Lo que Lara me hizo en el probador ese sábado
Sabía que meternos juntas al probador no iba a terminar en una simple prueba de ropa. Con Lara nunca terminaba así.
Sabía que meternos juntas al probador no iba a terminar en una simple prueba de ropa. Con Lara nunca terminaba así.
Marcos lloraba de rabia en esa cama articulada, convencido de que nunca volvería a sentir a una mujer. Yo cerré la puerta con llave y me quité la ropa.
Intentó escabullirse hacia la puerta, pero la chica bajita se interpuso con los brazos cruzados. Ya no había salida posible para él.
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Llevaban semanas follando sin etiquetas. Pero ese sábado, Valentina le pidió algo que Marcus nunca había imaginado: un trío con doble penetración.
Cuando cerró la puerta con su maleta, nos quedamos solos. El sexo seguía ahí, intenso y familiar, pero algo faltaba. Algo que solo él traía.
Volví a casa sin ducharme, con la ropa del día anterior y el olor de otro hombre en la piel. Marcos lo supo antes de que yo dijera nada.
Llevábamos doce años hablando por chat cuando accedió a vernos. Llegó al parking con vestido rojo de pvc y un bolso del que sacó la jaula más bonita que había visto nunca.
Cuando entró sola al bar, solo quería entender qué sentía. No esperaba encontrarse con su ex profesora de matemáticas mirándola desde la barra.
Sabía que llegaría tarde y celoso. Me quedé en la cocina con mi encaje negro. Cuando la puerta se abrió, supe que la noche recién empezaba.
Pedí el taxi al salir de la última reunión. El conductor me miró por el espejo con esos ojos oscuros y supe que la noche aún no había terminado.
Era la primera vez en años que decidí ir a por lo que quería sin pensar demasiado. Supe que iba a follármelo antes de que se girara hacia mí.
Llevaba tres semanas con la jaula cuando Valeria anunció ante sus amigas que yo haría cualquier cosa que ella pidiera. No tenía idea de lo que vendría.
Se puso en cuatro patas entre sus macetas, me miró desde el suelo y me dijo: salta la barda. Llevaba una cola esponjosa que se movía con cada respiración.
Me arrodillé entre los arbustos, con las medias rotas y las rodillas en la tierra. Me pidió que ladrara. Y lo hice. Lo que eso me dijo de mí misma fue lo más revelador de la noche.
Llevaba semanas queriendo un cuerpo solo para mí, sin caprichos ni voluntad propia. El complejo tenía exactamente lo que buscaba. Solo tenía que elegir bien.
Le dije que sí con el corazón acelerado. Marcos repitió la palabra de seguridad tres veces antes de empezar, y supe que estaba en manos correctas.
No había cometido ninguna falta, y él quería verla de rodillas con la bayeta en la mano. Ella lo haría, porque eso era lo que había elegido ser para él.
Cuando la noche cae en esta casa, apago la luz de su habitación, cierro la puerta y dejo de ser solo su madre para convertirme en algo más.
Hay mañanas en que el cuerpo me gana antes que la mente. Las sábanas húmedas, las caderas moviéndose solas, y entonces te invento a ti: un desconocido que me rompe entera.