La confesión del amante que volvió
Creí que aquel beso en el pueblo era lo único que tendría de él, hasta que volvió a mirarme como si los años no hubieran pasado.
Creí que aquel beso en el pueblo era lo único que tendría de él, hasta que volvió a mirarme como si los años no hubieran pasado.
Me masturbé en la ducha pensando en su regreso, pero no imaginé lo que haría conmigo apenas cerráramos la puerta del hotel.
La primera vez que Lucía cerró la puerta de aquel cuarto, creyó que por fin estaba eligiendo sola. Se equivocaba.
Diego dormía boca abajo. Yo miraba el techo con la mano entre las piernas, y en la cabeza volvía aquella noche en la trastienda del bar de Rocco.
Todavía recuerdo cómo me miró antes de bajarse de la cama y decirme en voz baja que todo su cuerpo, esa noche, era para mí.
Cuando la vi otra vez en el pueblo, su mirada duró un segundo de más y entendí que no había vuelto para saludar.
Cerraron las puertas de la torre para hablar, pero cuando sus manos se tocaron, la tensión dejó de ser política y se volvió una necesidad imposible de frenar.
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
Cuando me abrió la puerta y me hizo pasar, supe que aquella fantasía vieja seguía viva y que esta vez no pensaba salir corriendo.
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Creí que el dolor me había apagado para siempre, hasta que una noche alguien me miró como si todavía quedara algo vivo en mí.
Fui a pedirle ayuda por una llave rota y terminé descubriendo cómo se siente que un hombre experimentado te quite el aire y la vergüenza.
Ella me miró como si aún me conociera por dentro, y tuve que fingir frialdad mientras mi cuerpo entero recordaba sus manos.
Cuando vi a Daniel sirviendo café con esa sonrisa tranquila, recordé exactamente por qué había jurado no volver a buscarlo.
Han pasado años, Mariana, y todavía te pienso mientras me toco en la oscuridad. Esta es la confesión que nunca vas a leer y la fantasía que no puedo dejar de repetirme.
No estaba lista para que me penetrara, pero cuando le bajé el cierre y lo vi duro frente a mí, supe que esa tarde iba a cruzar otro límite.
Todo empezó en la escalera, con preguntas demasiado íntimas y una curiosidad que pronto se convirtió en pura calentura.
Eran las tres de la madrugada y yo no podía dejar de mirarte dormir. Quería tocarte, pero sabía que te dolía. Así que se me ocurrió otra cosa.
Hacía cinco años que no lo veía. Bastó que gritara mi nombre entre los aparadores para que el cosquilleo de aquella tarde regresara intacto.
Tenía treinta y cuatro años, dos rupturas a la espalda y la certeza de que, si no me iba, terminaría apagándome en una oficina. Así que me fui.