La apuesta que me regaló una noche de trío
Semanas antes habíamos apostado en una partida de cartas. Quien perdiera tendría que cumplir la fantasía más oscura del otro. Él perdió. Y yo estaba a punto de cobrar.
Semanas antes habíamos apostado en una partida de cartas. Quien perdiera tendría que cumplir la fantasía más oscura del otro. Él perdió. Y yo estaba a punto de cobrar.
Valeria me mandó una foto en lencería antes de que él llegara. Solo quiero avisarte, escribió. Yo me quedé mirando su puerta desde la ventana.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Cuando le dije lo que quería, mi marido no dudó ni un segundo. Esa noche, con dos hombres y cuatro manos, descubrí que no había techo para el placer.
A las dos horas de mirar el techo, decidí que no iba a seguir esperando. Me arrimé a ella por detrás y empecé donde siempre termina el proceso.
Cuando Lucía me preguntó si me gustaban las chicas, supe que la noche en esa cabaña perdida entre los árboles iba a cambiar todo lo que éramos como pareja.
Cuando abrí los ojos, mis muñecas estaban sujetas sobre mi cabeza y yo no tenía ni una prenda. El problema no era eso. El problema era que él sonreía.
Ella lo miró de arriba abajo y le dijo: «Caminas como si pidieras permiso para existir.» Tenía razón. Y era precisamente lo que ella quería de él.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.
Dejé a mi Cachorro en casa con la jaula puesta y conduje hasta La Guarida. La liquidación anual prometía exactamente lo que necesitaba.
Pensé que el simulacro de incendio duraría minutos. Dos horas después, en un aula sin señal y sin testigos, entendí que no había ningún simulacro.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
Cuando me pilló en su cuarto con la zapatilla en la mano, su mirada mezcló sorpresa y algo más oscuro. Aquel día cambió todo entre nosotros.
Cuando Diego detuvo el coche frente al motel, supe que aquella conversación de madrugada sobre mi fantasía más secreta había tenido consecuencias.
La casa estaba vacía y las cortinas cerradas. Era el momento perfecto para lo que nadie debía saber. Hasta que escuché la llave en la cerradura.
Cuando abrió los ojos, tardó tres segundos en entender dónde estaba. Estaba atada, desnuda, colgando del techo. Y lo había pedido ella misma.
Llegamos al hotel con una mochila que ella no había visto abrirse todavía. Cuando lo hice, su respiración cambió de golpe.
Los jueves tenía la casa para mí solo y me permitía serlo. Hasta que una noche ella volvió antes de tiempo y todo cambió para siempre.
Era ginecólogo. Llevaba años durmiendo solo. Hasta la mañana en que una paciente entró al consultorio con la cara exacta de la muñeca que ocultaba en su cuarto.