Mi ex quiso quedarse a dormir tras los fuegos
Habíamos quedado para tomar algo sin más, como dos personas que se llevan bien. Lo que no esperaba era cómo terminaría esa noche de fiesta.
Habíamos quedado para tomar algo sin más, como dos personas que se llevan bien. Lo que no esperaba era cómo terminaría esa noche de fiesta.
Su madre iba a misa los miércoles por la tarde, y ese hueco de media hora se convirtió en el secreto mejor guardado de toda la oficina.
Eran las tres de la mañana, ella se acurrucó más fuerte contra mí y mi mano encontró su piel. No había prisa, solo nosotros dos y el silencio de la ciudad dormida.
Trabajaba mientras la ciudad dormía encerrada, y el único momento mío era ese vagón vacío. Hasta que él dejó de pedirme el permiso y empezó a pedirme otra cosa.
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
No recuerdo sus nombres, pero llevo años sin poder olvidar sus caras. Ni sus cuerpos. Y sobre todo no me perdono haber disfrutado tanto de aquella noche.
Aquella mañana salí a pedalear todavía caliente por la noche anterior. No imaginé que me detendría en la ruta a buscar exactamente lo que me faltaba.
Nadie sospecha de la mujer respetable que finjo ser de día. Solo tú sabes lo que susurro cuando volvemos a quedar a solas, copa en mano.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Me depilé entera, me puse la peluca rubia y crucé la provincia con la mochila llena de ilusiones. Lo que no llevaba era el corazón blindado, y ese fue mi error.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Siempre jugábamos a ser novias delante de todos, hasta que el calor, el río y unas cervezas borraron la línea entre el juego y lo que de verdad queríamos.
Me lo pedías en susurros, conteniendo la respiración mientras yo buscaba el lubricante. Y nunca te dije que yo esperaba esa madrugada tanto como tú.
Llevaba veinte años casada con un hombre que rezaba antes de cada comida. Esa tarde, bajo el árbol del parque, me confesó a quién extrañaba de verdad.
Me puse el vestido vino que él había elegido, respiré hondo y entendí que esa noche sería el verdadero regalo: sentirme, por fin, la mujer que siempre fui.
Llevaba cinco años acostándome con hombres y, de rodillas otra vez, hice la cuenta exacta de cuántos habían pasado por mi boca. Esa noche entendí que algo se había roto.
Le prometí que esta vez sería distinta. Lo cumplí durante exactamente tres semanas, hasta que el portero del bar llegó una hora antes de lo habitual.
Me miro en el espejo con el liguero y las medias de rejilla, y sonrío: perdí la apuesta y sé exactamente lo que él va a pedirme esta tarde.