La sumisa del hotel en Palermo
Entré al hotel para escapar del calor, pero fue su voz la que me desnudó primero y me hizo desear arrodillarme.
Entré al hotel para escapar del calor, pero fue su voz la que me desnudó primero y me hizo desear arrodillarme.
Cuando abrí los ojos estaba desnudo, atado a los cuatro postes de la cama del hotel más caro de la ciudad, y Lucía me sonreía como si me trajera una sorpresa.
La noche antes del vuelo dormí atado entre sus piernas, sabiendo que al día siguiente mi cuerpo dejaría de ser solo mío.
Con el plug dentro, las piernas tensas y un libro abierto sobre el pecho, aprendí que obedecer también podía mojarme hasta temblar.
Me ordenó esperarlo desnuda, esposada y con una maleta lista. Yo iba a decir que no, pero mi cuerpo llevaba semanas suplicando lo contrario.
Cerró la puerta temblando, pero cuando lo puse contra la pared entendí que no venía a disculparse: venía a que lo castigara de verdad.
Creí que solo iba a espiarlos dormir, pero aquella mujer mandaba tanto sobre él que terminé pegado a la pantalla toda la noche.
Llegué con la jaula puesta, los pies ardiendo y la cabeza rendida; lo que mi Ama tenía preparado me dejó temblando antes de tocarme.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
Ella salió a buscar sexo, pero en aquel cajero encontró a un hombre roto, sucio y peligroso. Lo que hizo después fue puro castigo.
Temblaba frente a la cruz sin saber si iba a huir o a abrir más las piernas cuando su voz grave me ordenó obedecer.
Volví furioso del trabajo, le falté al respeto y vi cómo deslizaba la zapatilla del pie. En ese momento supe que la noche ya no me pertenecía.
La sujeté para que dejara de golpear a otra mujer, y acabé de rodillas, dolorido, excitado y completamente a merced de su sonrisa.
Cada hora obedecía la misma orden en el baño, y con cada repetición mi cuerpo pedía algo más sucio y más intenso.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
En la playa nudista entendí que no le faltaban ganas, solo alguien que se atreviera a empujarla hasta donde llevaba tiempo queriendo llegar.
Los dos mensajes de WhatsApp bastaron para que se me erizara la piel. Ven al servicio limpio, decía. Y no me refiero a la ducha.
Atada, excitada y agradecida, me arrodillé frente a él decidida a compensar cada orden con la mamada más intensa de nuestra semana.
La primera vez que cerré el candado de su jaula, ella tembló de rabia... y se corrió solo con oír cómo giraba la llave.
No tuve que decírselo; cuando levanté el mentón, él ya sabía que esa noche quería sus golpes, su saliva y su polla hasta el fondo.