Las sirvientas me tomaron como su esclavo
Cuando abrí los ojos ya era tarde. Dos cuerpos me aplastaban contra el colchón y el frío del acero en mis muñecas me dijo que aquella noche lo había cambiado todo.
Cuando abrí los ojos ya era tarde. Dos cuerpos me aplastaban contra el colchón y el frío del acero en mis muñecas me dijo que aquella noche lo había cambiado todo.
La varilla de bambú silbó en el aire y Clara no parpadeó. Éramos amigas. Ahora ella sostenía el cronómetro y yo estaba de rodillas sobre la rejilla helada.
Raquel creyó que siempre sería quien imponía las reglas. Esa noche en el muelle, con el bocado de hierro y la marca fresca en el muslo, todo cambió.
Llegué al templo con el cuerpo en llamas y la mente llena de imágenes que no debería haber tenido. Nada me preparó para lo que vendría.
Cuando cerraron la puerta y la oscuridad se hizo absoluta, supe que no era un castigo. Era algo peor: la transformación que iba a borrarme para siempre.
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.
La Ama anunció la revisión con esa sonrisa que siempre me helaba la sangre. Supe de inmediato que ese día sería diferente a todos los anteriores.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
Bajé 22 kilos. Mi cuerpo tiene cicatrices que nunca vi venir. Y cada semana le miento a mi familia con una sonrisa forzada en la pantalla.
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.
Cuando las luces se apagaron en la planta 22 y supe que íbamos a estar horas a solas con él, no imaginé hasta dónde sería capaz de llegar.
Pensaba que la pandemia solo me había puesto en forma. Hasta que mi hijo me agarró en la cocina y supe que él también miraba a su madre como yo.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Llegó la orden de meterme en la ducha y ella se quedó mirando. No supe en qué instante la esponja pasó de mis manos a las suyas.
Entrenó a dos esclavos durante meses hasta quebrarlos. Cuando llegó el comprador, ella no imaginaba que el collar le quedaba perfecto a su cuello.
Llevaba tres semanas con la jaula cuando Valeria anunció ante sus amigas que yo haría cualquier cosa que ella pidiera. No tenía idea de lo que vendría.
Me miré al espejo y supe que algo había cambiado. Él seguía durmiendo al otro lado del pasillo, y yo llevaba diez minutos sin poder apartar la mirada de su puerta.
Lo habían planeado durante semanas. La sala oscura, las cuerdas, y Vera esperándolas con esa sonrisa que no prometía nada bueno ni nada fácil.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Marco llevaba un año besando sus pies en silencio. La noche que salió para capturar a una rival, volvió como el único amo de la mansión.