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Relatos Ardientes

Lo que escondía en la mochila del gimnasio

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Siempre fui discreto. No de esa discreción forzada que carga culpa, sino de la que nace de entender que algunas cosas funcionan mejor en silencio. Afuera soy una cosa; adentro, soy otra. Y ambas conviven sin mayor problema.

Me llamo Diego. Tengo veintisiete años, vivo en el norte de Guadalajara y entreno cinco días a la semana. El deporte es lo que me mantiene centrado, y el gimnasio es el único lugar donde llevo una rutina que no falla. Tengo el cuerpo de alguien que se exige: hombros definidos, pierna trabajada, cintura estrecha. Nada que llame demasiado la atención, pero suficiente.

Desde niño me atrajeron las cosas femeninas. No de manera abstracta, sino concreta: el tacto del satín contra la piel, el peso de unos tacones, la manera en que cierta ropa cambia completamente la postura del cuerpo. Con los años aprendí a darle espacio a eso sin que se convirtiera en un conflicto permanente.

En privado, soy Valentina.

***

Marcos llegó al gimnasio un martes de octubre. Tendría cincuenta y tantos años, aunque se movía con una soltura que hacía imposible adivinarlo. Alto, de hombros anchos, con barba entrecana bien cuidada y una voz grave que llenaba el vestuario sin que él lo intentara. El tipo de hombre que sabe exactamente quién es.

La primera vez que lo vi fue en los vestidores. Yo estaba de espaldas, revisando el teléfono, y lo escuché antes de verlo. Cuando giré, él se estaba envolviendo una toalla en la cintura, y alcancé a ver el bulto pesado que le colgaba entre las piernas antes de que la tela lo cubriera. Aparté la vista con más prisa de la necesaria, con la boca seca.

Con el tiempo empezamos a hablar. Marcos era ingeniero de proyectos, divorciado hacía tres años, vivía solo en un departamento a pocos minutos del gimnasio. No era de los que hablan por llenar el silencio, pero cuando decía algo, valía la pena escucharlo.

Un viernes por la tarde, mientras ambos recogíamos nuestras cosas al terminar el entrenamiento, se detuvo en el pasillo con una actitud algo diferente a la habitual. Más distendida. Más directa.

—Esta noche tengo planes —dijo, pasándose una toalla por el cuello—. Una cita con alguien interesante.

—¿Alguien del gimnasio?

—No. Una chica de fuera. —Esperó a que dos tipos pasaran de largo y bajó un poco la voz—. Es transexual. ¿Sabes de qué te hablo?

—Claro. Nunca he estado con una, pero he escuchado.

Sonrió con la comisura derecha.

—Son una categoría aparte. Nada como una putita con tetas y polla que te la chupa mirándote a los ojos. Desde que me separé decidí no ponerle límites a lo que me gusta. A esta edad uno ya sabe lo que quiere, y lo que quiero es coger sin complicaciones.

Se alejó hacia la salida con ese paso tranquilo y seguro que tenía. Yo me quedé quieto en el pasillo hasta que la puerta se cerró, con la verga a media asta dentro del pantalón deportivo.

Este hombre acababa de decirme exactamente lo que necesitaba escuchar.

***

Durante las semanas siguientes la idea fue creciendo. No de manera impulsiva, sino con la misma metodología con que enfrento cualquier cosa: observar, planear, esperar el momento adecuado.

La oportunidad llegó un miércoles por la tarde. Salí del trabajo dos horas antes de lo habitual y, mientras caminaba hacia el coche, recibí un mensaje de Marcos. Me escribió que tenía un contrato que revisar antes del viernes y que si podía pasarme por su casa a echarle un vistazo. Que después podíamos ir juntos al gimnasio y así no llevar dos coches.

Le respondí que salía en ese momento y que estaba bien. Me mandó la dirección y me dijo que le avisara al guardia que venía al departamento 4-B.

En el asiento trasero de mi coche viaja siempre una mochila. Lleva ropa deportiva, sí, pero también otras cosas: medias, lencería, una peluca oscura y larga, un par de tacones de plataforma, un frasco de lubricante y un tapón anal pequeño que uso para tenerme dilatada. No lo llevo por compulsión sino por costumbre, del mismo modo en que otras personas siempre llevan un cargador de repuesto.

Ese día, la mochila pesaba de otra manera.

***

Su departamento era exactamente lo que esperaba: ordenado con una lógica funcional, muebles de líneas simples, pocos adornos, una pantalla grande en el salón. Mientras yo revisaba el contrato en su portátil, él preparó dos cafés y se sentó en el sofá a mi lado.

—¿Te acuerdas de la chica que te mencioné? —preguntó al cabo de un rato.

—La del viernes. Sí.

—Me dejó bastante encendido, te lo digo con honestidad. Cogimos hasta que me dolió la espalda, y aun así me dejó con ganas. —Se rio con esa risa baja y sin vergüenza que tenía—. El lunes en el gimnasio no podía concentrarme. Andaba mirando a todo el mundo con la verga a medio despertar.

—Me di cuenta. —Cerré el portátil—. Sobre todo cuando hicimos pierna.

—Es que llevas ropa muy ajustada. —Lo dijo como un hecho, sin malicia—. En ciertos ejercicios se te marca todo. El culo, la polla, todo. No me pude contener.

Se levantó del sofá. Se acercó. Y habló con esa calma controlada de cuando decía algo serio.

—Si quisieras echarme una mano con esta incomodidad que llevo encima desde hace días... —Se llevó la palma abierta al bulto del pantalón y se apretó, sin disimulo—. ¿Lo considerarías?

Sacó unos billetes de la billetera y los puso sobre la mesa. Los miré. Lo miré a él.

—¿Hablas en serio?

—Si no te interesa, lo olvidamos ahora mismo. Amigos como siempre y sin más. No quiero incomodarte. Pero te voy a ser sincero: llevo días imaginando esa boca tuya alrededor de mi polla.

Ahora o nunca.

—Dame diez minutos —dije—. Y puede que te lleves una sorpresa.

Salí al coche. Tomé la mochila.

***

Me encerré en su habitación. No tardé más de lo que había prometido.

Medias hasta el muslo con liguero. Calzón de satín negro con detalles brillantes en los costados, ajustado sobre la verga que ya se me estaba endureciendo. Bralette a juego, con dos siliconas suaves que me daban un pecho pequeño pero convincente. Falda de tubo hasta la rodilla. Blusa entallada en print oscuro. Peluca negra, larga y lisa. Tacones de plataforma con correa en el tobillo. En el baño me pinté la boca de rojo oscuro y me eché un poco de perfume dulce en el cuello y detrás de las orejas. Antes de salir metí dos dedos con lubricante entre mis nalgas y me trabajé el culito hasta sentirlo suave, blando, listo. Me dejé el tapón puesto un minuto para acabar de abrirme y me lo saqué con cuidado.

Valentina tardó exactamente nueve minutos en existir.

El sonido de los tacones sobre el suelo de madera del pasillo llegó antes que yo. Desde el salón escuché a Marcos ponerse de pie.

Apareció en el marco de la puerta con el ceño ligeramente fruncido, como quien escucha algo que no termina de cuadrar. Cuando me vio, ese gesto desapareció completamente. Los ojos le bajaron por mi cuerpo lentos, deteniéndose en las tetas falsas apretadas dentro del bralette, en la curva de la falda, en las medias que le brillaban a la luz de la lámpara.

—Dios. —Un silencio breve—. Estás...

—¿Solo eso? —pregunté con la voz que reservo para Valentina: más suave, más baja, completamente mía.

—Preciosa —corrigió—. Preciosa y jodidamente cachonda. ¿Cómo te llamas?

—Valentina. Aunque puedes llamarme como quieras.

Sonrió despacio, con esa calma suya. Ya tenía el bulto marcado y pesado bajo el pantalón, y no hizo ningún gesto por disimularlo.

—Mucho gusto, Valentina. Yo soy Marcos. Y desde hoy puedes llamarme como más te guste. Papi, señor, lo que se te antoje.

***

Fui a la cocina. Preparé algo sencillo con lo que encontré en el refrigerador. El clic de los tacones contra el suelo de madera, la pantalla encendida de fondo, el silencio cómplice de un departamento que se estaba convirtiendo en otra cosa.

Le serví un tequila y se lo acerqué. Lo tomó sin apartar los ojos de mí.

—Toma conmigo —dijo.

—Casi no bebo.

—Un brindis, nada más. Por lo que acaba de pasar aquí.

Brindamos. Luego otra vez. Al tercero ya sentía el calor subiéndome por el pecho y todo teniendo bordes más amables.

Marcos se recostó contra el respaldo del sofá y me miró con esa expresión seria que no era hostil sino atenta. Se acomodó la verga por encima de la tela sin ninguna pudor.

—Hace tiempo que busco algo así —dijo—. No solo una noche. Algo discreto pero real. Alguien con quien pueda ser lo que soy sin tener que explicar nada afuera. Alguien a quien coger cuando me venga la gana, y que también me quiera coger.

—Yo también tengo una vida afuera —dije—. Una que no puede mezclarse con esto.

—Lo sé. Y lo entiendo perfectamente. Yo también guardo ciertas apariencias. Pero aquí, entre estas cuatro paredes, cuando tengamos tiempo para vernos... ¿qué te parecería que esto tuviera un nombre?

Lo miré despacio.

—¿Qué tipo de nombre?

—El nuestro. —Dejó el vaso sobre la mesa—. ¿Quieres ser mi novia, Valentina? Mi novia y mi putita, todo a la vez.

No esperaba la pregunta, aunque en cierta manera la había estado esperando desde que entré por esa puerta con la mochila al hombro.

—Sí —dije—. Con las condiciones que mencionas.

—Con todas las condiciones que necesites.

***

El primer beso comenzó despacio. Sus manos en mi cintura, las mías en sus hombros. Su boca era firme y sabía lo que hacía. Su lengua entró sin prisa, empujando la mía, y yo me dejé llevar con una sensación que no era solo excitación sino algo más parecido al alivio: el de encontrar el lugar exacto donde algo encaja.

Enseguida su mano bajó por mi espalda hasta el culo y lo apretó por debajo de la falda. Los dedos se colaron por el borde del calzón de satín y me tocaron directo la piel de las nalgas.

—Qué culo tienes, cabrona —murmuró contra mi boca—. Llevo semanas mirándotelo en el gimnasio.

Le mordí el labio de abajo. Él me apretó más. Sentí su verga dura empujándome contra la cadera a través del pantalón, y por instinto me froté contra ella, buscándola.

Me levantó del sofá sin romper el beso. Me llevó de vuelta a su habitación, con una mano firmemente aferrada al culo mío, sosteniéndomelo como si ya fuera suyo.

Allí me fue quitando la ropa con la misma calma que ponía en todo. La blusa primero. Luego la falda. El bralette, con cuidado, dejando caer las siliconas encima de la almohada. Me dejó con las medias, el liguero, el calzón de satín y los tacones y retrocedió un paso para mirarme en la penumbra. El bulto de mi propia polla estirando el satín negro por delante, húmedo ya en la punta.

No dijo nada. No necesitaba decirlo. Se sacó la camisa, después la camiseta interior, y me mostró un pecho ancho con pelo entrecano y un abdomen que aún se le marcaba a los cincuenta y tantos. Se bajó el cinturón. El pantalón cayó.

La verga se la vi antes de que se sacara el boxer: un bulto grueso apuntando de lado, tensando la tela gris. Cuando bajó el boxer, saltó hacia arriba pesada, oscura, de cabeza gorda y venas marcadas, con un hilillo brillante colgándole ya de la punta. Se me hizo agua la boca.

Bajé hasta quedar arrodillada ante él sobre la alfombra, con los tacones plegados a un lado. Le agarré la base con una mano y le pasé la lengua por debajo, larga, lenta, subiendo desde los huevos hasta la cabeza. Él soltó el aire despacio.

—Ay, mamacita —susurró.

Le di un beso húmedo en la punta antes de meterme la cabeza entera en la boca. Empecé despacio, chupándole solo el glande, girándole la lengua por debajo del capullo, sacando saliva para que quedara todo bien mojado. Después bajé más. La verga se me hundió gorda hasta la mitad de la garganta y me obligó a abrir la boca al máximo.

Sus manos descansaban a los costados, relajadas, pero sus músculos hablaban solos: el abdomen endureciéndose con cada movimiento de mi boca, la respiración más profunda, los dedos que eventualmente llegaban a mi pelo sin apretar, solo apoyados. Después empujó un poco, y otro poco, hasta que la nariz se me clavó contra el vello púbico y sentí la cabeza de la polla forzándome la garganta.

—Así —decía de vez en cuando, con esa voz grave—. Exactamente así. Trágamela toda, Valentina.

Aguanté hasta que me lloraron los ojos, luego lo saqué con un jadeo baboso, con la verga chorreando de saliva y colgando entre nosotros. La agarré con las dos manos y le pasé la lengua por los huevos, uno por uno, chupándolos despacio, mientras arriba se los pajeaba con el puño lento. Él soltaba gruñidos bajos que me hacían apretar los muslos.

—Escúpele —me ordenó—. Escúpele encima y sigue chupándola.

Escupí un hilo grueso sobre la cabeza y lo esparcí con la mano. Después me la volví a meter entera hasta el fondo, con los mocos ya cayéndoseme por la barbilla, la boca roja de barra emborronada por toda la polla. Le chupé como si fuera lo único que existiera.

Lo disfruté. No como un servicio sino como algo que yo también quería.

***

Nos recostamos en la cama. Me besó completa, sin apuro, aprendiendo cada parte con una atención que resultaba abrumadora en el mejor sentido. Me chupó los pezones pequeños hasta ponérmelos duros, me mordió el cuello, me lamió las costillas. Cuando llegó a mi polla no la evitó: me la sacó del calzón y se la metió entera en la boca sin ninguna ceremonia, chupándomela con la misma naturalidad con que se la había chupado yo a él.

—Aaah, papi —gemí, abriéndole las piernas y arqueando la espalda—. Chúpamela así.

Su boca trabajó con una destreza que me hizo cerrar los ojos y concentrarme en cada sensación como si fuera la única cosa que existía. Me la mamó de arriba abajo, con lengüetazos largos, dejándola brillante de saliva, sin pudor alguno. Después me bajó el calzón hasta los tobillos y me abrió las nalgas con las dos manos.

Sentí su lengua caliente y ancha justo en mi entrada. Se me escapó un gemido agudo. Él enterró la cara ahí, comiéndome el culo con hambre real, girando la lengua, empujándola dentro, sacando saliva a chorros. Le agarré la cabeza con una mano y la apreté contra mí, moviendo las caderas contra su boca.

—Sí, sí, sí, así —jadeaba yo, con la voz ya rota—. Cómemelo bien, papi, cómemelo todo.

Cuando levantó la cabeza tenía la boca brillante y los ojos oscuros de puro deseo. Metió dos dedos con lubricante y los deslizó dentro de mí sin resistencia. Le funcionaron bien: yo ya venía preparada de casa, pero él se tomó su tiempo igual, ensanchando, girando los nudillos, buscándome ese punto por dentro que me hacía apretar el culo alrededor de sus dedos.

Después me pidió que me girara. Colocó almohadas bajo mi abdomen para levantarme el culo. Se tomó el tiempo que hiciera falta con el lubricante, echándose un buen chorro en la verga y otro entre mis nalgas, extendiéndolo con la palma abierta. Paciente y cuidadoso.

Cuando apoyó la cabeza de la polla contra mi entrada, respiré hondo. Cuando entró, lo hizo despacio. Avanzó un poco y esperó. Un poco más y volvió a esperar. La cabeza gorda se abrió paso primero, después el grosor de la caña. Sentí cómo me estiraba de una manera que ninguna otra polla me había estirado antes.

—¿Bien? —preguntó, con la voz apretada.

—Sí, papi —jadeé contra la almohada—. Métemela toda. Toda.

Empujó hasta el fondo, hasta que sentí sus huevos rozándome. Se quedó ahí un segundo entero, respirando encima de mi espalda, dándome tiempo. Después empezó a moverse.

Había algo en ese ritmo inicial, en esa paciencia deliberada, que lo decía todo sobre quién era ese hombre. No tenía nada que demostrar. Solo quería que esto funcionara para los dos. Y cuando entendió que estaba funcionando, se soltó.

Cuando encontramos el ritmo, los dos lo supimos al mismo tiempo.

Sus manos sujetaban mis caderas con firmeza, hundiéndome los dedos en la carne. Los tacones rozaban la sábana. Empezó a cogerme de verdad, con estocadas largas que salían casi hasta la punta y volvían a hundírsele todas, con un sonido húmedo y sucio que llenaba la habitación. Podía ver nuestra imagen en el espejo del armario que quedaba frente a la cama: su cuerpo grande detrás del mío, las medias, la peluca desacomodada, su cara concentrada y seria, la verga entrando y saliendo brillante de mi culo abierto.

—Mira cómo te coges de bien, putita —gruñó, aumentando el ritmo—. Mira cómo te agarra el culo mi polla.

—Sí, papi, sí —lloriqueé—. Cógeme, cógeme fuerte, soy tu putita.

Me dio una nalgada seca que me hizo apretarme entera alrededor de él. Marcos soltó un gemido ronco y me clavó las uñas en la cadera.

—Eres perfecta —dijo, y lo dijo como si fuera una conclusión a la que acababa de llegar.

La velocidad fue aumentando de manera gradual. Sus gemidos eran contenidos pero completamente reales. Los míos, no: los míos salían agudos, roncos, entrecortados por cada golpe de sus caderas contra mis nalgas. Me tenía la cara aplastada contra la almohada, el culo bien alto, y me la metía como si fuera a partirme.

***

Después me pidió que me girara de nuevo. Se recostó boca arriba, con la verga apuntando al techo, brillante y roja. Me invitó a montarme sobre él.

Me trepé despacio, con los tacones aún puestos. Le agarré la polla con una mano, me abrí las nalgas con la otra y bajé sentándomela hasta el fondo de un solo movimiento. Los dos gemimos a la vez.

—Mírate —dijo, señalando el espejo con un gesto de la cabeza.

Me giré. Vi lo que él veía: Valentina con las medias puestas, la polla dura y goteando entre las piernas, montada sobre ese hombre, moviéndome con una cadencia que ya era completamente mía. El culo subiendo y bajando por su verga con un ritmo constante. Y debajo, esos ojos oscuros mirándome como si yo fuera exactamente lo que había estado buscando.

Empecé a rebotar más rápido. Él me agarraba de la cintura y me ayudaba a subir y bajar, embistiendo desde abajo cada vez que yo bajaba. Mi polla saltaba libre entre los dos, chorreando líquido claro sobre su vientre.

—Tócatela —me ordenó—. Págate mientras me la montas.

Me agarré la polla y empecé a pajearme al mismo ritmo con que lo montaba a él. Los dedos me resbalaban de tanto líquido. Sentí subir la corrida de golpe, sin aviso, imparable.

—Papi, me voy —jadeé—. Me voy a venir.

—Vente encima mío, mamacita —dijo él, sin dejar de embestirme—. Cágate encima toda la corrida.

Me incliné hacia él. Lo besé en la comisura. Seguí moviéndome, seguí pajeándomela, seguí sintiendo su verga tocarme por dentro ese lugar exacto. Y me solté. Chorros gruesos de semen le cayeron encima del pecho y del vientre, blancos contra el pelo entrecano, mientras yo temblaba entera y le apretaba el culo alrededor de la polla.

Eso lo remató a él. Me agarró de las caderas con las dos manos, me clavó entero contra sus huevos y explotó dentro de mí con un gruñido largo. Sentí cada latido de su polla vaciándose en mi culo, caliente, abundante, corrida tras corrida, hasta que se quedó quieto respirando fuerte con los ojos cerrados.

Cuando terminó, lo hizo con esa misma calma que había tenido desde el principio, hasta el final. Me quedé sentada encima de él un rato largo, con su verga aún dentro, sintiéndola ablandarse despacio mientras el semen empezaba a resbalarme por dentro del muslo.

***

Más tarde, recostados en la cama con la luz del pasillo filtrándose por la puerta entreabierta, hablamos durante un rato largo. Él tenía una mano descansando en el interior de mi muslo, jugando distraído con el borde de la media.

—¿Tienes fantasías que no hayas podido cumplir? —preguntó.

—Algunas —dije—. Cosas que me han dado vueltas en la cabeza pero que nunca encontré el contexto para explorar.

—¿Como qué?

—Como estar con más de una persona al mismo tiempo. Dos vergas para mí sola, una en la boca y otra en el culo. Situaciones donde pueda dejarme llevar por completo.

Marcos asintió despacio, como quien guarda algo en la memoria para más adelante. Sonrió apenas.

—Tiempo al tiempo —dijo—. No hay prisa para nada. Conozco a un par de amigos que sabrían apreciarte.

—No —coincidí, apretándome contra él—. No la hay.

Nos quedamos en silencio. No el silencio incómodo de dos desconocidos que no saben qué decirse, sino el otro tipo: el que se construye cuando dos personas acaban de entenderse de verdad.

A la mañana siguiente volví a ser Diego. Me subí al coche, guardé la mochila en el asiento trasero y manejé hacia casa con la misma discreción de siempre, con el culo aún ardiéndome un poco entre las nalgas cada vez que me acomodaba en el asiento.

Pero algo había cambiado de manera permanente. Tenía un nombre, ahora. Un lugar donde existir. Y alguien que sabía quién era yo en los dos sentidos de la palabra.

A veces eso es exactamente suficiente para cambiar todo.

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Comentarios(8)

Curioso 6

excelente!!! me encanto

Paty_23

Me quede con ganas de mas, espero que haya una segunda parte pronto!

SoledadW

Que historia mas hermosa y valiente a la vez. Me recordo a algo que vivi hace tiempo y que nunca pude contar. Gracias por compartirlo.

Marcos_72

La ultima frase lo dice todo. Muy bueno

fercho_lee

Muy bien escrito, se nota que hay sentimiento detras de cada linea. Segui asi!

LuisVal88

Esa escena final con los tacones... tremendo detalle jajaja. Tenes mas relatos de este estilo?

Rosario_BA

Nunca habia leido algo asi en esta categoria y me atrapo de principio a fin. Saludos desde Buenos Aires!

PatricioM

Increible como logras transmitir la emocion sin ponerte explicito. Muy bueno, gracias por escribirlo

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