Encadenada para obedecer en la casa del amo
Primero fue la jaula; después, las cadenas, las órdenes y un colchón sucio donde aprendí hasta dónde podía aguantar mi cuerpo.
Primero fue la jaula; después, las cadenas, las órdenes y un colchón sucio donde aprendí hasta dónde podía aguantar mi cuerpo.
Después de correrme varias veces, seguía con el coño latiendo y una sola idea fija: dejar de tocarme sola y pedir que viniera por mí.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
El ascensor se detuvo entre pisos, y el silencio se llenó de miradas, confesiones sucias y una calentura que ya nadie quiso frenar.
La primera noche en el piso nuevo lo até a una silla, me senté sobre su polla encerrada y le ordené que me confesara todo lo que quería que le hiciera.
La primera vez que cerré el candado de su jaula, ella tembló de rabia... y se corrió solo con oír cómo giraba la llave.
Cuando apagamos las luces de la Sala 4 y Marte nos tiñó de rojo, supe que ya no íbamos a sobrevivir solo con oxígeno.
Volví de la playa temblando por el esfuerzo, pero lo que de verdad me dejó sin aliento fueron sus manos y lo que imaginé hacer con ellas sobre mi cuerpo.
Ella abrió el video sola al mediodía, pensando en una simple fantasía, y terminó mojada, celosa y con ganas de probarlo todo en persona.
Me ofreció la libertad a cambio de una disculpa. Yo abrí la boca para decir exactamente lo que ella no quería oír, porque mi lugar ya no estaba afuera.
Acepté la invitación porque me sentía especial. Desperté desnudo, con un collar al cuello y una mujer que ya había decidido en quién iba a convertirme.
Lo último que recordaba era una rubia en la barra y dos copas de más; lo primero que vi al abrir los ojos fue la luz roja de una cámara grabándome.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Desperté esposado a una cadena, con un collar al cuello y una mordaza que sabía a suciedad. Frente a mí, la señora sonreía: apenas estaba empezando conmigo.
La mujer que me encadenó en aquel sótano no buscaba placer: buscaba enseñarme, golpe a golpe, que mi cuerpo ya no me pertenecía y que su palabra era la única ley.
El escáner emitió un pitido rojo y, en ese instante, supe que jamás volvería a ser el hombre que había entrado a esa sala por la mañana.
Había rogado durante meses por una sola palabra suya. El martes llegó su mensaje, y la propuesta era tan temeraria que aceptarla podía costarle mucho más que su orgullo.
Le habían advertido que el segundo día no habría compasión. Lo que no sabía era hasta dónde estaban dispuestas a llevarla las dos señoras de la sala blanca.
Sabía que era peligroso quedarme a solas con ella en el cuarto de la caldera, pero cuando ató mis muñecas a la pared y rozó mi piel con sus colmillos, ya no quise que parara.
Llegué con un top rojo y una falda negra, sin ropa interior, sabiendo que al cruzar esa puerta dejaría de pertenecerme a mí misma.