Desperté encadenado en el sótano de una anciana
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Esa tarde no quería un encuentro más: quería que alguien me llevara más allá de lo que yo misma creía soportar, mientras mi marido observaba sin mover un dedo.
Rubén se reía del cuerpo de la rubia en la pantalla, seguro de que no duraría ni un minuto. No sabía que el que iba a terminar en el suelo era él.
Desperté esposado a una cadena, con un collar al cuello y una mordaza que sabía a suciedad. Frente a mí, la señora sonreía: apenas estaba empezando conmigo.
Llevo meses bajo llave, sin derecho a tocarme. Esa noche ella me sentó en el suelo y me ordenó mirar cómo otro hombre la hacía gozar como yo nunca pude.
El clic de las esposas me despertó: mi muñeca encadenada a la de él, y un mensaje en el teléfono con una sola orden. En veinte minutos llamarían a la puerta, y debíamos abrir así.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
Creí que llegar a la hora muerta me protegería de las miradas. No conté con que ellas entrarían a limpiar justo cuando yo salía de la ducha.
Adrián solo quería llegar a casa después de clase. Dos desconocidos en un callejón decidieron que esa noche se convertiría en el juguete humillado de todo el barrio.
Nadie me enseñó a nombrar lo que sentía cada vez que cerraba la puerta del baño con su ropa entre las manos y dejaba salir a la que llevaba dentro.
La mujer que me encadenó en aquel sótano no buscaba placer: buscaba enseñarme, golpe a golpe, que mi cuerpo ya no me pertenecía y que su palabra era la única ley.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Fuimos a encararlo creyendo que teníamos el control. Bastó que cerrara la puerta del consultorio para que mi mujer y yo bajáramos la mirada y obedeciéramos cada palabra.
Entré a ese despacho gris dispuesta a suplicar por un papel. Salí sabiendo que esa noche el que iba a suplicar sería él, de rodillas y en su propia casa.
Maximiliano presumía de ser el alfa de la sala hasta que ella cruzó la puerta. Bastó un susurro y su perfume para que su imperio de humo se viniera abajo frente a todos.
Fui a su casa para que dejara en paz a mi pareja. Salí de allí sabiendo que volvería el domingo siguiente, y el otro, y todos los que vinieran.
Empezó como una fantasía que leíamos juntos de noche. Hoy es Daniel quien me abrocha los tacones antes de que llegue Bruno, y él lo prefiere así.
Nunca había estado con alguien así. Cuando abrió la puerta y tuve que levantar la vista para mirarlo, supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Mi marido me animó con la mirada a marcharme con aquel desconocido. Lo que ninguno de los dos sabía era que ese hombre no pensaba dejarnos en paz.