El juego que llevamos demasiado lejos esa noche
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Rubén se reía del cuerpo de la rubia en la pantalla, seguro de que no duraría ni un minuto. No sabía que el que iba a terminar en el suelo era él.
Desperté esposado a una cadena, con un collar al cuello y una mordaza que sabía a suciedad. Frente a mí, la señora sonreía: apenas estaba empezando conmigo.
Si aguantaba el fuego sobre la piel sin apartar el brazo, él la marcaría sin ataduras. Bajó la muñeca hacia la llama y dejó que el reloj empezara a correr.
Llevaba semanas soñando con esa tarde, pero nada me preparó para la primera orden que me diste apenas cerraste la puerta detrás de mí.
La mujer que me encadenó en aquel sótano no buscaba placer: buscaba enseñarme, golpe a golpe, que mi cuerpo ya no me pertenecía y que su palabra era la única ley.
Cruzamos esa puerta sabiendo que, al hacerlo, dejábamos de tener voluntad propia hasta el lunes. Ninguno de los dos quiso dar marcha atrás.
Entré en tu cuarto sin avisar, con la voz baja y la calma de quien ya decidió todo. Esta vez no había mensajes a medias: ibas a aprender de la peor manera.
Durante meses la obligó a arrodillarse en la oscuridad. Nunca imaginó que un día sería su propia esposa la que rogaría clemencia frente a la cámara.
Creyeron que era una presa fácil. No imaginaban que sus piernas, forjadas en mil sesiones, podían convertirse en las armas que los pondrían de rodillas.
Salieron al escenario convencidos de que solo sería un baile ridículo. Ninguno imaginó hasta dónde estaban dispuestas a llegar ellas esa tarde de fin de curso.
Salí de la ducha y ahí estaba ella, mirando entre mis piernas con esa sonrisa que ya conocía. Sabía exactamente dónde apretar para que dejara de discutir y empezara a obedecer.
Diez años después del último adiós, él la observó por encima del café y supo exactamente cómo iba a ayudarla. Y lo que pediría a cambio.
Le habían advertido que el segundo día no habría compasión. Lo que no sabía era hasta dónde estaban dispuestas a llevarla las dos señoras de la sala blanca.
Le dije que eligiera dónde ponerme la crema depilatoria. Jamás pensé que respondería señalando justo el lugar donde más me iba a doler.
Creyó que pasearse medio desnudo la pondría nerviosa. Lo que no imaginó es que esa noche aprendería, a la fuerza, quién mandaba de verdad en esa casa.
Cuando la correa roja se ciñó a mi cuello, entendí que era lo único que me separaba de todos los colmillos que me observaban desde la penumbra de aquella nave.
Si me corría en el segundo exacto, ella me dejaría hacerlo. Si fallaba, me prometía un castigo que yo llevaba semanas temiendo y deseando a partes iguales.
Bruno creía que tenía el control de todo: su novia, su amante y su orgullo entre las piernas. No sabía que esa noche iba a perder las tres cosas a la vez.