Cuando el deseo me despertó después de tanto tiempo
Mi vida tenía el ritmo de un metrónomo: despertar, preparar el desayuno, llevar a los niños al colegio, hacer las compras, volver a casa, limpiar, cocinar, ayudar con las tareas, dormir. Y vuelta a empezar. No me quejaba. Era una vida ordenada, tranquila, y yo había aprendido a moverme dentro de ella como quien conoce de memoria cada recoveco de su propia casa.
Mi marido Roberto era un buen hombre. Trabajador, predecible, sin sorpresas. Llevábamos once años casados y nuestra vida en la cama seguía más o menos el mismo guión de siempre: sábados por la noche, apagadas las luces, sin mucho ruido. Él se subía encima, embestía cinco o seis minutos con la respiración pesada, se corría dentro de mí con un gruñido corto y se dormía. Yo me quedaba mirando el techo, con el coño tibio y a medio despertar, y me giraba de lado. Nunca me había corrido con él. En once años, ni una vez. Al principio fingía, después dejé hasta de fingir porque él tampoco preguntaba. Así eran las cosas.
Hasta el día en que Roberto llegó a comer y, casi sin darle importancia, mencionó que la vecina del cuarto piso se había operado. Me lo dijo mientras servía el arroz, con esa naturalidad con la que uno comenta el tiempo o el precio de la gasolina.
—Susana, la del cuarto —dijo—. Se nota bastante. Los hombres del edificio no hablan de otra cosa.
No sé por qué esa frase se me quedó dando vueltas toda la tarde. No era envidia. Era algo más difuso, más inquietante. Empecé a fijarme en cómo la miraban cuando bajaba al buzón. En cómo ella lo sabía, y caminaba de una manera diferente desde que lo sabía. Y me pregunté, por primera vez en mucho tiempo, qué se sentía que te miraran así.
Yo no era ninguna modelo. Tenía las caderas anchas, los pechos pequeños, unas cuantas canas que todavía intentaba disimular. Pero tenía algo, aunque no supiera muy bien qué. O quizá simplemente llevaba tanto tiempo sin mirarme que había dejado de verlo. Esa noche, después de la ducha, me quedé desnuda delante del espejo del baño más tiempo del habitual. Me toqué las tetas, chicas pero firmes, con los pezones oscuros y un poco largos. Me pasé la mano por el vientre, por el pubis, por los labios del coño. Estaba mojada solo de mirarme. Y me di cuenta de que hacía años que nadie me tocaba así, ni siquiera yo misma.
***
Empecé a cambiar el recorrido de mis paseos. Nada dramático, solo pequeñas variaciones. En lugar de ir por la avenida principal, cruzaba por el parque donde se juntaban los chicos del barrio a última hora de la tarde. Jugaban al fútbol en la cancha de tierra, o simplemente estaban sentados en los bancos con sus teléfonos, riendo de algo que yo no entendía.
Al principio los miraba de reojo y seguía de largo. Luego empecé a aminorar el paso. Y un día, sin haberlo planeado realmente, me paré delante de uno de ellos y le pregunté si él y sus amigos querrían pasarse por casa a mover unos troncos que habían caído sobre la cerca del jardín trasero. Roberto no podía con ellos solo, les dije. Los pagaríamos bien.
El chico, que tendría unos veinticinco años y se llamaba Andrés, me miró con una media sonrisa y dijo que sí, que cuando quisiera.
Los troncos eran un pretexto, claro. Aunque tampoco sabía muy bien un pretexto para qué. Solo quería que me miraran. Solo quería existir un momento fuera de mi metrónomo.
Andrés empezó a saludarme cuando me cruzaba con él. Un saludo en la mejilla, como hacía todo el mundo, pero un día su mano se demoró un segundo más de lo normal en mi espalda y luego rozó, apenas, la parte alta de mi muslo. Fue tan sutil que podría haber fingido que no había pasado. Me puse nerviosa. Le sonreí y seguí caminando con las bragas ya húmedas, sintiendo cómo la tela se me pegaba entre las piernas a cada paso.
Dos calles más adelante escuché sus pasos detrás de mí.
—Espera, te llevo la bolsa —dijo.
Me la llevó hasta la esquina y nada más. Pero esa noche no pude dormir. Me metí la mano dentro del pijama con Roberto roncando al lado, y me toqué el coño hinchado pensando en la mano de Andrés en mi muslo, subiendo más arriba, metiéndoseme entre los labios. Me corrí mordiéndome el brazo para no despertarlo, y todavía con los dedos empapados me di cuenta de que era la primera vez en meses que me corría.
***
Lo evité casi tres semanas. Cambiaba de ruta, salía a otra hora. Pero el deseo, una vez que se despierta, no entiende de horarios ni de rutas.
La oportunidad llegó de una manera que no había calculado. Roberto necesitaba arreglar el sótano, que llevaba meses con las tablas podridas por la humedad. Contrató a un fontanero de confianza, un señor mayor que venía con su ayudante, y cuando vi entrar a Andrés por la puerta me quedé paralizada un momento.
El fontanero se ocupó de los trabajos en la planta baja. Andrés bajó al sótano a quitar las tablas dañadas. Roberto, que era lunes, tuvo que irse al trabajo antes de que terminaran.
Bajé con la excusa de ayudar a retirar cajas. El sótano olía a tierra húmeda y a madera vieja. Andrés levantó la vista cuando me escuchó bajar y no dijo nada durante un momento. Solo me miraba, con el torso desnudo brillante de sudor y la camiseta colgada del hombro.
—Si necesitas algo —empecé a decir.
—Lo que necesito eres tú —dijo él, muy despacio, sin apartar los ojos de los míos.
No sé qué parte de mí tomó la decisión. Quizá fue la misma parte que llevaba semanas sin dormir bien, que pensaba en esa mano rozando mi muslo en el parque. Me acerqué. Él dejó la herramienta en el suelo.
Me agarró de la nuca y me besó a la fuerza, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca, y yo le respondí igual, chupándole la lengua como si llevara años esperando ese beso. Con la otra mano me apretaba una teta por encima de la blusa, después metió los dedos por dentro del sujetador y me pellizcó el pezón hasta hacerme gemir dentro de su boca.
—Callate —me susurró—. Arriba hay gente.
Me bajó el pantalón hasta los tobillos de un tirón y me hizo darme la vuelta contra las cajas. Me arrancó las bragas, literalmente, escuché la costura reventar, y me metió dos dedos en el coño sin previo aviso. Estaba tan mojada que le entraron hasta el fondo del primer empujón.
—Joder, cómo estás —murmuró detrás de mi oreja—. Chorreando.
Me los sacaba y me los volvía a meter, moviéndolos dentro, buscando el punto que ni yo misma sabía muy bien dónde tenía. Me mordió el cuello, la espalda por encima de la blusa. Escuché su cinturón, la cremallera. Sentí la punta de su polla resbalar entre mis nalgas, buscar la entrada del coño, y cuando la encontró se hundió entero de una sola embestida.
Se me escapó un grito. Él me tapó la boca con la mano.
—Chsss. Muérdela.
Y así lo hice. Mordí la palma de su mano mientras él me follaba de pie contra las cajas del sótano, con embestidas largas y lentas al principio, después cortas y rápidas, cada una haciéndome chocar la pelvis contra el cartón. La polla se le sentía enorme dentro de mí, gruesa, con una vena que me rozaba por dentro y me hacía apretar los muslos cada vez que salía. Me llenaba de una manera que Roberto no me llenaba desde hacía años, si es que alguna vez lo había hecho.
El fontanero estaba dos pisos más arriba. La puerta del sótano, cerrada. Oíamos golpes metálicos en la planta baja, el runrún del taladro. Andrés me cogía el pelo con una mano, me apretaba una teta con la otra, y me embestía con un ritmo cada vez más brutal.
—Ábrete más —me dijo al oído—. Sepárame las piernas.
Obedecí. Separé los pies hasta donde me lo permitía el pantalón caído, y él se enterró todavía más hondo, tocándome algo en el fondo que me hizo ver puntos blancos. Me corrí sin avisar, apretándole la polla con las paredes del coño, temblándole en las manos, mordiéndole la palma tan fuerte que después le vería la marca de mis dientes durante semanas.
No paró. Me sacó la polla brillante de mis flujos, me dio la vuelta, me sentó encima de una caja alta y me abrió las piernas de nuevo. Se agachó y me lamió el coño empapado sin ninguna delicadeza, chupándome el clítoris hasta que las rodillas me temblaban, metiéndome la lengua entre los labios, mordiéndome la cara interna de los muslos. Le agarré el pelo y le empujé la cara contra mí, sin vergüenza, con la boca abierta en una O silenciosa.
Me hizo correrme otra vez con la lengua. Después se levantó, me giró la cara y me metió la polla en la boca. Sabía a mí, a coño, a sudor de sótano. Se la chupé entera, hasta el fondo, tragando saliva, atragantándome cuando él empujaba las caderas. Me sujetaba la cabeza con las dos manos y me follaba la boca despacio, mirándome desde arriba.
—Qué bien lo haces —susurraba—. Qué bien te la comes.
Me volvió a poner de pie, me dobló otra vez contra las cajas y esta vez me la metió por detrás con más furia todavía. Me embistió durante lo que me parecieron horas, cambiando el ritmo, sacándola entera y volviendo a hundirla, escupiéndome en el culo y usando su propia saliva para lubricar. Me corrí una tercera vez antes de que él se corriera, y cuando él lo hizo, me sacó la polla en el último momento y me descargó toda la corrida en la parte baja de la espalda y en el culo, con chorros calientes que sentía resbalar hacia abajo.
Andrés me tomó durante casi una hora. Cada vez que creía que había terminado, empezaba de nuevo. Cuando por fin subí la escalera, tenía las piernas flojas, el coño ardiendo, el semen todavía escurriéndome por dentro del muslo y la respiración entrecortada. Fui directamente al baño, me limpié con papel, me lavé, me cambié de ropa, escondí las bragas rotas en el fondo del cubo. Salí a la cocina como si nada hubiera pasado.
El fontanero se despidió a mediodía.
Andrés se fue sin mirarme a los ojos. Pero en la puerta, antes de salir, se giró y dijo:
—Cuando quieras, llamas.
***
Dos semanas después llamó él.
Eran las diez de la mañana. Roberto llevaba una hora en el trabajo y los niños estaban en el colegio. Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, con esa expresión suya de siempre, tan tranquilo, casi tuve que apoyarme en el marco.
—Vine a ver si tenías algo que necesitaras —dijo.
Le hice pasar. Le preparé un té porque no supe qué otra cosa hacer con las manos. Nos sentamos en la mesa de la cocina como si fuéramos dos personas normales que se toman un té a las diez de la mañana.
—La otra vez estuvo bien —dijo después de un rato.
—Sí —admití.
—Pero quiero hacerlo de otra manera. Sin prisas. Quiero verte entera, con luz, sin ropa. Quiero comerte el coño una hora si me da la gana.
Se me cortó la respiración. Bajé la vista a la taza para que no me viera la cara.
—No podemos —dije—. Lo de la otra vez ya estuvo mal.
—Lo sé —respondió él—. Pero tú también quieres.
No lo negué. Eso fue lo que me perdió.
Le dije que me daba miedo que apareciera Roberto. Que era complicado. Que no debíamos. Pero mientras yo hablaba, él me escuchaba con esa calma suya que me ponía los nervios de punta de una manera que no era desagradable en absoluto. Y entonces, sin saber muy bien cómo, mencioné que no podía quedarme embarazada. Que llevaba años operada. Que no hacía falta que se cuidara, que podía correrse dentro.
No sé por qué lo dije. Quizá porque quería que él entendiera que los obstáculos eran menos de los que parecía. Quizá porque una parte de mí ya había tomado la decisión y solo buscaba la manera de comunicárselo.
Él se levantó de la silla antes de que yo terminara la frase.
***
Lo que pasó esa mañana fue diferente a la primera vez. No había urgencia, no había el miedo del fontanero dos pisos más arriba. Andrés tenía tiempo y lo usó.
Me agarró de la mano, me levantó de la silla y me empujó contra la pared del pasillo. Me subió la falda hasta la cintura, me arrancó las bragas con la misma facilidad que la primera vez y se agachó ahí mismo, en el pasillo, con la cabeza entre mis muslos. Me lamió despacio, de abajo hacia arriba, abriéndome los labios con los dedos, chupándome el clítoris con los labios envolviéndolo, metiéndome la lengua tan hondo como podía. Le agarré la cabeza con las dos manos y le monté la cara sin poder callarme los gemidos.
—Sigue —le pedía—. No pares, por favor, no pares.
Me corrí contra su boca, temblando, con las piernas cediéndome. Él me sujetó por las caderas para que no me cayera y siguió lamiéndome durante el orgasmo, con más suavidad, hasta que ya no aguanté y le aparté la cabeza porque me dolía de tan sensible.
Me llevó al salón. Me desnudó del todo, sin prisa, quitándome cada prenda como si abriera un regalo. Cuando quedé desnuda delante de él a plena luz del día, con las ventanas abiertas y el sol dándome en la piel, quise taparme las tetas con los brazos. Me sujetó las muñecas y me las apartó.
—Déjame verte —dijo—. Estás preciosa.
Él se desnudó también. Tenía la polla dura, apuntándole al ombligo, gruesa y con la punta brillante. Me arrodillé sin que me lo pidiera y me la metí en la boca. Se la chupé con calma, jugando con la lengua alrededor del glande, saboreando la gota de líquido preseminal que le salía por la punta. Le metí los cojones en la boca uno por uno, se los lamí, volví a tragarme la polla hasta el fondo. Andrés me acariciaba el pelo, me miraba desde arriba con los ojos entrecerrados, y de vez en cuando dejaba escapar un gemido bajo.
—Así, princesa. Cómemela así.
Me tumbó boca arriba en el sofá y me abrió las piernas todo lo que dieron. Se colocó entre ellas y me metió la polla despacio, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos todo el tiempo. Sentí cómo me llenaba, cómo cada milímetro de polla me iba abriendo por dentro, hasta que sus cojones chocaron contra el culo.
—Mírame —me ordenó—. No cierres los ojos.
Me cogió así, mirándome, embistiéndome despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter con una lentitud desesperante. Me apretaba una teta, me chupaba el pezón, me mordía el labio inferior. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le rodeaba la cintura con las piernas, le pedía más profundo, más fuerte.
Me puso de rodillas en el sofá, con las manos apoyadas en el respaldo, y me la metió por detrás. En esa posición se la sentía todavía más grande, chocando contra algo dentro de mí que me hacía apretar los dientes. Me agarraba las caderas y tiraba de mí hacia atrás con cada embestida, haciendo que nuestras pieles chocaran con un sonido húmedo y obsceno.
—Escucha eso —me dijo—. Escucha cómo suena tu coño empapado.
Nos cambiamos al suelo, sobre la alfombra. Me montó él, con la polla enterrada entre mis nalgas, moviéndome como quiso durante lo que pareció una eternidad. Me pellizcaba los pezones, me daba palmadas en el culo, me metía un dedo en la boca para que se lo chupara. Me hizo correrme dos veces más antes de dejarme parar.
Después me puse yo encima. Me senté sobre su polla y le monté despacio, apoyando las manos en su pecho, moviéndome en círculos, sintiéndome dueña por primera vez en mi vida del ritmo de un polvo. Él me miraba desde abajo, con las manos en mis caderas, dejándome hacer.
—Así, cabálgame —murmuraba—. Cógete lo que necesites.
Y eso hice. Me cogí lo que necesitaba, me froté el clítoris contra su pubis, me corrí una vez más, con la boca abierta y sin taparme los gemidos porque no había nadie que pudiera oírme. Cuando ya no podía más, me tumbé sobre él y él me giró, se puso encima, y con embestidas cortas y rápidas se corrió por fin dentro de mí, llenándome de semen caliente, chorros y chorros que sentía golpearme por dentro.
Cuando por fin se quedó quieto, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración entrecortada, y con su polla todavía dentro chorreando lo último, sentí algo que no sabía cómo nombrar. No era culpa. Tampoco era exactamente satisfacción. Era más como reconocimiento: esto también soy yo, y lo había olvidado.
Andrés se quedó una hora más. Me la volvió a meter una vez más antes de irse, con la corrida anterior todavía escurriéndoseme entre las piernas. Cuando terminó, me besó en la sien, muy despacio, como si nos conociéramos de toda la vida.
—La próxima semana estoy libre los martes —dijo.
Asentí sin decir nada.
***
Lo que siguió fue una temporada extraña. Por fuera, mi vida continuaba igual: el desayuno, el colegio, las compras, la cena. Roberto no notaba nada, o si lo notaba no decía nada. Con él también empezó a cambiar algo, aunque él no lo supiera. Yo llegaba a la cama con más energía, más iniciativa. Le bajaba yo los calzoncillos, cosa que no había hecho nunca. Le chupaba la polla, que en once años solo le había hecho dos o tres veces. Me subía yo encima. Él lo atribuía a quién sabe qué y no hacía preguntas, pero se corría más rápido, casi asustado por esa mujer nueva que le montaba en su propia cama.
Con Andrés nos veíamos cada diez o doce días. Siempre en la misma ventana de tiempo, siempre con la misma urgencia disfrazada de calma. Aprendí cosas de mí misma que no había descubierto en once años de matrimonio. Aprendí, por ejemplo, que me gustaba cuando alguien me miraba a los ojos mientras me la metía. Que me gustaba que me hablaran sucio al oído mientras me cogían. Que me gustaba tragarme la corrida, sentirla caliente y espesa bajándome por la garganta. Que me gustaba, incluso, que me dieran una palmada en el culo cuando estaba a cuatro patas. Cosas que en once años nadie me había preguntado y yo tampoco me había atrevido a preguntarme.
También aprendí que el deseo, una vez que se enciende de verdad, es difícil de manejar. Empecé a fijarme en otros hombres en la calle, en el supermercado, en la sala de espera del médico. En los brazos, en el bulto del pantalón, en las manos. No hacía nada, solo miraba. Pero la mirada ya era nueva, cargada de algo que antes no tenía.
Un martes, mientras esperaba a Andrés, me sorprendí pensando en qué sería si no fuera solo él. Si fueran dos. Si fuera un desconocido. La idea me asustó un poco y me empapó las bragas otro poco, en proporciones que no supe calcular bien.
¿En qué me estaba convirtiendo?
No tenía una respuesta clara. Solo sabía que algo en mí había despertado después de muchos años dormido, y que ya no tenía ningún interés en que volviera a dormirse.
***
Hay cosas que no puedes contarle a nadie. No a tus amigas, si es que las tienes. No a tu hermana. No, desde luego, a tu marido. Así que lo llevaba dentro, como un secreto que pesaba lo justo para recordarte que estabas viva.
Andrés y yo seguimos viéndonos unos meses más, hasta que él consiguió trabajo en otra ciudad y las visitas se fueron espaciando hasta desaparecer. No hubo drama, no hubo despedida especial. Un día dejó de venir y yo entendí que esa parte había terminado.
Pero lo que había despertado en mí no se fue con él. Seguía ahí, entre el estómago y el coño, esperando. Cada mañana que llevaba a los niños al colegio y volvía caminando por el parque, me preguntaba qué vendría después. Cuál sería el próximo. Porque de que habría un próximo, ya no me cabía duda.
Todavía no lo sé con certeza. Pero sé que ya no me muevo al ritmo de ese metrónomo. Algo se ha desincronizado, y no tengo ninguna intención de volver a ajustarlo.