El castigo que dos desconocidos no vieron venir en la cala
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Me ofreció la libertad a cambio de una disculpa. Yo abrí la boca para decir exactamente lo que ella no quería oír, porque mi lugar ya no estaba afuera.
Cuando el señor partía de viaje, la casa entera cambiaba de reglas: la servidumbre dejaba de obedecer al amo y empezaba a obedecer al deseo.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Preparé media hora de provocaciones para una sala llena de mujeres. Lo que no preparé fue lo que harían ellas conmigo cuando perdí el control.
Se sentaron una a cada lado, seguras de que iban a desarmarme con sus juegos. Tardé toda la cena en dejárselo creer, y solo cinco minutos en darles la vuelta.
La conocía como la jefa de hierro a la que todos temían. Esa Nochevieja, en una isla lejos de la oficina, descubrí el colgante que escondía su mayor secreto.
Creí que estaba mirando sin que nadie se diera cuenta. Cuando entré al vestuario para esconder mi erección, ella ya me esperaba con dos amigas.
Evitó mirarlo a los ojos cuando abrió la puerta, porque temía que él descubriera lo que llevaba meses callando: que deseaba al hombre que dominaba a su propia hija.
Acepté la invitación porque me sentía especial. Desperté desnudo, con un collar al cuello y una mujer que ya había decidido en quién iba a convertirme.
Lo último que recordaba era una rubia en la barra y dos copas de más; lo primero que vi al abrir los ojos fue la luz roja de una cámara grabándome.
Conduzco hacia el claro del bosque pensando lo mismo de siempre: amo mi trabajo. Él ya está esperando, nervioso, sin imaginar lo que viene.
Tres faltas, tres castigos. Y por primera vez alguien la obligaba a decidir cuál sufriría: lo más duro no era el dolor, sino tener que escogerlo ella misma.
Nunca imaginó que detrás de esa puerta encontraría a las mujeres de su familia cobrándose una deuda, ni que terminaría gozando con cada segundo.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Cuando entró el grupo de cuatro amigas, pensé que solo querían un susto. No imaginé que sería yo quien terminaría a su merced, sin manos para defenderme.
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
Toqué la puerta sabiendo que esta vez había ido demasiado lejos, y que la mujer que abriría no aceptaba excusas: solo obediencia.
Bajo el hábito de monja escondía medias de rejilla y una verdad que solo sale de noche: a veces necesito vestirme de mujer y que alguien me trate como tal.