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Relatos Ardientes

La noche que descubrí que también me gustaban las mujeres

Nunca prestaba atención a esa clase de mensajes. Llegaban de vez en cuando al foro donde publicaba relatos de vez en cuando: propuestas confusas, textos mal escritos, gente que claramente no sabía lo que buscaba. Pero este era diferente. Decía simplemente: «¿Qué tal compartirte con una pareja?». Sin foto, sin peticiones extrañas, sin los tres signos de exclamación de rigor. Solo esa pregunta directa.

Me reí, cerré la pestaña y fui a hacerme un café.

A la media hora volví a abrirla.

No sé bien qué me llevó a responder. Tal vez el aburrimiento de ese domingo gris, o esa clase de curiosidad que normalmente uno aplasta antes de que crezca demasiado. El caso es que escribí: «Cuéntame más». Y ahí empezó todo.

Eran Marcos y Valeria. Treinta y pocos los dos, con dos años de relación abierta. Hablaban bien, sin rodeos ni presiones. Me contaron cómo funcionaba lo suyo, qué buscaban, cuáles eran sus límites y cómo habían aprendido a manejar la parte complicada. Y yo, sin darme cuenta, empecé a contarles los míos. No tenía celos que gestionar ahí, pero sí mis propios límites: lo que me generaba curiosidad, lo que me generaba rechazo, lo que nunca había hecho pero a veces imaginaba cuando estaba sola a las tres de la madrugada.

Esas conversaciones tenían algo extraño. Me daban una confianza que no había encontrado nunca en ninguna app de citas convencional.

Llevábamos tres semanas escribiéndonos cuando Marcos me preguntó: «¿Nos tomamos algo en persona?».

Me quedé mirando la pantalla un rato largo.

Podía decir que no. Podía mantener esto en el espacio cómodo donde nada era real todavía.

Pero no quería.

Quedamos un sábado a mediodía en una plaza con bancos de madera y árboles viejos, cerca de un mercado que cerraba a esa hora. Llegué cinco minutos antes, me senté en el banco del fondo y me dediqué a observar a la gente que pasaba. Cuando los vi aparecer por la entrada de la plaza, los reconocí enseguida. Eran como en las fotos, pero en persona los detalles cambian: Marcos era más alto de lo que esperaba, y Valeria tenía una sonrisa que no aparecía en ninguna imagen.

Nos dimos dos besos, como cualquier conocido de cualquier otro contexto.

—Menos mal que eres real —dijo Valeria, y fue exactamente la risa que necesitaba para soltar la tensión de los hombros.

Nos sentamos. Hablamos casi una hora: de trabajo, de la ciudad, de cosas sin importancia. A ratos me olvidaba completamente de por qué estábamos ahí y simplemente disfrutaba de la conversación. Eran gente normal. Sin señales de alarma, sin incomodidades raras. Solo dos personas que sabían exactamente lo que querían y no tenían miedo de decirlo.

En un momento Marcos me miró directo a los ojos.

—¿Sigues queriendo seguir adelante con esto?

—Estoy aquí, ¿no? —respondí.

Los tres nos reímos al mismo tiempo. Fue Valeria quien rompió el silencio que vino después. Se giró hacia mí, ladeó la cabeza, y su boca encontró la mía.

No fue lo que esperaba. No fue torpe ni precipitado. Fue un beso lento, con su mano apoyada con suavidad en mi mejilla y su lengua rozando la mía apenas, tanteando el terreno. Cuando nos separamos, tenía el pulso más rápido y la cabeza un poco más ligera.

—¿Tomamos algo? —propuse.

***

Había un bar a dos manzanas de ahí, uno de esos con mesas de madera oscura y poca luz aunque fuera de día. Pedimos unas cañas y nos sentamos al fondo, en un rincón donde la única otra mesa ocupada era la de un señor con el periódico.

Seguimos hablando con normalidad durante un rato. Pero a los diez minutos noté que la rodilla de Marcos rozaba la mía bajo la mesa. No la apartó. Yo tampoco.

—¿Puedo? —preguntó en voz baja.

Asentí.

Su mano subió lentamente desde mi rodilla hasta el interior del muslo. Respiré despacio, intentando mantener la expresión de la cara. Valeria, al otro lado, seguía bebiendo su caña como si nada, pero al cabo de un momento su mano también se deslizó debajo de la mesa y sus dedos buscaron los míos.

La mano de él moviéndose hacia arriba y la mano de ella entrelazada con la mía. Yo con la espalda completamente recta intentando no hacer ningún ruido en medio de un bar.

Cuando los dedos de Marcos llegaron adonde llegaron, solté el aire muy despacio por la nariz.

—Nos vamos —dije.

No fue una pregunta. Dejamos las cañas a medias y salimos a la calle.

***

Vivían a cinco minutos andando. El piso era amplio y ordenado: estanterías llenas de libros, una ventana grande con luz de tarde, una cocina abierta al salón. Marcos fue a buscar algo de beber mientras Valeria y yo nos quedamos sentadas en el sofá.

Nos miramos sin decir nada unos segundos.

—Primera vez con una mujer —dije. No era una pregunta.

—¿Nerviosa? —me preguntó ella.

—Un poco.

—Normal —dijo, y acercó la boca a la mía.

Este beso fue diferente al del parque. Más largo, más despacio, con las manos de las dos moviéndose sin que ninguna tuviera que pensar. Sus dedos me recorrieron el cuello, los hombros, los costados. Yo encontré su cintura y la acerqué. Tenía la piel suave y olía diferente a cualquier persona con la que me había besado antes. No mejor ni peor. Solo distinto, y esa diferencia hacía que fuera difícil parar.

Marcos volvió con los vasos, los dejó en la mesa y se sentó a nuestro lado sin interrumpir nada.

—Esto hay que verlo de cerca —murmuró.

Valeria rio contra mi boca y se separó un momento para incluirlo. Su lengua buscó la de él, luego la mía, y los tres acabamos enredados en algo perfectamente caótico. Las manos ya no tenían dueño claro. Alguien desabrochó mi blusa. Alguien levantó la camiseta de Valeria. Marcos me recorría la espalda con los dedos mientras sus labios volvían a los míos.

—¿Seguimos? —preguntó él, cerca de mi oído.

Sí. Por favor, sí.

Me quité la blusa yo sola. Valeria hizo lo mismo. La primera vez que noté sus pechos contra los míos, el calor fue inmediato. Ella bajó la cabeza y puso la boca en mis pezones, despacio al principio, con más presión después, y el sonido que me salió no lo pude controlar.

—Te gusta —dijo Marcos. Tampoco como pregunta.

Lo agarré del cuello y lo besé mientras Valeria seguía con lo suyo. Él metió las manos entre las dos, tocando a las dos a la vez, y yo empecé a entender cómo era posible que esto les gustara tanto: no era solo el placer físico, era el caos controlado de tener demasiado en todas partes al mismo tiempo.

Me quité el resto de la ropa. Marcos hizo lo mismo. Valeria se quedó la última, y los dos la miramos quitarse el vestido. En ese momento los tres compartíamos exactamente el mismo pensamiento.

***

Él fue la primera vez en mucho tiempo que tenía una polla en la boca, y lo hacía bien: sabía cuándo moverse hacia adelante y cuándo dejarse llevar. Valeria me sostuvo el pelo desde arriba, apartándolo de mi cara. En un momento dado bajó también y alternamos las dos, nuestras lenguas cruzándose en algún punto intermedio.

—Para, para —dijo él al cabo de un rato—. Que vais a acabar con esto antes de tiempo.

Nos separamos. Valeria me recostó en el sofá con una mano en el pecho y me miró desde arriba.

—Ahora tú —dijo.

Esto era lo que nunca había hecho.

Le pasé los dedos por los muslos para ganar tiempo, sintiendo lo húmeda que estaba. Algo en mí decidió que quería saber. Bajé la cabeza.

Su reacción fue inmediata: un suspiro largo, luego sus dedos apoyándose con suavidad en mi nuca, sin tirar, solo guiando. Aprendí sobre la marcha, ajustando el ritmo según cómo respondía su cuerpo, notando qué ángulo funcionaba mejor y qué hacía que su respiración cambiara de golpe. Marcos se puso detrás de mí y me acarició mientras yo seguía, lo que hizo que todo se volviera imposible de separar en partes distintas.

Cuando Valeria llegó al orgasmo, lo noté antes de que dijera nada. Su muslo tembló contra mi mejilla y su respiración se cortó y luego se soltó toda a la vez. Me levanté y Marcos me besó despacio. Compartimos el sabor de ella entre los dos sin que nadie lo dijera en voz alta.

***

—¿Qué quieres tú ahora? —me preguntó Valeria después, cuando los tres estábamos en el sofá recuperando el aliento.

Dudé. Luego decidí que si había llegado hasta ahí, no tenía sentido autocensurarme.

—Quiero veros juntos mientras me toco. Y quiero que él me coma después.

Los dos se miraron un segundo.

—Eso podemos hacerlo —dijo Marcos.

Él se tumbó boca arriba en la alfombra. Valeria se colocó encima. Yo me senté al lado, con las piernas cruzadas, y los observé. No tardé ni un minuto en olvidar que era un espectáculo: el sonido de los dos, el calor del cuarto, el ritmo de sus cuerpos que se acompasaba sin esfuerzo. Mis dedos se movieron solos.

—Ven —dijo Marcos de repente, mirándome—. Acércate.

Me puse de rodillas sobre su cara sin pensarlo dos veces. Lo que siguió fue una de esas combinaciones que no esperas que funcionen tan bien: su lengua haciendo lo que hacía, la mano de Valeria en mi cintura sosteniéndome desde arriba, mi boca buscando la de ella mientras los tres nos movíamos al mismo ritmo imposible.

Llegué antes que los dos. Un orgasmo largo que empezó en algún punto y tardó en terminar, con los dedos de Valeria entrelazados con los míos y los ojos cerrados.

Cuando los abrí, ella me miraba con una sonrisa tranquila.

—Bienvenida —dijo.

***

Marcos llegó poco después. Se corrió encima de las dos y Valeria y yo nos juntamos para repartir lo que había. Nos besamos con el sabor de los dos mezclado en la boca y ninguna lo pensó demasiado.

Luego nos tumbamos los tres en la cama, sin hablar mucho. La ventana estaba entreabierta y el aire de la tarde enfriaba el cuarto poco a poco.

—¿Estás bien? —preguntó Valeria después de un rato.

—Muy bien —respondí.

Era verdad. No había confusión, no había arrepentimiento. Solo esa sensación extraña y agradable de haber cruzado un umbral que no sabías que estaba ahí, y descubrir que al otro lado no había nada que temer.

Nos duchamos juntos. El plato de ducha era claramente para dos personas y éramos tres, lo que generó bastante risa y algún codo de más. Compartimos la misma toalla porque nadie había previsto ese detalle logístico.

***

Desde entonces nos vemos de vez en cuando. Sin dramas, sin compromisos que ninguno quiso establecer. Cuando los tres coincidimos con ganas y con tiempo, quedamos. Cuando no, cada uno sigue con su vida normal.

Nadie sabe nada. Ni mis amigas, ni mi familia, ni nadie de mi entorno. Y así queremos que siga.

Lo único que cambió para mí es que ahora, cuando alguien me pregunta qué me gusta, la respuesta es algo más larga que antes. Y no me parece mal en absoluto.

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Comentarios (7)

Clara_Noche

me encantoooo!!! seguí escribiendo por favor, me dejo con ganas de mas

Romi_86

que confesion tan honesta, se agradece cuando alguien cuenta algo tan personal sin rodeos

andres29

increible, de verdad. Me quede sin palabras al final

NocturnaR

me recuerda algo que me paso a mi hace unos años, esa curiosidad que aparece de la nada y no sabes bien como manejarla jaja

LuciaPampas

genial!!!

Diegozon

Buenisimo el arranque, con ese mensaje que lo cambia todo. Muy bien planteado

NocheLibre

Lo que mas me gusto es como describis ese primer momento de duda, cuando algo te enciende por dentro y no lo entendés del todo. Se siente muy autentico. Ojalá cuentes como siguio todo :)

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