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Relatos Ardientes

El protocolo que firmé sin leer

El teléfono vibró a las 4:12 de la madrugada. Número oculto. Lo cogí medio dormido, seguro de que era un error.

—Tu solicitud ha sido procesada. Tienes diez horas para presentarte. Las coordenadas llegarán en cinco minutos. Si las abres antes de tiempo, la invitación caduca. No hay segundas oportunidades.

Colgaron antes de que pudiera decir nada.

¿Qué solicitud?

Tardé un minuto en recordarlo. Cuatro meses atrás, después de tres cervezas y mucho aburrimiento, había rellenado un formulario en un foro oscuro que encontré siguiendo tres capas de redirecciones. Preguntas extrañas: «¿Cuánto vale tu autonomía corporal en euros?», «Describe el límite exacto donde el dolor se vuelve placer», «¿Qué parte de ti entregarías sin condiciones si el precio fuera suficiente?».

Lo había completado como si fuera un juego. Una de esas cosas que haces a las dos de la mañana y no piensas más.

A las 4:17 llegaron unas coordenadas y una clave de acceso: «ENTREGADO-5519».

Podría haberme dado la vuelta y dormido. Probablemente debería haberlo hecho.

Estaba vistiéndome antes de apagar la pantalla del móvil.

***

El sitio era un polígono industrial al norte de la ciudad. Una nave sin rótulo con la persiana metálica a medio cerrar y una luz tenue filtrándose por debajo. Sin coches aparcados. Sin señales de vida.

Entré agachado.

En el centro de la nave vacía había una mesa plegable. Sobre ella, un sobre manila y una caja de cartón. El sobre contenía un contrato de diecinueve páginas en letra microscópica, pero la primera hoja tenía un resumen:

INSTITUTO DE TRANSFORMACIÓN CONSENSUADA

Cláusula 1: El Solicitante cede autonomía corporal completa al Instituto durante 91 días consecutivos. Cláusula 2: El Instituto garantiza condiciones físicas funcionales al término del proceso. No garantiza estado psicológico previo. Cláusula 3: Todas las modificaciones serán reversibles en un 65-80% aproximadamente. Cláusula 4: Compensación económica de 2.800 euros por día completado. Pago único al finalizar. Cláusula 5: El Solicitante puede activar la palabra de seguridad «UMBRAL» para terminar el contrato en cualquier momento, cobrando proporcionalmente. Quedará registrado como «Incompleto» en la base de datos del Instituto. Cláusula 6: Cero grabaciones. Cero testigos externos. Solo el Sujeto y el Proceso.

En la caja había un mono azul sin marcas, zapatillas de goma blancas y un dispositivo que parecía un reloj pero solo mostraba una pantalla con una cuenta: «DÍAS RESTANTES: 91».

Mi mano tembló cuando cogí el bolígrafo.

No lo pensé. Si lo pensaba, me iría.

Firmé.

***

Las luces se apagaron en el instante exacto en que dejé el bolígrafo sobre la mesa. Un estruendo metálico: la persiana cerrándose. Oscuridad total y el aire, de repente, mucho más frío.

—Quítate toda la ropa. Déjala en el suelo. Ponte el mono. El dispositivo en la muñeca izquierda. No te muevas de donde estás.

Voz humana. Sin distorsión. Cansada, casi aburrida. Salía de altavoces que no vi.

Me desnudé a ciegas. El reloj se cerró solo alrededor de mi muñeca con un clic seco. Intenté quitármelo. No se podía.

Cuando las luces volvieron eran rojas, y en la pared del fondo había una puerta que juraría que no había estado allí antes.

—Camina hacia la puerta. Sin correr. Sin hablar.

El pasillo al otro lado olía a hospital y a algo químico que no supe identificar. Paredes blancas, puertas con ventanillas de cristal reforzado a ambos lados.

Pasé por delante de la primera y miré dentro sin poder evitarlo. Había un hombre suspendido del techo por un sistema de correas que distribuía su peso de forma que parecía flotar. Tenía los ojos abiertos pero miraban hacia adentro, hacia ningún lugar concreto. Alguien debajo de él trabajaba su cuerpo con movimientos mecánicos, rítmicos. Como una tarea. El hombre no gritaba. Estaba en algún lugar al que las palabras no llegan.

—No te pares. Sigue caminando.

La cuarta puerta estaba vacía. Solo una camilla limpia, preparada. Para mí.

—Entra. Túmbate boca arriba. Cierra los ojos.

La camilla era ergonómica y encajaba en mi cuerpo como si la hubieran moldeado específicamente para mí. Cerré los ojos. Oí pasos. Varias personas. Manos que me tocaban: no era excitación, era medición. Presionaban músculos, pellizcaban piel, evaluaban sin vocabulario.

Algo frío en mi brazo. Una inyección.

—Esto contiene tres compuestos. El primero amplifica tu sensibilidad nerviosa periférica en un 280%. El segundo bloquea parcialmente la formación de memoria a corto plazo. El tercero lo descubrirás tú solo.

El líquido se extendió por mis venas. Calor. Frío. Después algo sin temperatura, pura señal eléctrica viajando por nervios que nunca habían trabajado así.

Alguien me rozó el antebrazo con un dedo y fue como si me quemaran con un cigarro.

—Abre los ojos.

Cuatro personas con batas blancas. Máscaras quirúrgicas con bocas enormes pintadas encima. Sonrisas imposibles, grotescas, en tela blanca.

—Bienvenido al Día Uno. Hoy establecemos tu línea base. Necesitamos saber exactamente cuánto aguantas antes de que algo en ti se rompa. Los próximos noventa días viviremos justo en ese borde. ¿Preparado?

No pude responder. Mi lengua pesaba toneladas.

—Da igual. Ya firmaste.

***

Lo que hicieron durante el Día Uno no puedo contarlo en orden porque no lo recuerdo en orden. La segunda droga estaba funcionando. Solo existía el instante. Dolor-respuesta-dolor-respuesta, un bucle sin inicio ni fin que llenaba todo el espacio disponible en mi cerebro.

En algún momento me corrí sin que nadie me tocara la polla. Del dolor puro. Mi propio cuerpo traicionándome de la forma más definitiva posible.

—Muestra catalogada. Sujeto categoría M-6. Masoquista funcional con respuesta genital directa. Eso abre muchas opciones.

Me desperté en una celda. Tres metros por tres. Un catre, un váter sin tapa, un grifo. El dispositivo en mi muñeca: «DÍAS RESTANTES: 90».

Había perdido un día entero sin recordar qué había pasado después de las primeras horas.

Mi cuerpo estaba cubierto de marcas. Pinchazos, rozaduras, quemaduras superficiales. Nada permanente. Todo visible.

***

El Día Dos empezó cuando la puerta se abrió sin aviso ni explicación.

—Levántate. Camina.

Me llevaron a una sala diferente. En el centro había algo que en otro contexto podría confundirse con un potro de fisioterapia: ángulos ajustables, correas acolchadas, tecnología moderna aplicada a algo muy antiguo.

—Desnúdate. Súbete.

Las correas se ajustaron solas. Muñecas, tobillos, cintura, cuello. Sin apretar lo suficiente para cortar la circulación. Sin necesitar hacerlo. La inmovilización perfecta no necesita fuerza. Solo precisión.

Había espejos en el techo. Me vi ahí: carne atada, expuesta, vulnerable. Mi polla empezó a llenarse de sangre antes de que hubieran hecho nada. Otra traición del cuerpo.

—El Día Dos es cartografía avanzada. Mapearemos cada centímetro de tu piel. Cada zona erógena, cada punto de dolor, cada lugar que te hace suplicar. Esto durará aproximadamente ocho horas. Si pierdes la consciencia, empezamos desde cero.

Ocho horas.

Empezaron por los pies. Uno de ellos —¿técnico? ¿artista? ¿científico? No tenía palabras para lo que eran— trajo una bandeja con instrumentos. Plumas de distintos grosores, agujas quirúrgicas, cubos de hielo, electrodos, pinceles de texturas que iban del terciopelo al papel de lija.

La pluma por la planta del pie izquierdo fue insoportable con la sensibilidad multiplicada. Me retorcí contra las correas. Él continuó sin reaccionar. El otro anotaba en una tableta.

—Zona 1-A. Alta sensibilidad. Respuesta: risa involuntaria más tensión muscular severa. Tortura psicológica de nivel medio.

No era placer ni exactamente dolor. Era demasiado de algo que no tiene nombre en ningún idioma.

El hielo vino después. Lo presionaron contra mi polla y el frío fue tan intenso que quemó. Contaron hasta treinta. Cuando lo retiraron, la sangre volvió con mil agujas minúsculas empujando desde adentro. Grité. Ellos anotaron.

—Zona 4-B. Dolor extremo post-entumecimiento. Respuesta vocal: 7 sobre 10. Respuesta genital: erección parcial mantenida. Masoquista funcional de nivel avanzado.

Siguieron así durante horas. Mapearon mi pecho, mis axilas, la curva de mi cuello, la base del cráneo, el pliegue donde el culo se une con los muslos. Cada milímetro catalogado, etiquetado, archivado.

Descubrieron que había un punto justo encima de mi cadera derecha que, con la presión exacta —ni demasiado suave ni demasiado fuerte—, hacía que todo mi cuerpo se convulsionara. No de dolor. De algo más profundo que no tenía categoría. Placer tan intenso que se convertía en su propia variante de agonía.

Explotaron ese descubrimiento durante cuarenta minutos seguidos. Estimulaban ese punto mientras trabajaban mi próstata desde adentro con un instrumento diseñado para alcanzar exactamente allí. Mi cerebro empezó a derretirse. Las palabras perdieron significado. Solo era señal pura. Un instrumento siendo afinado por músicos que no tenían piedad porque la piedad no formaba parte del contrato.

En la hora seis me dejaron correrme finalmente.

El orgasmo fue catastrófico. No vino de mi polla aunque fuera ella quien eyaculó. Vino de ese punto en la cadera y se expandió como una detonación. La visión en blanco. Los oídos zumbando. Cada músculo al límite de desgarrarse. Chorros que parecían no terminar, saliendo con una fuerza que nunca había sentido antes.

Recogieron cada gota en contenedores etiquetados. Incluso mi semen era propiedad del Instituto ahora.

—Orgasmo de Tipo-III. Respuesta neurológica completa. El sujeto alcanzó subespacio sin asistencia química adicional. Extremadamente valioso para el programa.

Me llevaron de vuelta a la celda en brazos porque mis piernas no respondían. El dispositivo: «DÍAS RESTANTES: 88».

***

En la bandeja del Día Tres había una nota escrita a mano con letra pequeña y pulcra:

«Hoy decides tú. Sala A o Sala B. Treinta segundos.»

Sin descripción de qué había en cada una. Solo letras. A o B.

En el segundo veintisiete dije:

—Sala B.

No supe por qué. La B sonaba más definitiva. Como el sonido que hace una puerta al cerrarse para siempre.

La pared de mi celda desapareció. No se abrió ni se deslizó. Un segundo estaba ahí, sólida y gris, y al siguiente era aire. Como si nunca hubiera existido. Mi cerebro tardó tres segundos en procesar que las leyes físicas en ese lugar eran negociables.

Al otro lado había un espacio que mi mente se negaba a catalogar correctamente. Grande y pequeño al mismo tiempo. Sin sombras. Una claridad quirúrgica que dolía en los ojos. Y en el centro, una estructura de acero pulido y correas de cuero negro que no tenía nombre en mi vocabulario. Geometría funcional aplicada al cuerpo humano. Articulaciones que sugerían movimiento en ejes imposibles.

—Sala B es sobre capas. Cinco tipos diferentes de dolor simultáneo. Cada uno actuando en un sistema nervioso diferente. Tu cerebro intentará crear una jerarquía para gestionarlo. No lo conseguirá. Esto no es acumulación. Es multiplicación. ¿Entiendes la diferencia?

No la entendí hasta que fue demasiado tarde para importar.

Las correas se ajustaron. Muñecas, antebrazos, bíceps, cuello sin apretar la tráquea, cintura, muslos, pantorrillas, tobillos. Incluso los dedos de los pies. Completamente inmóvil. Completamente cancelado.

Capa Uno: un guante de filamentos microscópicos pasado por mi muslo izquierdo con la presión de una caricia. El dolor fue instantáneo y total, como si cada nervio de la pierna se deshilachara a la vez desde adentro. Treinta segundos. Sesenta. Noventa. El guante quieto. El dolor igual de perfecto, sin oscilar.

Capa Dos: algo inyectado sin aguja contra mi cuello. Diez segundos después mi corazón aceleró a 160 pulsaciones sin razón fisiológica. Podía sentirlo en mis sienes, detrás de mis ojos. Mi cuerpo convencido de estar huyendo de algo mientras permanecía perfectamente inmóvil. La desincronización entre el pánico físico y la quietud forzada era una náusea nueva, sin categoría.

Capa Tres: el técnico del fondo tocó una tableta sin acercarse a mí y perdí la noción de dónde estaban mis extremidades. Mi brazo izquierdo se sentía doblado hacia atrás, el codo invertido, los huesos atravesando la piel, aunque pudiera verlo recto y sujeto por las correas. Mi cuello girado ciento ochenta grados según mi cerebro, aunque mis ojos miraran al frente. El conflicto entre lo que veía y lo que sentía producía una náusea existencial que no tenía nombre.

Capa Cuatro: estaba llorando. Sin tristeza. Sin miedo. Solo lágrimas cayendo por mis mejillas en torrentes. Y simultáneamente una ola de euforia química tan pura que quería reír a carcajadas. Los dos estados coexistiendo sin anularse. No se promediaban. No se cancelaban. Ambos eran totales y absolutos. Mi cerebro partiéndose en dos intentando ser feliz y devastado al mismo tiempo.

Capa Cinco: un inhalador colocado en mi boca.

—Respira.

Respiré.

El dolor que llegó no tenía localización. No venía de la piel ni de los músculos ni de los huesos. Venía de más adentro. Mis órganos gritaban. El hígado ardía. Los riñones se retorcían. El estómago se convulsionaba. Sin náusea, solo dolor visceral puro, imposible de describir porque el lenguaje fue inventado para cosas que se pueden señalar desde fuera.

Y ahí estaba. Las cinco capas activas simultáneamente. Mi cerebro intentando priorizar, fallando. Todo urgente. Todo máximo. Sin jerarquía posible porque para el sistema nervioso saturado todo es igual de insoportable.

Lo peor: estaba completamente consciente. La droga me mantenía alerta. Sin escapatoria posible hacia la inconsciencia. Solo experimentar. Segundo tras segundo.

Y mi polla estaba dura.

—Interesante. Respuesta genital positiva durante saturación completa de cinco sistemas. Esto abre protocolos adicionales no programados.

Una sexta capa que no estaba en el guion: algo frío presionando contra mi ano. Entró sin resistencia porque mi cuerpo no tenía voluntad disponible para resistirse. Todo mi sistema nervioso estaba ocupado gestionando las cinco capas anteriores. El sexto estímulo entró como quien entra en una casa en llamas: sin que nadie lo note hasta que es demasiado tarde.

Pulsó. En intervalos irregulares. Sin patrón discernible. Perfectamente, científicamente aleatorio. Cada vez que creía predecir el siguiente pulso, me equivocaba. Y cada pulso estimulaba mi próstata con precisión milimétrica.

Las tres horas no transcurrieron. Existieron dentro de mí, como un bloque sólido de tiempo que no pasaba sino que se depositaba encima de mi cuerpo, capa por capa, hasta que quedé aplastado bajo el peso de cada segundo.

Cuando llegó el descenso —retirando capa por capa, treinta minutos de ajuste entre cada retirada— el contraste entre la saturación y el silencio sensorial progresivo era una experiencia propia. El alivio de cada capa desactivada llegaba como una pequeña detonación de alivio que rozaba el orgasmo sin serlo.

Al final, solo quedaba la Capa Uno. El dolor fantasma en mi pierna. El objeto pulsando dentro de mí.

Treinta minutos finales. Solo con una capa activa, mi cerebro tenía capacidad para pensar. Para darse cuenta de lo que acababa de pasar. Para entender que llevaba horas en esa estructura, que mi polla había goteado sin parar, que no me habían dejado correrme, que el objeto seguía dentro de mí, que esto no había terminado todavía.

—Capa Uno desactivada.

El dolor fantasma se evaporó. El silencio sensorial fue atronador. Después de tanta estimulación constante, la ausencia era en sí misma un estímulo. Un vacío que mi sistema nervioso no sabía cómo interpretar.

El técnico más cercano se acercó. Llevaba un guante diferente, sin púas, con algo parecido a gel. Tocó mi polla con una mano completamente neutral. Clínicamente. Sin erotismo. Sin intención.

Pero llevaba horas al borde.

Me corrí.

No fue un orgasmo. Fue una detonación completa de mi sistema nervioso. Mi próstata se contrajo con tanta violencia que el objeto dentro fue parcialmente expulsado. Los chorros salieron durante cuarenta y dos segundos seguidos. Lo supe porque había un cronómetro en algún lugar de mi campo visual que no recordaba haber visto aparecer.

—Volumen total: 44 mililitros. Concentración espermática alta. Motilidad óptima. El estrés extremo no afecta la calidad reproductiva. Anotado.

Las correas se aflojaron. Caí hacia adelante y alguien me sujetó antes de que tocara el suelo.

Me pusieron bajo una ducha. Agua caliente que empezó sola. Jabón en un dispensador de pared. Me limpié el cuerpo con movimientos torpes, cada roce contra mi piel hipersensible una agonía suave y constante.

Cuando salí había un mono nuevo. Olía a esterilizante y a algo que mi nariz no supo identificar pero que mi cerebro asoció de inmediato con entrega. Con sumisión. Con la sensación de que algo que antes era mío había cambiado de dueño.

Me devolvieron a la celda. Gatée hasta el catre porque caminar no era posible.

El dispositivo en mi muñeca: «DÍAS RESTANTES: 86».

Me quedé tumbado boca arriba en el suelo, porque no llegué al catre, mirando el techo de hormigón gris.

Antes de perder la consciencia, tuve un único pensamiento claro:

Solo llevamos cinco días. Quedan ochenta y seis.

Y mi polla se puso dura otra vez. Sin que nadie la tocara. Solo de pensarlo.

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Comentarios (11)

Culito

Wow estuvo fuerte

DesvelaoTotal

increible!!! me dejo sin palabras

CarlaM33

Por favor seguí, quede enganchada desde el primer parrafo y no me pude despegar

Rocio_ba

jajaja me recordo a algo que firme yo sin leer una vez, aunque no tan intenso. tremendo relato

NickVidal

Como lograste crear esa tension desde el principio? se siente muy real, como si hubiera pasado de verdad

SolBonaerense

Lo que mas me gusto es como describis la cabeza del personaje, no solo lo que pasa. Se nota que hay algo mas detras de todo. Espero el siguiente!

Patricio_85

buenisimo, sigue asi!!!

RojoNocturno

ese final... me quede pensando un buen rato. muy bueno

Sandra_Cba

Una segunda parte por favor, no puede quedar asi :)

NocheSilenciosa

Me encanto el ritmo, corto pero no le falta nada. Saludos!

ElMisterioso77

Que psicologia tan bien lograda. Raro que algo tan oscuro se lea tan fluido, pero funciona

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