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Relatos Ardientes

La sed que me llevó al cuarto de mi hermano

Venid aquí, mis pequeños. Sentaos cerca de mamá, que esta noche os voy a contar algo que nunca os había dicho. Estamos en 1990, yo tengo cuarenta y siete años, Nuria tiene veinticinco, Rafael veinte y Maite también veinte. Miradme bien, porque la mujer que tenéis delante empezó todo esto mucho antes de lo que imagináis.

Tenía diecisiete años. Era el verano de 1965. Era guapa de verdad, y no lo digo por vanidad sino porque lo recuerdo con precisión: pelo negro a la altura del hombro, cara de niña todavía pero con una mirada que los hombres ya notaban desde el otro lado de la plaza. Las tetas grandes y firmes, con los pezones oscuros y siempre marcados bajo la tela fina de los vestidos, cintura estrecha y un culo redondo y prieto que hacía que los labradores se giraran cuando pasaba por el mercado.

Vivíamos en el pueblo, en una casa pequeña donde todos dormíamos apretados. Mis padres en su cuarto, yo en el mío, y al final del pasillo, la habitación de mi hermano Andrés.

Andrés tenía treinta años, trece más que yo. Estaba casado con Rosario, tenía dos hijos pequeños y trabajaba el campo desde que salía el sol hasta que se ponía. Era un hombre grande: espaldas anchas, manos callosas, pelo negro y barba de dos días que nunca terminaba de crecer del todo. No era hombre de muchas palabras, pero cuando hablaba la gente escuchaba.

Aquella noche hacía un calor insoportable. No podía dormir. Tenía el camisón pegado al cuerpo por el sudor y notaba entre los muslos una humedad que no era solo calor: llevaba semanas despertándome con el coño palpitando, con sueños confusos donde manos grandes me abrían las piernas. Me levanté en camisón —uno de algodón fino, sin nada debajo— y caminé descalza por el pasillo hasta la habitación de Andrés. Él siempre tenía un vaso de agua en la mesilla.

La puerta estaba entreabierta. La empujé con dos dedos.

La ventana daba al huerto y la luna entraba de lleno, iluminando la cama. Andrés dormía boca arriba sobre la sábana revuelta, completamente desnudo. El calor no le había dejado ponerse nada. Y allí estaba todo él, expuesto, sin filtros, a plena luz de luna.

Me quedé inmóvil en el umbral.

Nunca había visto a un hombre así de cerca, con esa impunidad que da el sueño. La polla le descansaba sobre el muslo, gruesa incluso en reposo, larga, con la piel más oscura que el resto del cuerpo y el glande medio asomado. Los cojones colgaban pesados entre las piernas abiertas, cubiertos de vello negro. Olía a hombre de verdad. A sudor limpio, a tierra caliente, a algo denso y almizclado que me subió directo al vientre como si me hubieran pasado corriente. Un olor que no se parece a ningún otro. Un olor que, después de esa noche, busqué el resto de mi vida.

No debería estar mirando esto.

Pero los pies no me respondían. Y el coño se me había puesto tan mojado que notaba un hilo bajándome por la cara interna del muslo.

Me acerqué despacio, de rodillas junto a la cama. Andrés respiraba profundo, dormido. La mano me temblaba cuando la extendí. Le toqué la polla con dos dedos, con cuidado, como quien acerca los dedos a algo que puede quemarse. Pesaba. Estaba caliente incluso así, incluso en reposo. La rodeé entera con la mano y no pude cerrarla del todo. La levanté un poco y la dejé caer contra su vientre: hizo un ruido sordo, carnoso, que me apretó algo por dentro.

Acerqué la cara y aspiré. Olía fuerte, a sal y a piel de hombre que ha trabajado todo el día bajo el sol de agosto. Le olisqueé los cojones, la raíz de la polla, el pliegue de la ingle donde el olor era más denso. Algo en mí se desataba, algo que llevaba meses apretado sin nombre ni forma.

Saqué la lengua.

La pasé primero por los huevos, muy despacio, notando cómo la piel arrugada se me pegaba al paladar. Subí por la línea que separaba los cojones, lamí la raíz gruesa de la polla y seguí subiendo hasta el glande. El primer contacto con la punta fue una descarga. Sabía salado, un poco amargo, con un regusto extraño que no se parecía a nada conocido pero que quería repetir de inmediato. Había una gota transparente asomando por el agujerito y la recogí con la lengua. Gruñí bajito, involuntariamente. Andrés se movió pero siguió dormido.

Cuando me la metí en la boca supe que cruzaba una línea sin vuelta atrás. Solo la punta al principio. Pasé la lengua en círculos, despacio, aprendiendo la textura y el peso. Se fue poniendo dura dentro de mi boca, creciendo lentamente, hinchándose contra mi paladar hasta que ya no cabía del todo y yo intentaba abrir más los labios sin conseguirlo. La sentí latir contra mi lengua, con el pulso de él, viva.

Andrés abrió los ojos de golpe.

Se quedó quieto un segundo completo. Solo mirándome, con su polla enterrada hasta la mitad en la boca de su hermana pequeña.

—Rosa... ¿qué estás haciendo?

No la saqué. Lo miré desde abajo, con los labios apretados alrededor de él, y seguí. Chupé más fuerte, con las mejillas hundidas, y le pasé la lengua por debajo del glande.

—Para... tienes que... —empezó, pero le salió más parecido a un gemido que a una orden.

—Shhh —susurré con la boca ocupada, y la vibración de mi voz contra la polla le hizo apretar los dientes—. Llevo semanas pensando en esto. No me pidas que pare.

Andrés cerró los ojos. Soltó el aire por la nariz lentamente. Luego, despacio, me puso la mano en el pelo.

—Más adentro —dijo con voz ronca—. Relaja la garganta. Así no llegas a ningún lado.

Me enseñó esa noche. Me dijo cómo mover la lengua, cuándo apretar los labios, cuándo aflojar, cómo respirar por la nariz para aguantar más, cómo empapármela de saliva para que resbalara mejor. Me cogía el pelo con firmeza y marcaba el ritmo que quería, empujándome la cabeza hacia abajo cuando le apetecía y dejándome subir a por aire cuando arcadaba. Yo aprendía porque quería aprender, porque cada pequeño sonido que le arrancaba me hacía sentir algo que no tenía nombre todavía.

—Hasta el fondo —murmuró—. Quiero que te roce la garganta. Puedes hacerlo.

Lo intenté. La primera vez retrocedí, tosí, me eché hacia atrás con hilos de saliva colgando de la barbilla. Lo intenté de nuevo. Y otra vez. Hasta que noté que la punta me llegaba al fondo, que la nariz se me hundía en el vello negro de su bajo vientre, y los dedos de Andrés se apretaron en mi cabeza y contuvo un gemido entre los dientes.

—Así, cabrona, así —jadeó—. Trágamela entera.

Yo me había metido la mano libre debajo del camisón. Tenía el coño hinchado, hirviendo, y los dedos me resbalaban de lo empapada que estaba. Encontré el clítoris y empecé a frotarlo en círculos, con la boca todavía llena de su polla, ahogándome cada vez que me la clavaba hasta el fondo. Me corrí sin que nadie me tocara. Solo con el sabor, con el peso, con el sonido ahogado de él conteniéndose para no despertar a toda la casa, con mis propios dedos apretándome el clítoris. Un temblor que empezó en el vientre, me subió por la columna y se extendió hasta los dedos de los pies. Gemí con la polla dentro y la vibración le arrancó una maldición.

—No aguanto más —susurró con voz tensa—. Trágatelo todo. No lo escupas.

Sentí cómo se le tensaba entera dentro de mi boca, cómo los cojones se le apretaban contra la barbilla, y de pronto un chorro caliente y espeso me golpeó el fondo de la garganta. Y otro. Y otro más. No lo escupí. Tragué lo que pude, con la garganta contrayéndose de golpe, y lo que no pude se derramó por las comisuras y me cayó en el pecho por dentro del camisón, caliente y viscoso, resbalando entre las tetas. El sabor era denso, salado, con un regusto que me pareció lo más adictivo que había probado en mis diecisiete años.

Le seguí chupando hasta la última gota, exprimiéndole la polla con los labios apretados desde la base hasta la punta, sacándole todo lo que le quedaba dentro. Andrés se estremeció y me apartó la cabeza con la respiración entrecortada, demasiado sensible ya.

Me miró desde arriba, todavía recuperando el aliento, con los ojos oscuros y la expresión de quien acaba de hacer algo que no sabe si podrá olvidar.

—¿Dónde has aprendido esto? —preguntó.

—Contigo —respondí, pasándome la lengua por el labio para recoger lo que me quedaba—. Acabo de aprenderlo contigo.

Silencio. Luego:

—Vete a tu cuarto. Y esto no ha pasado.

Pero los dos sabíamos que sí había pasado. Y que volvería a pasar.

***

Dos semanas después, un chaval del pueblo vino a buscarme con un recado. Era de Andrés: «Ven esta noche, después de las once. Mi mujer y los niños ya estarán dormidos.»

Me puse un vestido fino de verano, sin nada debajo, y crucé el pueblo cuando ya no había nadie en las calles. Llegué con los pezones duros de solo pensarlo y el coño ya húmedo bajo la tela. Llamé a la puerta con tres golpes suaves.

Andrés abrió en calzoncillos. Se le notaba el bulto tenso contra el algodón, en el pasillo oscuro, con la respiración ya acelerada.

—Pasa rápido —susurró—. Rosario está durmiendo al fondo.

Me llevó al salón. Un sofá viejo, la ventana cerrada, el calor pegado a las paredes. Me arrodillé sobre el mosaico frío antes de que me lo pidiera, porque ya sabía que era lo que quería. Andrés se bajó los calzoncillos y ahí estaba, ya duro, con el glande hinchado y una gota transparente colgando de la punta, oliendo a noche cerrada y a hombre encerrado en casa todo el día.

—Calladita —me dijo—. Si Rosario se despierta, estamos perdidos los dos.

Me la metí en la boca de golpe hasta donde llegué, casi hasta la garganta. Olía más fuerte que aquella primera noche, más cargada, más íntima. Empecé a moverme, a sacarla y meterla, chupando con las mejillas hundidas y ayudándome con la mano en la base. Le lamí los huevos uno por uno, los tomé enteros en la boca mientras le hacía una paja lenta con el puño apretado. Andrés me sujetó el pelo y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá con los ojos cerrados.

—Qué boca tienes, Rosa... me la comes mejor que ninguna —susurró.

Entonces oímos pasos en el pasillo.

Andrés se quedó de piedra. Yo también. Tenía su polla hasta el fondo de la garganta y no me atreví ni a deglutir cuando la sombra de Rosario pasó por delante de la puerta entreabierta, camino del baño. Un segundo que pareció durar diez minutos. Andrés me clavaba los dedos en el cráneo suplicándome en silencio que no me moviera. Yo notaba la polla latiendo contra mi lengua, la garganta aguantando las ganas de toser. La puerta del baño se cerró. Los pasos volvieron. La puerta del dormitorio se cerró otra vez.

Andrés soltó el aire de golpe, como si llevara todo ese tiempo sin respirar.

—Dios mío —jadeó—. Sigue. Ahora sigue.

La seguí. Con más ganas que antes, si eso era posible. La adrenalina me había subido el deseo hasta un punto que me temblaban las manos y el coño me chorreaba por dentro de los muslos. Me la clavé hasta el fondo yo sola, sin necesidad de que me empujara, arcadeando a propósito porque había descubierto que a él le volvía loco notar cómo la garganta se me cerraba alrededor.

En ese momento alguien llamó a la puerta de la calle. Tres golpes suaves y espaciados. Andrés se cubrió a medias y fue a abrir.

Era un amigo suyo del campo, un tal Víctor. Cuarenta años, ancho de espaldas, con manos grandes como palas y una forma de mirarme que ya me había inquietado alguna vez en el mercado. Me vio de rodillas en el salón, con los labios brillantes de saliva y una mancha oscura de baba por el escote del vestido, y se quedó quieto.

—Andrés... ¿esta es tu hermana?

—La pequeña —dijo Andrés—. ¿Te quedas o te vas?

Víctor no respondió con palabras. Se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón y los calzoncillos hasta las rodillas y avanzó hacia mí con la polla ya medio dura balanceándose delante.

Yo no protesté. ¿Por qué iba a protestar? Algo en mí se había abierto aquella primera noche y desde entonces no había manera de cerrarlo.

La polla de Víctor era más gruesa que la de Andrés, más corta pero mucho más ancha, con un glande enorme, morado, brillante, que me costó un momento adaptar. Me la puso delante de la cara sin decir nada, con esa tranquilidad de hombre que sabe lo que quiere, y me la pasó por los labios pintándomelos con su propia humedad antes de dejarme abrir la boca.

—Lo mismo que le haces a él —fue todo lo que dijo.

Abrí la boca todo lo que pude y noté cómo la mandíbula se me forzaba hasta el límite. El glande apenas me cabía. Víctor entró despacio, sujetándome la cabeza con las dos manos, y cuando llegó al fondo se quedó allí, quieto, disfrutando de la resistencia. Yo respiraba por la nariz como pude, con lágrimas asomándome a los ojos por el esfuerzo, y le pasaba la lengua por debajo mientras él tiraba de mí adelante y atrás.

Aquella noche aprendí que cada hombre tiene su propio ritmo, su propio sabor, su propia manera de quedarse muy quieto cuando está a punto de llegar. Andrés gruñía bajito y me apretaba el pelo, embistiéndome la cara con golpes cortos y precisos. Víctor era más silencioso, solo respiraba más fuerte, y sus manos eran tan grandes que cuando me cogía la cabeza me cubría casi hasta las orejas y me guiaba a su ritmo sin dejarme elección.

Los alternaba. Primero uno, luego el otro. Les lamía la polla despacio de raíz a punta mientras los miraba desde abajo, con los ojos húmedos y la barbilla goteando saliva. Con una mano hacía una paja al que estaba esperando, con la boca chupaba al otro, y a ratos me metía las dos glandes juntos entre los labios, aplastándolos contra mi lengua. Se miraban entre ellos con esa expresión que tienen los hombres cuando no pueden creer su suerte. Uno de ellos —Víctor— me abrió el vestido de un tirón por el escote y me sacó las tetas, y se quedó mirándomelas mientras me pellizcaba los pezones con los dedos ásperos. El salón olía a sudor y a calor de agosto y a algo más, a esa mezcla espesa de coño mojado, cojones sudados y saliva que solo existe cuando hay cuerpos apretados y poca luz.

Me había metido dos dedos en el coño y me los movía sola, apretándome contra la palma, y me corrí por segunda vez esa noche con la polla de Víctor tapándome la garganta y la de Andrés restregándose por mi cara.

—Ya no aguanto —le dijo Andrés a Víctor con la voz tomada—. Voy a correrme.

Víctor asintió sin apartar los ojos de mí, apretándome más fuerte la cabeza.

—Fuera, en la cara —ordenó Víctor—. Que se le quede toda pintada.

Víctor llegó primero. Me sacó la polla justo a tiempo y me disparó el primer chorro directo a la mejilla, otro a la frente, otro a los labios abiertos. Era más líquido que el de Andrés pero en mayor cantidad, y me llenó la boca hasta desbordarse por las comisuras cuando volvió a metérmela para que le vaciara los últimos restos. Antes de que pudiera tragar del todo, Andrés soltó algo entre dientes y llegó también, tan abundante como aquella primera noche en el pasillo, corriéndose sobre mis tetas descubiertas en chorros gruesos y calientes que me resbalaron entre los pechos y me llegaron hasta el ombligo.

Me quedé de rodillas con la cara manchada, semen colgándome de la barbilla, el pelo pegado a la frente y las rodillas doliéndome del mosaico frío. Me pasé el dedo por la mejilla recogiendo un chorro y me lo llevé a la boca sin apartar la vista de ellos. Y me sentí más entera que nunca, más yo misma que en todos los años anteriores juntos.

Andrés se subió los calzoncillos en silencio. Víctor me tocó la mejilla con dos dedos, casi con ternura, recogiendo lo que me quedaba en la comisura y metiéndomelo entre los labios para que lo chupara, antes de marcharse. Yo me limpié con el bajo del vestido y crucé el pueblo de vuelta con el coño todavía palpitando y el sabor de dos hombres mezclado en la boca, mientras las estrellas seguían en su sitio, tan quietas como si nada hubiera pasado.

***

Mis hijos me miran. Rafael tiene la mandíbula apretada. Nuria se ha cruzado de brazos. Maite no ha dicho nada en diez minutos.

Yo sonrío. La misma sonrisa que llevo usando cuarenta años, la que mi madre llamaba «la sonrisa de loba».

—Eso fue el principio —digo—. Después vinieron los amigos de Andrés, los primos que llegaban en verano, el capataz de la finca de don Emilio. Durante años fui el secreto mejor guardado de ese pueblo. Y todo empezó aquella noche de agosto, cuando entré al cuarto de mi hermano a buscar un vaso de agua y me olvidé completamente de tener sed.

Nuria es la primera en romper el silencio:

—Mamá... ¿y Andrés? ¿Siguió siendo tu...?

—¿Mi qué? —la interrumpo, con suavidad.

Nuria no termina la frase. Maite se muerde el labio. Rafael mira al suelo.

—¿Queréis que os cuente lo que pasó el verano siguiente? —digo—. Porque ese verano llegó al pueblo un hombre que no era del pueblo. Y Andrés, que nunca había sido celoso de nada, se puso celoso.

Cojo mi vaso de vino, doy un sorbo largo y los dejo a los tres con el silencio y la imaginación.

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Comentarios(10)

NachoBaires

buenisimo, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

martu_rio

Que inicio mas tenso, me atrapo desde la primera linea. Porfavor seguí con esta historia!

CuriosaBA77

Se hizo muy corto, quede con ganas de mas. Esperando la continuacion ansiosamente :)

Javier_C

Muy bien narrado, tiene ese suspenso justo que te mantiene pegado a la pantalla. Saludos desde mexico, sigan subiendo cosas asi

Santi_MX

La ambientacion del calor de verano queda perfecta para introducir la historia. Le doy un 10, muy buena pluma

LauraQ

Me encanto como esta escrito, se siente natural y no forzado. Habra segunda parte?

Rodrigo_lect

jaja justo lo que necesitaba para pasar la noche, muy buen relato. Gracias!

Froy

Primera vez que leo algo de esta categoria y la verdad que no me decepciono para nada. Muy recomendable

PatoLect

Tremendo final de capitulo, deja con intriga total. Ojala que no tarden en publicar la siguiente parte

lechtor77

excelente!!

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