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Relatos Ardientes

Cuando el deseo me despertó después de tanto tiempo

Mi vida tenía el ritmo de un metrónomo: despertar, preparar el desayuno, llevar a los niños al colegio, hacer las compras, volver a casa, limpiar, cocinar, ayudar con las tareas, dormir. Y vuelta a empezar. No me quejaba. Era una vida ordenada, tranquila, y yo había aprendido a moverme dentro de ella como quien conoce de memoria cada recoveco de su propia casa.

Mi marido Roberto era un buen hombre. Trabajador, predecible, sin sorpresas. Llevábamos once años casados y nuestra vida en la cama seguía más o menos el mismo guión de siempre: sábados por la noche, apagadas las luces, sin mucho ruido. Yo no le daba más vueltas. Así eran las cosas.

Hasta el día en que Roberto llegó a comer y, casi sin darle importancia, mencionó que la vecina del cuarto piso se había operado. Me lo dijo mientras servía el arroz, con esa naturalidad con la que uno comenta el tiempo o el precio de la gasolina.

—Susana, la del cuarto —dijo—. Se nota bastante. Los hombres del edificio no hablan de otra cosa.

No sé por qué esa frase se me quedó dando vueltas toda la tarde. No era envidia. Era algo más difuso, más inquietante. Empecé a fijarme en cómo la miraban cuando bajaba al buzón. En cómo ella lo sabía, y caminaba de una manera diferente desde que lo sabía. Y me pregunté, por primera vez en mucho tiempo, qué se sentía que te miraran así.

Yo no era ninguna modelo. Tenía las caderas anchas, los pechos pequeños, unas cuantas canas que todavía intentaba disimular. Pero tenía algo, aunque no supiera muy bien qué. O quizá simplemente llevaba tanto tiempo sin mirarme que había dejado de verlo.

***

Empecé a cambiar el recorrido de mis paseos. Nada dramático, solo pequeñas variaciones. En lugar de ir por la avenida principal, cruzaba por el parque donde se juntaban los chicos del barrio a última hora de la tarde. Jugaban al fútbol en la cancha de tierra, o simplemente estaban sentados en los bancos con sus teléfonos, riendo de algo que yo no entendía.

Al principio los miraba de reojo y seguía de largo. Luego empecé a aminorar el paso. Y un día, sin haberlo planeado realmente, me paré delante de uno de ellos y le pregunté si él y sus amigos querrían pasarse por casa a mover unos troncos que habían caído sobre la cerca del jardín trasero. Roberto no podía con ellos solo, les dije. Los pagaríamos bien.

El chico, que tendría unos veinticinco años y se llamaba Andrés, me miró con una media sonrisa y dijo que sí, que cuando quisiera.

Los troncos eran un pretexto, claro. Aunque tampoco sabía muy bien un pretexto para qué. Solo quería que me miraran. Solo quería existir un momento fuera de mi metrónomo.

Andrés empezó a saludarme cuando me cruzaba con él. Un saludo en la mejilla, como hacía todo el mundo, pero un día su mano se demoró un segundo más de lo normal en mi espalda y luego rozó, apenas, la parte alta de mi muslo. Fue tan sutil que podría haber fingido que no había pasado. Me puse nerviosa. Le sonreí y seguí caminando.

Dos calles más adelante escuché sus pasos detrás de mí.

—Espera, te llevo la bolsa —dijo.

Me la llevó hasta la esquina y nada más. Pero esa noche no pude dormir.

***

Lo evité casi tres semanas. Cambiaba de ruta, salía a otra hora. Pero el deseo, una vez que se despierta, no entiende de horarios ni de rutas.

La oportunidad llegó de una manera que no había calculado. Roberto necesitaba arreglar el sótano, que llevaba meses con las tablas podridas por la humedad. Contrató a un fontanero de confianza, un señor mayor que venía con su ayudante, y cuando vi entrar a Andrés por la puerta me quedé paralizada un momento.

El fontanero se ocupó de los trabajos en la planta baja. Andrés bajó al sótano a quitar las tablas dañadas. Roberto, que era lunes, tuvo que irse al trabajo antes de que terminaran.

Bajé con la excusa de ayudar a retirar cajas. El sótano olía a tierra húmeda y a madera vieja. Andrés levantó la vista cuando me escuchó bajar y no dijo nada durante un momento. Solo me miraba.

—Si necesitas algo —empecé a decir.

—Lo que necesito estás tú —dijo él, muy despacio, sin apartar los ojos de los míos.

No sé qué parte de mí tomó la decisión. Quizá fue la misma parte que llevaba semanas sin dormir bien, que pensaba en esa mano rozando mi muslo en el parque. Me acerqué. Él dejó la herramienta en el suelo.

Cuando se acomodó detrás de mí y sentí su cuerpo contra el mío, no pensé en nada. Solo en eso: en el peso de ese momento, en el calor que me subía desde el estómago hacia arriba. Me tomó despacio al principio, como tanteando, y luego con más decisión, y yo apoyé los brazos en la pared y mordí el cartón que tenía delante para no hacer ruido.

El fontanero estaba dos pisos más arriba. La puerta del sótano, cerrada.

Andrés me tomó durante casi una hora. Cada vez que creía que había terminado, empezaba de nuevo. Cuando por fin subí la escalera, tenía las piernas flojas y la respiración entrecortada. Fui directamente al baño, me limpié, me cambié de ropa. Salí a la cocina como si nada hubiera pasado.

El fontanero se despidió a mediodía.

Andrés se fue sin mirarme a los ojos. Pero en la puerta, antes de salir, se giró y dijo:

—Cuando quieras, llamas.

***

Dos semanas después llamó él.

Eran las diez de la mañana. Roberto llevaba una hora en el trabajo y los niños estaban en el colegio. Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, con esa expresión suya de siempre, tan tranquilo, casi tuve que apoyarme en el marco.

—Vine a ver si tenías algo que necesitaras —dijo.

Le hice pasar. Le preparé un té porque no supe qué otra cosa hacer con las manos. Nos sentamos en la mesa de la cocina como si fuéramos dos personas normales que se toman un té a las diez de la mañana.

—La otra vez estuvo bien —dijo después de un rato.

—Sí —admití.

—Pero quiero hacerlo de otra manera. Sin prisas.

Hubo un silencio. Fuera pasó un coche. Dentro, el reloj de la cocina marcaba los segundos con su tic-tac de siempre.

—No podemos —dije—. Lo de la otra vez ya estuvo mal.

—Lo sé —respondió él—. Pero tú también quieres.

No lo negué. Eso fue lo que me perdió.

Le dije que me daba miedo que apareciera Roberto. Que era complicado. Que no debíamos. Pero mientras yo hablaba, él me escuchaba con esa calma suya que me ponía los nervios de punta de una manera que no era desagradable en absoluto. Y entonces, sin saber muy bien cómo, mencioné que no podía quedarme embarazada. Que llevaba años operada.

No sé por qué lo dije. Quizá porque quería que él entendiera que los obstáculos eran menos de los que parecía. Quizá porque una parte de mí ya había tomado la decisión y solo buscaba la manera de comunicárselo.

Él se levantó de la silla antes de que yo terminara la frase.

***

Lo que pasó esa mañana fue diferente a la primera vez. No había urgencia, no había el miedo del fontanero dos pisos más arriba. Andrés tenía tiempo y lo usó.

Empezamos en el pasillo, contra la pared, y terminamos en el salón, en el sofá, en el suelo. Me puso de rodillas, boca arriba, sentada encima de él. Me tomó despacio y también rápido, según lo que iba pidiendo mi cuerpo. Y cada vez que creía que ya no podía más, algo en mí se abría de nuevo y quería continuar.

Cuando por fin se quedó quieto, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración entrecortada, sentí algo que no sabía cómo nombrar. No era culpa. Tampoco era exactamente satisfacción. Era más como reconocimiento: esto también soy yo, y lo había olvidado.

Andrés se quedó una hora más. Antes de irse me besó en la sien, muy despacio, como si nos conociéramos de toda la vida.

—La próxima semana estoy libre los martes —dijo.

Asentí sin decir nada.

***

Lo que siguió fue una temporada extraña. Por fuera, mi vida continuaba igual: el desayuno, el colegio, las compras, la cena. Roberto no notaba nada, o si lo notaba no decía nada. Con él también empezó a cambiar algo, aunque él no lo supiera. Yo llegaba a la cama con más energía, más iniciativa. Él lo atribuía a quién sabe qué y no hacía preguntas.

Con Andrés nos veíamos cada diez o doce días. Siempre en la misma ventana de tiempo, siempre con la misma urgencia disfrazada de calma. Aprendí cosas de mí misma que no había descubierto en once años de matrimonio. Aprendí, por ejemplo, que me gustaba cuando alguien me miraba a los ojos mientras me tenía. Que eso, más que nada, era lo que me hacía perder la cabeza.

También aprendí que el deseo, una vez que se enciende de verdad, es difícil de manejar. Empecé a fijarme en otros hombres en la calle, en el supermercado, en la sala de espera del médico. No hacía nada, solo miraba. Pero la mirada ya era nueva, cargada de algo que antes no tenía.

Un martes, mientras esperaba a Andrés, me sorprendí pensando en qué sería si no fuera solo él. La idea me asustó un poco y me emocionó otro poco, en proporciones que no supe calcular bien.

¿En qué me estaba convirtiendo?

No tenía una respuesta clara. Solo sabía que algo en mí había despertado después de muchos años dormido, y que ya no tenía ningún interés en que volviera a dormirse.

***

Hay cosas que no puedes contarle a nadie. No a tus amigas, si es que las tienes. No a tu hermana. No, desde luego, a tu marido. Así que lo llevaba dentro, como un secreto que pesaba lo justo para recordarte que estabas viva.

Andrés y yo seguimos viéndonos unos meses más, hasta que él consiguió trabajo en otra ciudad y las visitas se fueron espaciando hasta desaparecer. No hubo drama, no hubo despedida especial. Un día dejó de venir y yo entendí que esa parte había terminado.

Pero lo que había despertado en mí no se fue con él. Seguía ahí, en algún lugar entre el estómago y el pecho, esperando. Cada mañana que llevaba a los niños al colegio y volvía caminando por el parque, me preguntaba qué vendría después.

Todavía no lo sé con certeza. Pero sé que ya no me muevo al ritmo de ese metrónomo. Algo se ha desincronizado, y no tengo ninguna intención de volver a ajustarlo.

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Comentarios (8)

VeroLectora

Que lindo relato!! me quede con ganas de mas

CuriosaLectora22

Me encanto como lo escribiste, se siente tan real. Esa sensacion de que alguien te mira y te ve de verdad... no tiene precio

Marcos_Baires

Buenisimo, esperando la segunda parte!

LectorBA_77

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, esa sensacion de despertar de golpe y darte cuenta de lo que querías. Muy bien narrado, sigue así

Amorosita

Ay que lindo!! Me emociono de verdad, no solo excito. Gracias por compartirlo :)

FantaseadorX

El comienzo me engancho al toque, muy bien logrado el clima

MarcelaQ

Que manera tan bonita de describir ese momento... cuando alguien te hace sentir que existís de verdad. Romantico y erotico a la vez, me gusto mucho

nocturno77

Muy bien escrito, se nota que lo imaginaste con detalle jaja. A la espera del proximo

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