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Relatos Ardientes

La petición que no me atreví a rechazar

La parte de mí que siempre mantuve en silencio era también la más honesta. La bisexualidad no es algo que pese cuando uno la acepta, pero sí algo que se aprende a medir: con quién hablar, cuándo, cuánto. Con algunos amigos lo fui contando con el tiempo. Con Luciana, desde el primer mes.

Ella lo tomó con esa calma que tienen las personas que no necesitan convertir todo en un debate. No hizo preguntas innecesarias, no fingió que entendía algo que en realidad no entendía del todo. Solo escuchó, asintió y dijo que eso no cambiaba nada entre nosotros. Y nunca lo cambió.

Lo que sí fue cambiando, con el tiempo, fue su curiosidad.

Trabajo como kinesiólogo y tengo un consultorio en casa. Entre mis clientes hay hombres que vienen con una contractura en los lumbares y se van habiendo pasado el doble del tiempo acordado. No pasa siempre, y no pasa con todos. Pero pasa. Y cuando yo le contaba esos encuentros a Luciana, ella escuchaba de una manera distinta a como escuchaba el resto de mis historias: con los ojos más abiertos, la respiración un poco más corta, sin interrumpirme.

Un martes a la noche, mientras cenábamos, lo dijo sin preámbulo.

—Quiero verlo alguna vez.

—¿Ver qué?

—Lo que me contás. A vos con otro hombre.

Lo dijo con calma, como si fuera la conclusión lógica de algo que venía pensando hacía tiempo. Y en parte lo era. Llevábamos semanas rondando la idea sin ponerle nombre.

La propuesta me gustó más de lo que esperaba. No era el exhibicionismo lo que me movía, sino algo más específico: que ella pudiera ver esa parte de mí que hasta entonces solo existía en palabras. Que no tuviera que imaginarlo.

El problema era encontrar a la persona adecuada. Mis clientes son reservados, muchos tienen sus propias complicaciones, y no todos estarían dispuestos a sumar a una mujer en la ecuación. Pero me acordé de Rodrigo.

Rodrigo tenía treinta y dos años, era instructor de natación en un club privado del barrio y tenía el cuerpo que eso implica: los hombros amplios, la espalda marcada, ese tipo de forma física que no viene del gimnasio sino del agua. Llevábamos varios meses encontrándonos en mis sesiones, había entre nosotros una comodidad que no necesitaba demasiadas palabras, y yo sabía que no era la primera vez que él participaba en algo así. Eso lo hacía diferente a los demás.

Lo llamé un jueves a la tarde y le conté la situación sin rodeos. Hubo un silencio breve.

—¿Ella va a participar o solo a ver? —preguntó.

—Las dos cosas, me parece.

—Bien. ¿Cuándo?

Quedamos para el sábado siguiente. Rodrigo llegaría una hora antes que Luciana, para hablar de lo que habría y lo que no. Estas conversaciones previas son las que hacen que todo funcione.

***

Llegó puntual, con unos pantalones de training y una remera ceñida. Había algo en su manera de moverse que siempre me había llamado la atención: sin prisa, con una seguridad que no era arrogancia sino simplemente comodidad en su propio cuerpo. La clase de tranquilidad que te da pasar horas en el agua.

Nos sentamos en el consultorio con una cerveza cada uno y hablamos con franqueza. Él no quería penetración con otro hombre, y a mí tampoco me interesaba esa dinámica. El resto quedaba abierto. No habría que forzar nada, y si en algún momento alguien quería parar, se paraba sin explicaciones.

Mientras preparaba el piso del consultorio con colchonetas y almohadones, Rodrigo me ayudó corriendo la camilla hacia un costado. La habitación quedó amplia, con la luz baja y ese olor a aceite de lavanda que siempre queda después de una jornada de trabajo. Era un espacio que los dos conocíamos bien, aunque nunca lo habíamos usado así.

Luciana llegó cuarenta minutos después.

Entró con unos jeans ajustados y una blusa de seda color crudo que le dejaba los hombros al descubierto. Rodrigo y ella se saludaron con ese equilibrio difícil de lograr: sin fingir que la situación era ordinaria, pero sin convertirla en algo más pesado de lo que era. Se dieron la mano, se miraron con curiosidad mutua, y eso fue suficiente.

Nos sentamos los tres en los almohadones con una cerveza. La conversación fue liviana al principio: el club donde Rodrigo trabajaba, cuántos largos de pileta hacía por día, si el frío del agua en invierno molestaba o uno se acostumbraba. Luciana preguntaba y él respondía con ese laconismo de quien no necesita llenar el silencio. Pero debajo de todo eso había una tensión que los tres sentíamos y ninguno fingía que no estaba.

En algún momento nadie tuvo más cosas que decir. Rodrigo me miró. Yo me moví hacia él.

***

Empecé como siempre: una mano en la nuca, los pulgares buscando los músculos del trapecio, presión lenta y circular. Él dejó caer la cabeza hacia adelante, acostumbrado. Pero después me incliné y lo besé en el cuello, despacio, y él giró la cabeza hacia mí.

Nos besamos de frente. No como dos personas que se están descubriendo, sino como dos que ya saben lo que hay entre ellos.

Era la primera vez que ella nos veía.

Escuché a Luciana moverse detrás de mí, acomodarse para tener mejor vista. No me di vuelta todavía.

Le saqué la remera a Rodrigo y la mía después. Él tenía el torso que uno espera de alguien que nada tres horas por día: los hombros anchos, el abdomen plano, una línea de vello oscuro bajando desde el ombligo. Me recliné sobre él, lo besé en el pecho, le pasé la lengua por un pezón y lo sentí tensarse despacio.

Bajé la boca hasta su abdomen y le desaté el pantalón con calma. Le pasé una mano por encima de la tela antes de bajarlo, calibrando lo que ya imaginaba. Lo bajé junto con la ropa interior y él quedó desnudo debajo de mí. Lo tomé con la mano y lo moví despacio.

Oí a Luciana soltar el aire con suavidad. Me di vuelta: se había abierto la blusa y tenía una mano dentro de los jeans, quieta por ahora, pero ahí.

Rodrigo me hizo lo mismo que le había hecho yo: me bajó el pantalón, me tomó con cuidado, y durante un rato nos acariciamos sin prisa, mirando y dejándonos mirar. No había urgencia. Era mejor así.

Me incliné y lo tomé en la boca.

Empecé despacio, explorando el ritmo que él prefería, leyendo su respiración. Sentí su mano apoyarse en mi pelo, sin presionar. Al poco tiempo me hizo señas de que nos acomodáramos en sentido contrario, y pasamos a un 69 largo, sin apuro, donde cada uno se ocupaba del otro con atención. Nos alternábamos, nos tomábamos descansos, volvíamos. Era algo que los dos disfrutábamos y no necesitábamos apresurar.

En algún momento me di cuenta de que Luciana se había quitado todo. Estaba con las piernas abiertas, los ojos fijos en nosotros, moviéndose la mano con un ritmo que yo reconocía bien.

—Hijos de puta —dijo en voz baja, entre jadeos.

Y un momento después se corrió con todo el cuerpo, la espalda arqueada, la mano empapada y los ojos cerrados.

Rodrigo acabó en mi boca poco después. Tomé todo y no dejé nada. Después me limpié el labio y lo miré.

—Ahora ella —dije.

***

Luciana vino hacia nosotros con esa libertad que tiene cuando decidió que esa noche no hay restricciones. Nos besó a los dos por turnos, sin elegir entre uno y el otro, despacio. Se arrodilló frente a Rodrigo y lo tomó en la boca; él, que acababa de correrse, empezó a recuperarse más rápido de lo que cualquiera hubiera esperado.

Yo me acomodé detrás de Luciana. La recorrí con los dedos, la besé en el cuello y los hombros, le acaricié los pechos mientras ella seguía con Rodrigo. Ella se movía entre los dos con una naturalidad que me sorprendió, como si siempre hubiera sabido cómo hacer esto.

Rodrigo cayó de espaldas sobre la colchoneta y Luciana se subió sobre él. Lo introdujo dentro de ella y empezó a moverse, primero despacio, encontrando el ángulo, después con más ritmo. Yo me arrodillé a un costado y ella me tomó con la mano, después con la boca, sin dejar de moverse sobre él.

Nos miramos los tres en algún punto. Hay algo en ese momento que es difícil de describir: tres personas entregándose a lo mismo a la vez, sin que nadie conduzca y sin que nadie sobre.

En algún momento Luciana dejó de moverse, me miró por encima del hombro y levantó levemente las caderas. El mensaje era claro. Habíamos hablado de eso entre nosotros antes, más de una vez, pero nunca había pasado. Esta noche era diferente.

La preparé con cuidado y sin apuro: primero con los dedos, después avanzando de a poco, leyendo sus reacciones. Ella siguió moviéndose sobre Rodrigo mientras yo entraba. El ajuste era extremo. Ella no soltó ningún sonido de dolor, sino uno largo y sostenido que venía de otro lugar completamente.

Lo que vino después fue una cabalgada lenta, los tres cuerpos buscando un ritmo común sin que nadie cayera. Luciana se corrió dos veces seguidas, con sacudidas que sentimos los dos adentro de ella. Rodrigo le avisó cuando estaba cerca, ella lo apretó fuerte y lo recibió dentro. El espasmo de ella me llevó a mí también: me corrí con el cuerpo temblando, sin poder pensar en nada más.

Caímos de costado como pudimos, medio entrelazados, medio desmadejados.

***

Nos quedamos un rato así sin hablar. La respiración se fue calmando. Luciana tenía los ojos cerrados y una sonrisa que no intentaba disimular.

—Estuvo bien —dijo Rodrigo, con la simplicidad que a veces es la única respuesta posible.

Nos fuimos al baño los tres. La ducha era justa para dos, pero los tres nos las arreglamos sin que importara demasiado.

Rodrigo se fue primero. Luciana lo despidió con un beso en la mejilla, sin dramatismo. Él recogió su bolso y se fue con la misma calma con que había llegado, como alguien que sabe distinguir lo que fue de lo que continúa.

Me quedé tirado en la cama con Luciana apoyada en mi pecho y no pensé en los detalles, sino en algo más amplio: la rareza de haber podido ser completamente uno mismo, en todas sus dimensiones, frente a otra persona. Sin administrar qué parte mostrar según la audiencia. Sin guardar nada para otro momento.

Ella me conocía así desde el principio. Pero esa noche, finalmente, lo había visto.

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Comentarios (5)

Confidente22

increible... me dejo sin palabras. Gracias por animarte a compartirlo

Carmen_Baires

Por favor una continuacion, quede con ganas de saber como siguio todo!

luciano_ok

buenisimo relato, de los mejores que lei en este sitio. Sigue escribiendo!

Mirta_BA

Me recordo a algo que yo tambien guarde por mucho tiempo. Que valentia la de contarlo asi, tan honestamente.

TomVargas

Que forma de narrar esto, se siente absolutamente real. Espero que haya segunda parte porque quede muy enganchado.

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