Mi cita con una madura acabó en su coche
Aparqué junto a la casa, encendí un cigarro y, cuando ella salió sin sostén bajo la blusa, supe que esa primera cita no iba a terminar con una simple conversación.
Aparqué junto a la casa, encendí un cigarro y, cuando ella salió sin sostén bajo la blusa, supe que esa primera cita no iba a terminar con una simple conversación.
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Ella solo quería hacer una pregunta incómoda; esa misma noche terminó en mi cama, decidida a descubrir qué podía sentir.
A los veintitrés todavía no sabía cómo tocarme. Una noche de verano, un ruido en el pasillo y una puerta entornada me lo enseñaron todo de golpe.
Encendí la lámpara del buró, me subí la blusa de tirantes y empecé a jugar con mis pezones pensando en él. Ni siquiera imaginé cómo terminaría.
Cerré la puerta, dejé el lubricante sobre la mesita y decidí probar por fin eso que llevaba años excitándome en secreto.
Mi mujer solo iba a dejarse mirar, pero cuando vio cómo él se tocaba en la butaca, me pidió al oído que no lo dejáramos fuera.
Le dije que volvía a casa, pero di la vuelta con el coche antes de salir del aparcamiento y fui directa a cumplir todo lo que llevábamos semanas calentando.
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Diego dormía boca abajo. Yo miraba el techo con la mano entre las piernas, y en la cabeza volvía aquella noche en la trastienda del bar de Rocco.
Bajé la mano por debajo de la mesa mientras las estanterías silenciaban todo. Solo tenía que obedecer la voz al otro lado del auricular y fingir que estudiaba.
Cuando cerró el video y me mostró a la mujer con la que me había engañado, ya estaba demasiado mojada para fingir que quería irme.
Me quedé escondido en la cocina oyendo sus voces, y cuando ella entró y vio mi bulto supe que ya no había salida.
Solo iba a mirar y a quitarme el morbo, pero cuando le vi la polla supe que no iba a volver a casa siendo el mismo.
Abrí la puerta sin ropa interior, lo dejé mirarme toda la noche y terminé tan mojada que apenas podía disimularlo.
Quería jugar a ser heroína en una noche de lluvia, pero cuando me rodearon en ese callejón entendí que había provocado algo más peligroso.
Lo vi alejarse en el ascensor y pensé que había hecho el ridículo; cuando sonó otra vez el timbre, seguía desnudo y más caliente que antes.
Él llegó rogando por otra mujer y terminó de rodillas entre nosotras, sin entender cuándo dejó de suplicar y empezó a desear de verdad.
Bajó a tirar la basura con un pijama fino sin sujetador y tardó diez minutos en volver. Cuando la escuché en la ducha, supe que algo se había roto para siempre.
Lo reconocí al fondo de la fiesta y no imaginé que acabaríamos solos, con las manos temblando y la verga dura dentro de mi coche.