La domé esa noche con mi vestido de látex negro
El vestido brillaba bajo la lámpara y ella no podía apartar los ojos. Antes de la cena ya estaba desnuda en mi habitación pidiéndome que le enseñara mi mundo.
El vestido brillaba bajo la lámpara y ella no podía apartar los ojos. Antes de la cena ya estaba desnuda en mi habitación pidiéndome que le enseñara mi mundo.
Entré al hotel para escapar del calor, pero fue su voz la que me desnudó primero y me hizo desear arrodillarme.
Entró al confesionario temblando, pero a medida que hablaba, cada detalle del chantaje la fue hundiendo otra vez en el mismo deseo sucio.
Entramos encadenados para animar una fiesta privada, pero en cuanto me soltaron el collar supe que aquella noche iba a perder mucho más que la vergüenza.
La noche antes del vuelo dormí atado entre sus piernas, sabiendo que al día siguiente mi cuerpo dejaría de ser solo mío.
Todo cambió la noche en que me ordenó mirarla a los ojos, obedecer sin discutir y aceptar que el control iba a ser suyo.
Primero fue la jaula; después, las cadenas, las órdenes y un colchón sucio donde aprendí hasta dónde podía aguantar mi cuerpo.
Me bastó ver su collar para mojarme en mitad del turno, pero lo que hizo conmigo en el baño del local fue solo el principio.
Desperté con una boca ajena entre las piernas y, cuando abrí los ojos, entendí que las dos hermanas ya habían decidido cómo iba a pasar el día.
Fui por pan al amanecer y terminé arrodillada frente a un hombre que supo leer mi miedo, mi deseo y la parte más oscura de mi cuerpo.
Con el plug dentro, las piernas tensas y un libro abierto sobre el pecho, aprendí que obedecer también podía mojarme hasta temblar.
Me ordenó esperarlo desnuda, esposada y con una maleta lista. Yo iba a decir que no, pero mi cuerpo llevaba semanas suplicando lo contrario.
Cerró la puerta temblando, pero cuando lo puse contra la pared entendí que no venía a disculparse: venía a que lo castigara de verdad.
Cuando colgué la llamada de la amante de mi novio, miré a mi alumno a los ojos y le di una orden que también me desnudaba por dentro.
Bajé las escaleras del vapor con las ganas al cien y el culo ya palpitando. No esperaba que tres desconocidos me fueran a partir en dos esa misma tarde.
Cada viernes quedaba de servicio en el bar, con el collar puesto y la orden de abrirme para cualquiera que quisiera usarme.
Bajé la mano por debajo de la mesa mientras las estanterías silenciaban todo. Solo tenía que obedecer la voz al otro lado del auricular y fingir que estudiaba.
Cuando vi las esposas sobre la cama, supe que esa noche no iba a dormir: iba a descubrir cuánto me excitaba perder el control.
Cuando entramos en su casa, mi pareja aún creía que iba a ponerla en su sitio; cinco minutos después, ya no mandaba ninguna de las dos.
Quería jugar a ser heroína en una noche de lluvia, pero cuando me rodearon en ese callejón entendí que había provocado algo más peligroso.