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Relatos Ardientes

La invitada que entró en mi cuarto sin avisar

Era una de esas tardes de primavera que invitan a no hacer planes demasiado concretos. Habíamos organizado la reunión casi sin querer: un mensaje en el grupo, un «¿nos juntamos este sábado?», y antes de darme cuenta tenía casi veinte personas en el jardín de mi casa, la música sonando desde el altavoz que colgaba de la pared y dos botellas de vino abiertas sobre la mesita de plástico blanco.

No era solo mi grupo habitual. Alguien había traído a alguien, ese alguien trajo a otros, y de repente había caras nuevas y conversaciones que arrancaban con el clásico «¿y vos cómo la conocés?». Al principio me puse un poco nerviosa, porque soy más de grupos chicos. Después me fui soltando. Ese tipo de mezclas tiene algo que el círculo cerrado no tiene: la posibilidad de sorprenderte.

La vi llegar con Mariana, mi amiga de toda la vida. Era alta, con el pelo negro cortado en capas que le rozaban los hombros, y un vestido verde oliva que le quedaba con esa precisión que pocas veces se da de manera casual. Caminaba con la seguridad de alguien que sabe que la miran y no pierde el tiempo pensando en eso. Mariana la presentó como Renata. Le di un beso en la mejilla, intercambiamos dos palabras sobre el calor de la tarde, y la perdí entre la gente.

Cuando empezó a oscurecer me di cuenta de que todavía no me había cambiado. Había estado todo el día corriendo de un lado al otro: acomodando cosas, recibiendo gente, llenando vasos. Seguía con la ropa que me había puesto para ir al supermercado esa mañana, un pantalón de algodón y una remera desgastada que empezaba a resultarme incómoda.

—Voy un momento adentro —le avisé a Mariana, que estaba en el medio de una historia larga.

Ella asintió sin interrumpirse. Nadie más me prestó atención.

Decidí aprovechar y meterme rápido a la ducha. El agua caliente después de un día tan movido fue un alivio inmediato. Me quedé más tiempo del que había planeado: el vapor llenaba el cuarto de baño, la tensión del cuello se fue aflojando sola, y por un momento me olvidé de que había gente afuera esperando que volviera con más hielo.

No sé exactamente en qué momento empecé a tocarme. La mano fue sola, sin que mediara ninguna decisión consciente. Hacía días que no lo hacía y el cuerpo lo registra de una manera que no admite demasiada negociación. Me apoyé contra los azulejos fríos y me dejé llevar, despacio, con los ojos cerrados y el agua cayendo sobre la espalda.

Salí de la ducha acalorada y con la cabeza más clara que antes. Me envolví en la toalla y crucé el pasillo hasta mi cuarto.

Cerré la puerta sin llave —no se me ocurrió hacerlo— y dejé la toalla sobre la cama mientras buscaba la ropa que había preparado antes de que llegara la gente. El vestido negro estaba sobre la silla, el corpiño colgado del respaldo. Me di vuelta para tomarlo.

Escuché un golpe suave en la puerta, apenas un segundo antes de que se abriera.

Di un salto. La toalla cayó al suelo.

Renata estaba en el umbral.

Por un momento ninguna de las dos dijo nada. Yo estaba completamente desnuda, con las manos a los lados del cuerpo, sin saber si agacharme a buscar la toalla o quedarme quieta. Ella me miraba sin bajar la vista, sin hacer el gesto automático de darse vuelta o de disculparse. Solo me miraba, con una calma que en ese momento me resultó desconcertante.

—Perdón —dije, aunque el tono me salió más de sorpresa que de incomodidad—. ¿Pasó algo?

—Te estaba buscando —dijo. Tenía una voz tranquila, un poco grave para la imagen que proyectaba—. Quería decirte algo.

—Decime.

—No sé muy bien cómo empezar.

Se me acercó. Dos pasos. Los suficientes para que yo sintiera el espacio entre nosotras reducirse de golpe. Levantó una mano y me rozó la mejilla con la punta de los dedos, casi sin peso. Y después me besó.

No fue un beso tentativo. Fue el beso de alguien que ya sabe lo que quiere y que eligió con cuidado el momento exacto para hacerlo. Yo no me moví. No me aparté. Mi cuerpo todavía estaba caliente de la ducha y de lo que había hecho unos minutos antes, y el contacto con su boca fue como una descarga que se extendió desde la garganta hasta los pies.

Cuando nos separamos, la miré. Quería decir algo pero no encontré las palabras.

—Nunca estuve con una mujer —terminé diciendo.

—Lo sé —respondió. Y lo dijo sin que sonara como un problema ni como una advertencia. Solo lo dijo.

Me tomó de la cintura y me sentó sobre el borde de la cama. Se arrodilló frente a mí sin prisa, con esa misma calma que había tenido desde que entró. Me tomó los pechos con las manos y empezó a besarlos: primero uno, después el otro, con la lengua y los dientes, tan despacio que tuve que morderme el labio para no hacer ruido. Afuera se escuchaba la música del jardín, alguien riendo fuerte, el sonido familiar de la reunión siguiendo sola sin mí.

Me abrió las piernas con una suavidad que no esperaba y deslizó la mano entre ellas. Cuando me tocó, soltó un sonido bajo, casi para sí misma.

—Estás muy húmeda —dijo.

—Sí —admití—. Me estaba tocando en la ducha.

Levantó la vista para mirarme. No se rió. Sonrió de una manera que no era burla sino algo más cercano a la satisfacción. Metió dos dedos adentro con cuidado y los movió despacio al principio, después con más precisión, leyendo cómo respondía mi cuerpo desde afuera y ajustándose en tiempo real. Me recosté sobre los codos y cerré los ojos.

Era distinto a cuando me tocaba yo misma. No en intensidad sino en naturaleza: alguien desde afuera tiene margen para observar lo que vos no podés ver de vos misma, y puede corregir sobre la marcha. Me llevó rápido al borde y después aminoró, como si quisiera que durara.

—¿Querés más? —preguntó.

No pude hablar. Asentí con la cabeza.

Se incorporó y se puso de pie. Con una sola mano se levantó el vestido.

Ahí estaba. No lo esperaba y, al mismo tiempo, una vez que lo vi, nada en mí se cerró. Solo miré. Lo que sentí fue curiosidad y ganas, en ese orden, sin espacio para ninguna otra cosa.

—¿Está bien? —preguntó. La pregunta era genuina.

—Sí —dije—. Está bien.

Me acomodé en la cama boca abajo y ella se colocó detrás. Entró despacio, con una paciencia que en ese momento yo no tenía pero que agradecí. La sensación fue inmediata y completa: llena, cálida, diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes. Puse la cara contra la almohada para amortiguar el sonido que se me escapó de la garganta.

Empezó a moverse. Lento al principio, encontrando el ritmo, y después con más confianza cuando yo empujé hacia atrás para ir a su encuentro. Sus manos me sujetaban de la cintura, firmes pero sin apretar. Cada movimiento llegaba hasta el fondo y todo en mi interior respondía.

Los gemidos de ambas empezaron a mezclarse. La música del jardín nos tapaba en parte, pero igual bajábamos la voz por instinto, tapándonos la boca cuando el sonido se hacía demasiado. Nos besamos así, torpe y urgente, hasta que en algún momento me di vuelta y quedé de espaldas sin recordar exactamente cómo había pasado.

***

Me incorporé y la empujé suavemente hacia la cama. Me incliné y la tomé en la boca. Fue instintivo: quería hacerlo, sin más análisis que ese. Pasé la lengua despacio por toda la longitud, le di besos en la punta, la tomé entera. La escuché contener la respiración y después soltarla de a poco.

Me empecé a tocar mientras seguía con ella en la boca. Cuando Renata se dio cuenta, estiró el brazo y me puso la mano en el pelo, sin presionar, solo sosteniéndome. Levanté la vista para mirarla. Tenía los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, y cada vez que yo cambiaba el ángulo, el cuerpo entero le respondía.

Me levantó. Nos besamos. Se puso encima de mí.

Esta vez fue diferente: más urgente, sin la cautela del principio. Yo le mordí el hombro mientras ella se movía, y ya no pensaba en el ruido ni en los invitados ni en nada que no fuera ese instante. Solo existía eso: su cuerpo sobre el mío, la presión adentro, el calor acumulado de toda la tarde que finalmente encontraba adónde ir.

Cuando terminó fue adentro. Sentí el calor y algo se cerró en mí, una contracción profunda que me hizo aferrarme a sus hombros hasta que pasó del todo.

***

Nos duchamos juntas. Fue breve y silencioso: el agua fría contra la piel caliente, las manos rozándose con el jabón pero sin intención de empezar de nuevo. Nos dimos besos bajo el chorro. Nada más.

—¿Estás bien? —me preguntó mientras se secaba el pelo.

—Sí —dije. Y era verdad. Estaba bien de una manera que no sabía nombrar del todo: como si algo que no sabía que estaba tenso se hubiera aflojado por fin.

Nos vestimos en silencio. Ella frente al espejo, acomodándose el vestido y el pelo con esa misma economía de movimientos que había tenido desde el principio. Yo con el vestido negro que había elegido antes de que todo pasara.

—¿Salimos? —dijo.

—Dale.

Cuando volvimos al jardín, la reunión seguía exactamente igual: la música, las voces, alguien gesticulando con una copa en la mano. Nadie había notado nuestra ausencia, o si la habían notado, no dijeron nada. Tomé un vaso de la mesita y me puse al lado de Mariana, que estaba terminando la historia que había empezado cuando yo me fui.

Renata cruzó el jardín y se sumó a otro grupo, en el extremo opuesto. Solo una vez en toda la noche me miró desde lejos. Levantó levemente la comisura de la boca. Nada más.

Esa noche, cuando todos se fueron y me quedé sola recogiendo vasos, me senté un momento en el pasto todavía tibio y me quedé pensando. No con culpa ni con confusión sino con esa curiosidad tranquila que aparece cuando algo te pasa de verdad, sin que lo hayas planeado ni esperado. Me di cuenta de que no tenía palabras precisas para lo que había pasado, y que eso también estaba bien.

Había sido real. Eso era suficiente.

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Comentarios (7)

Ricardo_77

excelente relato!! me dejo con ganas de saber como termino todo

Nano

Espero la segunda parte, quede enganchado desde el primer parrafo jaja

MarceloR88

Me recordo a algo que me paso en una reunion hace años. Esas miradas sin pedir permiso dicen mas que mil palabras

Gonza_B

buenisimo!!!

LeonardoSv

Las confesiones siempre son las mas picantes porque uno siente que de verdad pasaron. Esta no es la excepcion, muy creible todo

Tomas_88

Muy bien contado, se siente real. Eso de entrar sin avisar y mirarte asi tiene algo que te deja paralizado, muy bueno

Claudia_DF

Por favor continua, se corto justo cuando mas queria leer :)

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