El verano que dormí en la cama de mi tía
Dormíamos en la misma cama por falta de espacio, yo con dieciocho años y demasiadas hormonas. Lo que pasó esa madrugada marcó todos los veranos que vinieron después.
Dormíamos en la misma cama por falta de espacio, yo con dieciocho años y demasiadas hormonas. Lo que pasó esa madrugada marcó todos los veranos que vinieron después.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.
Acepté subir solo a buscar el bolso de una amiga. Cuando se giró con el torso desnudo y aquella toalla en la mano, supe que no iba a volver a bajar igual.
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Me gusta provocar, lo admito. Pero esa mañana, cuando los subí a la camioneta sin nada bajo la calza, supe que el fin de semana se me iría de las manos.
Nunca pensé que aquel defensor gigante al que mi padre insultaba desde la tribuna terminaría compartiendo conmigo la noche más intensa de mi vida.
Levanté la mirada hacia la profesora que todos temían y se me heló la sangre: era ella, la mujer con la que me había masturbado por cámara durante dos años.
Llevábamos meses juntos cuando me atreví a decirle, con su sexo aún en mi mano, que jamás había deseado tanto a un hombre que entendiera el placer.
Le pedía que subiera tal como estaba, con la camiseta colgada del hombro y el olor del trabajo en la piel. Nunca le conté que era a él a quien más extrañaría.
Aburrida frente al televisor, sola en una cama demasiado grande, cerró los ojos y dejó que su mano hiciera lo que llevaba dos años sin permitirse.
La reconocí entre las góndolas del supermercado: más llena, más segura, con esa mirada de quien todavía recuerda lo que pasó entre nosotros en aquella aula vacía.
Habían pasado meses desde la ruptura cuando su nombre iluminó la pantalla del móvil. Necesitaba pedirme algo, y por su tono supe que no sería nada sencillo.
Llevaba años cargando con aquel secreto. Esa madrugada, entre tequilas y luces de neón, Carla me pidió la única historia que jamás me atreví a contar.
Llevaba años fingiendo con mi novio. Esa noche, al otro lado del bar, estaba el único hombre que de verdad sabía lo que mi cuerpo había estado pidiendo.
Apoyaste los pies en el salpicadero, me sonreíste, y supe que aquel viaje de carretera no iba a terminar en el supermercado como habíamos planeado.
Llevaba noventa noches despertándome con su nombre en los labios. Cuando lo vi cruzar la pista de aquella discoteca, supe que esta vez no me iría sin él.
Hacía más de cuatro años que no la veía. Reservé una localidad para su obra sin sospechar lo que pasaría después, ya de madrugada, en mi casa.
Metí la cabeza por el costado de la cascada esperando una cueva vacía. Lo que encontré ahí dentro me cambió la tarde entera.
Apreté las piernas alrededor de su cintura justo cuando se corría. No fue casualidad: yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo quería.
Hacía años que ningún hombre me miraba como él desde el balcón de al lado, y esa tarde descubrí que yo tampoco quería dejar de ser mirada.