preguntó finalmente, señalando con la cabeza hacia mi torso.

—¿Dónde?

—Ahí, bajo la remera.

Tomé un sorbo del vaso antes de responder.

—La ropa interior de hombre nunca me resultó cómoda —dije—. Desde hace años uso la de mujer. Me resulta mejor.

Silencio.

—¿Ropa de mujer?

—Sí. Y ya.

—¿Cómo te queda? —preguntó, con la voz un poco más baja que antes.

Lo miré entonces. Tenía las manos apoyadas en las rodillas y la cara seria, pero en los ojos había algo que no correspondía con esa seriedad.

—¿Querés ver? —le pregunté.

No respondió. Pero tampoco apartó la mirada.

Me puse de pie despacio y me saqué la remera. Roberto clavó la vista en el corpiño, negro con encaje en los bordes, ajustado al pecho. Permanecí quieto un momento, dejando que mirara sin interrumpir.

—Te queda bien —dijo en voz baja—. ¿Y abajo también?

No respondí. Dejé caer el pantalón.

La tanga roja. Él la miró. Luego me miró a los ojos. Luego volvió a mirarla.

Me acerqué despacio, sin apurarme. Cuando estuve a un paso, extendió la mano y me tocó la cadera, primero apenas, como si necesitara confirmar que era real. Sus dedos siguieron el encaje del elástico hacia atrás, sobre las nalgas. Respiraba con más trabajo del habitual y tenía los ojos fijos en mí con una intensidad que no intentaba disimular.

—Es la primera vez que hago algo así —dijo, en voz muy baja.

—Lo sé —le respondí.

No era un reproche ni una advertencia. Era simplemente verdad, y los dos lo sabíamos.

***

Me guió hasta el pasillo, donde había un espejo grande apoyado contra la pared. Me hizo quedarme de pie frente a él y se colocó detrás. Me levantó un poco el corpiño y bajó la boca hasta uno de los pezones. Sus manos me recorrían las caderas, las nalgas, los muslos, con una calma que era más curiosidad que urgencia.

Mis manos encontraron su cinturón. Lo desabroché despacio, bajé el pantalón y la ropa interior. Tenía una erección firme, tensa contra el abdomen. Me arrodillé frente a él.

Lo tomé en la boca con calma, sin apuro. Él apoyó una mano en el espejo y la otra en mi hombro, sin empujar, solo sosteniéndose. Empecé despacio, dejando que se acostumbrara a la sensación, y fui acelerando gradualmente. En el reflejo podía verme de espaldas, con la tanga roja, arrodillado frente a él.

—Dios mío —murmuró.

Lo acerqué más, tomándolo de las nalgas con las dos manos, hasta que su erección llegó al fondo de mi garganta. Él exhaló un sonido que no fue exactamente un gemido sino algo más contenido, más sincero. Su mano se tensó sobre mi hombro y su respiración se aceleró.

—Para —dijo, con urgencia—. Un segundo.

Lo miré desde abajo sin moverme.

—No pares —dijo enseguida, contradiciéndose.

Aceleré. Él se aferró al espejo con las dos manos. En menos de un minuto sentí el calor en la lengua, el pulso rítmico, el sabor. Lo sostuve hasta que él se quedó completamente quieto.

Se apartó un poco, respirando fuerte, con la espalda contra el espejo.

—Nunca me habían hecho eso así —dijo, después de un momento—. Nadie.

—¿Nunca con un hombre?

—Con nadie. No así.

Me puse de pie, acomodé la tanga y recogí la remera del suelo. Él se subió el pantalón en silencio. Volvimos al sofá y terminamos la naranjada, hablando de cosas sin importancia durante un rato más, como si nada hubiera pasado o como si lo que había pasado fuera completamente normal y no requiriera análisis.

Antes de irme le dejé el número de mi celular.

***

Esa noche, ya en mi apartamento, le mandé un mensaje corto: que lo había pasado bien, que no había ninguna presión. Sé que eso ayuda. Los hombres como Roberto necesitan saber que no van a ser juzgados, que no van a recibir llamadas incómodas a las dos de la mañana, que lo que pasa entre dos personas puede quedarse exactamente donde ocurrió, sin consecuencias ni expectativas que los asusten.

Una semana después me escribió. Quería saber si podía pasar esa tarde.

Pasé.

Esa vez no hubo excusa del lavarropas ni de ningún arreglo pendiente. Me llevó directo al dormitorio. Había dejado la persiana a medias, la luz filtrándose en franjas diagonales sobre la cama. Tenía un vibrador que me dijo que había usado con mujeres, antes. Lo usamos los dos con bastante entusiasmo y muy poca vergüenza.

***

La relación con Roberto siguió durante casi un año. No con continuidad ni con ningún tipo de compromiso formal: él desaparecía semanas enteras, a veces un mes, y yo sabía que era el miedo el que lo alejaba. Miedo a que lo vieran, a que alguien en el edificio notara algo, a lo que significaría para sí mismo que un hombre pudiera llevarlo a ese límite.

Cuando volvía, nunca mencionaba el tiempo que había pasado entre medio. Simplemente aparecía un mensaje en el celular: «¿Estás?». Y yo respondía que sí.

Llegamos a vernos dos veces por semana en los mejores momentos. Me decía que yo era la única persona con la que hacía esto. No sé si era verdad, y en el fondo tampoco me importaba saberlo. Lo que sí observé es que aprendió rápido a pedir lo que quería, con más precisión de la que uno esperaría en alguien que «nunca había hecho nada así».

Lo que sí era cierto, y se notaba, es que le gustaba mirarme. Había algo en su forma de quedarse quieto, observando, antes de moverse. Le gustaba que me pusiera ropa interior frente a él, que me vistiera despacio, que me mirara en el espejo mientras lo hacía. Eso lo excitaba más que cualquier otra cosa, y yo se lo daba sin que tuviera que pedirlo.

Nunca habló de Portugal ni de por qué había salido tan joven. Había algo en ese silencio que aprendí a no tocar. Cada persona tiene sus paredes, y no todas están ahí para ser derrumbadas.

La última vez que lo vi fue un martes a media tarde. No lo supe en ese momento, claro. Los finales de ese tipo no se anuncian. Pasé un tiempo esperando el mensaje que nunca llegó, vi luz bajo su puerta en un par de ocasiones. Supuse que estaba bien. A veces el silencio no es una respuesta sino una decisión, y eso también se respeta.

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Comentarios (4)

Facu_Granda

Buenisimo!!! La tension de ese momento me tuvo al borde del asiento. Ojalá haya segunda parte

Inquieto68

que manera de construir la tension, yo esperaba junto con el protagonista que pasara algo. muy bien narrado

CarlosM84

me rei con el detalle de la tanga roja jajaja pero despues me engancho de verdad. buen relato

NicolasLP_22

Lei de un tirón y quedé con ganas de mas. Cuando hay continuación??

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